El grito de la resistencia

Por José Aureliano Buendía

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Pa dxiiti guiluxhe guenda ridinde di’

De dxii gati’ gubidxaca.

¿Cuándo terminara la lucha?

Cuando el sol se apague

Maestro Oaxaqueño durante el grito magisterial

A cuarenta y ocho horas de haber sido desalojados del zócalo de la ciudad de México, mediante un telegénico operativo policiaco-militar, los maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) salieron nuevamente a las calles el día 15 de septiembre. Envueltos por la solidaridad de miles de capitalinos –estudiantes en su mayoría- y con la presencia de contingentes magisteriales de Veracruz, Puebla, Chiapas, Distrito Federal, Estado de México y Oaxaca, alrededor de las cinco de la tarde partió la “marcha del desagravio”. Desde la estela de luz, la indignación generada por el violento desalojo de los maestros transitó por la avenida de la Reforma hasta llegar  a la Plaza de la República (alrededor de once mil), en donde parecen haber brotado -como por generación espontánea- cientos de hules multicolores que apenas y ayudan a cubrirse de la lluvia, incesante, como el ánimo de los educadores.

Bajo el Monumento a la Revolución, la mesa de acopio no ha dejado de recibir víveres y ropa, muestra de que no todos los capitalinos han sucumbido ante el bombardeo de opiniones encausadas a denigrar y criminalizar el movimiento magisterial. Sin embargo, el número de docentes que se mantiene en la ciudad de México está lejos de aquellos treinta mil que el diecinueve de Agosto lograron impedir la sesión de la cámara de diputados, donde se disponían a aprobar las leyes reglamentarias de la reforma educativa, ignorando la opinión del magisterio democrático vertida reiteradamente a lo largo de cinco meses en foros y mesas de trabajo.

Lo sucedido después de aquel día: la simulación del gobierno -ejecutivo y ambas cámaras- de escuchar las razones de los profesores y la final aprobación de tres leyes reglamentarias con algunas modificaciones concedidas ante la férrea lucha del magisterio, mellando el  filo de la reglamentación original. Por el otro lado, una histórica jornada de resistencia civil en la capital, mantenida sustancialmente por los maestros de la sección 22 de Oaxaca y las movilizaciones de miles de maestros en veintitrés estados de la república.Y en días recientes, vastos de contingentes estudiantiles de la ciudad de México.

Éste, es el escenario en el que los difamados maestros de México, se aprestan a celebrar la fecha más simbólica del nacionalismo mexicano, luego de haber sido desalojados de la principal plaza del país, en nombre de la patria y la paz.

En un Zócalo que nada tiene que ver con el ánimo festivo de los mexicanos, ausente de matracas, elotes y antojitos –joya de nuestra gastronomía- .Una plaza cercada de sofisticados arcos detectores de metales que cuidan la entrada por donde accesaría la base clientelar del partido en el poder.

Juan Gabriel y los Ángeles Azules se presentan ante una plaza de la constitución, a modo, para el presidente, con cientos –tal vez miles- de personas acarreadas desde el estado de México e Hidalgo donde el PRI ejerce el erario público para comprar “apoyos” y ganar elecciones.

Contrastando con el gigantesco set de  televisión montado en el zócalo de la ciudad,  a escasos dos kilómetros, un austero templete improvisa el programa político y cultural en conmemoración de los 203 años de la gesta independentista, con una serie de oradores que no han tenido cabida el zócalo, ni en las pequeñas elites que definen la política, los presupuestos y la impartición sesgada de la justicia en esta nación.

“Adelante, atrás, a los lados. Aquí no hay acarreados”, puede escucharse entre la concurrencia que lentamente accesa a las inmediaciones del Monumento a la Revolución, por un estrecho pasillo, entre las carpas, donde los maestros se reorganizan después de dos días de miedo y zozobra ante la violencia ejercida por los gobiernos de Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera. Mientras tanto, en las calles aledañas al palacio nacional un desmesurado operativo cuida minuciosamente el acceso a la plaza, que a las once de la noche será testigo del primer grito de “independencia” de  Enrique Peña Nieto cómo presidente de México. Paradójicamente en el monumento, milesde personas coreaban ¡Fuera Peña! y ¡México sin PRI!

En un letrero improvisado cerca del centro de acopio, se puede leer: “Recibimos insultos, amenazas, descalificaciones, cárcel, golpes, muerte. También víveres -Gracias-. No nos daremos por vencidos.” A unos metros, una fila de maestros recibe un plato de comida, preparada y servida por estudiantes y personas solidarias que después de la represión del viernes trece han acudido a ofrecerse cómo voluntarios en el campamento. Una familia llega de repente con una olla de tamales que empiezan a ofrecer entre los profesores. -Ande profe, pruébelos, son de hoja de plátano, están bien buenos. Me dice el hombre confundiéndome con un maestro

Entre las sombras del templete, a falta de iluminación, surgen las arengas y las muestras de agradecimiento a todos aquellos que acompañan a los profesores. Iniciando la lista, la voz de un electricista se escucha por las bocinas, para reiterar su apoyo a la Coordinadora -CNTE- y a todos los maestros que “nos han dado una lección de dignidad”, también recuerdan la lucha que desde hace cuatro años mantiene a diez y seis mil trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas con la exigencia de recuperar los empleos que les fueron arrebatados con un artero operativo policial para ocupar las instalaciones de la extinta Luz y Fuerza del Centro en 2009.

Mientras el grupo de danza folclórica y la rondalla de la sección 22 de la CNTE apresuraba los preparativos para su presentación en el escenario, un hombre proveniente de la comunidad de San Mateo del Mar, levanta una voz en wave para cuestionar la celebración de la independencia, sobre todo en aquella región del país, donde la empresa española Mareña Renovables pretende arrebatar el territorio perteneciente a los pueblos Ikoots y zapotecos que se oponen organizadamente a la instalación de molinos eólicos que amenazan su forma de vida y territorio. Al finalizar su mensaje, remata: ¡Vivan México! ¡Vivan nuestras lenguas originarias!

En Palacio Nacional se preparaba un festín para la selecta comitiva de invitados, setecientas personas en donde figuraban los secretarios de estado y las representaciones diplomáticas. En el zócalo, una mujer proveniente de Tecamachalco declaraba haber sido alimentada con mixiotes y tortas, comida y cena patrocinada por su presidente municipal quien envió 13 camiones para apoyar al presidente Peña Nieto.

Con una avenida de la republica repleta banderas mexicanas izadas en alto,  el escenario en el que se auguraba ya una noche oaxaqueña daba paso a Héctor Patishtán, hijo del preso político Alberto Patishtán quien hace unos días era nuevamente objeto de la injusticia sistemática por parte del estado mexicano, al ser ratificada la sentencia por 60 años a causa de un delito que no cometió. Mientras Raúl Salinas, Caro Quintero y don Neto, han salido libres pese a los cargos comprobados en su contra por enriquecimiento ilícito y narcotráfico, el poder judicial se ensaña con el profesor chipaneco al desestimar las pruebas de su inocencia y dar el mensaje político de que ser indígena, simpatizante del EZLN y maestro, en este país es castigado con todo  el peso de su ley. “Hoy no es día de estudiar, hoy es día de aprender”, clarifica Héctor, quien a su corta edad se ha convertido ya en un maestro que nos enseña a caminar, frente en alto, en busca de la justicia, que todos sabemos ha de llegar.

En el balcón del Palacio Nacional, se dejaba ver ya Enrique Peña Nieto acompañado por su familia, aquella que en reiteradas ocasiones ha mostrado su desprecio por las clases populares de este país. Ellos, los que señalan y sentencian a la prole, a los indios, a los nacos. Quienes cubren sus ojos con toletes y escudos para no ver al México de abajo, que ante cada injusticia le crece la rabia y que algún día se desbordara de hombres libres, que abrirán las plazas hoy tomadas por una fuerza carente de razón.

En el monumento a la revolución, un contingente surge de entre la muchedumbre haciendo retumbar sus machetes contra el piso, con la solidaridad como bandera, Ignacio del Valle toma el micrófono para recordar los crímenes de aquel que se apresta a dar el grito en palacio nacional. A continuación, en un ambiente tan familiar para todos aquellos educados en escuela pública, los honores a la bandera, igual a los que se rinden todos los lunes a lo largo y ancho de este país. Después, el himno nacional con el puño izquierdo el alto o la V de la victoria, se esparcía entre los miles asistentes. Finalmente, el himno venceremos que refresca la memoria de la jornada magisterial del 2006.

El escenario se abre a la calenda y los sones de las siete regiones del estado de Oaxaca, en un escenario empapado y resbaladizo, los maestros dan muestra de horas de ensayo para lograr la ejecución de las danzas, que a través de ellos, luchan por preservar su cultura y tradiciones. Pero sobre todo, la dignidad de su labor.

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