La doble confrontación entre dos mundos

Por Gustavo Vadzel, Alejo

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Publicado en Pluma 28

Sinaloa.-“Viaje a Chilchotla”, novela de Ana Ortiz Angulo, empieza con una afirmación honesta y convincente: “Empecé a crear este relato por puro pasatiempo en el autobús que va de Tehuacán a Teotitlán, mientras veía el panorama a través de la polvosa ventilla.

En esas horas muertas que hay en mi vida, las que paso en un vehículo, en una antesala o en una guardia noc¬turna, compongo relatos o pequeños cuentos que nunca escribo”.

La idea del viaje como huida, aventu¬ra y búsqueda de Doña Salustia, madre extraviada de Delfina, se concretiza en este relato prolongado donde su textu¬ra es la verosimilitud.

La trama parece sencilla: Delfina, indígena mazateca que vive y trabaja en la Ciudad de México con Ana, una médica, pierde a su madre Salustia que se extravía quién sabe dónde. A partir de entonces empieza la angustiosa bús¬queda que las lleva al pueblo de origen, Chilchotla, Oaxaca, a la que se va a su¬mar la doctora.Ana Ortiz aprisiona en este libro la precisión en los contornos de los personajes y el color local como principales elementos de su narrativa. Su mensaje nos regala la perspectiva de sentirnos sus acompañantes pues consigue abarcar la descripción pormenorizada de un viaje tortuoso.

Las anotaciones de Viaje a Chil¬chotla son “cuatro jornadas”, cuatro capítulos de colores y olores de la geografía Aun integrada en un mundo académico, el de la dueña de la casa dónde vive que, como hemos dicho, es médica, Delfina está reclusa en el ámbito de la medicina popular. Sometida al reclamo de por qué no lleva a su madre al doc¬tor, Delfina se apura a sí misma exal¬tando la respuesta de doña Salustia: “A tus mediquitos les falta mucho por aprender”, “deja curarme a mi modo”.

Delfina disiente de Ana y de todo el discurso de la medicina científica, por eso echa mano de otra posibilidad: “No me lo va a creer, pero a veces sí mejoraba. Al principio de un nue¬vo tratamiento sentía mucho alivio, después recaía. Entonces cambiaba de curandero. Otras veces ella misma se recetaba”.

En la atmósfera que puede palparse entre estos personajes, cada una se tolera en su entorno, porque para ellas esa es la amistad.

Su más notable virtud es permanecer fieles a sus valores y propósitos.

La aceptación de ir a Chilchotla, junto a las vanas tentativas para calmar el apetito mágico de su amiga, consti¬tuyeron pautas que confirman esta no¬vela idéntica a un espejo en movimien¬to. Espejo que refleja la existencia de una propuesta de contrastes y además, promueve la convivencia, bailando en el azogue lo sagrado y lo profano.

Y como si fueran ideas de cajón, el desenlace de este viaje sucede exactamente el dos de noviembre, día de la humanidad ausente.
Al llegar a Chilchotla, transitan sin suerte ni norte. La ansiedad excesiva por encontrar a Feliciano el curande¬ro era tan acalorada que desborda en gestos duros, desesperantes, en tras¬tornos de conciencia, incluso aceptarse víctima de un fraude.
Una de esas cuestiones es el silencio envolvente donde cada comunidad presenta un mundo de mito y metáfora que coexiste con el mundo del realismo cotidiano.

Pero volvamos a la incesante búsque¬da del brujo Feliciano por parte de la joven enfermera.
Lo transcribo completo:

* “Me dijeron que buscas a don Julia¬no, pero es muy difícil que venga. Allá en México tiene mucha gente en su consulta. No saben cuánto dinero está ganando.

* ¡tiene que venir! – me asombró la seguridad de Delfina a estas alturas del día -. Él lo prometió.

* A veces viene pero no en su persona.

Como les dijera… aparece como te¬colote en la noche o puede que se sirva de un perro o hasta un gato. Da vueltas por la casa”

Esta es la razón que se repite a mane¬ra de canción encadenada. La búsque¬da es el dato fuerte aludido en toda la novela.

Pero no por eso deja de tener otro centro de gravedad. Hay un mapa veloz y definitivo desde Azcapotzalco a Chilchotla, mapa que contiene rela¬tos singulares como el monólogo de nubes con alas rumorosas o de ríos que corren al revés.

Al final, viaje a Chilchotla retrata la existencia de otros personajes mazate¬cos con experiencia de vida urbana, pero adaptados de vuelta al solar en su pueblo y perdidos quizá en la infinitud de sus recuerdos.

Cierto o no, la revelación onírica con¬dujo a Delfina por vasos comunicantes de la memoria al bosque de pinos.

Sin duda, esta novela de Ortiz Angulo aporta algo novedoso, una parábola surrealista que se fusiona con la tra¬gedia de la desaparición física de dos personas.

Mientras tanto, “Ana” se pierde en lo diariamente doméstico.
Otro elemento que inaugura la narrativa mejor de esta cuentista es la descripción de los huehuentones, o la prosopografía de los mazatecos.

De esta última, Ortiz Angulo baraja ante nuestros ojos los múltiples rasgos timbrados de las mujeres y los hom¬bres de esta etnia: “el color de la piel de los mazatecos es gris pálido, son delga-dos, de baja estatura, sus ojos tienden a ser oblicuos, de pupilas negras, pene¬trantes, aparentemente indiferentes.

Los niños, sobre todos las niñas, que abundan, son de hermosas facciones. Y ¡siempre ríen! Su sonrisa es cantarina, espontánea, a flor de labio. Ríen sin motivo, cuando menos para mí.
Hablan mucho, riendo; ríen hablando, cantando. Las mujeres grandes esco¬den su risa tras el reboso, pero ríen, ríen siempre.”

Con sabor a magia aparecen los hue¬huentones:
“Se acomodaron los músicos en un rincón oscuro y empezaron a tocar una tonadilla monótona, rítmica, repeti¬tiva, pegajosa, el hombre del violín afinó el instrumento y ensayó la melo¬día. Los danzantes que iban entrando golpeaban el suelo con los tacones. Formaban el grupo más extraño que he visto en mi vida, todos eran hom¬bres. Todos enmascarados. Entre las máscaras había de todas, algunas de las tradicionales de cartón pintadas con fuertes colores, de diablos, perros, co-yotes, jaguares y calaveras. Otros más con máscaras de plástico de el Santo, Batman, seres extraterrestres, el ET.”

Un balance final dejaría implícita la necesidad apremiante de conocer el legado literario de Ana Ortiz Angu¬lo: “cuatro novelas, cuatro libros de cuento, una autobiografía y una decena de ensayos sobre arte e historia”, que circulan desde hace años.”

Viaje a Chilchotla, Ana Ortiz Angulo, México, Ed. El Socialista, 1997. 103 páginas
Imagenes de Francisco Zuñiga
y Aldo Hinojosa

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