Las antinomias del laicismo republicano

Por Camilo Ruiz

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Francia es un país, tal vez como ningún otro, en el que la política (la cultura política, mejor dicho) es particularmente oscura y complicada para los que no hayan nacido ahí, con el código genético apropiado para entenderla. Durante la Segunda Guerra Mundial, los estadistas americanos odiaban tratar con los franceses porque había una permanente lucha soterrada, llena de rencores personales, entre las distintas facciones de los partidos en el exilio, los militares, los servicios secretos, etc.


Tal vez ninguna otra publicación francesa transmitía mejor esa sensación de contradicción y laberintismo como Charlie Hebdo. Por lo menos a partir de los años cincuenta, con el aumento de la inmigración desde las antiguas colonias, buena parte de esa problemática y potencial contradicción venía del hecho de que el ideal asimilacionista ciudadano se distanciaba cada vez más de la realidad francesa.

El laicismo republicano interpretado al pie de la letra, incluso en un código abiertamente de izquierda y antiimperialista (como era el caso de Charlie Hebdo), puede desembocar en posiciones racistas o condescendientes para con las minorías.
No, Charlie Hebdo no era abiertamente racista como dijo una parte de la izquierda tras la masacre, pero sí era víctima de las antinomias del laicismo republicano francés. Por eso una buena parte del mundo musulmán se siente ofendido y ha protestado tras la publicación de su último número.

Creo que lo siguiente puede dar a entender mi punto mejor que una explicación sesuda: en Francia, cuando un “ciudadano” se inscribe a, digamos, la escuela pública, o a un trabajo, o hace cualquier trámite oficial, está prohibido que se le pregunte cuál es su origen, grupo étnico o comunidad. Les parece absurdo que al entrar a los aeropuertos americanos a uno le pregunten si es hispánico, caucásico, negro, asiático, etc. En el país galo eso está prohibido porque, según ellos, la identificación comunitaria podría surgir a partir de una aparentemente inocente pregunta del Estado. Los ciudadanos franceses no sólo son, ante el Estado, primero que nada ciudadanos; eso es lo único que son.

Lo que esta abstracción ciudadana no ve es que esas concepciones son propias a la historia europea-cristiana y que ahora en Francia hay una enorme minoría que hasta hace una o dos generaciones era ajena a ella. La población europea no fue consultada acerca del tema de la inmigración; ésta se llevó a cabo porque la industria necesitaba mano de obra durante el boom de la posguerra. Pero esa comunidad está ahí para quedarse. Tratarlos con la misma vara, aún si es una vara correcta “en abstracto”, es un error.

Por ejemplo: la cuestión de la laicidad y de la mofa de la religión es una larga tradición francesa. El principal periódico en la tradición de Charlie Hebdo, Le Canard Enchainé, existe desde hace más de un siglo y siempre ha sido duramente anticlerical.
El problema es que incluso si ser anticlerical en abstracto está bien porque efectivamente la religión “es el opio del pueblo (de todos los pueblos, agregaría un Marx multicultural)”, el hacer eso en un país donde la minoría musulmana se imagina en tanto que comunidad debido a su pertenencia religiosa puede desembocar ya no en anticlericalismo, sino en una cierta condescendencia.
La aplicación de un principio universal en una realidad desigual inevitablemente conlleva a reforzar el dominio de aquéllos que gozan de privilegios. En Francia, y esto es lo que buena parte de la izquierda republicana francesa no quiere ver, los musulmanes constituyen una minoría oprimida. Ese es el concepto clave para entender la molestia de la comunidad musulmana contra la revista. Mofarse de su religión como uno se podría mofar del catolicismo constituye indirectamente una reafirmación de los privilegios de la mayoría blanca.

Las clases existen, las minorías oprimidas también. Si alguien, en nombre de la lucha contra el oscurantismo, se burla de San Judas Tadeo, es probable que su mofa tome rápidamente un tono clasista porque la mayoría de los adoradores de San Juditas en la Ciudad de México son jóvenes de colonias marginadas y no hipsters de la Condesa.

Hace unos años, Olivier Besancenot, el líder del principal partido de extrema izquierda en Francia, el NPA, había polemizado con Charlie Hebdo por caer en la lógica del choque de civilizaciones y por burlarse de Mahoma. Sus palabras suenan hoy dolorosamente proféticas. En las elecciones anteriores, en 2010, hubo un fuerte debate entre las dos principales organizaciones revolucionarias francesas porque el NPA había decidido postular para candidata municipal a una chica que usaba velo. Un sector de los marxistas consideraba lo anterior como una claudicación al oscurantismo y a la opresión de las mujeres.

Charlie Hebdo podía caer en esta “omisión de la realidad” al mismo tiempo que estaba a favor de darle ciudadanía a los inmigrantes, de que estos tuvieran acceso al estado de bienestar, etc. Esta omisión es común a casi toda la izquierda francesa, que acepta el laicismo como axioma de la libertad individual, que diluye los sentimientos de pertenencia en las ilusiones jurídicas.
Por supuesto, no tendría que decir que lo anterior no justifica de ningún modo la masacre. Pero es demasiado tarde: los atentados han despertado de la tumba a la “Unión Sagrada” francesa, le han devuelto la popularidad al presidente menos querido de los últimos cincuenta años y han generado la rabia a lo largo y ancho del mundo musulmán.

Se vienen tiempos oscuros para Francia.

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