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La comandanta de Olinalá

Cynthia Bolaños Monge

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Boletín Digital ES74 LibertadPresosPolíticos

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San José, Costa Rica. En estos últimos días y al cumplirse el primer año de su confinamiento en prisión, la comunidad internacional ha estado muy al pendiente de la situación de Nestora Salgado y de los demás presos políticos del gobierno mexicano, en jornadas a través de distintos países, que se han solidarizado con la batalla legal que se libra para que el gobierno acceda a su libertad.

Hemos sido testigos por los diferentes medios de prensa y redes sociales de las acciones de activismo, de los plantones frente a las embajadas de México en esos países, de la lucha incansable de las familias de estas personas detenidas que no reparan en esfuerzos para lograr su libertad.

Sin embargo suelo preguntarme a veces, cuando luego del clamor popular reivindicante aguardan el silencio y la soledad de un calabozo donde no queda otro camino que vivir consigo misma, de un alma que parece mudarse de la piel que la resguarda día tras día. Quise meterme en una de esas pieles que Nestora deja tendidas en el suelo de su encarcelamiento. Quise ser el güipil que la abriga por un instante para poder ser testigo mudo de sus pensamientos, en la penumbra de su celda.

Es de noche en su prisión, aunque el tiempo en este caso está de más, el día a pleno sol es noche para ella siempre… todo noche, oscuridad y frío. Encadenada a un destino el cual le parece cada vez más incierto y desolador. Nunca fue su intención llegar a tantas cosas en primer lugar, pensar en eso de seguro le hace echar a rodar su mente en reversa por una calle de lastre y barro en donde aparecen todos sus recuerdos que le proyectan, como en una película que a veces no llega a terminar de rodar, cada una de sus acciones pasadas y que la hacen preguntarse qué hizo para llegar allí. ¿Fue acaso que su solidaridad para con su pueblo, que sus luchas y sus desvelos le habían confinado a un encarcelamiento inmerecido? A pesar de sus dudas y recelos ella quería ser socialmente útil, aunque como se lo ha dicho a Clotilde su hermana, ni era fuerte, ni era una heroína. Y al haber tomado el micrófono en sus manos aquel día en que nació el Concejo Social Onilateco, sin saberlo estaba comprando el boleto que la llevaría a navegar en un barco tambaleante por un mar picado y peligroso, donde siempre hay muertos, y quedan fantasmas que otrora humanos se atrevieron a luchar, a denunciar. Advertida estaba a lo que se enfrentaba. Poco a poco fue armándose de una valentía inexplicable, porque ¿de dónde a ella la política? A veces todavía de seguro no sabe bien cómo fue que llegó a todo esto. En la oscuridad de la celda, que es reflejo material exacto de los tiempos que vive, piensa cada noche y extraña el abrazo de sus nietas, el calor de su cama, los olores de su rancho, los colores del atardecer…

Todos esos pensamientos y sentimientos han de yacer en la piel que Nestora muda cada día, porque está obligada y condenada a revivirlos minuto a minuto, espera tras espera, para luego dejarlos morir y que cada muerte los haga menos dolorosos en su encierro de rehén de gobiernos sin piedad ni escrúpulos. Lo que ella no puede comprender en su sufrimiento es que esas vivencias, esos recuerdos, también son su único bálsamo. Lo que hace más fáciles los días son justamente sus recuerdos, el recuento de sus luchas y de sus dudas, son el alimento que le va forjando el hierro con el que va reconstruyendo a fuerzas su espíritu.

Lo que Nestora en medio de su debilidad y desfallecimiento no advierte es que sus lamentos y desgracias mueven todo lo que se gesta fuera de su piel y de su cárcel. Esta mujer que le escribe a su hermana deseando todas las mañanas despertar de su pesadilla terrible y nefasta se ha convertido en la madre y en la meta de todo un pueblo que solidario, día tras día clama: ¡Libertad a Nestora!, ¡Libertad a Mireles!, ¡Libertad a todos los presos políticos!: ¡Libertad!

Desde el grito profundo del pueblo mexicano que clama por sus hermanos presos se levanta una comunidad internacional que exige justicia, que exige cambios, derechos humanos, un pueblo que ya no está mudo, ni ciego ni sordo porque Nestora y sus luchas, esas luchas de todos aquellos que hoy injustamente están en prisiones por culpa de autoridades a quienes no les han gustado los olores fétidos de sus trapos expuestos y han sentido tanto miedo que solo pueden acallar con celda de por medio, esas peleas que han dado estos mártires de nuestro tiempo le han enseñado a todo un pueblo a alzar su voz, a pelear, a exigir lo justo, a buscar la luz dentro de los cimientos fuertes y turgentes de la lucha social y les han instruido a vivir por todo aquello en lo que creen.

Nestora sigue siendo al final de sus días y sus noches una mujer de carne y hueso: madre, abuela, esposa, hermana. Ha de deprimirse mucho y de no sentirse ni agraciada ni valiente. Sin embargo no es ni un ápice de lo frágil que ella misma dice ser. Nunca jamás doblará sus ramas, porque su árbol ha reverdecido de nuevo allende fronteras, inspirando luchas, vidas, despertando conciencia sobre su pueblo, que aún en la penumbra de la injusticia y de la indignación, sueña y subleva su mente hasta llegar a la lucha concreta por restablecer la dignidad y el valor de cada uno de sus hijos e hijas como seres humanos, que trabajan duro día con día bajo el sol por lo que creen justo en sus corazones.

Hoy esas ramas llegan hasta mi mente de mujer costarricense, país hermano, y a la vez ciudadana de un mundo en cambio constante y es como esa mujer universal que desde aquí le lanzo un grito a Nestora, un grito que vuela sobre las nubes, sobre volcanes, ríos y pirámides ancestrales, que cruza rejas de penales y que solo es escuchado de alma a alma pero que a la vez es tan fuerte que su estruendo aturde oídos y hace temblar a injustos:

Aguante mujer, que falta poco! Aguante mujer, que sean sus sueños y sus principios de justicia y libertad para los oprimidos los que siempre mantengan erguida a la Comandanta de Olinalá!

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