Tras la esperanza

Por José Revueltas

revueltas_6Publicado en Pluma 25

La huelga paralizó el Sistema de Riego. En un instante todo estuvo muerto y las camisas, que fueron limpias alguna vez, los sábados por la tarde y todo el día domingo, se tornaron cenicientas, mugrosas, mientras que los ojos se hundían en lo profundo del cráneo como llamas dentro de una cueva. Todas las compuertas se hallaban escoltadas por grupos de trabajadores y en la presa vigilaba más de un centenar de huelguistas.

No se escuchaba ningún rumor en la vasta extensión. Sin embargo, había un movimiento, un caminar. Justamente un ruido, unos pasos que eran como la negación de todo ruido. Pues una huelga es aquello al margen del silencio, pero silencio también. Los huelguistas callan, pero tienen una voz. Quédanse quietos, pero como si caminaran. Los hombres tienen otra voz y otra manera de caminar y otras miradas, y en el aire se siente algo poderoso que sube como una masa firme. Se trata del asombro. Existe una materia nutrida en la atmosfera, como si los corazones se congregaran para erigir muros de energía y algo fuese a ocurrir, eminente y primero. Los hombros, las espaldas, resienten sobre sí un peso grávido; las manos, encinta, tienen la quietud absorta y meditabunda de las mujeres jóvenes que han de ser madres a poco y a quienes abrirá el gemido puro y original. Se trata del asombro. Del asombro y del júbilo. Un pie no camina sólo, sino que está unido a otros pies que a millares se articulan sobre la voz, sobre el pulso, en los sueños, en las largas noches. Se oyen los pasos. Durante el claro mediodía, los pasos. En el crepúsculo, a la mitad de las horas, los pasos, dentro de la caja absoluta del tiempo. Esos hombres, profundamente reunidos en torno de la bandera roja, no se mueven. No se mueven, se escuchan. Hay una campana en la inmensidad de la vida que ellos doblan removiendo capas terrestres y celestes para que se oiga, aunque permanezcan ahí, mudos, quietos y en silencio bajo la bandera.

Un problema se ha planteado a la asamblea: se trata del hijo de este o aquel trabajador. Está enfermo y de pronto aquella enfermedad estremece a toda la sala como si una madre amplia y espesa extendiera sus brazos infinitos. Enfermo. Se levantan los huelguistas uno a uno, en la asamblea, hasta llegar a la mesa y dejan ahí algo, monedas muy sucias y humildes. El más pobre de los pobres también puso ahí su pequeñísimo tributo. Corrió hasta su casa en un instante y acezando todavía dejó un muñeco desgarbado y roto bajo las manos del presidente, para el niño enfermo. Ahí está el muñeco con su sangre de aserrín.

Responde tan bien la asamblea ante los deberes de la solidaridad que alguien se ve obligado a levantarse de su asiento y subir a la tribuna:

-Ya basta, compañeros… -dice, y muestra, sin querer, su traje harapiento y mugroso por sobre el cual resuena la voz, llena de dignidad y de orgullo-. No somos una sociedad de socorros mutuos sino un sindicato revolucionario…

Luego grita:

-Queremos, no la felicidad de un solo niño, sino la felicidad y la salud de todos los niños del mundo…

El entusiasmo no deja oír sus últimas palabras. Ha dicho una barbaridad. La huelga pretende, tan solo, un aumento de salarios y la reducción de la jornada. Después de la huelga los niños pobres continuarán siendo enfermos y tristes y pobres. ¡Pero qué fuerza y qué extraordinaria y prodigiosa insensatez! Sus palabras son inmaculadas y puras, y la verdad que encierran no puede ser más grande. Son los pasos, ahí está la bandera roja que pronto, con el sol y el aire, perderá color volviéndose tan humilde y desgarrada como los hombre que cobija. Pero escúchese el ruido. No es ruido. Es una forma del silencio. Es la forma de los pasos cuando los hombres van tras la esperanza.

El luto humano, 1942

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