Un año del retorno del PRI a la presidencia de México

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Publicado en Rebelion
Germán Paul Cáceres
Pueblos
Jueves 28 de Noviembre 2013
El próximo primero de diciembre se cumple un año de la reinstalación en el gobierno mexicano del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, declarado ganador por el Instituto Federal Electoral de la elección del primero de julio del 2012. ¿Por qué volvió el PRI?
¿Cómo es que el PRI logró recuperar la presidencia? ¿Cómo fue posible que el mismo partido que fue echado con júbilo de Los Pinos en el 2000 para inaugurar una celebrada alternancia -inclusive descrita como transición democrática por semejanza con lo ocurrido en el cono sur tras las dictaduras militares- volviera victorioso tras un relativamente corto periodo de tiempo? ¿Cómo entender el triunfo del desacreditado partido que gobernara a México durante 71 años ininterrumpidos, descrito como la dictadura perfecta[1] y la representación paradigmática de los peores males de la política latinoamericana al menos desde la presidencia de Miguel Alemán?

Este artículo polemiza algunos elementos que pueden ser considerados a la hora de dar respuesta a los interrogantes mencionados:

1. La cuota de responsabilidad de los gobiernos del PAN

En la victoria electoral del Partido de Acción Nacional en el 2000, influyó de forma determinante el desgaste acumulado del PRI, más que su mérito propio y en especial el de su candidato y luego presidente Vicente Fox.

“El demagogo talentoso, el populista amenazador, el profeta de la felicidad instantánea tuvo que hacerse cargo de su triunfo… el resultado no podía ser más desalentador… La alternancia fue la primera aportación de Fox a la maduración política de México. La segunda fue el desencanto”[2]. Este retrato del sexenio foxista de algún modo, alivió el descrédito del PRI.

Por su parte, Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012), en un intento por cancelar la discusión sobre las denuncias de fraude en su elección, lanzó en una entrevista de televisión aquella frase que se convertiría en un lastre para su gobierno: “haiga sido como haiga sido”[3]. Calderón Hinojosa no pudo evitar arrastrar hasta el final de su mandato con la condición de ilegitimidad que generó las dudas de su elección y que dicha frase antes que esquivar, reforzó.

El cuestionamiento a su legitimidad y los controvertidos resultados de su gestión facilitaron el regreso del PRI: empantanado en una política de seguridad errática que disparó los niveles de violencia cobrando la vida a cerca de 50 mil mexicanos[4] y con unas fuerzas militares y de policía gravemente comprometidas en violaciones a los derechos humanos. Con resultados económicos y sociales igualmente discretos: durante el sexenio de Calderón el ingreso de los hogares mexicanos se redujo 12.75 % de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2012, difundida por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, y entre el 2008 y 2012, la pobreza se incrementó en poco más de 3.7 millones de personas[5]. Los indicadores macroeconómicos no tuvieron un mejor desempeño, por ejemplo, el crecimiento promedio del PIB fue de 2.3 %, inferior al promedio mundial (3.6) y latinoamericano (4.1)[6].

Estos resultados hicieron de la era Fox-Calderón, una con más pena que gloria, que resumida en la confesión del “haiga sido como haiga sido”, representó una decepción con la “transición” que en buena medida capitalizó el PRI.

2. Los rezagos de la cultura política

Ciertos rasgos hacen parte de la cultura política en América Latina como permisividad con la corrupción, uso y abuso de prácticas clientelistas y flexibilidad moral, entre otras, son rezagos de los que México no escapa. “El que no tranza, no avanza” es un popular refrán mexicano que legitima estos rasgos y que ayudaron a impermeabilizar una campaña presidencial caracterizada por ir al límite de las consideraciones éticas y legales, aunque vale decir que de esta cultura política gusta la inmensa mayoría de los actores políticos de la región y de México, incluidos representantes del PAN y el PRD.

En el caso Monex[7] se gestó una sofisticada operación de supuesta triangulación de dineros para financiar la campaña priista superando los topes establecidos o el caso de las tarjetas Soriana, denunciada como una operación de compra de votos con el programa de fidelización de los reconocidos supermercados, fueron dos hechos que colocaron bajo sospecha el retorno del PRI a la residencia oficial de Los Pinos y que enturbian su gobierno a pesar del respaldo del IFE en estos temas.

Sumado a lo anterior, el fantasma del fraude electoral nuevamente se hizo presente como tantas otras veces. Aunque, como coinciden muchos analistas[8], la utilización de la burda técnica de registrar votos no existentes o llenar de boletas la urna no son ahora el principal elemento del modus operandi. De hecho, hoy en América Latina sería más preciso hablar de la manipulación de los procesos electorales donde sólo uno de sus elementos, y quizá ya no el más determinante, sea el fraude en las urnas. Esta manipulación se configura en una serie de hechos que, sumados, modifican el resultado final: inmensas cantidades de dinero que desplazan la lógica política democrática del centro de la escena, pactos de élites con poderes empresariales y cacicazgos regionales y locales, sofisticadas operaciones para saltarse la ley sin infringirla y el papel determinante de los medios de comunicación en estas democracias televisivas, entre otros.

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http://www.rebelion.org/noticia.php?id=177441

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