Peña Nieto es nuestro Presidente

Por Ramón I. Centeno

Mi anterior texto sobre la “imposición” (así con comillas) tuvo la fortuna de generar diversas reacciones por escrito de varios activistas. La existencia de este afán colectivo por mapear mejor el terreno de nuestra intervención política es sin duda un indicador de buena salud. Me referiré ahora a una idea que es necesario refinar.

Mi camarada C. Ruiz apunta con agudeza que “incluso si las elecciones hubieran sido impecables, le opondríamos la misma beligerancia a Peña Nieto.”[i] Este es el núcleo de la cuestión. Para un marxista esta actitud no es sorprendente: cuando un poder merece morir, no teme anunciarlo, incluso si aquél fue ‘democráticamente electo’.

Sin embargo, en el activismo mexicano predomina algo diferente: un pavor a aceptar que el PRI regresó a la Presidencia por la voluntad popular expresada en las urnas. Hacerlo, implicaría bajar los brazos, saludar al hecho y respetar como legítimas las acciones de gobierno de Peña Nieto. Pido al lector retenga en su mente este párrafo, cuya lógica a continuación vamos a diseccionar.

¿Por qué este miedo? ¿De dónde proviene? Creo tener parte de la respuesta.

Leí en la semana un texto de Giorgio Agamben[ii] para propósitos distintos a este debate, que sin esperarlo cayó “como anillo al dedo.” De forma breve y magistral, este autor italiano pone al descubierto una tensión irresuelta en nuestro pensamiento político desde la Antigua Grecia. Se refiere a la relación entre el modo en que se constituye el poder  político (“forma de constitución”) y el modo en que se ejerce este una vez constituido (“forma de gobierno”). El primer elemento corresponde a lo “jurídico-político” y el segundo a lo “económico-administrativo”, y ambos “se han traslapado uno sobre otro desde el nacimiento de la política, el pensamiento político, y la democracia en la polis o ciudad-estado griega, lo que hace difícil separarlos.” Parecen, por tanto, caras de la misma moneda: el proceso y el resultado. En griego antiguo, como nos recuerda Agamben, politeia puede traducirse tanto como “constitución” como “gobierno”.

Relacionemos esto ahora con eso que hoy llamamos democracia. En las democracias liberales actuales, el poder político se constituye mediante elecciones que legitiman al Presidente, Parlamento, etc. Una vez que el poder se ha constituido, este comienza a ejercerse por el gobierno que ha sido bendecido por el voto mayoritario. En consecuencia, hoy solemos creer que si un poder ha sido ‘democráticamente’ electo, son legítimas sus acciones de gobierno. Supongo que esta creencia proviene de un hecho que Agamben observa: en la actualidad el término democracia “designa tanto la forma en que el poder es legitimado como el modo en que este es ejercido”.

Viene la pregunta problemática. ¿Cómo se articulan la constitución y el gobierno? Aristóteles propuso que uno subordinaba al otro, siendo el gobierno el poder supremo (kyrion). Más cerca de nuestro tiempo, Rousseau sostuvo lo inverso, que el gobierno era el subordinado al otro elemento, de carácter soberano (souveraineté). Después de mostrar esto último, Agamben comenta: “Al igual que con Aristóteles, la soberanía, eso que es kyrion o supremo, es al mismo tiempo uno de los elementos que se busca distinguir y el vínculo indisoluble entre la constitución y el gobierno.”

La ambigüedad de esta relación que busca unirse apelando a un supuesto kyrion, lleva al italiano a preguntarse: “¿Qué tal si [el kyrion] fuera solo una ficción, una malla puesta para esconder el hecho de que hay un vacío al centro, que ninguna articulación es posible entre esos dos elementos, esas dos racionalidades?”

Volvamos a México. ¿Qué pasaría si aceptáramos que Peña Nieto no fue impuesto? ¿Qué tal si aceptamos que el PRI regresó al poder legítimamente? Aunque la izquierda mexicana sentiría un retortijón ante tal posibilidad… no pasaría nada. O bueno, algo sí ocurriría: empezaríamos por fin a explorar por qué no hemos logrado conmover a la sociedad mexicana, empezando por las clases más lastimadas.

El discurso de la imposición contiene dos grandes averías. Por un lado, como comenté ya en el otro texto, es una idea falsa que supone que los electores son unos idiotas que votaron por el PRI debido a un lavado de cerebro. Por el otro, y esto es lo que me faltaba añadir, reduce cualquier estrategia política opositora a la denuncia de Peña Nieto por ser un Presidente surgido de un “pecado original.” Ambos aspectos se acoplan a (y surgen de) la mentalidad de López Obrador en tanto que, llevados a sus últimas consecuencias, implican que si retrocedemos el tiempo y quitamos la suciedad del proceso electoral, él y nadie más habría sido el triunfador, o sea, el actual Presidente. Ciencia ficción pura. Y si alguien piensa que exagero, sólo recuerde que hace seis años, llevado por estas mismas ideas, este personaje se proclamó, en una surreal ceremonia que dio pena ajena, el “Presidente Legítimo.”

Las democracias contemporáneas son cada vez más adornos de lujo en las diferentes “economías de mercado” del planeta. Aunque el poder político se constituye legítimamente en elecciones libres, la depredación capitalista permanece incuestionada por los gobiernos democráticos. Agamben tiene razón: constitución y gobierno son áreas políticas en plena desconexión. En efecto, aunque está en el interés general que se detengan tanto la depredación planetaria como la crisis económica en curso, los gobiernos “democráticos” actúan en contra de aquél interés. Por ello, dichos regímenes merecen la más resuelta oposición. Sólo así podremos liberar a la democracia del yugo capitalista.

En cuanto a México, estamos a buen tiempo de corregir el rumbo. Peña Nieto es el Presidente, no nos espantemos. Ahora convenzamos a la sociedad mexicana de que lo derrumbe, pues de no hacerlo, sus acciones de gobierno saldrán muy caras a todos quienes no pertenecemos a la élite.



[i] Ver: http://goo.gl/VaunU.

[ii] Agamben, Giorgio. 2012. “Introductory Note on the Concept of Democracy”. En Democracy in What State?, Agamben et al: 1-5 New York: Columbia University Press.

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