Vuelven las Guerras Campesinas

Por Camilo Ruiz

Revuelta-campesina-de-Tolmin

Hace unos días conversé con uno de esos viejos historiadores-pozos de ciencia que dan la impresión de saberlo todo y cuyos intereses se extienden más allá de su campo, aparentando abarcar el total de las cosas. Como después de clase los dos teníamos que ir al mismo lugar, salimos juntos y platicamos un rato. Para mi sorpresa, después de unos pocos minutos me preguntó con curiosidad qué sabía yo sobre “las guerras campesinas” que se habían desatado en algunos estados del país.

—¿Las guerras campesinas? ¿A qué se refiere?

—Sí, los ejércitos campesinos para defenderse contra los narcotraficantes…

Nunca se me había ocurrido nombrar al movimiento de las autodefensas y las policías comunitarias como una guerra campesina. Le pedí que abundara en la comparación, que a él le parecía muy obvia.

—Bueno, mire, uno de los temas favoritos (si no es el que el tema por excelencia) de la historia social ha sido el de las revueltas campesinas que azotaron toda Europa, desde Rusia hasta Portugal, en el final de la Edad Media. No hay que ser un genio para ver en buena parte de los conflictos del siglo XX, una vez que Europa se extendió al resto del mundo, más o menos la misma dinámica que en las revueltas del inicio de la época moderna: la Revolución China fue completamente una guerra campesina, la mexicana ni se diga y en cierto modo también la guerra civil rusa o la de Vietnam.

Ahora muy poca gente en el primer mundo se dedica a actividades agrícolas estrictamente hablando, pero aunque el peso económico de la agricultura en muchos países del tercer mundo es comparativamente pequeño, cientos de millones de personas viven en el campo y su visión del mundo está sujeta a más o menos las mismas cosas que en Europa hace 500 años. En tanto que los estados nacionales son débiles, las formas efectivas del poder se asemejan peligrosamente a las del feudalismo en proceso de desintegración: señores de la guerra locales que compiten entre sí y contra el poder central, que financian la militarización con imposiciones fiscales extremadamente onerosas para los campesinos; desintegración de la Iglesia Católica y espacio para improvisación teológica, a veces liberadora y a menudo encubridora de los peores crímenes (y aquí entran Martín Lutero y la “teología” —si es que el término puede ser usado— de Los Caballeros Templarios); y al final (o al principio de todo), la revuelta, inesperada hasta para sus propios participantes, necesariamente desesperada y espontánea, capaz de barrer con lo que se le ponga en frente pero incapaz por sí sola de organizar las cosas desde el principio.

—No hay que llevar las analogías demasiado lejos —me dijo después de un rato—, pero probablemente el problema de todo esto es que el futuro se parecerá demasiado al pasado. Cuando llegue ese momento, tal vez seremos más útiles los historiadores.

—Bueno, con suerte, para cuando llegue ese momento me habré ya titulado…

La analogía entre las guerras campesinas europeas y las que azotan (gracias a Dios) a nuestro país puede ser llevada, con un poco de imaginación, más lejos todavía. Las revueltas no sólo estallan en medio de una enorme confusión respecto a la distinción aliados/enemigos dentro de los propios sectores campesinos, sino que además las familias nobles rivales, sectores de la Iglesia, gremios de las ciudades y, a menudo, las potencias extranjeras siempre mandan informantes/infiltrados de distinto tipo para amoldar el movimiento a sus intereses. El estado oscila entre los intentos de cooptación y las represiones sangrientas. ¿No hay en nuestro país una enorme combinación de actores que van desde el capital chino presente en Michoacán hasta la guerrilla, pasando por otros grupos de narcotraficantes, los distintos niveles de gobierno (aunque el PRI-PAN-PRD han actuado como uno solo…) y, por supuesto, los diversos tipos de campesinos, que en su mayoría son jornaleros asalariados pero que también incluyen la importante influencia de campesinos ricos afectados por la invasión templaria?

Los rebeldes alemanes de 1525 toman el estandarte del protestantismo luterano contra la opresión de los señores feudales y de la Iglesia Católica. Lutero, un hombre considerado más moderno de lo que en realidad era, los rechaza terminantemente. Dice que esa plebe sucia no ha comprendido nada de lo que él quiso decir, pero la Iglesia Católica utiliza los desórdenes para criticar al protestantismo. Lutero replica que los rebeldes han “interpretado en la carne algo que no concernía más que al espíritu”. Durante los choques más sangrientos de la guerra, los intelectuales se acusan mutuamente y se hacen a un lado: no quieren ser responsables de nada. Aquí es donde la analogía, llevada ya demasiado lejos, toma un tinte oscuro: la guerra campesina desatada en algunos estados puede chocar contra la pared de la indiferencia e impotencia de una izquierda amplia pero desorganizada que se dará cuenta, tal vez demasiado tarde, de que en México hay, en efecto, una guerra campesina de liberación local como no se veía en décadas y que buena parte del futuro político del país dependerá de cómo termine, de la capacidad de detener la estrategia del gobierno de desarmarlas y cooptarlas dentro del aparato estatal.

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