Los autodefensas y los comunitarios son Hermanos en armasPor Camilo Ruiz Tassinari

130826-guardias-comunitarios-aquila-630x320-atiempo.mx_Publicado en Pluma 28

Luis Hernández Navarro (LHN) publicó en julio de 2014 el libro “Hermanos en Armas: La Hora de las Policías Comunitarias y Autodefensas”. No es casual que sea un articulista de La Jornada quien haya escrito este libro. Su publicación misma muestra un cambio, de política y de conciencia, en un sector de la izquierda mexicana. Hagamos un poco de memoria: Si el autor (y La Jornada) fueron afines al movimiento de las Policías Comunitarias guerrerenses, su primera reacción hacia el levantamiento en Michoacán fue la opuesta. Durante varias semanas LHN y compañía tildaron a las autodefensas de ser manipuladas por los narcos, por el gobierno, o en su defecto de abonar a la violencia.

En febrero de 2014 decía que eran un “experimento paramilitar” del gobierno. Y luego escribía en Regeneración que “su existencia es parte de una arriesgada política del Estado”. Es decir, un año después de su estallido, LHN todavía sostenía que, aunque había un componente popular en las autodefensas, se trataba ante todo de una criatura gubernamental.

Su libro pinta una realidad muy diferente. En éste, no niega que un sector del ejército haya tomado la decisión de no intervenir cuando Hipólito Mora organizó el primer levantamiento en Tepalcatepec; o que, ante la inevitabilidad de un estallido, el gobierno federal haya decidido no confrontarlo, intentar cooptarlo y ver qué tan lejos podía llegar. Pero es claro que ha habido un cambio. Ninguna de las cosas anteriores es razón suficiente para deslegitimar al movimiento de las autodefensas. Las conexiones de algunos líderes autodefensas con el gobierno, o con los cárteles rivales, Hernández Navarro las pone en un lejano segundo o tercer lugar. Para él, la causa principal del levantamiento fue la opresión generada por los Caballeros Templarios, el nivel de violencia con el que trataban al campesinado michoacano; no las maquinaciones de cárteles rivales. Es en este sentido, en el de la interpretación de las causas del levantamiento en Michoacán, que Hernández Navarro entra al mismo terreno que los marxistas hemos sostenido desde el principio.

La diferencia no es menor, y tiene repercusiones enormes para la izquierda mexicana –que, en general, ha despreciado a los movimientos campesinos del Pacífico; en el mejor de los casos los ha ignorado, en el peor los ha tildado de narcotraficantes (o, en el caso de la “izquierda responsable”, el PRD, los ha reprimido directamente).

Pero antes que nada hablemos un poco más del libro, que debe ser leído por cualquier persona interesada en entender el fenómeno del armamento campesino en el México moderno.

Las primeras asociaciones campesinas en Guerrero

A principios de 1995 varias organizaciones campesinas de La Montaña, de corte no necesariamente político empezaron a reunirse para presionar al gobierno para que cumpliera con sus promesas de obras públicas.

Guerrero es uno de los estados más pobres de la república, donde reina un cacicazgo feroz, listo para matar a los campesinos con tal de quitarles su ganado o sus parcelas. Cientos de campesinos han muerto violentamente en este estado durante las últimas décadas; desde activistas víctimas de crímenes políticos hasta simples pequeños productores, víctimas de crímenes “comunes”. Los criminales, encubiertos por los caciques, asolaban los pueblos y robaban las pertenencias de los campesinos. La policía, en el mejor de los casos les pedía 200 pesos para investigar las faltas. En general, sin embargo, estaban directamente coludidos. Entre el gobierno, las organizaciones criminales y los latifundistas existía (existe) una alianza y una convergencia de intereses.

Los productores de café, por ejemplo, para vender su producto dependían de intermediarios que se quedaban con casi toda la ganancia; o de precios arbitrarios decididos por el Instituto Mexicano del Café. La alianza entre organizaciones campesinas rápidamente se salió de sus estrictos objetivos económicos y estuvo al frente de las luchas contra los megaproyectos o por la reconstrucción tras el paso del huracán Cosme.

Por otra parte, la inseguridad dio origen a una brigada de ajusticiamiento en 1993, La Mano Blanca, que emboscaba a los caciques y a sus matones en las montañas.

La convergencia de la pobreza y la inseguridad, junto con la corrupción total de las autoridades provocó que este primer proceso de auto-organización desembocara en la creación de la Policía Comunitaria –PC-, que rápidamente se extendió a otras partes del estado, y que en tres años, en 1998, creó también sus organismos de impartición de justicia, la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias –CRAC-. Tan sólo en la región de la montaña, la PC está hoy presente en más de 60 comunidades.

Son estos los dos resortes esenciales de todos los levantamientos campesinos durante las últimas dos décadas: la pobreza y la inseguridad. Pero a esta “materia prima”, hay que agregarle otro factor, que la hizo cristalizarse en organización campesina.

 

La influencia zapatista

Para LHN la insurrección del 94 fue el estimulante final para la formación de la CRAC-PC. El EZ le dio a los campesinos de Guerrero un programa y una serie de reivindicaciones comunes, respecto a los derechos de los pueblos indígenas. Tal vez en este punto le faltó agregar otra cosa, acaso más importante que el discurso autonomista: el EZLN, con todas sus contradicciones, le probó a los campesinos del país que las armas eran el único modo de hacerse ver, de abrirse un espacio dentro de un sistema político corrupto y osificado.

Esto, como Hernández Navarro no deja de subrayar, se extendió a otras partes del país: a Ostula y Cherán en Michoacán y a la montaña de Guerrero sobre todo. Muchos de los fundadores de la primera Policía Comunitaria guerrerense en 1995 habían sido delegados al Congreso Nacional Indígena organizado por el EZLN a los pocos meses de la insurrección. Tal vez esto, en un principio, le dio a la PC un carácter indígena. Pero el proceso de auto organización campesina rápidamente trascendió fronteras étnicas e incluyó a comunidades mestizas. Una prueba de que, en el fondo, lo que estaba en juego no era una lucha por la autonomía indígena sino por la emancipación campesina; y que, bajo el capitalismo, cosas tan básicas como la seguridad sólo pueden ser defendidas con las armas en la mano.

 

Las contradicciones: la cooptación

Un elemento importante del libro de Navarro es que permite ver, a través del tiempo, las contradicciones y problemas a los que se han enfrentado los distintos procesos de organización campesina. Entre estos, el más importante, tanto para las autodefensas michoacanas como para la Policía Comunitaria ha sido el intento constante del gobierno de cooptarlas. Si el Estado no ha dudado en reprimir cuando ha sido necesario, su estrategia favorita ha sido la de intentar encuadrar a las PC’s y autodefensas como apéndices del estado, encargados de velar por la seguridad como cualquier otra fuerza pública.

El principal error de la izquierda, ha sido el de ver en esta estrategia gubernamental una realidad consumada, resuelta desde el principio. Los levantamientos campesinos siempre han representado espacios políticos abiertos, por largos ratos imposibles de ser llenados por el Estado, susceptibles de ser peleados por un programa emancipador.

La articulación de tal programa está determinado por el nivel de conciencia de las clases que luchan: los campesinos han llevado a la práctica elementos muy avanzados del programa marxista, como el armamento popular, al tiempo que mantienen ilusiones peligrosas en ciertas instituciones capitalistas. Ese nivel de conciencia política abre espacios para el Estado, pero nada estaba resuelto de antemano –como los choques dentro de diferentes sectores de las autodefensas y con el ejército lo han probado un año después de que se institucionalizaron como policía rural.

La cooptación, cuando ha existido, ha sido siempre posterior, y además frágil. Por ejemplo, la UPOEG en Guerrero, durante mucho tiempo recibió dinero y automóviles por parte del gobierno -en pocas palabras, vivió una luna de miel con el entonces gobernador Ángel Aguirre, feliz éste de dividir a la CRAC. En abril de 2013, la UPOEG firmó un acuerdo a través del cual entraba en un proceso de institucionalización. La idea era que sus miembros se convirtieran en policías estatales y que recibieran un salario y entrenamiento. (Pp. 201)

El acuerdo era que, a cambio de esto, el gobierno estatal gestionaría proyectos de desarrollo y bienestar en las comunidades. Sumisión al Estado a cambio de inversión y gasto público.

Pero el acuerdo naufragó y las cosas cambiaron radicalmente en unos pocos meses. A principios de agosto, el Ejército retuvo a unos miembros de la UPOEG en El Pericón que portaban armas de uso exclusivo del ejército. El acuerdo con el gobierno, uno puede imaginar, implicaba un cierto desarme y sometimiento a la jerarquía institucional estatal –cosa que los campesinos nunca hicieron. Como para probar que el resorte político-social del levantamiento seguía ahí, a pesar de acuerdos y convenios con Ángel Aguirre, la población cercó a cien militares durante tres días. Los mandos fueron sacados con helicópteros y la tropa se quedó, detenida, hasta que se negoció con el gobierno su liberación. En ese momento se rompió definitivamente la alianza con el gobernador perredista.

 

La ofensiva

La cooptación siempre fue acompañada por el desprestigio mediático y la represión física. En cuatro meses a finales de 2013, Ángel Aguirre abrió procesos contra 68 miembros de la PC.

Probablemente la mejor muestra de cómo estas tres estrategias se conjugaron es el caso de Nestora Salgado: Ángel Aguirre de entrada convenció a la naciente y radical PC de Olinalá de entrar a la CRAC-PC, porque sentía que tenía a ésta bien controlada a través de prebendas y amiguismos.

Cuando los olinaltecos se salieron del guacal de las redes clientelares perredistas y siguieron peleando contra el cártel de Los Rojos y encarcelaron a uno de los priístas locales, Aguirre consiguió que el policía comunitario Eliseo Villar, su sirviente en la Casa de Justicia de la PC a la que Olinalá estaba adscrita, los expulsara de la institución, dejándolos en la orfandad jurídica y dando bases legales para la detención de su lideresa. Aquí, pues, están combinadas las tres estrategias estatales: cooptación, difamación y represión,.

Las autodefensas

El movimiento en Michoacán, al que HN dedica el último tercio de su libro, representa algo así como una versión condensada en dos años de lo que ha sucedido en Guerrero en dos décadas. Condensada porque las autodefensas lograron poner en pie en muy poco tiempo una fuerza mucho más grande que la de las PC’s. El autor habla de entre 10 y 15 mil hombres armados en ciertos momentos.

Al mismo tiempo, es claro cómo el hecho de que al armamento no le precediera un alarga fase de lucha política en otros terrenos afectó duramente la naturaleza de la rebelión; haciéndola susceptible a manipulaciones y a liderazgos sin control de parte de la base. Además, es altamente probable que en Michoacán, por la naturaleza del negocio y la estrategia de los cárteles, éstos hayan conseguido bases sociales más amplias que en Guerrero. Este es un tema que hay que aceptar para poder entender el campo en México: en varias regiones, buena parte de la población depende directamente de la siembra de marihuana o amapola.

En las páginas que Hernández Navarro les dedica, hay una simpatía profunda por su causa: cuenta la historia de cómo Mireles decidió que había que hacer algo luego de que a la clínica en la que daba consulta llegaron en pocas semanas 40 niñas embarazadas por los Templarios.

Pero aceptar sin miramientos la justeza del levantamiento michoacano no implica embellecerlo: el movimiento nunca pudo desarrollar estructuras democráticas; buena parte de sus líderes estaban listos para pactar con el gobierno ante la menor oportunidad. La experiencia de Cherán, tan cerca geográficamente, parecía insulada del resto del estado por una pared invisible.

Acerca de este punto, la peor explicación que uno puede dar acerca de porqué un movimiento sí ha desarrollado estructuras democráticas y el otro no es el de la tradición indígena. No porque tal cosa no exista, sino porque si ha existido durante los últimos quinientos años, es porque se ha tenido que reinventar más de una vez.

La explicación tiene más que ver con la economía de Michoacán, cuyos dos principales productos agrícolas, el limón y el aguacate, estaban en alta demanda por el país del norte y permitieron durante un tiempo limar las contradicciones entre los diferentes niveles del campesinado. A esto hay que agregarle, también, la estructura más horizontal de los cárteles en el estado, dedicados a la minería, a la tala de maderas preciosas y luego también a la agricultura.

En este sentido, el alzamiento autodefensa no fue solamente una reacción contra la inseguridad, sino también contra el monopolio templario de la exportación de limón (Hipólito Mora, el inciador, es junto con toda su familia, limonero). Las autodefensas, en su composición campesina-exportadora expresaban también una lucha militar por la esfera económica: la del derecho (liberal) de vender el producto sin la interferencia de un tercero –por el restablecimiento del librecambio.

No habría que recordarlo, en un país con una enorme proporción de la población en el campo como México, el derecho de los pequeños campesinos (aún cuando sea el derecho al acceso al mercado) debe ser defendido por los revolucionarios.

Pero terminemos ya: Hermanos en Armas es un libro honesto, donde el autor no esconde sus simpatías por los actores involucrados –el título ya deja entrever de qué lado está. Su relato también desnuda la evolución de su pensamiento, sus contradicciones. Tal vez es en este último punto en el que más lugar hay para una crítica: uno tiene que leer entre líneas para entender el pensamiento del autor, para descubrir las nociones a través de las cuales el aprehende la realidad. Es, diríamos, excesivamente empírico y su relato demasiado periodístico. La cantidad de datos que proporciona es valiosísima, pero su ordenamiento no siempre es claro. En pocas palabras, le hace falta a veces una teoría consciente para entender estos movimientos más allá de la causalidad y de la simpatía. En un momento, hacia el final del libro, Hernández Navarro dice como de pasada: En México se vive una insurrección campesina. No elabora más en el asunto, como si se tratara, casi, de una casualidad o de un truismo. Pero en esa frase se encuentra la clave para entender la situación nacional: en México, en efecto, se vive una rebelión campesina que ha estallado cuatro veces en veinte años. Su suerte todavía no ha sido definida.

*Hermanos en Armas de Luis Hernández Navarro puede ser descargado gratuitamente en http://brigadaparaleerenlibertad.com/descargas/

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