Syriza en Europa

Por Camilo Ruiz

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Publicado por El Barrio Antiguo

Grecia ha desafiado a Europa. Al hacerlo, ha salvado (temporalmente) lo que había que salvar del legado cultural europeo.

La victoria de Syriza era esperable. No dejó de caer, a pesar de eso, como un balde de agua fría sobre los eurócratas de Bruselas. A algunos comentaristas les sorprende, por el contrario, que Grecia haya necesitado siete años para elegir a un gobierno anti-austeridad.

La respuesta es que la victoria de Syriza también representa el entrecruzamiento de dos fatalidades, una política y otra económica: el desgaste de los partidos que surgieron de la democratización, por un lado; el fin de la mecha del estado de bienestar griego por el otro, que durante un tiempo todavía pudo pagar pensiones y bonos de desempleo.

A este respecto, es interesantísimo ver cómo los gobiernos de los países del sur que implementaron la austeridad han caído todos uno tras otro y cómo, en un movimiento inverso, la Troika rompió cualquier resistencia, así fuese la más tibia, a la austeridad. La llegada de Monti al poder en Italia fue casi un golpe de estado técnico, solapado por el desprestigio de un Berlusconi que se dio cuenta de que imponer la austeridad implicaría su muerte política.

Al respecto, la victoria de Syriza es la gran disonancia política de la época. Su programa no podía ser más caótico, su liderazgo más caudillesco. Aquí, como siempre, el contexto lo es todo: Syriza aparece como un partido de “izquierda radical” sólo porque la socialdemocracia se convirtió al neoliberalismo. Hasta su entrada al gobierno griego, el epíteto de la historia europea reciente era el TINA de Thatcher: There is no alternative. “No hay alternativa” al neoliberalismo, la privatización, la caída de los salarios, etc. Como escribía Perry Anderson en un ensayo de hace unos años, TINA no se vuelve realmente TINA sino hasta que sus oponentes tradicionales se convierten en sus principales defensores. Fueron Blair, del Partido Laborista, y Hollande, del PS, quienes impusieron la austeridad de la manera más coherente y profunda.

Es esta la razón de la estrepitosa derrota del PASOK, el partido tradicional de la social democracia griega, en las recientes elecciones, y del binomio PP-PSOE en España, que se acerca también a una caída brutal a finales de año. Pero hay que entender el proyecto europeísta para entender lo que la victoria de Syriza representa.

La Unión Europea es uno de los experimentos más interesantes del siglo xx. La crítica izquierdista que dice que la UE está mal porque es un proyecto del imperialismo franco-alemán es cierta, pero también es demasiado fácil. No porque la Unión haya tenido en algún momento algo así como un motor democrático o una sanción popular. No puede dudarse que siempre ha sido un proyecto de las élites, que si antes se limitaron a no preguntarle a la población, a partir de la crisis le han dictado directamente. La cuestión es por qué la dominación del capital de los dos principales estados no llevó a un equivalente del TLC, o de la ASEAN, o de Mercosur (porque sí, el Mercosur es ante todo un bloque del agresivo capitalismo brasileño-argentino en Sudamérica).

No pienso (ni podría) dar una respuesta aquí. Lo que quiero resaltar es que en el proyecto de la UE hay un intento de formar una comunidad política, y por extensión una comunidad cultural. Eso es lo novedoso históricamente del proyecto europeísta. La victoria de Syriza, y las reacciones por parte del establishment financiero y político en Europa, hacen patente que tal cosa nunca se logró. Pero sólo es el último eslabón de una larga cadena —la gran estocada a la soberanía fue la imposición de la austeridad a partir de 2009—.

Europa nunca fue unida en un orden político común, en lo que Max Weber llama una “comunidad de destino”. Hay que tomar aquí el primer término en su sentido primario, de aquello que es común a todos, compartido. Tal comunidad de destino nunca borra las distinciones o contradicciones internas entre sus componentes, pero sí ata a las élites a las consecuencias de alejarse completamente de la voluntad de los gobernados.

Merkel, Sarkozy/Hollande, Draghi y compañía no podían sufrir ninguna consecuencia si imponían en Grecia condiciones draconianas que nunca se animarían siquiera a considerar en sus países. Eran los gobiernos griegos quienes iban y venían, los que sufrían las consecuencias de la comunidad de destino. Pero la victoria de un gobierno anti-austeridad en Grecia acarrea la consecuencia paradójica de mostrar que, en cierto modo, la Unión Europa sí había formado un vínculo, o una comunidad, entre sus dos componentes antagónicos: sus electores y sus bancos.

Si políticamente los gobernantes de los países centrales de la UE se mantuvieron aislados de la turbulencia política en la periferia, ese no fue el caso de los bancos —centrales y privados— europeos. Tampoco, aunque aquí la conexión es menos directa, los electores de los diferentes países. El no pago de la deuda griega sería un duro golpe para la banca europea —una renegociación exitosa será casi sellar la victoria de Podemos en unos meses en España—. La reverberación en el sur de Europa de una victoria contra la Troika en Grecia sería una de las principales variantes en la política europea.

Si una catástrofe no está descartada (la salida griega del euro, el default de sus bancos, etc.), nunca hay que minimizar la capacidad de los tecnócratas europeos para encontrar algunas partes más o menos simbólicas del programa de austeridad para limar y evitar que Syriza corra con la misma suerte que el PASOK (porque si Syriza cae, ¿quién queda? ¿Alba Dorada? ¡Pero esos son fascistas! ¿Antarsya? ¡Pero esos son bolcheviques!).

Lo que las últimas negociaciones sugieren es que Syriza podría contentarse con limitar el programa del gobierno anterior un 20 o 25 por ciento. La cuestión es que eso no es una solución de fondo: Grecia ha sufrido un colapso económico equivalente al que sufrió Alemania tras la derrota en la Primera Guerra Mundial. Si Syriza no le da una solución a eso, Grecia se podría convertir en una nueva Weimar.

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