Lenin y su mala imagen

Por Cuauhtémoc Ruiz

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Boletín Digital

Vladimir Ilich Ulianov no goza en la actualidad de buena prensa. Luego de la caída del muro de Berlín, en 1989, se fue imponiendo en la opinión pública internacional el concepto de los socialdemócratas (“socialistas” en Europa, perredistas en México), en el sentido de que era un hombre autoritario, represor y violento. El brutal dictador de la Unión Soviética, José Stalin –dicen- ya estaba prefigurado en Lenin.

El libro de Juan María Alponte que lleva el pretencioso título Lenin, vida y verdad[i], es ilustrativo de lo anterior y no da lugar a sorpresas. Ya en el primer párrafo dice:

“El rebelde está con la base social mientras el revolucionario pretende resolverlo todo autoritariamente y para siempre, desde arriba, sin la base social y por eso fracasa.”

Los grandes acontecimientos históricos que rodearon la vida y marcaron las decisiones del personaje, la invasión de una decena de ejércitos capitalistas para aplastar la naciente república de trabajadores, el fracaso de la revolución socialista en el resto de países europeos, el apabullante atraso económico, social y cultural de Rusia en 1918 son ignorados para dar paso a una explicación simplista: el problema de Lenin es que eligió ser un revolucionario.

En esta caricatura no podía faltar la descalificación al modelo de partido que el ruso inventó. Alponte dice: “Lenin impone en 1907 en el V Congreso de la socialdemocracia rusa el criterio apasionadamente discutido del ‘centralismo democrático’ que históricamente sustituiría el debate con la base social y, por tanto, proporcionaría a la cúpula todos los poderes. Lenin no podía imaginar, aunque fuera concebible en aquellos momentos, lo que significaría su victoria: la creación de un partido monolítico, esto es, la barbarie.”

La compleja y multifactorial explicación de un hecho histórico de enormes proporciones como es la burocratización de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y de los partidos comunistas, es sustituida por una (supuesta) mala idea que engendró la cabeza de una persona, el centralismo democrático.

En esta biografía Lenin aparece como un exiliado que vive cómodamente y sin apremios económicos en las elegantes metrópolis europeas y que dedica buena parte de su tiempo a las intrigas políticas y a perrerías con su amante Inés Armand. En las más de 300 páginas de Lenin, vida y verdad jamás encontraremos una sola alusión al enorme trabajo científico y teórico –reunido en más de 50 volúmenes- que hace de Vladimir Ilich uno de los más geniales y prolíficos pensadores contemporáneos. Tampoco hay una sola página en la que se detenga a relatar la dedicación de Lenin a la formación de “cuadros”, es decir, de líderes socialistas, muchos de ellos provenientes de la clase obrera. No se explica por qué la estructura y la cúpula del partido bolchevique, en 1917, estaba formada por miles de obreros cultos y capacitados, y de una pléyade de personalidades que hablaban varias lenguas, escribían notablemente y destacaban en los más diversos campos intelectuales.

La tergiversación de la historia

Lo más revelador es el máximo reproche que este escritor socialdemócrata le hace a Vladimir Ilich. Dice Alponte:

“Yo no dudo en afirmar que el más grave error de Lenin, error que tendría efectos paranoicos, fue exigir sin más ‘todo el poder a los soviets’, en vez de optar por el acuerdo con los socialdemócratas que, como Kerenski, buscaban una solución moderna y democrática para el país.” (pág. 28)

Aquí el que aparece de cuerpo entero no es Lenin sino su crítico, tergiversador de la historia. Dice que Kerenski y los socialdemócratas buscaban el progreso de su país. La realidad es que en los meses de 1917, cuando uno y otros estuvieron en el poder en concordancia con la burguesía, se rehusaron a buscar la paz (Rusia guerreaba contra Alemania); a repartir la tierra a los campesinos (en manos de nobles y latifundistas); y a convocar una asamblea constituyente (Rusia no tenía Constitución, es decir, carecía del más elemental Estado de derecho). Una de las lecciones de la revolución rusa es que en circunstancias críticas la burguesía y sus políticos son un factor de regresión histórica. La única clase que mostró cualidades para ofrecer “una solución moderna y democrática” para su país fue la trabajadora, organizada en soviets. Lo que la burguesía europea dio a sus pueblos durante más de tres décadas fueron la primera guerra mundial (12 millones de muertos) y luego el fascismo y el nazismo, con sus 40 millones de cadáveres. Fue la URSS la principal fuerza que derrotó al Tercer Reich en la segunda guerra mundial. Gracias a que existía esa república obrera fundada por Lenin (y a pesar de la horrorosa dirección de Stalin en ella) la humanidad pudo contener y luego propinarle una derrota demoledora a los nazis.

Lo que hace a la Revolución de octubre de 1917 singular, extraordinaria y de repercusiones universales fue precisamente que por primera vez en la vida de la humanidad la clase trabajadora, auto-organizada democráticamente en consejos y dirigida por un partido, tomó el poder en un país. En el cumplimiento de este sueño, es cierto, Lenin tuvo una intervención decidida y seguramente ello lo llenó de orgullo. Se cumplió así el vaticinio de Carlos Marx, y la URSS, aun a pesar de su posterior y repudiable burocratización y del stalinismo, se convirtió en la segunda potencia mundial y durante un largo periodo expandió considerablemente los derechos económicos y sociales de sus pueblos. El partido de Lenin fue el factor más consciente de ese espectacular salto en el desarrollo de la humanidad que estremeció a todo el planeta.



[i] Juan María Alponte, Lenin, vida y verdad, México, Grijalbo, 2001, 332 págs.

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