La comandanta

Pluma 28

olinalaPalacio municipal de Olinalá, tomado por comunitarios y pobladores en solidaridad con los nomalistas de Ayotzinapa. Foto: Revista Pluma

Publicado en Pluma 28

La figura de Nestora Salgado es un tema destacado en el libro de Luis Hernández Navarro. El periodista hace una larga semblanza de “la comandanta”, que aquí reproducimos.

Néstora Salgado García pudo haber vivido sin problemas el sueño ame­ricano. En 1991, con veinte años de edad, migró sin papeles a Estados Unidos. Trabajó arduamente en el estado de Washington como recama­rera, sirvienta, niñera y mesera. Pero decidió regresar a su pueblo, Olinalá, y organizar allí la lucha contra el crimen organizado. Y por ello ha debido pagar un precio muy caro.

 El 21 de agosto de 2013 fue arrestada. Ahora se encuentra confinada en una celda del Centro Fe­deral de Readaptación Social de Tepic, Olinalá es un municipio de La Monta­ña guerrerense conocido por las hermosas cajas, baúles y cofres laqueados que sus artesanos elaboran. El voca­blo, de origen náhuatl, significa “cerca de los terremotos”. El nombre podría cambiar ahora. Desde el surgimiento de su Policía Ciudadana y la detención de Néstora, los terremotos sociales no están cerca de la comunidad sino en su interior.

 Néstora es hija de una familia nume­rosa: la sexta hermana de siete hijos. A los once años la tragedia llegó a su vida: su madre falleció. Ella sólo pudo estudiar hasta sexto de primaria. A los dieciséis años se casó. Muy pronto fue madre de tres peque­ñas: Saira, Rubí y Grisel.

 Sin futuro en su tierra, Néstora migró con su marido a Estados Unidos. En una dolorosa decisión, dejó a su prole bajo el cuidado de sus hermanos. Du­rante siete largos años limpió casas.

Finalmente se separó de su pareja, siendo aún indocumentada. En el año 2000 pudo finalmente regularizar su situación migratoria y ocho años después obtuvo la ciudadanía estadounidense. Rehízo su vida en el mismo estado de Washington al lado de José Luis Ávila, trabajador de la industriade la construcción.

 En octubre del 2002, durante su segundo viaje a Olinalá, Néstora sufrió un grave accidente automovi­lístico en el trayecto que va de Tlapa a Huamuxtitlán, junto con su padre y un hermano. Se lesionó severamente la columna y no pudo caminar por dos meses. Tuvo que emprender el viaje de retorno a Estados Unidos, para acceder a los servicios médicos a los que no tenía acceso en México.

Dos años después, regresó a Olinalá a vivir permanentemente, trabajar las tierras de su padre y reconstruir los lazos familiares. Se encontró con la pobreza ancestral de su pueblo y con la creciente inseguridad. Buscó la forma de ayudar a paliar la situación de mi­seria llevando ropa y provisiones a los más necesitados.

 En el año 2011 la inseguridad pública se volvió inmanejable en Olinalá y va­rios otros municipios de La Montaña. La banda de los Rojos se adueñó del municipio. Crecieron los secuestros, los robos a casa habitación, los asaltos a plena luz del día, las extorsiones y los asesinatos. Las autoridades dejaron hacer, dejaron pasar. Una mezcla de temor y rabia se fue apoderando de los pobladores.

 La gota que derramó el vaso de la pa­ciencia ciudadana fue la desaparición y posterior ejecución de un joven ta­xista que se había negado a pagar una extorsión. El 26 de octubre de 2012 apareció su cuerpo sin vida. Indignada, en pleno entierro, la multitud encontró a un sujeto desconocido que tomaba fotos a los dolientes. Lo detuvieron y entregaron a la policía. Brotó entonces el rumor de un nuevo secuestro. Los deudos todavía estaban en el panteón.

 Sonaron las campanas del pueblo y sus habitantes se reunieron para discutir qué hacer ante la delincuencia. Acor­daron tomar en sus manos su propia seguridad y nombraron un Consejo de Supervisión y Vigilancia.

 Había mucho enojo pero poca orga­nización. Documentaron y difundie­ron testimonios de once niñas de entre once y diecisiete años que habían sido violadas. Para variar, las autoridades no hicieron nada.

Mal armados, con el rostro cubierto con pasamontañas, los olinaltecos cerraron las entradas a la cabecera municipal. Levantaron un pliego petitorio demandando: presencia del Ejército y la Marina; depuración de la Policía ministerial; investigación de las autoridades y ciudadanos de Olinalá y conformación de una Policía Comuni­taria.

Cuando el Ejército arribó al munici­pio, nueve días después del levantamiento cívico, la población dejó los retenes y regresó a su vida normal. De allí surgió la Policía Ciudadana (PC) de Olinalá. El éxito de los olinaltecos fue arrollador. El 15 de noviembre de 2012, Ángel Aguirre Rivero se reunió con el Consejo, calificó el esfuerzo de los habitantes de Olinalá como “heroi­co” y se comprometió a que durante los tres años del alcalde en turno, las fuerzas armadas permanecerían en la cabecera realizando funciones de policía municipal.

Ofreció, además, respaldar la confor­mación de una policía comunitaria. En la reunión con el mandatario en primera fila estaba Néstora, para ese momento una muy destacada figura del despertar ciudadano.

Situaciones parecidas se presentaron en esas mismas fechas en municipios aledaños. Por ejemplo, en Huamuxtitlán, el secuestro de diecisiete perso­nas el 2 de junio de 2012, provocó el resurgimiento del Frente Ciudadano por la Seguridad de Huamuxtitlán y, más adelante, la formación de una Policía Ciudadana. Para enfrentar conjuntamente la inseguridad pública, pobladores de los municipios de Temalacatzingo, Cualac, Ahuacatzingo, Tlapa y Huamuxtitlán formaron el Consejo Regional de Seguridad y Justicia-Policía Ciudadana y Popular (CRSJ-PCP).

Los olinaltecos entablaron una estre­cha relación con la CRAC y decidieron integrarse a ella. Néstora y otros com­pañeros caminaron el pueblo barrio por barrio, para celebrar asambleas y que cada una de ellas nombrara a sus policías. El 24 de marzo de 2013, la Policía Ciudadana tomó protesta en la Escuela Secundaria Federal y marchó por las principales calles de la pobla­ción. Casi dos meses después, el 18 de mayo, 170 hombres y mujeres de la PC de Olinalá se integraron con todos los derechos a la CRAC. Néstora fue elegida Coordinadora.

La Policía Ciudadana propinó golpes demoledores a la delincuencia de Olinalá. En los diez meses que estuvo funcionando, la tasa de criminalidad disminuyó en 90 por ciento y no se produjo homicidio alguno. Iróni­camente, cada batacazo que la Poli­cía Ciudadana dio a los malosos se convirtió en motivo de conflicto con el gobierno estatal. Sin pelos en la lengua, Néstora divulgó las amenazas que los socios de políticos corruptos hacían a los empresarios locales para que se retiraran de la venta de materiales y mercancías, para monopolizar el mer­cado. La acusación no hizo ninguna gracia a las autoridades. Menos aún les gustó la publicación que ella hizo de un comunicado de prensa en el que se denunciaba la implicación del alcalde y de otros funcionarios gubernamentales en el tráfico de drogas. Sus roces con el secretario de Gobierno eran cons­tantes.

El 21 de agosto de 2013, Néstora Sal­gado fue detenida, bajo la falsa acusa­ción de secuestro agravado. El pretexto fue la aprehensión que ella hizo, como comandanta de la Policía Comunita­ria, de varias adolescentes por vender drogas, y del síndico local, Armando Patrón Jiménez, por alterar las pruebas de la escena de un crimen en la cual hubo dos asesinatos y donde él intentó huir con una vaca que era propiedad del finado. Sin que el gobierno estatal lo supiera, las jóvenes y el funcionario municipal fueron llevados a una cárcel en la comunidad de Tlatlautitepec.

Néstora fue trasladada en un avión a una cárcel de máxima seguridad en Tepic, a 3 mil kilómetros de su pueblo. No fue la única en ser reprimida. Entre agosto y diciembre de 2013, el go­bierno del estado de Guerrero ejerció acciones penales contra 68 personas vinculadas a las policías comunitarias.

De ellas, 13 permanecían privadas de la libertad y tres se encontraban en penales federales de alta seguridad.

En la cárcel, Néstora ha visto cómo sus males se agravan. Primero estuvo incomunicada durante semanas. Para enfrentar las secuelas que le dejó el accidente automovilístico, necesita tomar analgésicos y hacer ejercicio con frecuencia para combatir los fuertes dolores que padece. En la prisión no le permiten ni tomarlos ni ejercitarse. A pesar de su confinamiento, Néstora no baja la guardia. Con motivo del Día Internacional de la Mujer mandó un mensaje en el que llama a que: “Pro­testen y luchen si son humilladas en su trabajo, en su localidad y en su casa (…) Aguanten, no se dejen de nada ni de nadie, no acepten ser discrimi­nadas”. Como las hermosas cajas de Olinalá, de esa madera está hecha la comandanta.

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