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Cuernos de chivo bajo el sarape

Por Ramón I. Centeno

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Boletín Digital ES18 Pluma21

Cuando cambia algo tan arraigado como lo es un estereotipo nacional, algo profundo seguramente está ocurriendo. El tradicional (y estúpido) estereotipo mexicano había sido ese del tipo con sombrero largo cómodamente durmiendo recargado en un cactus. Hoy en día, además o aparte de eso ahora portamos un cuerno de chivo bajo el sarape, listos para vender drogas. Este cambio cultural puede verificarse en el cine desde/sobre México. Sesenta o setenta años atrás predominaban historias sobre la Revolución Mexicana o sus legados. Ahora todo gira alrededor de la Guerra contra el Narco. Sólo véase el contraste entre la utopía épica de “Vámonos con Pancho Villa” (1936) de Fernando de Fuentes y la distopía trágica de “El Infierno” (2010) de Luis Estrada. Lo mismo es visible desde el ojo extranjero. Compárese nuestra imagen nacional en “¡Que viva México!” (1932) de Sergei Eisenstein con la película estilo Tarantino “Machete” (2010) de Robert Rodríguez: autenticidad virginal vs corrupción orgánica.

  1. 1.       Un terremoto político

¿Cuándo empezó todo esto? ¿Cómo pasamos de los cuates ingenuos a los despiadados chicos malos? En diciembre de 2006 el recién electo Presidente Felipe Calderón le declaró la guerra al narco. El Secretario de Gobernación de ese momento, Francisco Ramírez Acuña, explicó el lanzamiento de la “Operación Conjunta Michoacán”, como un esfuerzo para “acabar con la impunidad de los delincuentes que ponen en riesgo la tranquilidad de todos los mexicanos y, especialmente, de nuestras familias.”[i] Desde entonces, la palabra “seguridad” se convirtió en uno de los ejes del discurso político en México. De nuevo, ¿por qué? En esa elección, los dos candidatos punteros terminaron con una diferencia de menos del 1% de los votos, con el derrotado Andrés Manuel López Obrador denunciando fraude electoral; y así, debilitando seriamente al ganador. Su falta de una legitimidad incuestionada lo llevó a buscar medios para ganar estatura política rápidamente. ¿Por cuál ruta optó?: lanzar un estruendoso y selectivo ataque a cárteles de la droga (epítomes de “lo criminal”) con el objeto de presentarse como la encarnación de los intereses nacionales de todos los mexicanos. Peor aún, esta decisión de Calderón también significó un alineamiento a la política exterior de Estados Unidos. Por ello no fue sorprendente que Washington rápido explotara la oportunidad al declarar su apoyo al gobierno mexicano primero, e institucionalizando tal apoyo después. Así nace la “Iniciativa Mérida”, un acuerdo militar México-E.U. firmado en 2008 para juntos sostener la “guerra a las drogas”.

Seis años después, más de setenta mil personas (en su mayoría civiles al parecer) han sido asesinados como parte de esta aventura militar contra los poderosos (y también militarizados) cárteles. Para sintetizar, lo que empezó como una táctica de corto plazo, terminó como una estrategia de largo plazo para la estabilidad política. Si en 2006 México estuvo al borde de sumarse al club de los gobiernos de “centroizquierda” de América Latina, después vino el frenesí que lo convirtió en el aliado clave de Washington y sus amigos para contrapesar la influencia de Hugo Chávez. Junto con Colombia, México empujó a toda Centroamérica a la Guerra contra en Narco. Esta subregión, con una dinámica política opuesta al resto, ha llevado a analistas reaccionarios pero bien informados a preguntarse si ahora estamos frente a dos Américas Latinas: una “del Pacífico” y la otra “del Atlántico.”[ii] Esta contra-tendencia al giro a la izquierda, tan celebrado al principio del siglo, cubre más de 1/3 de la población regional en tanto alcanza a otros gobiernos derechistas, Perú y Chile. Estos dos junto con Colombia y México han lanzado recientemente (junio de 2012) un bloque económico en oposición a la ALBA de Chávez y al Mercosur liderado por Brasil: la Alianza del Pacífico, con Costa Rica y Panamá como observadores. Como complemento, el resto de Centroamérica de por sí había firmado un favorable acuerdo comercial con México en noviembre de 2011.[iii] En corto: en los países donde el neoliberalismo aún corre desbocado las élites están haciéndose el amor unas a otras.

Condicionado por todo este nuevo entramado político, es previsible que el nuevo Presidente, Enrique Peña Nieto, actúe en el mismo sentido que su predecesor. Rosario Green, ex secretaria de relaciones exteriores y veterana asesora del régimen en materia internacional, recientemente lo puso así: “Si me preguntas cuáles serán probablemente su primera, segunda y tercera prioridad, yo diría que Estados Unidos, Centroamérica, y el Pacífico.”[iv] O en palabras del propio Peña: “tenemos que asumir, como país, un rol de mayor responsabilidad en las distintas organizaciones regionales y multilaterales. En particular, en la Alianza del Pacífico, al lado de Colombia, Perú y Chile.”[v]

En conclusión, la cambiante percepción de México en el exterior debe ser leída como un indicador del terremoto político que el país ha atravesado. En un viaje a Cuba en 2010, yo estaba tan impactado por las precarias condiciones de vida en los barrios populares que me cuestionaba poder vivir como un cubano ordinario. Pero cuando un cubano me preguntó de dónde era, exclamó: “¡Yo no podría vivir en México! ¡Mucha violencia!” Como fueran sin importar cuán sangrientos hayan sido estos últimos seis años, ningún actor político central se atrevió a desafiar la carnicería. Más aún, ese fue uno de los terrenos donde los candidatos presidenciales del 2012 coincidían; sólo polemizaron entre sí sobre cómo proseguir una Guerra al Narco más efectiva. En este sentido, aunque Peña ha afirmado que su prioridad es “reducir los niveles de violencia”, rápidamente añade que “hay tareas que se han seguido que deben mantenerse e incrementarse.”[vi] Hablar de legalizar las drogas permanece un tabú.

  1. 2.      Mentes clasemedieras

Cuando en 2006 el New York Times cubrió los alegatos de fraude electoral hechos por López Obrador, reflejó dos pronósticos en sus páginas. Por un lado, “analistas políticos como Robert Pastor de la American University dijo que la historia del Partido de la Revolución Democrática del Sr. López Obrador y sus propios instintos políticos belicosos pueden fácilmente conducirlo a llevar esta pelea a las calles.” Por el otro, Pamela Starr, en ese entonces experta en América Latina por Eurasia Group, acertó: “ella espera que el Sr. López Obrador “haga mucho ruido” pero conceda su derrota rápidamente.” ¿Por qué? Desde su perspectiva, este político “había aprendido de la elección que su estilo político confrontacional asustó votantes en un país donde la gente es abrumadoramente pobre, pero posee sensibilidades conservadoras, de clase media.” [vii] Allí reside el secreto de cómo especuló correctamente: los mexicanos tienen una clase social en el bolsillo y otra en su mente.

Esta verdad es tan profunda que incluso sesga a las ciencias sociales mexicanas. Basta echar una breve mirada a Roger Bartra, un sociólogo de primera línea para quien México “es ya una sociedad de clase media”. ¿Cómo es esto? Su respuesta: si bien es cierto que 40% de la población es pobre, “el 60% restante forma parte de la clase media.” [viii] Dejemos de lado el impresionante hecho de que ignore la tremenda distancia entre pobres y ricos.[ix] Aún hay más. Como si se propusiera refutar a Bartra, un estudio en 2011 reveló que el 81% de los mexicanos cree ser de clase media aunque sólo el 32% gana más de mil dólares al mes.[x] De esto puede concluirse que las clases trabajadoras mexicanas son clasemedieras aspiracionales. ¿No es “la clase media” el sujeto del discurso político mexicano contemporáneo: las familias-a-ser-salvadas-de-las-drogas? De modo que cuando Bartra alega que en México “la clase media ya es hegemónica”[xi] está aportando un destello correcto que sin embargo no puede apoyarse en estadísticas como él piensa, sino que sólo puede explicarse como ideología pura, de la que el mismo Bartra es víctima.

Cuando en 1975 un estudiante comunista confrontó en la UNAM al Presidente Luis Echeverría, éste felizmente aplaudió con entusiasmo y exclamó “¡Soy el primero en aplaudirlo!” cuando el activista explicó al auditorio universitario que “la revolución es un proceso que requiere principalmente la incorporación del proletariado.”[xii] Más tarde en 1980 el llamado nacionalismo revolucionario aún prevalecía en el dominante PRI. En su discurso antes de la elección que ganó para gobernador del estado de Nayarit en 1981, Emilio M. González reafirmaba con orgullosa confianza su “doctrina”: “Creo en la Revolución Mexicana, sostengo el nacionalismo revolucionario… Soy anti-imperialista…”[xiii]

Aquí el paralelismo con el estalinismo es revelador. El PRI, justo como la Unión Soviética desde Stalin, necesitaba de un aparato político represivo que le garantizara el monopolio del poder, al tiempo que construía su legitimidad a partir de actuar en nombre de una Revolución hecha por el pueblo. Octavio Paz, el poeta mexicano premio Nobel en literatura, tal vez lo puso más claro cuando definió al régimen del PRI clásico como un “ogro filantrópico.”

Este PRI era sensible a las demandas populares debido al fresco recuerdo de la Revolución Mexicana (así, con mayúsculas), desde la cual emergió luego de un largo proceso de luchas un régimen que se legitimaba a sí mismo como personificación, producto, representante, y guardián de esa gesta heroica. Desde que se llamaba Partido de la Revolución Mexicana con el General Lázaro Cárdenas, el PRI administraba su relación con las clases populares (y con la burguesía en alguna medida) a través de estructuras corporativas: esto es, vehículos organizacionales cuyos líderes eran promovidos desde arriba, sin ningún espacio para cualquier oposición interna. La semejanza de esto con el estalinismo no es coincidencia. Por ejemplo, el principal aparato dirigido a la clase obrera –la Confederación de Trabajadores de México (CTM)- fue diseñado con todos sus rasgos antidemocráticos en los años 1930’s por el bicéfalo estalinismo mexicano (el Partido Comunista Mexicano) y Vicente Lombardo Toledano, quienes pronto entregaron su dirección al régimen –a Fidel Velázquez- por órdenes de Moscú de apoyar al partido en el poder “a toda costa”. En otras palabras, el corporativismo priísta destilado por Cárdenas es una tradición originada en una bienvenida incrustación soviética en la institucionalización post-revolucionaria de México: la forma aterrizada del discurso “nacionalista revolucionario” del PRI clásico.

Como fuera, con el ascenso de los tecnócratas neoliberales dentro del PRI, cuyo mejor representante fue Carlos Salinas (1988-1944), comenzó el desmantelamiento definitivo del PRI clásico. Nunca más este partido volvió a hablar del “nacionalismo revolucionario”, del “anti-imperialismo” o de su compromiso con la “Revolución Mexicana”. Cuando en el 2000 el PRI finalmente perdió la presidencia, fue a manos del conservador Partido Acción Nacional (PAN), dando otra patada a la filantropía del ogro.

¿Cuáles son las implicaciones actuales de todo esto? Al disminuir y menospreciar los que fueran los vehículos explícitos a través de los cuales monitorear y canalizar los “sentimientos” populares y demandas, las élites políticas mexicanas amputaron el vínculo del régimen con la mayoría de la gente. Como resultado, la violencia selectiva es cada vez más utilizada para enfrentar el malestar social. La locura de la Guerra contra el Narco también se explica parcialmente por eso mismo: los cárteles no tienen claramente con quien negociar la impunidad (como en el pasado). [xiv] Sin vehículos de comunicación desde/hacia el poder, el resultado de los choques entre los actores sociales mexicanos es más impredecible y, por tanto, la violencia una posibilidad más grande ante cada situación.

En resumen, la visión neoliberal trató (“racionalmente” desde su punto de vista, por supuesto) a las estructuras corporativas como molestos obstáculos al óptimo funcionamiento del mercado. En realidad, las élites, al barrer organizaciones que no fueron reemplazadas por algo “mejor”, sólo dejaron un vacío entre el régimen y las clases. La supuesta hegemonía de la clase media es más bien la derrota de las estructuras de la clase obrera. Estructuras que estaban en manos del PRI, claro está, pero hoy la mayoría de ellas simplemente no existen. Sólo algunas de ellas fueron democratizadas desde abajo, como el gremio magisterial en Oaxaca, por ejemplo. Pero esta es la triste excepción, no la regla. La nueva regla es la atomización de la clase trabajadora, lo cual hipertrofia las ilusiones de movilidad social por la vía individual. ¿Por qué? Sin esas ilusiones clasemedieras no queda nada, no queda lugar para la esperanza.

  1. 3.      El dinosaurio todavía estaba allí

No hace mucho tiempo, cualquier regreso del PRI a la presidencia en el futuro parecía inconcebible. Su derrota en el 2000 parecía irreversible y su muerte, cuestión de tiempo. El interregno de doce años que siguió, liderado por el PAN, marcó un terremoto político que incluso afectó los productos culturales, como dije atrás. Entonces, ¿cómo leer este cambio cuando el PRI está otra vez en el puesto de mando luego de estar desahuciado? Su retorno posiblemente señala una interrumpida continuidad política, que ha sido resumida después de un tiempo… con algo habiendo ocurrido en el ínter. Sin duda, sobrevino un nuevo equilibrio político, aunque con algunos viejos actores otra vez en escena… pero representando un guión diferente.

Uno está intuitivamente tentado a ver este renacimiento del PRI a través de los viejos y buenos lentes de Marx: “primero como tragedia, después como farsa.” O sea, un nuevo (y farsante) gobierno del PRI sería únicamente su última prueba empírica antes de su muerte definitiva. Por más atractiva que esta imagen sea intelectualmente, parece más apropiado acudir al realismo mágico latinoamericano: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”[xv] La incómoda verdad es que el PRI-nosaurio nunca se fue aunque amábamos pensar que sí. Pero ahora, ninguna filantropía residual queda en sus genes. La versión neoliberal del viejo ogro llegó para quedarse.

Después de todo, incluso en sus años afuera de la presidencia, el PRI nunca gobernó menos de la mitad de los estados mexicanos, y cerró el 2012 gobernando 20 de ellos. Por fin despertamos de la ilusión, y cuando la verdad se aclaraba, el movimiento estudiantil#YoSoy132[xvi] emergió en medio de la campaña electoral de 2012. Televisa había sido el patrocinador oficial no reconocido de Peña Nieto. En oposición a esto, una nueva generación de activistas se alzó contra la monarquía capitalista de los medios de comunicación en México. (En efecto, ¿cuál es el mérito de Azcárraga para dirigir la principal televisora del país? ¿es acaso el profesional más indicado para  administrar la información a los hogares mexicanos? No. Simplemente, es “el heredero”, como en cualquier reinado digno de ser decapitado.) Pero aquí, como en un triste recordatorio de las sensibilidades de clase media prevalecientes –comparemos por un instante con Occupy Wall Street- #YoSoy132 también era una crítica profunda al capitalismo… pero no se enteró: ¿no es acaso su aparición una denuncia de la propiedad privada sobre aquello que, por ser del interés común, no debería pertenecer a un individuo?

La pregunta dramática es: ¿por qué el PRI volvió al poder? Ciertamente, no sólo debido a dos administraciones fallidas del PAN. En gran medida, porque los priístas mantuvieron su presencia dentro de las clases populares, eso en lo que tienen experiencia de-toda-la-vida. Su tradición corporativa (su “contacto popular”) aunque débil es aún efectivo y no tienen serios oponentes a este nivel. Muy a su pesar (o tal vez con candor) tanto el PAN como el PRD y sus satélites han tratado de copiar el modelo del maestro priísta. En una escala general, el PRI ha probado ser el guardián más experimentado y confiable del capitalismo mexicano. Este partido tuvo suficiente maquinaria para diseminar su promesa de orden en oposición al desastre de Calderón. Y el apoyo complementario de Televisa no fue para nada insignificante.

Si esto no era suficiente, el día de la elección hubo múltiples reportes de compra de votos por parte de operadores del PRI. Y aunque es verdad que el sistema electoral mostró ineptitud para lidiar con esas acusaciones, es más verdad todavía que de nada sirve un IFE impecable si al final sólo va a contar votos obtenidos con vales de Soriana. Tal vez la lección es que el PRI sólo puede ser derrotado en su terreno: con “la gente.” De otro modo cualquier institución democrática novedosa y bien intencionada, como las mexicanas, se encontrará eventualmente bajo sitio por parte del régimen, aún anclado en el legado del PRI.

No obstante, si uno va con “la gente”… ¿es para decir qué? Cualquier respuesta a esta pregunta sólo revela cuán estéril resulta ir detrás del ex priísta mesiánico de López Obrador, cuyo discurso inflamado sólo sirve para esconder su irrelevante programa político: un utópico neoliberalismo “con rostro humano”. Y esta es la otra variable explicativa en el renaissance del PRI: el supuesto izquierdista PRD ha mostrado consistentemente una sobresaliente inhabilidad para presentar una alternativa tanto al neoliberalismo como a la guerra a las drogas. Este partido, por el contrario, ha sido mayormente reducido a una política parasitaria: una actitud de “espérate tantito” a que actúen tanto PRI como PAN para luego (a veces) criticarlos sin proponer nada a cambio. La necesidad de una alternativa revela un vacío político en la sociedad mexicana que sólo puede ser llenado por una nueva izquierda, sin complejos, anti-capitalista. ¿Ocurrirá esto?

Enero de 2013


[i] PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA. 2006. El Gabinete de Seguridad presenta informe de acciones sobre la Operación Conjunta Michoacán. Disponible en: bit.ly/RjH7Ba [Consultado el 29-oct-2012].

[ii] OPPENHEIMER, A. 2011. ¿Dos Américas latinas? La Nación [En línea]. Disponible en: bit.ly/rEizYS [Consultado el 30-oct-2012].

[iii] REUTERS. 2011. México y cinco países de CA firman nuevo TLC que unifica pactos previos. La Jornada, 23-nov.

[iv] OPPENHEIMER, A. 2012. México, EEUU y Latinoamérica. En Nuevo Herald [En línea]. Disponible en: bitly.com/S9xGFD [Consultado el 29-oct-2012].

[v] PEÑA NIETO, E. 2012. Latinoamérica, una tarea pendiente para México. El Tiempo [En línea]. Disponible en: bitly.com/PQFJci [Consultado el 29-oct-2012].

[vi] Entrevista con Damien Cave, The New York Times, Junio 2012. Disponible en: bit.ly/XOhZbC.

[vii] MCKINLEY JR., J. C. & THOMPSON, G. 2006. Conservative Has Slight Edge in Mexico Vote. The New York Times, 4-jul-2006.

[viii] BARTRA, R. 2011. No hagas mañana lo que puedas dejar para pasado mañana. Letras Libres [En línea]. Disponible en: bit.ly/UbqDvH [Consultado el 29-oct-2012].

[ix] El 10% más rico percibe el 38.7% del ingreso nacional, mientras el 10% más pobre sólo el 1.8%.

[x] VERDUSCO, A. 2011. Cree ser clase media 81 por ciento de la población, pero sólo 32 por ciento lo es. Milenio [Online]. Disponible en: bit.ly/oCcPCc [Consultado el 29-oct-2012].

[xi] Bartra, op cit.

[xii] Ver video aficionado en: bit.ly/YgayZX

[xiii] Ver video aficionado en: bit.ly/WWrzKy

[xiv] ESCALANTE GONZALBO, F. 2009. ¿Puede México ser Colombia? Nueva Sociedad, 84-96.

[xv] Este es un cuento (muy) corto de Augusto Monterroso.

[xvi] Esta simbolización fue la identidad que adoptaron en Internet los participantes, en solidaria respuesta al video donde 131 estudiantes de la Universidad Iberoamericana defendieron su protesta contra Peña Nieto.

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