Ríos de voces corren en Guerrero

Texto: José Aureliano Buendía / Fotografía: Andalucía Knoll

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Boletín Digital ES87

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Pubicado por Subversiones AAC

Antes del 20 de noviembre de 2014, día que ha marcado un hito en la historia reciente del país por las magnas movilizaciones que se unieron en un alarido de repudio al régimen de Peña Nieto, al regreso del PRI, a la violencia sistemática en contra de los manifestantes… antes de aquel día, los padres de familia de los 43 estudiantes desaparecidos, junto a jóvenes normalistas de Ayotzinapa, recorrieron el país y el estado de Guerrero en busca de hombres y mujeres dignas que se unieran a esta épica batalla contra el olvido. He aquí lo que encontramos caminando a su lado.

San Luis Acatlán: tierra de hombres libres

Como los ríos que se abren camino entre el difícil territorio guerrerense –serpenteando entre la Sierra Madre del Sur– la caravana «Julio Cesar Ramírez Nava» dejó atrás el corazón de la montaña para dirigirse a San Luis Acatlán, en la Costa Chica de Guerrero. Luego de un día lleno de actividades en el que se compartieron alimentos y palabras con los normalistas y los padres de los estudiantes desaparecidos, el clamor de justicia surgido desde la montaña dejó claro que la realidad de Guerrero no volverá a ser la misma luego del crimen de Estado cometido el día 26 de septiembre en Iguala. Que cada día, desde la desaparición de los 43 normalistas, se lucha por una realidad diferente.

Tras doce horas de viaje, la caravana arribó a la comunidad de San Luis Acatlán, donde ya nos esperaba un contingente de aproximadamente quinientos maestros y vecinos. Con mantas y cartulinas, expresaban su indignación por el asesinato y la desaparición de los estudiantes normalistas.

Flanqueada por una columna de policías comunitarios, una enorme manta encabezaba la marcha con el mensaje de un egresado de Ayotzinapa, cuya memoria vive, tanto en los muros de la Escuela Normal Rural, como en la lucha que desde hace 19 años mantienen las comunidades de la montaña y costa chica de Guerrero por la seguridad y la justicia: «Lograremos la liberación de México y una patria nueva o morir por ella» —Genaro Vázquez Rojas.

Al micrófono, sobre las escalinatas de un palacio municipal clausurado por maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación (CETEG) y policías comunitarios, Bertoldo Martínez Cruz –un viejo líder social quien ha sentido en carne propia la tortura y la persecución del Estado caciquil– nos refiere al 12 de diciembre de 2011, día en que fueron asesinados dos estudiantes de Ayotzinapa, Alexis y Gabriel.

Luego de tal hecho, el ingeniero Arturo Hernández Cardona, líder de la Unidad Popular (UP) y militante del PRD, renunció como empleado del gobierno estatal y señaló a Ángel Aguirre como corrupto y asesino de estudiantes. Este hecho sería, según Martínez Cruz, la antesala de la sentencia de muerte de Hernández Cardona, que quedaría sellada en una reunión posterior entre la UP y el entonces presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca.

El 29 de mayo del 2013, mientras discutían la aplicación de recursos a los campesinos de la localidad; y ante la negativa por parte de Abarca para entregar fertilizantes para la UP –so pretexto de que estos lo vendían–; Hernández Cardona le confrontó: «Nosotros sabemos que tú eres narcotraficante y no te decimos nada». Además, ahondó en el asesinato de Justino Carvajal y Francisco Adame, señalándolos como crímenes políticos. Al día siguiente fueron secuestrados, golpeados y torturados seis miembros de la UP, entre ellos Hernández Cardona, quien fue asesinado a manos del mismo Abarca, frente al director de policía de Iguala.

Bertoldo hace un recuento de los asesinatos políticos acontecidos durante la gestión de Ángel Aguirre: Rocío Mesino (de la Organización Campesina de la Sierra del Sur), Luis Olivares y su esposa, Ana Lilia Gatica (de la Unión de Productores de la Costa Grande), Raymundo Vázquez (de la Liga Agraria Revolucionaria del Sur Emiliano Zapata), así como la sospechosa omisión que produjo la muerte de Juventina Villa y su hijo Reynaldo Santana Villa, de 10 años (del Frente de Masas Populares del Estado de Guerrero, FMPEG); sin olvidar los casos –ya mencionados– de Alexis y Gabriel (de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa) y Hernández Cardona y dos de sus compañeros (del grupo Unión Popular). En suma, el asesinato de luchadores sociales en Guerrero ha sido una constante en los últimos años y antesala a la masacre de Iguala que, en palabras de Bertoldo, es parte de la guerra de ricos contra pobres, por lo que pide a los pueblos luchar juntos.

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A continuación, la lectura de una carta de la profesora Consuelo Solís. Bajo el sol ardiente de la costa chica, los asistentes buscan la sombra para escuchar el mensaje que la esposa del profesor Genaro Vázquez Rojas tenía para los padres de familia y normalistas de Ayotzinapa.

Esperamos que sus palabras, como pequeños ríos, se junten con otras palabras y otros ríos para hacer el gran río de vida que necesita nuestro estado y nuestro país, para oponerse a la violencia del crimen organizado; es decir, aquella generada entre el gobierno y una parte oscura de nuestra sociedad. Un gran río de voces que le enseñe a los malos gobiernos un ¡ya basta!, al crimen organizado, al narcotráfico protegido por los malos gobiernos, que no es posible desde la impunidad seguir masacrando inocentes y luchadores sociales.

Los pasos de otros normalistas de Ayotzinapa han dejado huella en el estado de Guerrero. La imagen con más arraigo popular es la de Lucio Cabañas Barrientos (1938-1974), quien llegó a ser secretario general de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM). Mientras que Genaro Vázquez Rojas (1931-1972) dejó un programa político en la memoria histórica de organizaciones sociales que llevan años y generaciones dando la lucha desde distintas trincheras en las siete regiones del estado.

«Genaro Vázquez Rojas, tu lucha no fue en vano, el fusil que nos dejaste lo llevamos en la mano», vociferan las gargantas juveniles en las machas normalistas. Alimentan con ello el fuego de la historia, para dar vida nuevamente al maestro rural egresado de Ayotzinapa que en los años sesenta levantara, junto a decenas de luchadores sociales, un movimiento civil para luchar contra las injusticias que mantenían al estado de Guerrero en un profundo rezago.

En aquellos años, la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) y el movimiento estudiantil dieron un golpe de mano para derrocar al sanguinario gobierno estatal de Raúl Caballero Aburto (1961). Y luego de la desaparición de poderes decretada en el estado, se lanzaron a la toma de ayuntamientos, donde se conformaron asambleas populares, en gran parte presididas por los «cívicos» (nombre que adoptaran los militantes del de la ACG).

La lucha de aquellos años desembocaría en pocos meses en una brutal represión por parte del ejército y las agencias de seguridad del estado. En respuesta, el movimiento social tomó las armas para crear una guerrilla rural que después de Genaro continuaría Lucio Cabañas. Sin embargo, el PRI, con todo el aparato de Estado, dio inicio a una oscura y sanguinaria época en los años sesenta y setenta: la llamada Guerra Sucia; con la que México entró en sintonía con las dictaduras al sur del continente americano.

Una vez aplastados los principales movimientos guerrilleros por la fuerza de las armas y con enorme brutalidad, hasta nuestros días son recordados los años de las acciones del ejército donde los prisioneros eran lanzados desde helicópteros en los mares del puerto de Acapulco. Apenas en los años noventa, la guerra continuó masacrando a líderes sociales; las masacres de campesinos en Aguas Blancas (1995) y El Charco (1998) generaron terror entre los guerrerenses de las capas más pobres de la sociedad, los trabajadores y las clases medias –recientemente–, manteniendo una posición cómplice del Estado con los grupos del crimen organizado en más de 25 municipios de Guerrero.

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Juan José Vázquez, alumno de la Normal, agradeció el apoyo brindado a la caravana y recordó:

Nosotros en la Normal de Ayotzinapa somos hermanos, nosotros somos hermanos y actualmente nos faltan 43, 43 vidas, 43 futuros, nos faltan 43 maestros, nos faltan 43 compañeros en los salones de clases de la normal de la Normal de Ayotzinapa, nos faltan 43 maestros que vayan a dar clases a las comunidades, a concientizar a su pueblo, a hacerlo entender de las injusticias y es por esto que a nosotros nos masacran, nos reprimen de esta manera. Nosotros le decimos al procurador de justicia que ya se deje de teatros, que ya se deje de hipótesis estúpidas porque para nosotros nuestros 43 compañeros están con vida y los estamos esperando en la Normal.

¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos, se escuchaba desde la plaza en remodelación en San Luis Acatlán, al costado del hotel de cuatro pisos que el alcalde se hizo construir hace algunos meses.

Y desde aquí le hacemos un llamado al procurador y al presidente de la república. Que si no pueden con el cargo que lo dejen, si les quedo muy grande… que así como el pueblo los puso el pueblo los puede quitar.

Y cabe mencionar también que no solo somos nosotros, también a los luchadores sociales los reprimen y los desaparecen. No vamos lejos, ahí en Tixtla el comandante (sic) de la policía comunitaria Gonzalo Molina, a Nestora Salgado en Olinalá y así como a otros luchadores sociales más los tienen encarcelados…

La caravana visitó los municipios de Tlapa, San Luis Acatlán, Ayutla, Teconoapa, Zihuatanejo, Atoyac y Acapulco, en cada uno de ellos fue recogiendo las demandas más sentidas de la gente. En cada pueblo, los padres fueron cubiertos de brazos que les transmitieron un calor nacido desde los corazones de todos aquellos que hacen suyo el dolor de las 43 familias como su propio dolor. En San Luis, como en el resto de las comunidades se disfrutó con la comida que solidariamente llegaba a raudales, un buffete de pueblo, con mole, elopozole, tamales, ceviche y demás platillos típicos, saciaron el hambre y alimentaron la esperanza.

En San Luis Acatlán, la Unión de Comerciantes San Luis Rey A.C. se sumó a la marcha con una modesta manta y se mantuvo apoyado la toma del ayuntamiento municipal. Uno de los comerciantes demandó que el presidente municipal los deje trabajar en paz, cosa imposible últimamente, pues lleva meses remodelando la plaza mientras en las colonias populares no tienen ni agua potable. Además, la soberbia actitud del alcalde impide que los comerciantes puedan ofertar sus productos para llevar el sustento a sus familias, pues «cada rato los están moviendo», y en tono de broma aquel hombre dice que seguro quiere construirles un mercado de cuatro pisos, como su hotel.

Ya en la noche, decenas de mujeres y hombres de la comunidad miraban los videos proyectados por los normalistas, en donde se muestran testimonios de sus compañeros y por medio de los cuales buscan revertir la mala imagen que los mercaderes de la información divulgan por doquier para criminalizar al movimiento. Mientras esto sucedía, tuvimos la oportunidad de platicar con Víctor, comandante de la Policía Comunitaria quien –desde el municipio de Atlixtac– viajó diez horas para llegar a San Luis Acatlán y apoyar en tareas de seguridad para resguardar a la caravana. Él nos dice que una forma de dar solución es «hacer limpieza del gobierno corrupto». Tambien nos comenta:

Nosotros primeramente nos levantamos por los secuestros, por las violaciones que hacían los carteles, los Rojos, los Guerreros Unidos y otros carteles de Cuernavaca… es por eso que nosotros nos levantamos en armas, ya que la policía municipal de nuestra comunidad nunca ha ayudado, la policía federal nunca está. Nosotros ya llevamos dos rescates de secuestro, uno de un niño, hijo de un expresidente.

A nosotros nos da vergüenza con las armas que traemos, ya que son armas de bajo calibre, mientras los delincuentes vienen armados hasta los dientes. Y la gente del gobierno de Peña Nieto no sé cómo están trabajando, se fijan solamente en la economía de ellos, en comprar casas buenas que valen millones y aquí el pueblo lo que necesita, lo que queremos, es seguridad.

Ya le demostramos al gobierno que si él no puede que nos deje el trabajo a nosotros, la Policía Comunitaria, que nosotros sí podemos y sin recursos… ya que no tenemos paga o salario. Que se dé cuenta el gobierno que nosotros sí podemos a pesar de que ellos están bien equipados de armas, de carros, pues pura corrupción. Ellos se dejan llevar por el dinero y están con la mafia.

En el territorio comunitario ha bajado la delincuencia, mucha gente ya nos tiene confianza, nosotros estamos para servirle a la gente y nosotros no andamos de rateros. Nosotros peleamos por el derecho de la ciudadanía.

Lo principal en el modelo de policía comunitaria es la confianza, la confianza del pueblo, pues nosotros nos conocemos y su alguien comente un error nosotros lo hablamos con él y junto con nuestra gente tratamos de hacer justicia. Pues a nuestra gente la conocemos y ellos nos conocen y nos tiene confianza, incluso en nuestra comunidad ha disminuido la violencia contra las mujeres, antes había mucho machismo y ahorita en nuestra comunidad como nos conocen y somos de la misma comunidad llevamos un paso firme.

Horas antes, Abad García, parte de la casa de justicia de San Luis Acatlán, de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias CRAC-PC comentó:

No hay esperanza de seguridad del gobierno, precisamente por eso se creó la policía comunitaria, la policía comunitaria es la defensa de los pueblos porque la confianza está en los pueblos. Hoy compañeros no hay que intimidarnos, si viene el chingadazo, chingadazo va a haber, si vienen los delincuentes hoy es el momento de decir ¡ya basta!

Durante la caravana lo que logramos ver es una sociedad que se levanta desde abajo, que busca incidir en el eslabón más débil de la cadena del poder político en México: los municipios, esas franquicias que se disputan los caciques y grupos de poder locales y para cuyo fin son imprescindibles los partidos políticos del sistema, mercenarios que se han desnudado a los ojos de la sociedad y que –hoy se sabe– son uno con el crimen organizado.

Así llegamos al 20 de noviembre gritando ¡va a caer, va a caer, Peña Nieto va a caer! en voz de miles y miles de mexicanos hartos de la injusticia y la corrupción. Ese día fue arrebatado al nacionalismo putrefacto de una élite rapaz contraria a los principios fincados en la primer revolución social del siglo XX. Los ríos de voces que llegaron del estado de Guerrero a la Ciudad de México desembocaron en un mar de rebeldía y digna rabia.

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