El Papa negro

Por Emiliano Ruiz Parra

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Boletín Digital ES25

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La piscina está seca desde hace 25 años y en su lecho yacen piedras, botellas de plástico y muros grafiteados. Al costado de la alberca se levantan ruinas que algún día fueron vestidores: en donde antes hubo regaderas, ahora hay paredes carcomidas. El hedor a orines y excremento ha reemplazado al aroma del shampú y el cloro.

Son las instalaciones deportivas de la sección 175 del Sindicato Minero en Barroterán, en la Región Carbonífera de Coahuila. En este pueblo muchas calles no están pavimentadas, no existen las áreas verdes y el único cine cerró hace unos treinta años. La mayoría de sus habitantes trabajan en tres tipos de minería: los tiros verticales o pocitos, los tajos a cielo abierto y las minas propiamente dichas.

Esta región atrajo la atención mundial el 19 de febrero de 2006, cuando un derrumbe dejó atrapados a 65 trabajadores en la mina Pasta de Conchos. A esas víctimas se han sumado unos 90 muertos más en la industria minera.

Ésta es una tierra de paradojas: debajo del piso yacen miles de toneladas de carbón que representan cientos de millones de dólares. Pero en la superficie el paisaje ofrece una realidad distinta: localidades como Barroterán son casi pueblos fantasma. Taludes enormes de escombro se amontonan en el campo como desecho de la minería y torbellinos de polvo negro surcan sus cielos. Y por sus carreteras y terracerías circulan camionetas con hombres armados. Les llaman “los feos” o “los malos”. También les dicen Los Zetas.

En Barroterán vive una mujer que enfrenta esta adversidad con alegría y estupendo sentido del humor. Solía ser vecina de la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, pero se mudó a este pueblo para defender los derechos humanos y laborales de los mineros. El 16 de marzo, de su cuello pendía una gargantilla de plata que hacía juego con sus aretes. Una sonrisa brillaba en su rostro, el rostro de la teóloga Cristina Auerbach: conversaba acerca de Jorge Mario Bergoglio, el arzobispo de Buenos Aires y primer “papa negro” de la Iglesia católica. Negro no por el color de su piel, sino por el tono oscuro del hábito de los miembros de la Compañía de Jesús.

Cristina también es jesuita. Aunque no hizo votos religiosos, se formó como teóloga en la Compañía de Jesús. Cuando conversamos en su casa de Barroterán, Auerbach se mostró entusiasmada con los gestos de Francisco. Y es que el papa logró una hazaña en sólo cinco días: que los críticos más duros del aparato eclesial lo recibieran con calidez y altísimas expectativas. Por ejemplo, los teólogos Hans Küng y Leonardo Boff —cuyos libros fueron prohibidos por Joseph Ratzinger— se apresuraron a celebrar los gestos de sencillez del nuevo pontífice, en particular que eligiera su nombre en conmemoración de Francisco de Asís, cuya figura representa una crítica a la burocracia eclesial, amor a la naturaleza y una opción preferencial por la pobreza.

Curiosamente, a la jerarquía de la Iglesia católica se le había olvidado que Jesús era pobre: un albañil (y no sólo carpintero) analfabeta que vivió de su trabajo manual hasta sus treinta años, y que no tenía ni dónde recargar la cabeza a la hora de dormir. Ese testimonio contenido en los evangelios contrasta con lo que nos enteramos gracias a los Vatileaks —las filtraciones que salieron de la recámara del papa Benedicto—: el lavado de dinero en el Banco Vaticano y la corrupción de la curia romana.

“No hay dos jesuitas iguales”, dice una frase conocida en la Iglesia. Y en efecto, la historia de los jesuitas ha sido pendular y azarosa. Por su estupenda formación como intelectuales y educadores, fueron la congregación más cercana a las élites durante siglos. Estuvieron cerca del dictador Francisco Franco. En México, sacerdotes jesuitas fueron el germen de las organizaciones de ultraderecha como El Yunque y Los Tecos.

Pero en 1972 la congregación dio un giro de 180 grados y decidió volcarse hacia los pobres. Miles de jesuitas se fueron a vivir a los barrios obreros y se insertaron en las fábricas y comunidades indígenas: Auerbach es heredera de esa corriente.

Algunos jesuitas no quisieron dar el vuelco y permanecieron fieles al sector más conservador. Otros adoptaron una postura intermedia: entre estos últimos estuvo el argentino Jorge Mario Bergoglio, ahora papa Francisco.

México, como América Latina, es un país de desigualdades. En Barroterán deambulan hombres en sillas de ruedas que cobran pensiones de tres mil pesos al mes después de que se accidentaron en las minas. Y sus hijos siguen bajando a los pocitos a extraer carbón con el riesgo de morir sepultados por un alud de piedras o una acumulación de gas metano. Mientras tanto el dueño de muchas de estas minas, Germán Larrea, alcanza el sitio cuarenta de los hombres más ricos del mundo en la lista de Forbes.

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