A 70 años de la derrota que hundió al nazismo. Stalingrado, la batalla que cambió la historia

Por Camilo Ruiz Tassinari
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Por azares del destino, la única estructura que se mantuvo en pie en varios centros de metros a la redonda en el barrio más asediado de Stalingrado fue una extraña escultura socialista, donde un grupo de niños obreros y campesinos bailan tomados de las manos alrededor de un cocodrilo. Los niños siguen sonriendo, sin saber que absolutamente todo a sus alrededores había sido completamente destruido. Sus ropas y sus rostros están cubiertos de una especie de ollín o de ceniza negruzca, producto de la artillería y del humo de los edificios incendiados. Uno también puede ver esto en sentido metafórico: los niños como los jovencísimos soldados del Ejército Rojo, rodeando al reptil fascista en las afueras de Stalingrado después de meses de batalla campal.

 

 

En medio de la Segunda Guerra Mundial, el 31 de enero de 1943 se rindió en Stalingrado el mariscal nazi Von Paulus, luego de que había acosado brutalmente a esta ciudad durante tres meses. 140 mil alemanes habían muerto en ese sitio en combate o de frío, hambre y enfermedades. Habían sido destruidas o caído prisioneras 22 de sus divisiones. La superioridad de la artillería soviética había sido completa. La derrota germana era apabullante. A partir de esa fecha no sólo la guerra contra los nazis, la historia de la humanidad toda, dio un vuelco. A partir de ese momento el gran cambio consistió en que el proletariado en el mundo, luego de 20 años de reveses, deja de dedicarse centralmente a defenderse de la contrarrevolución y comienza el alza de las luchas populares más grande jamás vista. El mérito principal de este gran giro histórico fue del pueblo y del Estado soviético.

Combates cuchillo en boca

La victoria militar en Stalingrado fue una hazaña militar incomparable. Para empezar, las fuerzas alemanas eran numéricamente superiores, de 900 000 contra unos 650 000 soldados soviéticos. El tipo de batalla, también, fue algo que no se había visto más que en algunas guerras civiles y para lo cual los ejércitos no estaban preparados. Si en las confrontaciones militares normales los ejércitos pelean por grandes posiciones espaciales -por puentes, cimas de montañas, por recorrer la línea del frente algunos kilómetros- en Stalingrado se peleaba calle por calle, edificio por edificio e incluso piso por piso. Los alemanes inventaron una palabra para esto: rattenkrieg, o en castellano, guerra de ratas. Éste tipo de enfrentamiento significó que la superioridad tecnológica alemana, tan patente al principio de la guerra en el uso de la aviación y sobre todo de los tanques ligeros, no sirviera para nada. Pero también significaba que los soviéticos tuvieron que pelear con cuchillo en mano por cada centímetro de la ciudad. El comandante soviético de la batalla, Vassily Tchuikov, calcula que en el principal barrio de la ciudad donde se llevaron a cabo los combates, en el montículo de Mamaiev, cayeron mil misiles de obús, minas o granadas sobre cada metro cuadrado de terreno, al punto de que cuando terminaron los combates el acero y el plomo estaban fundidos con el pavimento.

La batalla fue tan larga y tortuosa que, lo mismo que en Leningrado, la gente tuvo que empezar a comerse a las mascotas. Cuando se acabaron las mascotas tuvieron que comerse a las ratas y a las palomas. Uno de los regimientos estaba formado por profesores de la universidad de Stalingrado, que decidieron salir a las calles a pelear contra los invasores nazis. Probablemente todos esos intelectuales se habían dado cuenta de lo que Vassili Grossman, enviado como reportero a la batalla de Stalingrado, pondría después en éstas palabras: “En los tiempos crueles y terribles a los cuales a nuestra generación ha sido condenada a vivir en esta tierra, no debemos nunca hacer la paz con el mal. No debemos hacernos indiferentes hacia nosotros mismos o poco exigentes hacia nosotros mismos.”

La capacidad económica de la Unión Soviética

Hay una serie de elementos geoestratégicos, económicos, políticos y militares que hay que tener claros para comprender la victoria soviética en Stalingrado y en la segunda guerra.

En las guerras totales, llega un punto en el que se termina  la capacidad de pelea acumulada por cada país en tiempos de pre-guerra y el factor determinante se vuelve la capacidad de cada Estado de proveer al frente con materiales de guerra y comida para los soldados. La victoria de la Unión Soviética a partir de ese momento no depende más de la astucia de los oficiales, porque no eran más astutos; ni de la preparación de los soldados, porque no estaban mejor preparados; ni tampoco en principio del tamaño de los ejércitos en guerra, como había sido el caso en la batalla contra Polonia o Francia (porque los alemanes ya se habían enfrentado a enormes ejércitos soviéticos en el verano de 1941 y los habían rodeado y tomado prisioneros); sino simple y llanamente en la capacidad de cada maquinaria industrial de producir más motores, más armas y más aviones que la otra, y de aprovisionar los enormes frentes. El ejército alemán había tenido cada vez más dificultades para aprovisionar a sus ejércitos durante la campaña de 1942. Aquí se trata simplemente de materialismo puro y duro: la capacidad de pelea de un ejército depende enormemente del estado físico de sus soldados y del estado técnico de sus armas. Los soviéticos tuvieron éxito al llevar toda la industria de la parte occidental a las ciudades de los Urales en unos cuantos meses, y en transformar hasta la más anodina fábrica de cigarros en fábricas de armamento.

La historia como resurrección: El pueblo en armas

Ver a las guerras como un juego de potencias poderosísimas implica perder de vista las vidas y los sufrimientos de aquéllos que suelen no ser otra cosa que la carne de cañón de la historia. El triunfo del proletariado soviético en Stalingrado fue, en efecto, el triunfo de la superioridad económica y técnica soviética sobre la alemana, pero también la suma de todas las pequeñas historias, a veces bellas y a veces absurdas, de heroísmo y sacrificio llevadas a cabo por gente que hasta pocos meses antes no tenía absolutamente nada que ver con la guerra, pero que se vio de improviso arrojada al campo de batalla de la historia.

La movilización popular  se dio en escala masiva después de la primera ofensiva nazi durante el verano. El pueblo soviético rápidamente se dio cuenta de que, a pesar de todas las fallas del sistema soviético, las consecuencias de la invasión nazi serían mucho peores. Los alemanes pensaban implementar en Ucrania y en el oeste de Rusia la política del lebensraum, el “espacio vital”, que consistía en darle las tierras de los campesinos eslavos a los ocupantes alemanes, mientras los primeros fungían como siervos o mano de obra semi esclava de los segundos. Este apoyo popular a la URSS tomó muchas formas, una de las cuales fue la formación de guerrillas antinazis más o menos independientes del Ejército Rojo y del Partido Comunista (se calcula que tenían unos 400 000 combatientes), pero sin duda la más importante fue la movilización del proletariado y los campesinos hacia las filas del Ejército Rojo, que tuvo en sus filas a unos 35 millones de hombres durante la guerra. No es difícil ver, detrás de las dimensiones de esta movilización, una toma de conciencia masiva de que “ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence.” En Stalingrado, por primera vez en veinte años, el enemigo dejó de vencer.

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