Acerca de santos capitalistas, de perversiones e hipocresías

Francisco Javier Gálvez Cortés

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El Espíritu del señor está sobre mí, porque me ha consagrado
para anunciar a los pobres la Buena Nueva,
me ha enviado a proclamar la liberación a los esclavos
y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos
y a proclamar un año de liberación del Señor.
Evangelio de Lucas y Libro del profeta Isaías.

 

Cuando el presente texto sea publicado, ya se habrán declarado santos a Juan pablo II y a Juan XXIII. De igual manera, ya habrá corrido mucha tinta a favor de la canonización, poca en contra, muy poca con un análisis serio, y casi ninguno con un análisis no sólo serio, sino sustentado en la historia, la antropología y la ciencia. Este escrito trata de paliar esta falta. Trata de decir la verdad del Cristianismo y en lo que se ha convertido, conversión que se muestra con una de las más grandes hipocresías de la historia, como es la canonización de Juan XXII y Juan Pablo II.

La religión desde el Marxismo.

Es famosa la frase de Marx: “La religión es el opio del pueblo”. Con lo anterior, el filósofo alemán quería decir que las religiones se aliaban, -casi siempre, agregaría yo-, al sistema capitalista esclavista, o feudalista, para poder cogobernar junto a los detentadores del poder. Las iglesias y religiones se encargaban de adormecer las conciencias del pueblo para poder explotarlas mejor. Así es como en el esclavismo los dioses eran patriarcas salvajes que favorecían a los esclavistas. En el Feudalismo, el dios cristiano-católico supuestamente hablaba directamente con el Papa, como su vicario o ayudante, y le decía quién debía ser monarca o rey; el Papa, gustoso de todas las prebendas que le ofrecían, coronaba a los gobernantes. Todo lo anterior estaba estructurado para que la clase gobernante viviera del trabajo ajeno, ya fuera de los esclavos o de los siervos. En el capitalismo ocurre exactamente lo mismo: El clero, de la Iglesia cristiana-católica, se alía al gobierno en turno y a los burgueses para poder obtener beneficios, fundamentalmente económicos, generados del trabajo del obrero. Pero no sólo obtienen beneficios económicos, sino también la posibilidad de abusar del cuerpo de los obreros o de la clase sometida.

Lo anterior siempre ha sido así. En el esclavismo los sacerdotes podían comprar, vender o abusar de los esclavos, de cualquier manera, principalmente de los niños y de las mujeres, porque los niños y las mujeres eran considerados, esencialmente, esclavos.[1] En la Edad Media se dio exactamente la misma situación, pero ya no se les llamaba esclavos, sino siervos o servidores. En el capitalismo se repite el mismo esquema, variando sólo un poco. Marcial Maciel fundó una congregación cristiano-católica con el único fin de amasar ingentes cantidades de dinero, tener niños de los cuales poder abusar sexualmente y mujeres a su servicio como esclavas.[2] Enseguida se debe señalar que el clero cristiano no nació perverso, y que no todos los sacerdotes lo son. El Cristianismo, como religión, nació de la lucha de clases, y sus dirigentes fueron, cabe señalar aquí, verdaderos santos u hombres dignos de admirarse. Santo no es más que la persona que se considera digna de venerarse o de imitar.

Los esclavos del Mediterráneo entre los siglos XIII y X a. de C.

Entre el siglo XIII y XII, (antes de Cristo o de Nuestra Era), ocurrió que el Estado monárquico de Egipto, bajo el imperio de Ramses II, era sostenido por miles de esclavos que eran obligados, -de una u otra forma-, a trabajar para los esclavistas y para el Faraón, que era considerado rey e hijo de algún dios. Para la época, se podría decir que la vida de los esclavos no era tan mala. Los esclavos eran familias enteras o tribus emparentadas que podían vivir más o menos tranquilos, mientras cumplieran con sus jornadas laborales, que variaban según el trabajo que se les encargaran. Los esclavos eran trabajadores que se especializaban en una labor; herrería, fabricación de ladrillos, carpintería, albañilería, labradores. Había esclavos que se dedicaban a la enseñanza de los hijos de los señores; estos esclavos eran sabios, escribientes, astrólogos, poetas y demás oficios que se considerarían, hoy día, liberales.[3]

Como antes se mencionó, -para esa época-, la vida de los esclavos no era tan mala. Porque, si te convertías en esclavo, lo más seguro es que podrías vivir, más o menos bien, hasta que fueras anciano. Y vivir, en esos tiempos, era lo más difícil que se pueda uno imaginar. La mayoría de las personas vivían en rancherías aisladas a merced de ladrones y asesinos, pendientes de la caza, la pesca o la poca cosecha que se pudiera lograr en tiempo de lluvias. Había tribus y culturas enteras que morían de hambre, totalmente aisladas y sin dejar rastro de su paso por la tierra. La mayoría de los esclavos estaban en esa condición porque se vendían como sirvientes; cuando alguien adquiría muchas deudas se vendía como esclavo durante un periodo que variaba de entre 7 años hasta la muerte; lo único que pedía era que se le proporcionara un lugar dónde vivir y alimento para él y para su familia. Si el jefe de familia tenía amigos con dinero o parientes poderosos, ocurría que se pagaba el rescate y se le liberaba de la esclavitud; es decir que se pagaba la deuda del padre para que dejara de ser esclavo. También, a veces, los hijos, cuando crecían, y si se encontraban en condiciones propicias, rescataban al padre o a los hermanos en desgracia.

La mayoría de los esclavos de Egipto cayeron en esa situación por deudas o para tener pan, cebollas y agua para poder vivir, estos esclavos recibían el nombre de hebreos. Originalmente,  el nombre hebreo no se usaba para referirse a alguna tribu, familia ni a un pueblo en particular, sino que era un adjetivo despectivo, con el cual se designaba a una clase social: eran gente desarraigada, sin patria, familia ni tribu. Estas personas, por lo regular, ni siquiera tenían nombre, (porque el nombre hacía referencia a una familia o a una tribu), pero los hebreos eran personas totalmente desprotegidas, al servicio de cualquier hombre que pudiera darles comida y agua a cambio de su esclavitud. Los hebreos eran algo así como lo que ahora podríamos designar como basura del desierto. Cuando alguien compraba a un hebreo, le bautizaba con un nombre, por decir algo: Solovino. Si ya tenía nombre, se lo cambiaban para señalar que ahora era, por ejemplo, Esclavo de Tatitoes.[4]

La rebelión de la basura del desierto.

Pues bien, entre los siglos XII y XI, tanto en Egipto como en otros pueblos de la región de Caldea, se desató una fiebre de grandes construcciones, principalmente templos y palacios, ya que los reyes deseaban manifestar así su poder por sobre otras naciones. El Faraón entonces echó mano de los hebreos y esclavos que tenía a su servicio, imponiéndoles cargas pesadas en extremo, haciéndoles trabajar día y noche. Es así que un hebreo, criado en palacio, se encargó de liderar una revuelta contra Faraón, a favor de sus hermanos de clase: los esclavos. Este hebreo fue Moisés. El nombre Moisés, Mu-mses tiene la misma raíz etimológica del nombre de los faraones Ra-mses y de Tutmosis, [Tut-mses], cuya terminación significa “criar”; pero en lugar de los faraones, Moisés no fue criado por los dioses egipcios, sino por los príncipes, porque el prefijo Mu, es de origen hebreo y significa “sacado de las aguas”. Moisés significa, literalmente, El hebreo rescatado de las aguas y criado por los egipcios.[5] No era raro que en Egipto, y en otros pueblos, se criara a esclavos inteligentes para que sirvieran en palacio. Recordemos la historia del hebreo llamado José, hijo de Jacob, que por su inteligencia fue hecho ministro por Faraón.[6]

Por esos años, en la región de Caldea, otros hebreos esclavizados ya se habían rebelado en varios reinos, quemando esos pueblos, matando a los esclavistas y a los reyes para liberarse del yugo de la esclavitud.[7] Con base en lo anterior, Faraón empezó a temer la fuerza de los hebreos,[8] y aceptó que salieran sus esclavos hebreos del imperio, para evitar una revuelta que hubiera destruido al imperio. Pero después les persiguió, sin darles alcance, porque los pesados carros de guerra de Faraón se atascaron en las riveras del Mar Rojo, lo que aprovecharon los hebreos para pelear e infligir una derrota contundente al ejército de Faraón, logrando así su libertad.[9]

En el desierto, los hebreos libres procedentes de Egipto, -liderados por Moisés-, junto a otros hebreos de los pueblos de las regiones de Caldea y Palestina, decidieron confederarse y formar una nación sin reyes, sin esclavos ni esclavistas, donde todos gozarían de los mismos derechos y obligaciones en una igualdad sólo concebida por el comunismo, pero ellos ya no deseaban ser tribus, sino un Estado totalmente libre, regidos sólo por el amor que se prodigarían unos a otros.[10] Esta confederación se formó, -tras la muerte de Moisés-, en la región de Siquem, entre 1250 y 1230 antes de Cristo.[11] En este concilio se decidió adorar a un solo Dios, de nombre Yahavé, y obedecerle sólo a él, sin intromisiones de ninguna otra divinidad.

Un dios para los esclavos.

Este dios, a los ojos de las demás naciones-, era muy raro. Yahvé impuso la ley de que todo hebreo tenía que seguirle incondicionalmente: Amar a su dios, por sobre todas las cosas, y al prójimo como a sí mismo. Al amar a Yahvé, se garantizaba la unidad indisoluble de la nación hebrea, -que desde entonces se llamó Israel-, y al amar al prójimo, como a sí mismo, se concretizaba la unión indisoluble entre los miembros de la nación hebrea o israelita. Aproximadamente, del 1230 al 1025, Israel se estableció en la región palestina de Canaán, formando una nación con territorio, leyes y un gobierno teocrático, es decir, un Estado, el cual fue una nación comunista, nacida de la lucha de clases de hebreos contra terratenientes, reyes y esclavistas patriarcales.[12] Dios prohibió la esclavitud, (cada cual viviría sólo de su trabajo), la venta y la propiedad privada de la tierra, el cobro de intereses por préstamos y la imposición de reyes. De igual manera mandó castigar con la muerte a los que abusaran, de cualquier forma, de los pobres, de las mujeres y de los niños.[13] Este nuevo Estado fue producto de la conquista, a sangre y fuego, de los territorios ocupados por esclavistas, terratenientes y reyes patriarcales, como lo muestra el libro de Números, capítulo 33, versos del 50 al 56. Los hebreos pasaron a cuchillo a sus antiguos explotadores para quitarles la tierra y repartirla entre los antiguos esclavos.

El único rey sería Yahavé. Pero este rey era totalmente invisible, por lo tanto se prohibió también realizar figura alguna de él, sólo estaría en la conciencia del hebreo o israelita. La invisibilidad del rey y dios Yahavé, produjo un tipo de conciencia totalmente diferente en los hebreos, porque entendían a Yahavé dentro de sí, en sus propias conciencias, sin necesidad de salir de sí mismos; por lo tanto, el hebreo era un sujeto que hacía o tenía las leyes de Yahavé en sí, de forma autónoma, lo cual motivó la reflexión de estas mismas leyes, que ordenaban el amor al otro. Así fue entendido el Reino de Dios, un Reino invisible, sostenido por la autodeterminación de cada uno de los miembros de la nación hebrea, en plena libertad.

El intento de Jesús de Nazaret para reinstalar el Reino de Dios.

Para el siglo I de nuestra Era, el pueblo de Israel había caído en una esclavitud peor que la padecida por sus padres hebreos en Egipto. Bajo el yugo romano, las familias fueron obligadas a pagar el 50 por ciento de sus percepciones al imperio, es decir que ya no eran directamente esclavos, sino que habían sido convertidos directamente en obreros, a los cuales se les enajenaba, por lo menos, la mitad de su trabajo; a Roma ya no le convenía tener esclavos en varias de sus provincias, porque eran muy difíciles de controlar, sino que a los campesinos y obreros israelitas se les dejaba como trabajadores libres, para que ellos se procuraran su propia comida, vestido y vivienda, mientras que se les robaba la mitad del producto de su trabajo.[14] Herodes I, -rey impuesto por Marco Antonio-, gobernó Israel desde el 40 a. de C. sofocando a sangre y fuego las revueltas de campesinos y obreros empobrecidos, obedecido ciegamente a Roma, a cambio promovió el comercio en Judea. Pero su hijo, Herodes Arquelao, (empezó a gobernar en el año 6) aprovechando la pacificación de su padre, emprendió una política de confiscación indiscriminada de tierras a campesinos, a los cuales arrojó, literalmente, a la mendicidad, para obligarles a convertirlos en peones y obreros. Las tierras que Arquelao no pudo manejar, se las vendió a sus amigos, a sacerdotes y escribientes del templo, o a gente enriquecida por los favores a Roma. Más todavía, Arquelao empezó a comprar aceite, telas y otros productos de otras naciones, y las vendía en Judea, quitándole el trabajo a los pocos campesinos y artesanos libres que aún quedaban.

Aparte, las familias tenían que dar el 10 por ciento de su producción a la casta sacerdotal, aliada a los romanos y a los reyes impuestos por el César. Por lo tanto, las familias subsistían sólo con el 40 por ciento de lo que percibían. El 90 por ciento de la población era rural; gente empobrecida en extremo, que eran explotados sin ningún tipo de miramiento por el 10 por ciento que vivía en las ciudades, los cuales habían adoptado totalmente el modo de vida, creencias y dioses patriarcales y esclavistas de Roma. Se prestaba dinero con grandes tasas de interés para que los deudores, una vez desesperados, se vendieran como esclavos de por vida. Y las mujeres, los niños y los ancianos eran víctimas de todo abuso imaginable por la perversión humana.[15]

Jesús, en este contexto, propuso la liberación de los esclavos, la condonación de las deudas, la igualdad radical entre el hombre y la mujer, el respeto irrestricto al cuerpo de toda persona, principalmente al cuerpo de los niños, las mujeres y los ancianos. Criticó a los sacerdotes y escribientes del templo que cobraban cantidades gigantescas por sus servicios y que se aliaban a los poderosos de la tierra, explotando a los pobres y oprimidos. Maldijo a los hipócritas que predicaban la paz y el amor al prójimo, pero explotaban a los pobres, o prostituían a las mujeres empobrecidas. Llamó a los sacerdotes y vendedores del Templo ladrones, raza de víboras y sepulcros blanqueados: limpios y relucientes por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro. Jesús se alió a los esclavos, a los desposeídos y a los desarrapados, (es decir, a los hebreos), y despreció a los ricos, exigiéndoles que vendieran todo y lo regalaran a los pobres, para considerarles sus discípulos; porque la riqueza, en ese contexto histórico-social, no era más que el producto del robo al obrero y al campesino, o de la esclavización de los hijos de Dios. El profeta predijo que el Reino de Dios se impondría nuevamente en Israel, y que todas las naciones imitarían este ejemplo. Es decir que Jesús estaba proponiendo un Reino comunista, como el impuesto por sus antepasados hebreos, pero ahora tenía que ser universal, es decir que, desde Judea, se extendería a todo el mundo, y poco a poco, tal Reino sería impuesto por la lucha de los desarrapados de la tierra. Esto explica por qué los principales discípulos de Cristo, como fueron Pedro, Juan, Santiago, y varias mujeres como María la Magdalena, no se quedaron en la región de Judea, sino que fueron a predicar el Reino de Dios a todo el mundo conocido.

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La imposición actual de los perversos.

Por lo tanto, la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II es la culminación de un proceso de las alianzas que se han establecido entre la Iglesia católica y el capitalismo que ha ganado terreno en los últimos 30 años. Se canoniza a Juan XXIII para tratar de calmar los ánimos de los grupos que se llaman progresistas, porque Juan XXIII impulsó el Concilio Vaticano II, el cual intentó renovar a la Iglesia católica. Al mismo tiempo, se canoniza a Juan Pablo II para mandar un mensaje muy claro a los capitalistas y burgueses abusadores del trabajo y del cuerpo de la clase proletaria. Como antes se mencionó, Marcial Maciel fundó una congregación, -los legionarios de Cristo-, para obtener la mayor cantidad de dinero posible, aliándose a los explotadores capitalistas. Al mismo tiempo, podía abusar sexual y psicológicamente, -de forma totalmente impune-, de cualquier niño o joven que entraba a sus seminarios, o que simplemente estuviera a su alcance. Y juan Pablo II, en lugar de sancionar a Marcial Maciel y destruir a los legionarios, los protegió debido a las grandes cantidades de dinero que aportaba a la curia del Vaticano y a las alianzas que había establecido con los capitalistas católicos del mundo entero.

Se ha intentado decir que Juan Pablo II no sabía de los abusos sexuales de Maciel, pero eso ya fue desmentido por el mismo ex vocero de Juan Pablo II, Joaquín Navarro-Valls. “El Papa estaba enterado de las investigaciones de la Congregación para la Doctrina de la Fe contra Maciel. El Papa se preocupó mucho. Para la pureza de su pensamiento, aceptar esa realidad era imposible, era increíble, pero la aceptó. Las denuncias contra Maciel por abusos sexuales a menores comenzó cuando aún vivía Karol Wojtyla”.[16] Pero el encubrimiento no fue sólo del entonces Papa, sino de toda la curia romana, que se beneficiaba del dinero y de las ventajas que les ofrecían estar emparentados con la Legión de Cristo.[17] Tal dinero, prebendas y canonjías, no provienen más que de los donadores capitalistas, que roban y enajenan el dinero de los obreros, o de los actuales hebreos. Entre los principales donadores están: Coca Cola, Microsoft, ICA, AHMSA, Grupo Vitro, Grupo Bimbo, Iberdrola, Domecq, Kellogs, Alestra, Movistar, Nestlé, Villacero, Warner Brothers. También hay fundaciones como la Kennedy Family Foundation e instituciones bancarias como HSBC, Banamex, Santander y Scotiabank.[18] Todas estas empresas reciben las debidas devoluciones de grandes cantidades de impuestos, por parte del SAT, ya que donan a empresas caritativas, fundadas por la Legión de Cristo (sic). Simplemente Claudio X González Laporte, uno de los principales accionistas de Banamex, obtuvo este beneficio porque Banamex, junto al Citigroup, fue vendido a un precio irrisorio, en el sexenio de Vicente Fox, (claro, otro connotado católico), en la bolsa de valores, para evitarle a los compradores como X González Laporte, la pena de pagar impuestos por la transacción. De igual forma, la familia Servitje, dueños de Bimbo y el grupo cervecero Modelo, con Carlos Fernández González como cabeza visible, controla 65 por ciento del mercado nacional, en un claro monopolio que ahoga a los pequeños productores de pan, porque ellos acaparan los granos.[19]

Jesucristo compartió con nosotros, el anhelo de libertad, autodeterminación y comunismo. Y ya es tiempo de que, como los antiguos hebreos, nosotros tomemos, -por cualquier medio posible-, lo que nos pertenece: la tierra y los medios de producción; porque nosotros, los proletarios y campesinos como clase social, somos los verdaderos productores de la riqueza de las naciones, y los verdaderos dueños de toda la realidad material, espiritual y religiosa.

 


[1] Cfr. el libro del Génesis, capítulo 12, versos del 10 al 20. Aquí se narra cómo es que Abraham se vendió como esclavo en Egipto para no morir de hambre; como su esposa era hermosa, Faraón abusó sexualmente de ella, amenazando de muerte a Abraham si se oponía.

[2] Cfr. La jornada. 21 de abril de 2014, y 12 de octubre de 2013.

[3] Cfr. Las religiones Antiguas. Volumen II. De la Colección: Historia de las religiones. Varios autores. España. 1986. pp. 69-88. Ed Siglo XXI.

[4] Cfr. Las religiones Antiguas. Volumen II. p. 95. También, Cfr. libro del Génesis, cap. 14, versos 13 al 16, donde se explica que Abraham era un hebreo, que, a falta de casa, vivía debajo una encina. Cuando Abraham, -el hebreo-, supo que su pariente había sido esclavizado a la fuerza, va y lucha contra sus captores y libera a su hermano Lot. Esto demuestra que las rebeliones de esclavos y de hebreos era cosa común en esa época.

[5] Cfr. Las religiones antiguas. p. 93.

[6] Cfr. Génesis, capítulos 37-48.

[7] Cfr. Las religiones antiguas. p. 95.

[8] Cfr. Libro del Éxodo, capítulo 1, versos del 8 al 22.

[9] El hebreo siempre anheló tierras para trabajarlas y ser libre de la esclavitud, del hambre y de la sed que le agobiaba. Vemos cómo es que Abraham, como padre universal de los hebreos, es el primer desarraigado al que Dios le promete tierras fértiles, y que matará a todos aquellos que deseen quitarle la tierra. Cfr. Génesis, cap. 1, versos del 1 al 3. Parece que Abraham era un esclavo nacido en la ciudad de Ur, de la región de los caldeos, Cfr. Génesis, cap. 11, versos del 27 al 32-, y escapó de Ur para lograr la libertad y buscar tierras para sembrarlas.

[10] La historia de que los hebreos salieron de Egipto, siendo doce tribus que después conformaron el pueblo de Israel, no es del todo acertada. De Egipto salieron decenas, -tal vez centenas-, de miles de hebreos, que después se unieron a otros grupos de su misma clase social en el desierto árabe; estos grupos, -que habían logrado su libertad por medio de la lucha armada-, fueron los que después conformaron el llamado pueblo de Israel.

[11] Cfr. Rattey, Beatrice. Los Hebreos. México. 1981. Ed. FCE. Traducción de M. Hernández Barroso. También, Cfr. libro de Josué, capítulo 24.

[12] Cfr. libro del Éxodo, cap. 22, versos del 17 al 27. A lo largo del libro del Génesis y del Levítico se muestran leyes que permiten la venta de esclavos y de tierras. Pero se debe tener en cuenta que el libro del Éxodo y Levítico se redactaron por escribas y sacerdotes al servicio del rey David, (1110 a. de C.), y de su hijo Salomón, (970 a. de C.), cuando el pueblo de Israel ya había adoptado las costumbres y leyes de los pueblos politeístas, patriarcales y esclavistas, y que vivían de la propiedad privada de la tierra. Sin embargo en el libro del Levítico se ve claramente que, al principio, en la fundación de Israel, la tierra no tenía propietario alguno, sino que su uso era comunista, sólo Yahvé era el único dueño de la tierra y él la había entregado a todo el pueblo, nunca a sólo una persona. (Cfr. Libro del Levítico, cap. 25, versos del 23 al 28). De la misma manera, en el libro del Éxodo, (capítulo 21, versos del 1 al 11), se muestra que se permite la esclavitud, pero se debe liberar a los siervos después del sexto año de servicio; esto se debe interpretar así: cuando los hebreos fundaron su nación, hacia 1230 se prohibió la esclavitud, pero para la época de los gobiernos de David y Salomón. –hacia el 1000 y 900 a. de C.-, la esclavitud y la privatización de la tierra ya se había extendido en Israel, porque David y Salomón fueron los principales que se opusieron a las leyes de Yahvé.

[13] Cfr. el libro del Éxodo, capítulo 22, versos del 19 al 23.

[14] Cfr. Theissen, Gerd. Estudios de sociología del cristianismo primitivo. España. 1985. Ed. Sígueme-Salamanca. Traducción de Francisco Ruiz y Senén Vidal. pp. 62-78.

[15] Cfr.  Malina, Bruce y Rohrbaugh, Richard. Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I. España. 1996. Ed. Verbo Divino. Traducción de Víctor Morla Asensio.

[16] Cfr. La Jornada. 26 de abril de 2014.

[17] Cfr. El artículo de Bernardo Barranco, en La Jornada de 24 de abril del 2013).

[18] Cfr. La Jornada. Domingo 8 de agosto de 2010.

[19] Cfr. el artículo de Carlos Fernández Vega, en La jornada del 30 de abril de 2008.

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