Bailes mexicanos

Por Ramón I. Centeno

T321-La danza del Talulah doc

Durante mis estudios de doctorado en Inglaterra, he observado con mucha sorpresa la abundancia de grupos de danza folklórica mexicana alimentados por esa peculiar diáspora mexicana que es más nacionalista en el exterior que cuando estaba en casa.

Es cosa de ver a estos compatriotas bailar para convencerse del sentimiento colocado en escena. Movimientos bien ejecutados, frente en alto, mirada orgullosa… Las mujeres abanicando el aire con sus amplios y coloridos vestidos. Los hombres con las manos cruzadas atrás, dando pasitos rápidos y ligeros. Y yo, que nunca adquirí el don del baile, me pregunto ¿de dónde salió esto?

¿Por qué nos gustan esos bailes y esos trajes que, siendo fieles a la verdad, nadie encontrará en ninguna calle o fiesta de México? Estas preguntas tienen su importancia, y su respuesta permite entender –cosas que me quitan el sueño- por qué nos ponemos un sombrero de charro cuando vamos al estadio a apoyar a la selección mexicana de futbol.

Es curioso. Por un lado, los mexicanos nos quejamos de los estereotipos a través de los cuales el mundo nos mira. “Un alemán me preguntó cómo era mi burro.” “Mi casero me dijo que lo único que sabía de México es que había muchos cactus.” La lista es interminable. Pero, por otro lado, cuando queremos presumir “nuestra cultura”, solo reforzamos esas imágenes. Para entender mejor mi inquietud, considere usted que no verá en México o en ningún lugar del mundo grupos de británicos organizándose para vestirse y bailar como Mary Poppins, o japoneses haciendo lo mismo con sus kimonos.

No me malinterpreten. Creo, aunque no sé bien por qué, que hay que apoyar a estos grupos. Pero es pertinente la pregunta: ¿qué sentido tienen estos bailes mexicanos?

Los ballets folklóricos, al final, son de los últimos ecos que hoy en día podemos encontrar de la Revolución Mexicana. Son hijos y vestigios de una epopeya como ninguna otra que cimbró la imaginación política del país y su fisonomía durante todo el siglo XX. En su carácter de vestigio arqueológico, los bailes folklóricos son fantasmas; espectros que no se van del todo y a cada tanto nos confrontan directamente. Me explico.

Luego de complicados y largos años de ríspidos acomodos políticos que siguieron a la violencia de la revolución, comenzó a articularse un régimen político estable. La síntesis de esta decantación fue el Partido Nacional Revolucionario, más tarde recargado y rebautizado como Partido de la Revolución Mexicana por Lázaro Cárdenas. (El propio nombre confiesa la atmósfera política de la época.) Aunque después del sexenio cardenista este instituto cambió por última vez de nombre a Partido Revolucionario Institucional, su forma de ejercer la dominación política siguió pautas más o menos cardenistas -el llamado nacionalismo revolucionario- que duraron varias décadas hasta su agotamiento en la década de 1980 con el giro neoliberal de Miguel de la Madrid.

En todo ese lapso, el poder se presentó como la personificación del legado de la Revolución Mexicana. Por eso, desde temprano, el poder posrevolucionario dio un gran apoyo a las artes, de las cuales dependía para plasmar los ideales del nuevo régimen. De este impulso brotaron productos culturales como el muralismo mexicano con Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco. Más adelante surgió el cine de la Época de Oro. Así, la guerra civil que dio héroes como Villa o Zapata impactó una generación de artistas cuya inspiración y síntesis creativa encontró en el régimen político un apoyo vital. El PRI se volvió el promotor cultural no. 1 de “lo mexicano”. Eran los tiempos del “ogro filantrópico”, como denominaba Octavio Paz al régimen priísta.

El proceso mediante el cual ese arte revolucionario fue convirtiéndose en el arte oficial escapa los límites de este texto. Aquí solo quiero resaltar que ese fue un tiempo único, en el que los artistas mexicanos dejaron de imitar las modas europeas y, al contrario, buscaron inspiración en las propias peculiaridades de la realidad mexicana. Mediante este procedimiento, desprovisto de los complejos habituales de nuestros artistas, esa generación alcanzó el mayor impacto universal que las artes mexicanas han logrado.

Volviendo a los bailes, cuando la coreógrafa Amalia Hernández ideó y formó su Ballet Folklórico de México en los años 1950, se encontró con todo el apoyo gubernamental. Tal y como narra este ballet en su sitio web, el Presidente Adolfo López Mateos en su momento se propuso hacer de esta compañía de danza “el mejor ballet del mundo.” Tal era el fervor de mexicanidad engendrado por la Revolución, que la élite política seguía embriagada por ella. A su modo autoritario, por supuesto, emprendía su esfuerzo por (monopolizar) institucionalizar la Revolución. Cuenta el sitio web del Ballet el reto que en esos años le puso Televisa a doña Amalia: “Con la responsabilidad de sacar al aire un ballet nuevo por semana, […] [el] resultado fue sorprendente, pues se logró realizar un total de 67 programas”. De esta cascada de coreografías provienen (¿casi?) todas las que hoy bailan los grupos de baile folklórico. Imagine el tamaño de la Revolución que vivió México hace un siglo, que la élite encumbrada por ella promovía bailes inspirados en las tradiciones de las clases bajas, con sus trajes indígenas y sus elementos campesinos.

El giro neoliberal dejó estas y otras expresiones en el abandono, pero algunas hoy siguen entre nosotros como ecos de un tiempo en que lo popular no era “naco”, sino nuestra fuente de identidad. Su condición espectral, de reliquias que deambulan en una época que no es la suya, nos confrontan con una pregunta: ¿qué implica ser mexicana/o hoy?

En el fondo, estos fantasmas –como los “bailes mexicanos”- tal vez nos recuerdan una deuda que León Trotsky identificó en sus años de exilio en México: aún hace falta “completar la obra de Emiliano Zapata.” Ésta, por cierto, era también la idea de esos artistas de la generación de Diego Rivera, cuyo arte no era sólo “mexicano”, sino políticamente comprometido. Si pintaban una campesina o un obrero, se esforzaban por convencernos, en un lenguaje sencillo, de sumarnos a su sed de justicia.

Y esta es la labor que tanta falta hace hoy. No basta con promover bailes, máscaras de luchadores o el tequila. Hace falta, sobre todo, darle un sentido socialmente comprometido. ¿Con quién? Con esos millones de mexicanos que las estadísticas ponen detrás de una cifra y que el arte puede colocar delante de nuestros ojos.

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