México. Guerrero bajo el cerco de las armas

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El narcotráfico creció en Guerrero al amparo del ejercito mexicano y de lo políticos del PRI

El ejercito desarma y persigue a las policias comunitarias, pero no a la delincuencia
Guerrero es una bomba de tiempo


La Jornada
Abel Barreda
Director del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan
Sabado 10 de Agosto 2013
La crítica situación de violencia que vive Guerrero no puede entenderse sin una inmersión profunda en la historia de sus regiones.

En la Tierra Caliente y en la Zona Norte, se impulsó la construcción de presas hidroeléctricas y se fomentó la explotación de minas de oro, mediante el desalojo forzado de comunidades campesinas que nunca fueron reubicadas en condiciones dignas.

En la Costa Grande, durante los años 90, mientras el Ejército perseguía y torturaba a los líderes de la organización de campesinos ecologistas de la sierra de Petatlán, el poder caciquil de Rogaciano Alba, al amparo del priísmo y del propio poder castrense, expandía los dominios de la droga.

En la Zona Centro y sobre todo en la parte más intrincada de la sierra, donde las compañías madereras arrasaron de manera indiscriminada con los bosques, florecieron los cultivos de mariguana y amapola. Desde el inicio se trató de una práctica agrícola tolerada por el Ejército a cambio de componendas y regalías que obtenían de los caciques. Ahora es un territorio desolado por la narcoviolencia. Acapulco condensa la tragedia nacional: miseria en las periferias y los boyantes negocios del crimen organizado en los centros de poder.

En la Montaña, el abandono secular de los gobiernos ha calado hondo en la vida de los pueblos, ha levantado movimientos sociales que marcaron cambios políticos en la vida nacional. La montaña roja comunista devino en la montaña del maíz bola, la de los primeros lugares nacionales en cuanto a pobreza, militarización y miseria.

En las siete regiones de Guerrero, la violencia delincuencial se gestó en el seno de las instituciones policiales y militares, la cuales urdieron negocios ilícitos con el patrocinio de los caciques. Los cuerpos policiales son parte del entramado de la corrupción y en el caso de la policía ministerial fue la punta de lanza para la infiltración del narco en las estructuras del Estado.

Conocer la entraña de estos territorios ariscos es entender las raíces profundas de un pueblo guerrero, decidido siempre a enfrentar las fuerzas que atentan contra la vida y la seguridad. Los gobiernos, con su inacción, dejaron crecer el poder de las bandas criminales y permitieron que las fauces del crimen organizado se extendieran hasta las poblaciones rurales, trastocando de manera abrupta el tejido comunitario. Esta violencia criminal desencadenó una respuesta sin precedente.
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http://www.jornada.unam.mx/2013/08/10/opinion/015a1pol

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