Otra Vez el Antidefensismo

OTRA VEZ EL ANTIDEFENSISMO

Los Estados obreros degenerados y la revolución socialista

Cuauhtémoc Ruiz Ortiz, julio 1996.

(Debate dentro de la LIT, con el MAS de Argentina)

 

 

1

PRIMERA PARTE

Nota previa:

 

Este documento es la primera parte de un texto sobre los países que durante largos años llamamos “Estados obreros degenerados”. Este trozo fue enviado en el mes de julio de 1996 a Caracas, Venezuela, donde nuestros compañeros de ese país iban a organizar un “Taller” para estudiar y discutir el tema. Tengo proyectado agregarle a este texto tres capítulos más, que versarían principalmente sobre la situación actual de estos Estados. No obstante, no he tenido la capacidad para hacerme del tiempo suficiente para tal tarea, que espero cumplir en los siguientes meses. No obstante esa falta, creo que estos primeros cinco capítulos, a los que he anexado la transcripción estenográfica de la intervención oral que hice sobre el tema en la reunión del CEI de la LIT de septiembre de 1996, serán útiles para enriquecer el debate que tendremos en nuestro partido a fines de este mes de enero de 1997.

 

Debo añadir que este texto no es una creación individual sino el resultado de numerosas discusiones, principalmente en el Comité Ejecutivo del POS, y de la colaboración de algunos cuadros del partido. La responsabilidad de la redacción es mía y por ello aparezco como autor de este trabajo que es un esfuerzo colectivo.

 

 

 

INTRODUCCION

 

La definición de la naturaleza social de la Urss luego de la muerte de Lenin, y la de los países de Europa oriental, China, Cuba, Norcorea y Vietnam en la posguerra, ha sido uno de los temas más controvertidos en el movimiento marxista revolucionario.

 

Nuestra corriente internacional se construyó durante su larga vida de casi cincuenta años defendiendo como correcta la definición que hizo León Trotsky de la Urss de Estado obrero degenerado o burocratizado (EOD), término que extendió al resto de países mencionados.

 

Recientemente apareció también en nuestras filas la vieja teoría que considera que estos países no fueron Estados obreros ni Estados burgueses: “los llamamos Estados burocráticos, rectificando la tradicional caracterización de ‘Estados obreros deformados’ “, dice Andrés Romero, uno de los principales dirigentes del Movimiento al Socialismo (MAS) de Argentina, en su libro Después del estalinismo; Los Estados burocráticos y la Revolución Socialista._ Ya a fines de los años 30 apareció una corriente en la Cuarta Internacional, lidereada por los estadounidenses Shachtman y Burnham, que en esencia sostuvo para la Urss lo mismo que el compañero suramericano. Esta tendencia fue conocida como antidefensista, ya que, al negar el carácter obrero de la Urss, no veía la necesidad de que los trabajadores y los revolucionarios la defendieran. Su posición era particularmente peligrosa en esos momentos, ya que era inminente que la Unión Soviética fuera atacada por los ejércitos nazis.

 

Hoy Romero fustiga a quienes sostienen que “la propiedad nacionalizada debe ser caracterizada y defendida como una conquista en sí misma, un progreso histórico”. Asegura que ello “teóricamente es un disparate y políticamente representa un adaptación al estatismo sembrado por el estalinismo y el nacionalismo burgués, en contra de los verdaderos principios de clase del marxismo.” (pág. 130, todos los subrayados están en el original, salvo indicación). De acuerdo con los compañeros Gabriel, Estela, et al, del MAS, la dirección de este partido, cuando la huelga petrolera brasileña de 1995, ya no exigió la defensa de la industria petrolera estatizada. También habría abandonado la consigna que defiende la educación pública._ En otro texto estos compañeros denuncian que “el programa del partido (el MAS), comienza a ser modificado con concepciones y políticas ajenas a nuestra tradición. La expresión más conocida de ésto fue la no defensa de la escuela pública, pero tiene raíces más profundas, que se expresan en la negativa a plantear la renacionalización (bajo control obrero) de las empresas privatizadas”. Aseguran que durante el conflicto de las minas deRío Turbio la dirección del MAS enarboló la “consigna de control obrero desligada de la derenacionalización, lo que significa dejar la propiedad de las minas en manos de burgueses que se las apropiaron mediante la privatización.”_

 

Por otra parte, cuando se discutía a fines de 1994 en la dirección de la LIT (Liga Internacional de los Trabajadores-Cuarta Internacional) un texto sobre Cuba, el compañero Roberto, coautor de la teoría de los Estados burocráticos (EB) y del CC del MAS, dirigió una carta al Secretariado Internacional y al autor de este texto, en el que no aparecía la necesidad de defender las conquistas revolucionarias que existen en ese país, lo que le hicimos notar en esa oportunidad. Como vemos, ha vuelto el antidefensismo que, luego de echar raíces teóricas, comienza a desplegar su programa de derecha.

 

Romero critica acremente de pro stalinista a todo aquél que sostiene la tesis del Estado obrero; lo mismo hacían sus abuelos ideológicos, como Shachtman, que colgó el sambenito de claudicar al stalinismo, por defender el carácter obrero de la Urss, nada menos que… ¡a Trotsky! El norteamericano decía que el autor de La Revolución Traicionada “manifiesta una tendencia a capitular al stalinismo.” _

*

El pasado congreso (1994) de la Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI) votó por mayoría

de votos un documento sobre la situación mundial en el que, contrariamente a lo planteado por

Romero, explícitamente define a esos países como EOD. No obstante, pocos meses después el

Secretariado Internacional (SI) de la LIT-CI y luego su Comité Ejecutivo Internacional (CEI,

noviembre de 1995) aprobaron una Declaración sobre Cuba en la que ese país ya no es considerado

de esa manera y en cambio es definido como un Estado “stalinista”, que es uno de los términos que

Romero usa como sinónimo de EB.

La dirección de la LIT-CI desde principios de 1995, en sus relaciones con otras organizaciones

revolucionarias se presentaba planteando que no tenía una posición sobre el carácter de esos países,

es decir, públicamente no los definía como EOD.

La reunión del CEI de la LIT de septiembre de 1996 significó un salto de calidad en este proceso,

puesto que resolvió que la ex Urss, China, etcétera, no son ya EOD y han vuelto a ser países

capitalistas. Si la mayoría del CEI es coherente con esta nueva definición, deberá de plantear para

estos Estados un programa no defensista, puesto que, en su nueva opinión, perdieron ya lo esencial de sus conquistas revolucionarias.

 

Por lo anterior es que en este trabajo polemizamos principal pero no únicamente con los conceptos de Andrés Romero y también lo hacemos con los que convergen con él en el planteamiento de que se ha reestablecido el capitalismo en los antiguos países “socialistas”.

 

Ilustrativo también de este acercamiento entre las posiciones de la dirección del MAS y de la mayoría del CEI es el principal documento aprobado por este organismo en su reunión de noviembre de 1995, sobre la “reestructuración productiva”, que adopta la posición derrotista sobre el proletariado mundial de los compañeros argentinos y que no tiene como eje político programático la defensa de la propiedad estatal.

 

 

*

 

Dejar de caracterizar a esos países como EOD tiene amplias y profundas consecuencias para los análisis, política y programa de nuestra Internacional, así como para sus partidos, sobre las que es necesario estar plenamente concientes. Esto es así porque este concepto es uno de los cimientos sobre los que descansa todo el edificio teórico, político y programático de nuestra organización mundial. Si este basamento se elimina el resto de cimientos y elementos constitutivos de nuestro acervo ideológico sufrirán, tarde o temprano, modificaciones y cambios sustanciales o significativos. Si la Internacional adoptara la teoría de los EB significaría nada menos que el derrumbe de todo nuestro bagaje teórico, político y programático, trabajosamente construido durante décadas._ Significaría la adopción de un concepto profundamente derrotista de la lucha mundial del proletariado y la puesta en práctica de un programa y una política oportunistas. Igualmente conllevaría a la conversión de nuestros partidos en sectas de propaganda sobre un indefinido futuro socialista y de lamentaciones sobre los reveses en que cree está actualmente nuestra clase. De ahí la importancia, la trascendencia de discutir larga, seria y pacientemente el concepto que hemos tenido sobre esos países, antes de cambiarlo por otro.

 

México, diciembre de 1996.

 

 

Capítulo 1

¿Sesenta años de errores de los trotskistas ortodoxos?

 

 

1. Una nueva visión histórica

La teoría de los EB incluye una nueva visión de la historia de los últimos sesenta años, distinta y contrapuesta a la creada por el trotskismo ortodoxo y por Nahuel Moreno (NM). Dado que el marxismo considera que lo actual es el resultado del devenir, del desarrollo anterior, esta mirada histórica diferente se refleja en una peculiar caracterización de la situación política mundial de nuestros días -en nuestra opinión, falsa y derrotista- y en una política y programa que no dudamos en calificar de oportunistas.

 

Algunas de las tesis más sobresalientes de este nuevo concepto histórico son las siguientes.

1. 1. ¿Una derrota más intensa y profunda en los años 30?

 

Si se acepta que la Urss ya no era un Estado obrero en la década de los treinta, y que se había convertido en un EB, como se sostiene en el libro que estamos criticando, se está diciendo que la derrota del proletariado soviético, a manos de la burocracia estalinista, fue mucho más severa a lo evaluado por León Trotsky y la Cuarta Internacional en su congreso fundacional (1938). No sólo hubo, en ese caso, una contrarrevolución política en ese gran país, sino también una contrarrevolución económica y social que destruyó lo conquistado en ese terreno por los trabajadores con su revolución de 1917.

 

Habría entonces que modificar la caracterización hecha por Moreno de la etapa de la lucha de clases para esos años: ya no sería “contrarrevolucionaria” sino peor, quizá ultracontrarrevolucionaria (¡uf!).

 

Ya no tendría sentido decir para esos años que, a pesar de esa situación tan adversa para el proletariado, se continuaba viviendo una época revolucionaria, como pensaban Trotsky y Moreno. La afirmación de que en los años treinta se había consumado una contrarrevolución total (no sólo política) en la URSS, invalida también el concepto de Trotsky de que aquella era una “época de guerras y revoluciones” y su enfática afirmación de 1939 de que los “triunfos del fascismo son importantes, pero la agonía de muerte del capitalismo es más importante.” _

 

¿Qué tienen que ver hechos tan lejanos con la actualidad? Mucho más de lo que parece a primera vista porque, si es cierto que existió tan terrible derrota, quiere decir que la lucha de clases, la lucha mundial del proletariado viene de más atrás, estaba en un nivel más bajo al comenzar la segunda guerra de lo que valoramos durante décadas. Romero es plenamente conciente de lo anterior cuando plantea que “…la comprensión de que la contrarrevolución estalinista consumada en los años treinta llegó a cambiar la naturaleza y bases económico-sociales de la URSS, estableciendo formas imprevistas de explotación y alienación”, “ayuda a entender las condiciones materiales y las dificultades desde las que hoy retoma su combate el proletariado en estos países.”

 

Debido a que la tesis de que la Unión Soviética en los años 30 era un EB, es en esencia la misma que combatió Trotsky en los últimos años de su vida, volveremos extensamente sobre el tema en el tercer capítulo de este trabajo.

 

1.2. ¿El triunfo de la URSS en la guerra consolidó a la burocracia?

 

Dado que para Andrés Romero (AR) la burocracia stalinista logró en los años treinta destripar completamente el Estado obrero que había en la Urss, constituir en su lugar un Estado a su imagen y semejanza, y luego salir airosa y triunfante en la guerra contra Hitler, ello le “sirvió para que Stalin y su régimen se consolidaran y llevaran aún más lejos la degeneración del Estado soviético.” (76) Reconoce que también hubo crisis en la burocracia, aunque esto lo ve como un fenómeno secundario frente a su fortalecimiento.

 

Mientras que para Moreno el gran triunfo antifascista del proletariado en la guerra, dirigido por la burocracia, sólo “fortifica coyunturalmente al stalinismo”, y el gran alza de las luchas resultante de la aplastante derrota de la contrarrevolución imperialista, nazi, dio lugar a un “periodo” en el que se “abre una crisis creciente del stalinismo.” _

 

1.3 En Europa oriental, China, Cuba… ¿no hubo revoluciones sino derrotas?

 

Luego de valorar que la burocracia lograra en la posguerra tan descomunal fortaleza, AR plantea que ello explica que pudiera extender su dominación social y política a los países del oriente europeo, así como a China, Corea del Norte, Cuba y Vietnam. De acuerdo con su teoría, entonces, en estos países no hubo -como pensamos durante tantos años- revoluciones victoriosas mediante las cuales las masas lograran expropiar a la burguesía y constituir Estados obreros, aunque burocratizados. Y si hubo tales revoluciones se convirtieron rápidamente en su contrario, en nuevas derrotas, pues la burocracia logró lo mismo que en la Urss antes de la guerra, consiguió establecer Estados burocráticos en esas naciones, es decir, los obreros y campesinos sólo habrían cambiado de un sistema de explotación a otro, de Estados capitalistas a “Estados burocráticos”. Sólo cambiaron de amos, según esta teoría. Dice AR: “el stalinismo en el Este de Europa cortó la dinámica revolucionaria de las masas, con la imposición de Estados burocráticos, hecho que se agravó cuando convirtió a esos países en satélites de la URSS.” Más adelante agrega que “en esos países no hubo desarrollo del poder obrero, ni un genuino impulso hacia transformaciones socialistas. En realidad, con ritmos distintos, cada uno de estos triunfos, o progresos parciales, se transformaron en lo contrario: derrotas o desastres sociales.” (85)

 

Por su parte Moreno planteó que tales revoluciones son “colosales triunfos del movimiento obrero y de masas mundial. Como tales hay que defenderlos de todo ataque de la contrarrevolución imperialista.” Y agregaba, haciendo uso del método dialéctico: “la otra cara de estos triunfos, de estos estados obreros burocráticos, es que lograron frenar el proceso revolucionario y derrotar interiormente al movimiento obrero y revolucionario, impidiendo, por todos los medios, que continuara el proceso de ascenso revolucionario y de movilización permanente.” _

 

1.4. ¿No se abrió en la posguerra una etapa y situación revolucionaria mundiales?

 

Pero las graves equivocaciones de interpretación histórica de Nahuel Moreno (NM) y nuestra corriente no se detienen ahí, según esta teoría. Porque sería absurdo plantear que si hubo esas derrotas, si lo que se extendió no fue la revolución sino los funestos EB, entonces no se puede decir -como sostuvimos con NM- que luego de la segunda guerra se abrió una nueva etapa histórica, de contenido revolucionario, y mucho menos que, más recientemente, se desplegó a nivel mundial una “situación revolucionaria”, como fue proclamado por el congreso de la LIT-CI en 1985. _

 

 

1.5. ¿Existe restauración del capitalismo en los “EB”, es decir, una nueva derrota mundial de la

clase trabajadora?

 

Los que defendemos la teoría de Trotsky y de Moreno sobre los EOD planteamos que luego de las revoluciones de 1989-1991 la situación mundial revolucionaria se profundiza y amplía gracias a esos grandes triunfos proletarios. Los teóricos de los EB sostienen que la clase trabajadora llegó a esas revoluciones con un nivel político tan bajo, resultante de haber vivido bajo Estados burocráticos, que actualmente ha sido incapaz de oponerse a una “acelerada restauración capitalista” en la mayoría de esos países, dando a entender que tal proceso ya se ha consumado. En otras palabras, nos plantean que ha ocurrido otra gran derrota del proletariado mundial, al restaurarse el capitalismo recientemente. “Avanzó de manera incuestionable la restauración capitalista” en todos los “Estados burocráticos”, nos dice el documento del CC del MAS presentado al VII Congreso de este partido. (15)

 

Como ya hemos dicho, la mayoría del CEI de la LIT también se ha plegado a la ideología de que ha vuelto a extenderse la dominación burguesa en esos países.

 

 

1.6. ¿Vivimos actualmente una “situación reaccionaria”?

 

Con las valoraciones anteriores no es una sorpresa leer en el documento del VII congreso de nuestra sección argentina, que la clase trabajadora y los revolucionarios contamos con un “limitado marco mundial y latinoamericano” , expresión con la que quieren decir que hubo una derrota de la revolución centroamericana, que la contrarrevolución “aisló y desmontó el ascenso revolucionario en el cono sur” latinoamericano y logró imponer “un cambio en la relación de fuerzas a su favor en todo el continente.” También que “la clase obrera mundial, aun librando fuertes luchas, sigue enfrentando una ofensiva tan brutal…”, etcétera. Concluye que en Argentina “estamos viviendo un profundo periodo reaccionario” y puede uno interpretar que una situación como ésta viven el restode países de Latinoamérica (14-17). Mientras que en la ex Urss y en el este europeo, en China, Norcorea, Vietnam y Cuba, la situación sería contrarrevolucionaria -deducimos nosotros-, pues ya triunfaron los restauradores del capitalismo.

 

Como podemos ya apreciar, efectivamente, la teoría de los EB significa una mirada no sólo distinta sino contrapuesta de la visión histórica que los trotskistas ortodoxos construimos durante años.

 

Recapitulemos esquemáticamente cuáles son las diferencias entre una y otra.

 

 

Teoría de los Estados Obreros

Burocráticos

Teoría de los estados

Burocráticos

 

1. Años 30: La URSS en un EOB. El proletariado soviético sufrió una derrota al perder el control del aparato estatal a favor de una burocracia, pero se mantiene como clase dominante, pues la contrarrevolución stalinista no logró un cambio sustancial en las relaciones de propiedad derivadas de la Revolución de ctubre de 1917.

 

 

1. La URSS e un EB, lo cual quiere decir que fueron también destruidas las conquistas económica y sociales de Octubre de 1917. Un EB es un nuevo sistema de explotación que no tiene nada de progresivo. La derrota de la clase obrera soviética fue total.

 

2. Define a la etapa de lucha de clases de esos años como contrarrevolucionaria.  

2. La etapa de lucha de clases fue más que contrarrevolucionaria, pues hubo otra derrota más del proletariado, con la que se perdió el carácter obrero de la URSS.

 

3. Llama a defender las conquistas de EOB.

 

 

3. Es antidefensista, pues no reconoce que haya que defender en la URSS

 

 

 

4.- La victoria sobre los nazis en la II Guerra significó uno de los mayores triunfos den la historia del movimiento obrero.

 

 

4.- La debacle nazi fue una gran victoria, pero principalmente de la burocracia, que con ella logra consolidarse como una capa social dominante y explotadora.

 

5. Los países de Europa Oriental, China, Norcorea y Vietnam son EOB.

 

5. Los países citados son EB.

Decir lo anterior significa plantear que hubo revoluciones sociales en esos países, aunque fueron burocratizadas por sus gobernantes. No hubo revoluciones y si las hubo, fueron derrotadas por las contrarrevoluciones que suponen la instauración de los EB.

 

 

6. Luego del triunfo logrado sobre los nazis en la II Guerra Mundial, se abrió una nueva etapa histórica revolucionaria. La extensión de la revolución económica-social a Europa oriental, China, Cuba…, es parte de ella.

 

6. Mal puede hablarse de una etapa revolucionaria cuando la burocracia logró consolidarse y extender su dominación y explotación a otros países.

 

7. La clase trabajadora llega a hacer la revolución política (o la primera fase de ella) contra la burocracia habiendo logrado conservar las estructuras económicas y sociales de sus países, sus Estados Obreros, y con los triunfos obtenidos en la II Guerra y al extender su revolución a nuevos países.

 

7. Al hacer las revoluciones de 1989, el proletariado viene de un nivel muchísimo más abajo al que habíamos supuesto. La clase obrera debe de hacer una “revolución total” y ya no sólo política, y carga sobre sus espaldas derrotas que no habíamos considerado, como son la instauración de los EB.

 

 

8. Las revoluciones de 1989-91 ofrecen una mejor relación de fuerzas para que el proletariado de esos países luchen contra los planes restauracionistas del capitalismo que se venían aplicando desde antes de esos años.

 

 

8. Luego de las revoluciones de 1989-1991, el proletariado mostró un nivel político tan bajo, que el imperialismo y las burocracias han podido aprovechar lo anterior para restaurar la explotación capitalista.

 

9. Después de las revoluciones de 1989 existen mejores condiciones para la lucha obrera en todo el mundo; la situación revolucionaria se ha ampliado y profundizado.

 

9. Han ocurrido grandes derrotas del proletariado, pues triunfa en varios países la contrarrevolución económica-social; la restauración del capitalismo es un hecho en China, Rusia, etc. Hay derrotas también en Centroamérica, en el Cono Sur una fuerte y sostenida ofensiva burguesa mundial.

 

 

 

 

 

*

 

Las nueve diferencias anteriores entre una y otra visión histórica quieren decir que los teóricos de los EB consideran que Trotsky en sus últimos años de vida y luego nuestra corriente trotskista vivieron siempre en el error. Para empezar, fue un error que Trotsky y la Cuarta Internacional hayan sido defensistas de la Urss cuando ésta fue invadida por la Alemania nazi y sus aliados.

 

Posteriormente, fue un error caracterizar que hubo revoluciones en China, Vietnam, Cuba, etcétera, y mucho más equivocado fue tener una política de defensa de lo que se consideró eran conquistas revolucionarias en esos países.

 

Para esta nueva visión histórica fue una exageración caracterizar que después de la pasada guerra mundial comenzó una etapa histórica revolucionaria. Y ese error fue mayúsculo porque, como ésa definición de las relaciones entre revolución y contrarrevolución fue la base de la que partimos para elaborar nuestras políticas y programas, entonces unas y otros estuvieron siempre equivocadas. Fueron entonces continuos nuestros desatinos desde 1945 hasta nuestros días.

 

Y si nuestros programas y políticas estuvieron equivocados, entonces también el tipo de partidos que quisimos construir, y lo mismo puede decirse del peso y papel que le otorgamos en el pasado a la agitación y la propaganda.

 

 

*

 

En la Presentación de su libro Romero manifiesta su propósito de “contribuir a desarrollar una alternativa política y teórica”, y aclara que ella sería “una vuelta a los originales principios, métodos y objetivos animados por Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky.” Y punto. No incluye en la lista de teóricos marxistas a Nahuel Moreno. No es un olvido ni una casualidad. Para los teóricos de los EB poner a Trotsky cerrando la pléyade de marxistas quiere decir que, luego de él (y exceptuando los últimos cinco años de su vida, pues en 1935 escribió que la Urss era un EOD) no hubo corriente ni persona alguna que fuera capaz de elaborar una visión racional y científica de la realidad, ni en consecuencia que creara un programa y política acordes capaces de transformarla revolucionariamente… hasta que Romero nos iluminó con su libro. Por eso él nos dice que está ofreciendo una “alternativa” teórica y política. ¿”Alternativa” a qué? Es una alternativa -es decir, otro camino, otra opción- frente a la teoría-programa que los trotskistas ortodoxos y destacadamente Moreno forjaron durante años. Por ello en esta nueva visión el legado de NM es más en el terreno de los principios y la moral (“no traicionó”, juzga magnánimo AR), y no en el de la teoría (sus aportes en este terreno son “valiosos y fragmentarios”, dice con inocente soberbia Romero, lo cual es un eufemismo que significa: toda la teoría de Moreno es una enorme y perniciosa equivocación).

 

 

Capítulo 2

Un concepto derrotista al que le corresponden partidos propagandistas

 

En el capítulo anterior hemos visto que la teoría de los EB, a diferencia de la que tenemos los trotskistas ortodoxos, plantea que sobre las espaldas del proletariado pesan cuando menos tres grandes derrotas que no habíamos considerado:

 

1. La primera fue antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la burocracia destruyó totalmente el Estado obrero en la Urss.

 

2. La segunda fue luego de esa gran contienda bélica, cuando la burocracia logró imponer su sistema de explotación y regímenes totalitarios, sus Estados, en el este europeo, en China, Corea del Norte, Cuba y Vietnam.

 

3. Una tercera gran derrota es la que actualmente sufren los proletariados que vivían bajo Estados burocráticos y ahora ven cómo, sobre sus ruinas, se restablece la explotación capitalista.

 

Los que aprecian que el proletariado mundial carga con tres graves derrotas a cuestas van a apreciar la situación actual de la lucha de clases mundial de manera diferente, absolutamente distinta, a los que negamos que en la trayectoria del movimiento obrero internacional existan esas debacles. Concluirán, en consecuencia, que ya no necesitamos partidos que se preparan para tomar el poder, para organizar insurrecciones, y que se ejercitan y construyen al participar en las luchas de los trabajadores. Según estos teóricos los partidos que hoy necesitamos deben de priorizar la labor propagandista -es decir, la prédica socialista-, y sus dirigentes deben de tener como principal ocupación elevar su nivel teórico. De la teoría de los EB se desprende el siguiente concepto derrotista de la situación política mundial, al que corresponden partidos de propaganda.

 

 

2.1 El sujeto social revolucionario, más debilitado que nunca

 

Mientras que los trotskistas ortodoxos apreciamos un fortalecimiento objetivo de la clase trabajadora mundial como consecuencia de:

 

a) una inversión mundial en las relaciones campo-ciudad, es decir, un proceso de “descampesinización” y de proletarización de grandes masas rurales, que crean grandes urbes: en prácticamente todos los países son ahora más los que viven en ciudades que en el campo. La clase obrera urbana se ha fortalecido objetivamente de manera cuantitativa y cualitativa, pues ya es numéricamente la gran mayoría de las sociedades modernas y maneja los principales resortes de la economía;

 

b) como consecuencia de la crisis económica capitalista mundial, la contrarrevolución burguesa y burocrática es incapaz de mantener a un considerable sector de la clase trabajadora como “aristocracia obrera”, es decir, como capa social privilegiada sostenedora de políticas y regímenes contrarrevolucionarios. En otras palabras, la tradicional escisión en el seno de nuestra clase, entre un sector privilegiado y conservador, y otro pauperizado y objetivamente revolucionario, se ha atenuado, y éste ultimo sector de nuestra clase se ha fortalecido.

 

c) Paralelo a este fenómeno al interior de la clase trabajadora, ocurre uno similar con la pequeña burguesía y las llamadas clases medias, que tienden a pauperizarse y a serles confiscadas sus pequeñas propiedades y bienes por el gran capital, habiendo una tendencia a que numerosas capas de estas clases pasen a ser opositores de los gobiernos burgueses y burocráticos. Se convierten en nuevos aliados del proletariado.

 

Sobre esto, ¿qué nos dicen los teóricos de los EB? En primer lugar, ignoran estos tres fenómenos que hemos expuesto y en cambio afirman que existe una “…recomposición social, estructural de la clase trabajadora, que se ha vuelto mucho más heterogénea y fragmentada.” Derivan la tesis anterior de su visión de que el proletariado viene de ligar en los últimos sesenta años más fracasos que victorias y de lo que llaman “transformaciones tecnológico-productivas y cambios en los modelos de organización del trabajo”, impulsadas por el capital en los últimos años. De acuerdo con esta visión, el proletariado está hoy más fragmentado que nunca antes, pues ha aparecido en gran escala el desempleo estructural que divide a la clase entre trabajadores en activo y desempleados; se reducen los trabajadores de planta y aumentan los eventuales; es cada vez menor el proletariado industrial y aumenta el dedicado a los servicios; existen contradicciones entre los obreros inmigrantes y los nativos; etcétera. En sus palabras, existe una “creciente profundización en la fragmentación y atomización social de los trabajadores, llevados adelante por la burguesía y el imperialismo.” _

 

No cabe duda de que muchas de estas transformaciones son reales y que deben de ser tomadas en cuenta a la hora de definir una estrategia revolucionaria… pero a condición de que se les ponga en su justo lugar, es decir, que se sean situadas en cuarto o quinto plano, luego de las revoluciones que hubo en 1989-91, de las grandes luchas que el proletariado viene dando en numerosos países, de su reorganización sindical y de los tres fenómenos objetivos y estructurales que reseñamos arriba. De no ser así y de ser puesta la también llamada “reestructuración productiva” en primer y único lugar, como lo determinante para comprender lo que ocurre hoy con la clase obrera mundial, ello nos conducirá a concluir lo que dicen los teóricos de los EB: que hoy el sujeto social de la revolución socialista, la clase obrera, está más débil y dividido que en el pasado. En otras palabras, que la revolución socialista es hoy más difícil que nunca, pues quien tiene que hacerla ha sido afectado por derrotas político-económicas (tres contrarrevoluciones) y por la “reestructuración productiva”, lanzada según esta visión con éxito en todo el mundo (opinión que nosotros no compartimos).

 

 

2.2. Sindicatos que perdieron su carácter obrero

 

La teoría que asegura que la burocracia fue tan fuerte como para poder instaurar su propio Estado explotador en la Urss y extenderlo a más de una decena de países, conduce lógicamente al concepto de que los sindicatos en el mundo, por estar dirigidos por burocracias, perdieron -al igual que la Urss- su carácter obrero. Si la burocracia pudo crear Estados a su imagen y semejanza que rigieron las vidas de la tercera parte de la humanidad, ¿porqué no iba también a poder acabar con el carácter obrero de los sindicatos y a crear en su lugar sindicatos burocráticos en todo el planeta?, es el razonamiento de estos teóricos. El documento de la dirección del MAS define que se ha “acentuado la estatización y degeneración de los sindicatos” argentinos (y entendemos que de todo el mundo). (29-30) Ciertamente, también Trotsky escribió que el capitalismo contemporáneo no podía convivir con sindicatos independientes y que se le hacía imperativo corporativizarlos, pero nunca señaló que por ello perdían su carácter obrero. En contrapartida, para los teóricos tanto de los EB como de los sindicatos que son patrimonio de los burócratas, es imposible e indebido que los revolucionarios pongamos en práctica el frente único proletario con esos sindicatos y sus dirigencias, y por ello esta táctica -que en ocasiones adquiere una importancia vital para nuestros partidos- no aparece nunca en su texto.

 

 

2.3 Trabajadores incapaces de reorganizarse

 

Visto el negro panorama que enfrenta la clase obrera según estos teóricos, es de comprenderse que aprecien que “hoy los trabajadores se enfrentan a una poderosa fragmentación y atomización que no sólo dificulta la unidad para la lucha, sino también para avanzar en la construcción de los nuevos organismos, dirección y programa que imperiosamente necesitan para su reorganización.

 

Los desocupados, los precarizados o cuentapropistas expulsados de la producción sin organización alguna que los integre, argentinos y extranjeros, son expresiones dramáticas de los profundos cambios que la clase obrera enfrenta para lograr su reorganización.” Para que no queden dudas de que le dan a las tesis de su texto un carácter universal y no sólo nacional, aclaran que “…la mayoría de las importantes trabas que el movimiento obrero argentino enfrenta para su reorganización, no son características sólo de nuestro país, sino son parte de las inmensas dificultades que atraviesa la clase obrera a nivel mundial.” (pp 32 y 27, subr. en el original)

 

En el texto de la mayoría del CEI de noviembre de 1995 que ya hemos mencionado, tampoco aparece uno de los fenómenos clave de la situación mundial actual, la recomposición o reorganización que está viviendo la clase trabajadora.

 

 

2.4 Partidos cuya orientación social primordial no es la clase trabajadora

Con esta visión de la clase obrera, es comprensible que la dirección del MAS no impulse como tarea prioritaria la estructuración de sus militantes entre nuestra clase, sino entre los estudiantes, y que deje ese objetivo estratégico como una tarea secundaria. (56) Esto se justifica con el planteamiento de que “debemos ir, en el terreno de la construcción partidaria, en el sentido más objetivo, de acuerdo con las más profundas tendencias de la actualidad de la lucha de clases…” (51) Como la tendencia “objetiva” no incluye grandes movilizaciones de los obreros, entonces se proyecta la construcción entre los estudiantes.

 

 

2.5. Partidos cuya esencia no es la intervención en la lucha de clases

 

Los partidos que decía NM necesitamos para esta etapa histórica, aquellos que intervienen en la lucha de clases, que agitan sobre la masa obrera para tratar de movilizarla de manera permanente, y que al mismo tiempo hacen propaganda socialista sobre su vanguardia, intentando ganarla a nuestros partidos, ya no son el modelo a construir. Esos partidos aguerridos, que se van fogueando al participar en las luchas, preparándose para la insurrección obrera y de masas, dejan de ser reivindicados de manera explícita. El documento del CC del MAS dice sin ambajes: “no somos ´el partido de las luchas’ ” (52).

 

 

2.6. Partidos para hacer propaganda

 

Si la participación en las luchas no es la tarea principal de nuestros partidos, entonces, según los teóricos de los EB, ahora “privilegiamos la labor de propaganda” , puesto que “corresponde a las tendencias más profundas de la lucha de clases jerarquizar esa labor”, aseguran (54).

 

Con plena conciencia de que están cambiando el carácter y concepto de su organización, añaden que, para hacerlo, requieren impulsar “cambios revolucionarios en el partido”, entre las cuales la primera es elevar el “nivel teórico y político de todo el partido, especialmente de su dirección”; priorizar igualmente la creación de “herramientas” y actividades propagandísticas, tales como “cursos, folletos, charlas”; y hacer cambios en el periódico, con el fin de adecuarlo a su función más de instrumento de prédica que de agitación.

 

 

 

Capítulo 3

Romero junto a los antidefensistas, contra Trotsky

3.1 Neo burnhamismo vergonzante

 

Romero nos informa solemnemente que llevó a cabo “una rigurosa investigación”, basada en un “rigor verdaderamente marxista y verdaderamente científico en la búsqueda de la verdad”. Añade que gracias a esas dotes llegó a la conclusión de que “la degeneración burocrático-estalinista empujó a la URSS más allá del límite en el que podía ser calificado como Estado obrero: a fines de los años treinta -agrega-, se consolidó la dominación burocrática de una nueva capa social privilegiada y surgió un tipo de Estado a su servicio, con relaciones de producción y apropiación que acentuaron la alienación de un proletariado superexplotado. La categoría o concepto que corresponde a la URSS, es el de Estado burocrático, con restos cada vez más degenerados e indefinidos de las conquistas obreras de la Revolución de Octubre.” (60, los subr. están en el original)

 

Al tiempo que hace tal aseveración se esfuerza en dejar en sus lectores la idea de que esa tesis –que es la central de su libro- está inspirada en el pensamiento trotskista: “no nos cansaremos de reivindicar el valor teórico, metodológico y político de la labor de Trotsky en esos años”, los treinta, declara (25-26).

 

Esta supuesta fidelidad de Romero a la obra del autor de La Revolución Traicionada choca con lo planteado en su libro, en el que esconde que el fundador de la Cuarta Internacional dedicó buena parte de los últimos años de su vida (1939 y 1940, precisamente la fecha en que Romero asegura que la URSS dejó de ser un Estado obrero) a defender su caracterización de la Urss de Estado obrero degenerado, contra la posición de los llamados “antidefensistas” (encabezados por los estadounidenses Shachtman y Burnham), que planteaban en esencia lo mismo que ahora Romero.

 

 

 

*

 

La polémica de Trotsky con los antidefensistas es uno de los sucesos más importantes en la historia de los primeros años de la Cuarta Internacional y el triunfo en ella del primero dejó como uno de sus más brillantes resultados que la nueva organización mundial revolucionaria tuviera una política de defensa de la URSS al ser invadida por los ejércitos hitleristas y sus aliados fascistas. De haberse impuesto Shachtman y Burnham la Cuarta pudo haber perecido, al mantenerse neutral en el combate armado entre los nazis y la URSS y no llamar a la defensa de ésta última.

 

Además de este triunfo político, otro fruto de esta controversia fueron los debates de Trotsky con Shachtman, Burnham y otros trotskistas que se oponían a caracterizar que la URSS seguía siendo obrera. Estos trabajos están reunidos en el volumen titulado En defensa del marxismo (al que sólo hace referencia Romero para interpretar el pronóstico de Trotsky sobre el destino de la Urss en la guerra), y que constituye uno de los más importantes legados teóricos, políticos, metodológicos y programáticos de León Trotsky.

 

La tesis de que la Urss no era un estado obrero “a fines de los años treinta” y que era un EB, sitúa a AR junto a los antidefensistas y contra Trotsky. Desde el punto de vista de la historia de las ideas, entonces, el libro Después del estalinismo, debe ser calificado como neo burnhamista o, para más precisión, como neo burnhamista vergonzante o clandestino, pues Romero jamás hace la más mínima alusión a las posiciones de los antidefensistas ni a la encendida pelea de Trotsky contra ellos.

 

Esta falta de honestidad intelectual es compartida por los dirigentes del MAS en la escuela de cuadros que sobre los “Estados” organizaron para los militantes de su partido, en la que tampoco aparece esta trascendente controversia.

 

 

3.2 Una promesa incumplida

 

Uno de los apartados más importantes en el trabajo que estamos criticando es el titulado “los años treinta a la luz de nuestra discusión actual”, en el que el autor nos promete ” ´repasar` lo ocurrido en los años treinta a la luz de los hechos hoy conocidos y documentados prolíficamente, y además, con la  perspectiva que dan más de cincuenta años de lucha de clases.” (57).

 

Como propósito uno no puede menos que aplaudirlo, el problema es que el autor de esas palabras jamás va, ya no digamos a valorar, ni siquiera a mencionar algunos de los principales grandes hechos políticos que se dieron a “fines de los años treinta”. Los acontecimientos a los que nos referimos fueron un salto cualitativo en la política expansionista del nazismo y la respuesta dada a ella por la burocracia estalinista, que firmó un pacto de no agresión con Hitler mediante el cual se repartió con éste Polonia, invadió Finlandia y los países bálticos, etcétera. Son los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial, son hechos capitales para comprender un capítulo fundamental de la historia moderna. Por sorprendente que pueda parecer, el espíritu científico y marxista de Romero, su avidez en “la búsqueda de la verdad” no lo llevaron a considerarlos.

 

Para los antidefensistas estos hechos significaron la mejor demostración de que la URSS no era un Estado obrero y, en consecuencia, que el proletariado del mundo y la Cuarta Internacional no tenían porqué llamar a defender la que había sido patria de la Revolución de Octubre. Para Trotsky, en cambio, confirmaron su caracterización, expuesta en 1935 en La Revolución Traicionada, de que la URSS era un estado obrero degenerado.

 

 

 

3.3 El pacto Hitler-Stalin y la crisis en la Cuarta

 

Nahuel Moreno recuerda así esta controversia: “en el año de 1940 el Socialist Workers Party (la sección en Estados Unidos de la Cuarta Internacional) se divide entre los que están por la defensa de la URSS de todo ataque de un país imperialista y los ‘antidefensistas’. En aquella época la URSS había firmado un pacto con Alemania (gobernada por las fuerzas hitlerianas), invadiendo y dividiéndose Polonia con el nazismo. Esta traición de Stalin al internacionalismo y su nauseabunda política, provocaron la justa indignación de los círculos intelectuales norteamericanos. Pero la indignación los llevó a una caracterización incorrecta de la URSS que se coló dentro del partido a través de la fracción antidefensista. El problema era el siguiente (…): ¿qué diferencia hay entre Rusia y Alemania si la primera se ha puesto de acuerdo con el nazismo para invadir Finlandia o Polonia? ‘Ninguna’ -decían los antidefensistas-. ‘Una diferencia total’, sostenía la otra fracción, que agregaba: ‘Alemania es imperialista; Rusia es un estado obrero degenerado’. ¿Cómo se explicaba entonces la contradicción interna de la URSS que, siendo obrera, se ponía de acuerdo con una nación imperialista para invadir a un pequeño país? ¿Y cómo se explicaría también la contradicción entre ambos países, que los llevaría posteriormente a la guerra? La respuesta a estas preguntas planteaba un problema de método, entre otros. Por eso no fue casual que uno de los temas debatidos en la lucha interna del Socialist Workers Party haya sido el de la dialéctica, el único método que podía explicar estas contradicciones: Rusia era un estado obrero, pero degenerado; al igual que muchos sindicatos, son obreros, pero su dirección es burocrática, lo que explica su política exterior e interior. Y por eso las conclusiones eran diametralmente opuestas. La fracción definida por Trotsky como representante del partido proletario en proceso de formación, daba esta explicación de las contradicciones y sostenía que la URSS debía ser defendida de todo ataque de un país imperialista, como un estado obrero, aunque esto se combinara con el objetivo de sacarse de encima a la dirección burocrática. La fracción antidefensista, pequeño burguesa en su composición social, no veía las contradicciones, tomaba sólo un hecho -la política exterior de la URSS en ese momento, para concluir: ‘es imperialista’ y por lo tanto no tiene que ser defendida.” _

 

 

3.4 La política exterior de un Estado obrero burocratizado

 

Así como Romero ignora la política exterior del Kremlin de fines de los treinta, lo mismo hacían en un sentido los antidefensistas, quienes, según Trotsky, “siguiendo a los demócrata pequeño burgueses de todo pelaje, no dicen una sola palabra sobre el hecho de que el Ejército rojo expropia en Finlandia a los grandes terratenientes e introduce el control obrero, mientras prepara la expropiación de los capitalistas.

 

“Mañana los stalinistas estrangularán a los obreros finlandeses -advertía- pero ahora están dando – están obligados a darlo- un tremendo impulso a la lucha de clases en su forma más aguda” _ (38- 39).

 

En Polonia ocurrió un fenómeno parecido cuando el Ejército rojo la invadió. Allí la burocracia estalinista exhortó a la población a “expropiar a los terratenientes y capitalistas” y se vio obligada a impulsar “medidas revolucionarias socialistas realizadas por medios burocráticos-militares.” Para Trotsky estos hechos no perturbaron su “definición de Estado obrero degenerado, sino que la confirmaron de la manera más incontrovertible.” (35) Esto lo escribió Trotsky en diciembre de 1939, mientras que AR afirma que para esa fecha la URSS ya era un “Estado burocrático”.

 

Trotsky cita a un periódico europeo menchevique que decía: “el avance del Ejército rojo (en Polonia oriental) fue acompañado por una ola de levantamientos revolucionarios, cuyos ecos llegaron hasta las masas campesinas de Rumania.” (69)

 

Y frente a posiciones como la de AR y los antidefensistas de esos años, que reprobaban a quienes sostienen que la “propiedad nacionalizada debe ser caracterizada y defendida como una conquista en sí misma, un progreso histórico”, Trotsky planteaba enfáticamente que “la expropiación de los capitalistas en Polonia y en Finlandia es un factor progresivo en sí mismo.” (110, subr. nuestro)

 

Trotsky explicaba que “el Kremlin, con sus métodos burocráticos, daba un impulso a la revolución socialista en Polonia… Negar ese impulso es negar la realidad. Las masas populares de Ucrania occidental y de Bielo-Rusia, en cualquier caso, sintieron ese impulso, entendieron su significado y lo utilizaron para llevar a cabo una transformación drástica en las relaciones de propiedad. Un partido que no se diera cuenta de ese impulso a tiempo y que rehusara a utilizarlo, no sería bueno más que para arrojarlo al tacho de la basura.

 

“Ese impulso en dirección de la revolución socialista -concluía- fue posible sólo porque la burocracia de la URSS se apoya y tiene sus raíces en la economía de un estado obrero.” (117, subr. nuestro).

 

Más ejemplos en el mismo sentido daba Trotsky, entre ellos el que calificó de “Programa Electoral Revolucionario del Kremlin en Ucrania Occidental y en Bielo Rusia occidental” que “…incluyó tres puntos extremadamente importantes: inclusión de ambas provincias en la Federación de la URSS; confiscación de los latifundios en favor de los campesinos y nacionalización de la gran industria y de los bancos.” Al respecto su juicio también fue categórico: ” no puede haber duda entre nosotros sobre su carácter progresista.” Y explicó que “no fueron otras razones que las bases sociales de la URSS las que impusieron al Kremlin ese programa de revolución social.” (117-118)

 

Lo mismo decía del programa de gobierno de Kusinen, el estalinista finlandés: “aunque se lo analice desde el punto de vista ‘formal’ -decía-, no se diferencia del programa de los bolcheviques de noviembre de 1917.” (123)

 

Todo esto lo planteaba para hacer un contraste con lo que ocurría cuando las tropas nazis invadían, en esos mismos momentos, Polonia y otros, numerosos países. Los resultados eran diametralmente opuestos: su llegada fortalecía a los terratenientes y capitalistas y significó una dura derrota para sus pueblos. (118) De ello infería que Alemania era imperialista y la URSS obrera.

 

Hemos dicho que AR no menciona ninguno de estos hechos. Hemos de acotar esta afirmación. Sí lo hace, aunque en otro contexto, para demostrar que la URSS era una “cárcel de pueblos” (definición con la que acordamos) y pone como un ejemplo “la criminal política chauvinista que llevó a la ocupación y anexión de las tres Repúblicas Bálticas” en 1940 (53). No discutimos para nada la naturaleza chauvinista, la opresión gran rusa ejercida por la burocracia estalinista, lo que también apreció y denunció Trotsky. Nuestra discrepancia es que, mientras AR ve esas invasiones sólo como muestra de chauvinismo, Trotsky las apreció de otra manera: eran medidas que los que habitaban el Kremlin se vieron obligados a tomar con el fin de defender, a su manera, al estado obrero burocrático y en primer lugar sus privilegios.

 

Por la expansión del nazismo, por el miedo que sentía a enfrentarlo, por el terror que suscitaba entre la burocracia una eventual invasión de Alemania a la URSS, el Kremlin acordó acabar con Polonia como nación independiente y repartirse sus despojos con Hitler. Ese terror es el que llevó a la burocracia a fortalecer las fronteras de la URSS: en el oriente de Europa, como ya hemos dicho, quedándose con una parte de Polonia; invadiendo a Finlandia para proteger Leningrado; y en el Báltico negociando con Hitler la anexión soviética de las tres repúblicas de esa región (mediante el pacto secreto Molotov-Ribbentrop).

 

Esta es la razón por la cual Trotsky evaluaba que la “defensa del estado obrero, la adquisición de ventajas económicas, estratégicas, etcétera”, la llevaba a cabo Stalin “mediante sus propios métodos burocráticos, que a cada paso entran en conflicto con los intereses del proletariado mundial.” (149)

 

En otras palabras, el Pacto Hitler-Stalin, las invasiones a Finlandia, el Báltico, a Polonia, eran para Trotsky en primer lugar medidas defensivas del estado obrero y de los privilegios que de él obtenía una burocracia corrupta y contrarrevolucionaria, a la que había que abatir.

 

Frente a Burnham y Schachtman, que calificaron estas medidas de “imperialistas”, Trotsky replicaba: “si queremos definir la política exterior del Kremlin con exactitud, debemos decir que es la política de la burocracia bonapartista de un Estado obrero degenerado, rodeado de un cerco imperialista.” (12, subr. en el original)

 

AR no toma en consideración nunca esos hechos, los evade, suponemos nosotros porque van en contra de su teoría de que la URSS ya no era un EOB a fines de los años treinta. Y si no es así tendría que entrar en polémica con Trotsky, demostrar que evaluó erróneamente y caracterizó peor esos hechos.

 

Estamos seguros de que no lo hará, de que es impotente para llevar a cabo tal tarea. Y que, no como el hombre de ciencia que se ufana de ser, sino como un avestruz, seguirá optando por esconder la cabeza ante tales hechos y la valoración hecha de ellos por Trotsky.

 

 

3.5 Más semejanzas que diferencias

 

Nuestra clasificación de que el trabajo de Romero cabe en el rubro burnhamismo vergonzante requiere de algunas precisiones. No hablamos de teorías idénticas aunque sí esencialmente iguales. En primer lugar ambas plantean que la URSS no era un Estado obrero ni burgués, sino un Estado burocrático. Con respecto a la burocracia, Burnham la caracterizaba como una clase social, mientras Romero plantea que era “algo más que una burocracia… (y) algo menos que una clase ‘orgánica’ “, aunque capaz de instaurar un nuevo sistema de explotación, similar al capitalista (120). Por lo que se refiere al programa, hemos visto que ambos son antidefensistas. En cuanto a la apreciación de la situación de la clase trabajadora, hay una apreciación derrotista en uno y otro. Otra semejanza es el escepticismo que permea a sendas teorías. Trotsky decía que del concepto de Burnham surgía “una perspectiva de completa declinación y derrota del proletariado internacional, una perspectiva de profundo pesimismo histórico” y que a este tipo de pensamiento le son “propias todas las formas de escepticismo.” (17 y 22) Mientras que el desarrollo del pensamiento de Romero ha llevado a la dirección de su partido a escribir que “la clase trabajadora mundial enfrenta la actual ofensiva del capitalismo con una traba muy seria: con la convicción mayoritaria de que no existen alternativas al sistema”, “con la convicción de que no hay cambio posible”._ (En “Mundialización de la economía…”, p.22).

 

Otro parecido importante es su actitud ante el marxismo: Burnham renunció clara y expresamente a éste y a la dialéctica, a la que consideraba una forma de religión, no una ciencia o conjunto de ciencias; Romero plantea seguir siendo marxista, aunque en los hechos para él no ha existido teoría marxista revolucionaria en los últimos sesenta años o, mejor dicho, le ha dado la espalda a la elaboración marxista de la posguerra y a la creada en sus últimos años por Trotsky.

 

Además, su teoría de que existen “Estados burocráticos” es una revisión al materialismo histórico, a la teoría marxista sobre el estado y a la perspectiva histórica vislumbrada por Marx y Engels. Estas últimas cuestiones las desarrollaremos en el quinto capítulo de este trabajo.

 

Por otra parte, existe una diferencia importante entre las teorías del Estado burocrático de Burnham y Romero. Uno y otro llegan a la misma definición aunque por caminos distintos. Mientras que para Burnham la URSS no era un país obrero ni la de Stalin era una dictadura burocrática del proletariado por la política exterior del Kremlin, particularmente por la invasión a Finlandia; para Romero la URSS y los demás países que hemos mencionado son Estados burocráticos por que sus relaciones de producción -dice- no son obreras ni capitalistas. Dado que ésta es la principal línea argumental de Romero, la someteremos a crítica en el capítulo cinco. Pero antes consideremos su tesis de que la Segunda Guerra Mundial confirma la definición de que la URSS era un Estado burocrático.

 

 

Capítulo cuatro

Un concepto imperialista de la segunda guerra mundial

 

 

Hemos visto que la teoría del Estado burocrático está construida sobre la base de exagerar la fuerza de la contrarrevolución y de subestimar la de la revolución. Así, en los años treinta la burocracia habría tenido la capacidad para arrancar en la URSS al proletariado su poder económico y no sólo el político, y para someterlo a un nuevo sistema de explotación. Desde el otro ángulo, el proletariado fue impotente para conservar sus conquistas económicas y su Estado, así estuviera éste degenerado.

 

A esta teoría le corresponde una visión afín de la segunda guerra mundial (SGM) que Romero desarrolla en uno de los capítulos de su libro: en su haz va a subestimar, casi al extremo de la negación, los triunfos revolucionarios del proletariado en esta contienda, es decir, es una evaluación profundamente sectaria hacia las luchas, sacrificios y logros de la clase trabajadora en la “más grande guerra y revolución que se ha dado en el mundo”, según Nahuel Moreno; y en su envés es oportunista ante los imperialismos democráticos, pues la derrota de la contrarrevolución nazi-fascista la atribuye en gran medida al apoyo económico y técnico que brindaron durante la guerra a la URSS.

 

4.1. ¿Trotsky hamletiano?

 

Antes de entrar de lleno a la crítica del balance que Romero hace de la SGM es necesario aclarar una cuestión. Empeñado en demostrar que la URSS era un Estado burocrático, intenta crear la idea de que Trotsky estaba inseguro de la caracterización de que era un EOB y que para él la SGM “constituiría un verdadero test social y político, que sería decisivo para definir la naturaleza de la URSS.” (69)

 

Nada más lejos de la realidad esa imagen de un Trotsky dubitativo y empírico, indeciso sobre su definición de la URSS, que todos los días se preguntaba: “será o no será?; ¿será la URSS un EOB o un colectivismo burocrático? La SGM lo resolverá.” Sobre esta cuestión su posición y actitud era absolutamente distinta. En la polémica con los antidefensistas del 15 de diciembre de 1939 les dijo rudamente que la naturaleza obrera de la Unión Soviética era “un hecho histórico irrebatible”. (33)

 

Ya demostramos en el capítulo anterior que precisamente los prolegómenos de la SGM (o si prefiere, como plantean algunos historiadores, los comienzos de esta guerra), el Pacto Hitler-Stalin y las invasiones de numerosos países por la URSS confirmaron, según Trotsky, la caracterización de que las bases sociales de la Unión Soviética eran obreras.

 

Lo que pensaba el fundador de la Cuarta Internacional de la SGM y de la inevitable participación de la URSS en ella era algo completamente diferente: no que serviría para terminar de definir “la naturaleza de la URSS” -como interpreta AR-; sino para algo más crucial: pronosticó la invasión nazi y su preocupación era si sobreviviría luego de ella como estado obrero o si éste sería destruido, implantando los nazis sobre sus ruinas una colonia capitalista.

 

Volvamos a leer lo que escribió Trotsky: “La lucha es por la dominación mundial. La cuestión de la existencia de la URSS será resuelta en ella”, en la segunda guerra. Nunca dijo que la definición que elaboró sobre la URSS era una hipótesis a comprobarse durante la conflagración bélica.

 

Esto último tampoco puede inferirse de otra cita de Trotsky (que también ofrece AR), escrita en el Manifiesto de Emergencia: ” la guerra es el revelador de un régimen…”. Aquí lo que estaba planteando era que las tremendas exigencias de la SGM mostrarían y desnudarían la degeneración staliniana, sus debilidades intrínsecas para enfrentar la gran prueba. Basándose en ello pronosticó que si la URSS triunfaba sobre las hordas hitlerianas la clase obrera soviética continuaría luchando, a partir de ese momento centralmente contra el régimen de Stalin.

 

 

4.2. La más grande revolución, disminuida

 

Al abordar Romero la SGM, su constante valoración sectaria de la clase obrera, de sus luchas y de sus revoluciones, va a manifestarse en un concepto que disminuye la importancia revolucionaria de esa guerra.

 

La SGM es el suceso más importante de los últimos cincuenta años, quizá es hasta ahora el hecho más grande y trascendente en toda la historia de la especie humana. Todo hecho político significativo, la historia de cualquier país, el devenir mundial de este último medio siglo son incomprensibles si no se les refiere a esa enorme conmoción bélica. Todo cambió en el orbe con la segunda gran guerra: las relaciones entre revolución y contrarrevolución a escala planetaria, en favor de la primera; disminuyó la fuerza global de los imperialistas y, dos de ellos, el alemán y el nipón, quedaron impedidos de organizar fuerzas armadas, es decir, se quedaron sin la principal institución de sus Estados capitalistas; cambiaron las fronteras de numerosos países; también la naturaleza social de distintos Estados, es decir, fue liquidada la burguesía como clase en más de una docena de países; el stalinismo alcanzó su cenit y al mismo tiempo inició su declinación; decenas de países se independizaron de sus amos colonialistas… en fin, ese gran hecho, en el que perdieron la vida 52 millones de seres humanos, abrió un nuevo derrotero, otro capítulo para la humanidad, la perspectiva de un mejor destino, que Nahuel Moreno llamó una nueva etapa histórica revolucionaria, la más revolucionaria en toda la historia.

 

Romero no lo ve así. Dice a regañadientes, concediendo a uno de sus críticos, que “es verdad que el aplastamiento del nazi fascismo representó un colosal triunfo revolucionario…” (70, subr. nuestro).

 

Pero es que de la misma manera se puede calificar a muchos otros sucesos: la reforma agraria en México, la caída de las dictaduras suramericanas, la independencia india, la derrota de los secesionistas norteamericanos, la jornada de las ocho horas, fueron sin duda “colosales triunfos revolucionarios”. Salta a la vista que la derrota en la SGM de las potencias agrupadas en el “Eje” es un hecho inmensa y cualitativamente superior a cualquiera de éstos.

 

 

 

*

En la SGM podemos encontrar la combinación en un mismo proceso de cuando menos las siguientes revoluciones:

 

a) Una revolución de liberación nacional, mediante la cual el pueblo soviético logró derrotar la invasión de las tropas nazis y sus aliadas polacas, rumanas, húngaras, italianas y finlandesas.

 

b) Una revolución en defensa de un país obrero, que el nazismo-fascismo consideraba un enemigo aún mayor que los judíos.

 

c) Una gran revolución antifascista y democrática, que llevó al Ejército rojo a destruir al régimen nazi en la misma Alemania y a los regímenes fascistas y/o monárquicos en Japón (en colaboración con los EUA), Yugoslavia, Polonia, Rumania, etcétera.

 

d) Un proceso incompleto, detenido parcialmente por el stalinismo y sus aliados imperialistas, de revolución socialista en una región de Europa.

 

Dejamos en claro que cuando cuestionamos la expresión con la que que AR valora la SGM, no estamos centrando nuestra crítica en su estilo más de “científico” que de marxista revolucionario, que le impide apasionarse al analizar y denominar las grandes luchas del proletariado y, lo que es peor, aprehenderlas con objetividad. Lo central es que no acepta que al ocurrir la más grande guerra y revolución conocida hasta ahora, ésta fue ganada por el pueblo soviético gracias a que contaba con un Estado obrero. O, para decirlo con mayor precisión, no ve que a pesar de que el stalinismo había estropeado, previo a la guerra, al Estado obrero, el pueblo de la Unión Soviética – nuevamente a pesar de la criminal, torpe y cobarde conducción de los habitantes del Kremlin-, logró sobreponerse durante el conflicto armado y obtener triunfos portentosos: la liberación de su nación invadida, la preservación de su Estado obrero, la destrucción del nazi-fascismo en su misma guarida y la extensión de su Estado obrero a otros países. Doble o triple mérito del proletariado soviético, el cual a pesar de contar con un instrumento defectuoso y estropeado para luchar –el Estado obrero degenerado por la burocracia- obtuvo tres o cuatro grandes triunfos revolucionarios de dimensión y repercusión históricas. Estas hazañas del proletariado, estos pasos de Titán que dio la clase obrera a pesar de la lesión creada en su organismo por el cáncer burocrático, son soslayados, casi ignorados en la visión sectaria de Romero.

 

Es la teoría de que la URSS era un Estado burocrático la que lo ciega para valorar esas revoluciones.

Si el Estado que existía en la URSS era una realidad tan deleznable, explotador, opresor y alienante, ¿cómo la sociedad de un Estado así iba a poder derrotar a las más de 200 divisiones hitlerianaslanzadas en su contra? Imposible. La disminución de la importancia capital en la historia contemporánea de la SGM, significa escamotearle al proletariado los mayores triunfos revolucionarios que ha obtenido hasta ahora -los que le costaron más vidas, sangre y sacrificios: más de 20 millones de muertos.

 

Desde el punto de vista del análisis mundial de las relaciones entre la revolución y la contrarrevolución, este balance ciego de estas revoluciones y de sus múltiples y positivas repercusiones sólo conduce a caracterizaciones contemporáneas derrotistas de la lucha del proletariado y a otear oscuros horizontes para su liberación.

 

 

 

4.3. La faceta pro estalinista de la teoría del EB

 

Durante los tres primeros meses y medio de la Operación Barbarroja, los desastres soviéticos en la guerra contra Alemania se sucedieron uno tras otro. La mayor parte de las fuerzas aéreas rusas fueron barridas en tierra los primeros días; miles de tanques quedaron destruidos; cientos de miles, quizá un millón de soldados soviéticos fueron hechos prisioneros en una serie de cercos espectaculares apenas un mes después de la invasión, iniciada el 22 de junio de 1941. En esos momentos algunos generales alemanes llegaron a considerar la guerra como prácticamente ganada.

 

En apenas dos meses, los germanos habían ya entrado en los suburbios de Leningrado y, al cabo de tres meses y medio, se hallaban en las inmediaciones de Moscú.

 

Para Romero esta realidad, “el desmoronamiento inicial de la Unión Soviética constituye un hecho de tal magnitud que por sí solo cuestiona a quienes afirman que el Estado se reafirmó gracias al ‘patriotismo de clase’ derivado del supuesto carácter proletario de la URSS.” (71)

 

Si hacemos un esfuerzo de comprensión que no perezca entre la sintaxis del párrafo anterior, debemos de entender que el arrollador avance inicial de la Wehrmacht es una prueba demoledora en contra de que la URSS era un Estado obrero. Romero sabe que el defecto de esta interpretación está en que exime a Stalin y a la burocracia de responsabilidad en el mayúsculo fracaso militar. La culpa de este enorme revés ya no sería de Stalin sino de que encabezaba un instrumento deficiente – el EB- para hacerle frente a una guerra de tal envergadura.

 

Conciente de que éste es uno de los puntos más débiles de su interpretación, Romero se apresura a decir que “existió una pesada responsabilidad personal de Stalin en el desastre. Sus políticas zigzagueantes e irresponsables y las medidas organizativo-institucionales ordenadas, impidieron dar respuestas dinámicas, a lo que debemos agregar que sus previsiones militares fueron estratégicamente falsas.” (71) Plantear estas generalidades en el juicio histórico de Stalin y su régimen por su responsabilidad en los desastres militares habidos en los primeros meses de la invasión, es en realidad una valoración semi exculpatoria del stalinismo. Romero no dice en ningún lado que Stalin confió en el nazismo, confió en que Hitler cumpliría su palabra de no agredir a la URSS y que utilizó el poder con que contaba para hacer creer lo mismo al pueblo soviético y al proletariado de todo el orbe. Tampoco dice que, en consecuencia, no preparó militar ni políticamente a la Unión Soviética para enfrentar la mayor agresión armada que conoce la historia.

 

Romero tampoco critica a Stalin por la ayuda material prestada a Hitler, entregada aún unos días antes de la invasión. Mucho menos encontraremos que considere un hecho funesto para el Estado de la URSS el que Stalin haya purgado a 15 mil oficiales del Ejército rojo poco antes de la guerra.

 

Porque, si tal Estado era “burocrático”, explotador y antiobrero, entonces, ¿cómo valorar negativo para el proletariado que ese ejército, que no era de un Estado suyo, sufriera esa espantosa sangría? Ninguno de estos hechos, los verdaderos hechos que debilitaron a la URSS al llegar a la guerra con la Alemania nazi aparecen en el libro de Romero. La responsabilidad de Stalin y la burocracia se diluye en “políticas zigzagueantes e irresponsables”, en carencia de medidas dinámicas y en torpeza militar. Es aquí uno de los lugares en los que aparece la faceta pro stalinista de la teoría del EB.

 

De la crítica de AR a Stalin no se desprende ninguno de los siguientes hechos, que debilitaron al Estado obrero soviético para enfrentarse en los comienzos de la guerra a los nazi-fascistas (y que enumeramos arbitrariamente, sin orden de prioridad):

 

a) las purgas de los años treinta, que alcanzaron también a la jerarquía del Ejército rojo, pues en ellas perdió nada menos que 15 mil oficiales, algunos de ellos generales y mariscales de primera línea.

 

b) la firma del pacto de Stalin con Hitler, el 23 de agosto de 1939, que desmoralizó y confundió a amplios sectores del proletariado y de la opinión pública democrática mundial, que habían alcanzado una conciencia antifascista y simpatizaban con la Unión Soviética.

 

c) los métodos burocráticos para defender a la URSS: el reparto de Polonia, la invasión de Finlandia y las repúblicas bálticas, hechos que encontraron la desaprobación de amplios sectores populares en el mundo.

 

d) el hecho de que por el pacto con Hitler debía la URSS de hacer suministros a Alemania de materiales estratégicos como cobre, caucho, manganeso, cromo, etcétera. Esto lo siguió haciendo Stalin hasta mayo y junio de 1941, días antes de la invasión nazi. Pocas semanas más tarde, los mismos materiales, sometidos al necesario proceso industrial, serían utilizados para asesinar a miles de soviéticos.

 

e) la confianza en que el nazismo iba a cumplir el pacto y no los iba a agredir. Ocho días antes de la invasión, el 14 de junio de 1941, Stalin emitió un comunicado público en el que aseguró que “…los rumores acerca de la intención de Alemania de romper el pacto y lanzar un ataque contra la URSS carecen de todo fundamento.” Pocas veces en la historia se puede encontrar que un estadista cometa un disparate tan mayúsculo y de tan trágicas consecuencias.

 

f) derivado de lo anterior, la absoluta sorpresa en que fue tomada la Unión Soviética. No se preparó nada contra la invasión. No hubo durante casi dos años propaganda antinazi por parte de los partidos comunistas; por lo contrario, Pravda llegó a reproducir discursos… ¡del Fuhrer!

 

g) no hubo entrenamiento ni preparación del Ejército rojo para enfrentar la invasión que todo el mundo consideraba inminente. Antes de la guerra, hubo unas 500 violaciones al espacio aéreo soviético por la Luftwaffe. La misma historia oficial soviética reconoce que “al empezar la guerra, muchos tanquistas tenían apenas una hora y media de experiencia en su nuevo oficio. De manera semejante, nuestros aviadores no se habían familiarizado lo suficiente con los nuevos aviones.” La mayor parte de la fuerza aérea soviética, insuficiente y obsoleta, fue destruida en el suelo en los primeros días. (173)

 

h) tampoco hubo impulso previo a la industria de guerra soviética. La producción de cañones, morteros y armas automáticas estaba retrasada. El uso del radio y el radar estaba en pañales, cuando que los ejércitos alemanes, ingleses y yanquis los usaban corrientemente; faltaba una industria automotor de gran capacidad. Sólo la artillería era superior a la alemana.

 

i) Desde el Kremlin nunca surgió la política de preparar un movimiento guerrillero antes de la invasión, lo cual hubiera significado entregar armas a la población de amplias zonas rurales y enseñarles a usarlas, el buscar sitios en dónde esconderlas, así como a alimentos y medicinas, etcétera. Este hecho le fue reprochado a Stalin por algunos jefes guerrilleros, que combatieron en condiciones dificilísimas.

 

Repetimos: ninguno de estos hechos históricos aparece en la valoración de la responsabilidad de Stalin en la guerra. Ya antes vimos algo parecido, cuando AR se vio obligado a borrar de la historia otros hechos históricos, como las invasiones soviéticas a Polonia y Finlandia. El ocultar o ignorar hechos históricos relevantes es una constante en el método “rigurosamente científico” del compañero que estamos criticando.

 

 

4.4. Confusión entre política de Stalin y país obrero

 

 

La hecatombe bélica de la Unión Soviética en los tres primeros meses de invasión, ¿se debió a que la URSS ya no era un Estado obrero o a la política de Stalin? Romero contesta que a los dos factores, sin aportar sobre el primero nada salvo el mismo desastre militar inicial de la URSS. Nosotros hemos aportado que la responsabilidad fundamental en ese revés se debió a factores políticos (la diplomacia de Stalin) y no aparecen en ella factores estructurales, que tengan que ver con la economía y la sociedad soviéticas (el retraso en la industria bélica soviética se debía a que no era política de Stalin desarrollarla, no a debilidad de la economía, como veremos posteriormente). En la valoración de estas derrotas, Romero confunde las bases económico-sociales de la Unión Soviética con la política exterior de la burocracia stalinista. Si la Unión Soviética fue arrollada en esos primeros meses, nos da a entender AR, se debió fundamentalmente a que la URSS ya no era un país obrero y en segundo término a la política staliniana.

 

Contestamos nosotros que precisamente la teoría de Trotsky sobre la degeneración del Estado soviético tiene como uno de sus planteamientos centrales la falta de correspondencia –y frecuentemente el antagonismo- entre las bases económico-sociales de la URSS y su superestructura, el aparato estatal y la política de la burocracia. Esta teoría es la que quedó confirmada en los primeros meses de la invasión: la política de la burocracia, como advirtió Trotsky antes de morir, llevaba a un debilitamiento extremo al Estado obrero en la guerra contra Alemania.

 

Para la teoría de Romero no es así. Si había un Estado obrero en la URSS, fuese cual fuese su régimen político y gobierno, tendría que haber estado bien preparado para la invasión y ganado la guerra desde el primer momento. Pero si lo que había era un Estado burocrático, entonces, fuese cual fuese la política de su gobierno, estaba condenada a perecer ante la embestida nazi. La debacle soviética en los primeros meses de la contienda, entonces, dice Romero, confirma que lo que había en la URSS era un Estado burocrático.

 

“Pero la Unión Soviética logró sobreponerse a estos reveses y terminó triunfando en la guerra”, contesta la realidad histórica. Y, en la lógica de Romero, este saldo final sería un mentís contundente a su teoría, más bien abonaría la de que la URSS era un Estado obrero. Sí; contesta Romero, es un hecho que la URSS ganó la guerra. Pero lo hizo gracias al apoyo, decisivo, dice, de los Estados Unidos de América, de Canadá y la Gran Bretaña. Entonces, este triunfo -concluye AR- no fue de un supuesto Estado obrero soviético, sino de los imperialistas democráticos, lo cual confirma que la URSS era un Estado burocrático.

 

Ha llegado la hora de examinar este concepto imperialista sobre la SGM que se desprende, que es un componente, de la teoría del EB.

 

4.5. ¿Gracias a la técnica y la ayuda material imperialista triunfó la URSS?

 

Romero trascribe sin hacer crítica alguna, es decir, acepta como correcta, la siguiente evaluación imperialista de la SGM de la historiadora Sabine Dullin: ” De hecho, la guerra había llevado a una división de tareas entre anglo-americanos y soviéticos. Por un lado, la URSS constituía la llave maestra de la lucha contra Alemania nazi en Europa. Por el otro, los angloamericanos, cuya estrategia militar fue periférica durante la mayor parte del conflicto, aseguraban la logística. La ayuda angloamericana a la URSS jugó un rol importante: suministro de varios millones de toneladas de metales y petróleo, entrega de productos alimenticios, telas y botas para los soldados, equipos estadounidenses para las comunicaciones y el transporte (los teléfonos de campaña, radares, locomotoras, camiones y jeeps contribuyeron mucho en la movilidad y eficacia del Ejército rojo).” (Histoire de l’URSS, París, cit. por AR, en pág. 72).

 

Es la típica ideología sobre la SGM que se enseña en los colegios yanquis. Es la historia oficial imperialista, que Romero toma por buena porque es la que se acomoda a su teoría. En esta visión cínica se reconoce que los soviéticos pusieron los muertos y la sangre, y los imperialistas “democráticos” la “logística”, sin la cual la URSS no podría haberse sobrepuesto a la catástrofe militar inicial y luego haber levantado cabeza. Fueron la técnica imperialista y su mayor desarrollo de las fuerzas productivas los factores claves para derrotar a los nazis. De no haber contado con ellas la URSS hubiese perecido. Luego, gracias en gran medida a ello se extirpó del planeta al tercer Reich, se pregona en las escuelas y desde los medios de comunicación norteamericanos. Sin esta ayuda los heroicos soldados comunistas no hubieran podido triunfar, se concluye con infatuada indulgencia.

 

La industrialización previa del Estado soviético (que Trotsky describe críticamente pero sin disimular orgullo en La Revolución Traicionada), la evacuación durante la guerra de la industria y la necesidad de reconvertirla sobre la marcha, son algunos de los hechos, entre muchos, que demuestran la tesis de que gracias a que la población soviética contaba con un Estado obrero pudo hacerle frente a los más de 4 millones de soldados lanzados en su contra.

 

4.6. La espectacular industrialización, clave en el triunfo

 

Son indudables los logros industrializadores de la Unión Soviética en los doce años previos a la gran guerra. En La revolución traicionada Trotsky escribió que “los inmensos resultados obtenidos por la industria, el comienzo lleno de promesas del desarrollo de la agricultura, el crecimiento extraordinario de las antiguas ciudades industriales, la creación de otras nuevas, el rápido aumento del número de obreros, la elevación del nivel cultural y de las necesidades, tales son los resultados incontestables de la Revolución de Octubre.” _ Hasta Romero los reconoce, aunque nunca los liga al esfuerzo bélico y, lo que es peor, los valora de manera ridículamente sectaria, al decir que “sin dudas la economía creció”, aunque sólo fue un “logro notable en el terreno de las cifras.” (42)

 

 

 

No está de más pasar revista nuevamente a este renglón.

 

Se instalaron unas 9,000 grandes empresas industriales a lo largo de los dos y medio planes quinquenales: 1,500 en el primero, 4,500 en el segundo y 3,000 en los tres años que llegó a tener de vigencia el tercero (hasta la guerra, en 1941, que lo interrumpió).

 

Tan importante como contar con esta enorme infraestructura industrial, que en algunas ramas, como la ingeniería, era la más avanzada de Europa, lo fue evacuar los complejos productivos que se hallaban en las regiones amenazadas de ser ocupadas por los nazi-fascistas. Por ejemplo, los Altos Hornos de Zaporazhtal requirieron del concurso de 8,000 vagones para ser evacuados, pues pesaban unas 50 mil toneladas. En los meses de junio a octubre de 1941 fueron sacadas de Ucrania 283 grandes industrias y 183 industrias de menor importancia a zonas muy al este. De Bielorrusia fueron evacuadas unas 100 industrias -no tan grandes como las de Ucrania, que era una gran región industrial-, en circunstancias más difíciles. En Leningrado la evacuación fue tardía, lográndose sólo mover a 92. De Moscú se sacaron 498 grandes industrias, que requirieron de 71,000 vagones.

 

“En total, desde julio a noviembre de 1941, se habían trasladado no menos de 1,523 grandes empresas industriales, incluyéndose en ellas las 1,360 mayores fábricas de armamentos con que contaba la zona europea del país. De estas fábricas 266 fueron trasladadas al área del Volga, 667 a la de los Urales, 224 a Siberia Occidental, 78 a Siberia oriental, 308 al Kajakstán y Asia Central.

 

Los vehículos empleados para los traslados ascendieron a un total de un millón y medio de vagones de mercancías.”

 

Quien aporta estos datos es Alexander Werth, presidente de la Asociación de Periodistas Angloamericanos en la Unión Soviética durante la guerra, autor años después de la contienda de una historia monumental, la acreditada Rusia en guerra. _

 

Dice que “este trasplante de la industria… y su reinstalación en el Este, debe sin duda colocarse entre los logros humanos y de organización más sensacionales de la Unión Soviética durante la guerra.” (254) Añade que fue un “gigantesco éxito que, en última instancia, permitió a la URSS continuar la guerra.”

 

Tómese en cuenta que cuando hablamos de una gran industrialización estamos diciendo implícitamente que existían cientos de miles o millones de obreros educados y capacitados por este

 

Estado y sociedad para trabajar en las miles de factorías. Y, cuando vino la conflagración, hubo que trasladarlos a ellos también junto con las industrias. Sólo de Moscú salieron 210,000 operarios especializados. Considérese igualmente que la evacuación de industrias y de obreros se hizo bajo la constante metralla de la aviación enemiga.

 

Otra tarea que tuvo que emprenderse -por la falta de previsión de la burocracia, de la que ya hemos hablado- fue la reconversión de numerosos complejos industriales para adecuarlos a las exigencias bélicas. La Gorki, por ejemplo, de producir autos, pasó a fabricar motores para tanques. Y así muchas más.

 

Dice Werth que “durante la guerra tuve la oportunidad de hablar con muchos obreros -hombres y mujeres- que habían sido evacuados a los Urales o Siberia en el curso del trágico otoño o primeros meses invernales de 1941-1942. La historia de cómo industrias completas y millones de personas habían podido ser trasladadas al Este, de cómo esas mismas plantas empezaron a funcionar en un mínimo de tiempo, en condiciones negativas de todo orden, y de cómo las mismas fueron capaces de acrecer su capacidad de producción en grado superlativo durante 1942, es, por encima de todo, una historia de la increíble capacidad de resistencia del ser humano.”

 

“La gente trabajaba porque sabía que su concurso era absolutamente indispensable. Trabajaban doce, trece, a veces catorce y quince horas diarias. Vivían gracias a sus nervios, sabiendo que nunca fue su trabajo tan necesario como en semejantes jornadas. Muchos murieron en el proceso de adaptación. Todos conocían las

pérdidas humanas de las fuerzas soviéticas en el frente y se daban cuenta de que ellos -en la ‘alejada retaguardia’- no debían murmurar ni quejarse demasiado cuando los soldados sufrían y se arriesgaban a tanto. En consecuencia, no evitaron las faenas más duras, más penosas. En los días crudísimos del invierno siberiano, algunos tenían que caminar tres, cuatro, seis millas, para llegar a su trabajo, y una vez allí doblarse sobre la máquina durante doce o más horas, con la perspectiva de que, llegada la noche, les esperaba otro trayecto similar, y eso día tras día, mes tras mes.” (260)

 

Los soviéticos hicieron un esfuerzo titánico para crear una fuerza aérea superior a la Luftwaffe. En 1942 comenzaron la producción del caza modelo La-5, considerado por los expertos “bastante mejor que el alemán Messerchmidt”. En 1943 fabricaron el La-5-FN, igualmente considerado mejor que cualquier caza germano, incluyendo el Fokke-Wulf 190. El Yak-9 estaba dotado de un cañón de 37 mm, superior a los cazas germanos de 20 mm. El bombardero Stormick era mejorado de continuo, sin con ello cesar su fabricación. En cuanto al volumen de producción, en 1942 producían mensualmente 2,100 bombarderos. Mientras que en 1943 produjeron 2,900 en el mismo lapso.

 

Por lo que se refiere a la producción de tanques, el soviético T-34 fue el mejor en su clase que combatió durante la SGM -como muchos expertos alemanes coinciden- y continuó, durante 1943, recibiendo mejora tras mejora. El tanque JS era el mejor tanque pesado del mundo, con una coraza una vez y media más sólida que la del Tigre, su par germano.

 

En 1942 de los talleres soviéticos salieron 25,000 tanques. Ese total era ocho veces y media más elevado que en 1940 y casi cuatro veces mayor que en 1941. (67)

 

Esos notables progresos laborales estaban basados en una poderosa infraestructura industrial que les permitió que apenas 14 días después de que se instalara la fábrica, apareciera el primer avión Mig. Lograron en 1941 fabricar 16,000.

 

Un exigente AR puede decirnos que las proezas anteriores no prueban que la URSS era un Estado obrero. Entonces, ¿podemos atribuírselas a que la población estaba regida por un Estado burocrático? No era una realidad tan siniestra, como lo pinta AR, podemos deducir. O al menos mostró ser eficiente para resistir la embestida nazi.

 

El juicio de Werth, que era un escritor inglés imperialista y que consideraba que el régimen de Stalin era “bárbaro” (y que tampoco mostró simpatías por su sucesor Nikita Kruschev), es distinto al de AR: “No cabe duda -dice- de que el régimen tuvo una participación decisiva en el mérito de la victoria final rusa. De no haber mediado el gigantesco esfuerzo industrializador emprendido desde 1928, y el tremendo éxito de organización que supuso la evacuación de gran parte de la industria nacional hacia el Este durante los peores momentos de la invasión germana, Rusia hubiera sido aniquilada.” (16). Se insistirá en que lo anterior no demuestra todavía el carácter obrero de la URSS.

 

Nosotros decimos que sí, que sólo un país obrero era capaz de tal hazaña industrializadora (en momentos en que la mayoría de países capitalistas se curaban las heridas del gran crack de 1929), de evacuar la industria y a sus operarios y de reconvertirla para hacerla útil para la guerra. Y planteamos que caracterizar que quien hizo ésto era un Estado burocrático significa embellecerlo, hacerlo ver como un sistema económico, político y social altamente eficiente y progresivo.

 

Aunque lo que principalmente queremos empezar a demostrar aquí es que no fueron los imperialistas democráticos los que con su apoyo “logístico” levantaron del suelo a la URSS en la guerra.

 

 

4.7. El mito del apoyo “logístico” del imperialismo a la URSS

 

Es un hecho que hubo un importante apoyo material, en pertrechos militares y armamento a la URSS de parte de los imperios norteamericano y británico. Sólo que éste no fue decisivo para inclinar la balanza en la guerra en favor de la Unión Soviética. El mérito principal del triunfo fue de los soviéticos.

 

Según el general yanqui John R. Deane, un militar anticomunista (valoró que Estados Unidos se había equivocado al aliarse con la URSS en la guerra), “en conjunto nuestros abastecimientos y servicios a la Unión Soviética ascendieron a unos once mil millones de dólares.” _

Werth por su parte ofrece los siguientes datos del apoyo angloamericano a la URSS:

“1. 427,000 camiones.

“2. Productos petrolíferos (2.670 000 toneladas)

“3. Alimentos (4.478.000 toneladas).

“4. Equipo ferroviario.” (No aporta cifras).

Al respecto Werth acepta que “estos datos son, evidentemente, impresionantes. (…) Pero, con todo, constituyeron una pequeña proporción de los aviones y tanques utilizados por las fuerzas aéreas rusas. Según el discurso pronunciado por Stalin en 1946, la Unión Soviética produjo alrededor de 100 000 tanques, 120,000 aviones, 360,000 cañones, 1,200,000 ametralladoras, 6 millones de fusiles ametralladoras, 9 millones de fusiles, 300,000 morteros y unos 700 millones de proyectiles de artllería, así como 20 mil millones de balas de fusil, etcétera, durante los últimos tres años de guerra.

 

“Suponiendo que las cifras indicadas por Stalin sean correctas (y todo indica que son bastante aproximadas a la realidad), ello indicaría que el equipo pesado remitido por Estados Unidos, Inglaterra, Canadá, etcétera, ascendió a entre el 10 y el 15 por ciento del utilizado en total por la URSS.” (73) Para tener referencias que permitan hacer comparaciones, consideremos que México, con una población de 90 millones, consume anualmente poco más de 30 millones de toneladas de alimentos. La Unión Soviética tenía, al estallar la guerra, 190 millones de habitantes y en cuatro años recibió unas 4 y media millones de toneladas.

 

“En 1942 -añade el mismo autor-, la ayuda militar aliada no se tomaba muy en serio en Moscú. Durante 1941-42, los embarques norteamericanos ascendieron solamente a 1,200,000 toneladas y las británicas a unas 532,000. Parte del equipo pesado (Hurricans, tanques Matilde) era insatisfactorio.”

 

De acuerdo con la Historia oficial soviética “el 55 por ciento de los tanques recibidos de ambos aliados durante 1942 fueron modelos ligeros. En 1943, el porcentaje de los mismos subió al 70 por ciento.” Las cantidades se describen como “mediocres” y se dice que “la calidad dejaba mucho que desear.” (IVOVSS, 68).

 

En la valoración del apoyo externo a la URSS es importante tomar en cuenta no sólo su monto y calidad sino también las fechas en que éste se proporcionó. La mayoría se otorgó después de la batalla de Stalingrado, cuando el curso de la guerra ya estaba definido en favor de la URSS.

 

Werth, que visitó esa ciudad poco después de la gran derrota nazi, observó que “prácticamente todo el equipo allí utilizado se había fabricado por la industria soviética durante los meses de verano y primeros de otoño, y solamente se usó en la contraofensiva un pequeño número de tanques, camiones y jeeps occidentales. Hasta febrero de 1943 la URSS había recibido 72,000 camiones de sus aliados, pero apenas una fracción de los mismos estaban disponibles al iniciarse la operación de referencia.” (567)

 

Otro testimonio en el mismo sentido es el ofrecido por Henry Shapiro, corresponsal de United Press en Moscú, a quien se autorizó una visita al frente pocos días después de cerrarse el cerco. Dice que “apenas podía verse material angloamericano; de cuando en cuando, un tanque o un jeep. Realmente, el 99 por ciento del material estaba fabricado en la URSS. Sin embargo, una proporción bastante alta de los abastecimientos alimenticios era americana, sobre todo en cuanto a tocino, el azúcar y la carne llamada spam.” _

 

Otro factor importante en esta batalla (en la que combatieron más de un millón de soldados por cada lado) lo fue el vestido. Las tropas nazis y sus aliadas, que pensaban apoderarse de Stalingrado antes del invierno, al llegar éste carecían de la ropa adecuada, mientras que las soviéticas se encontraban bien pertrechadas. “A treinta grados bajo cero las tropas hitlerianas vestían unas guerreras corrientes y llevaban mantas alrededor del cuello. Puede decirse que carecían de ropa invernal por completo. Los rusos, en cambio, exhibían magnífico equipo, con valenki, chaquetones de piel de cordero con forro interior, guantes apropiados, etcétera.” (573)

 

Repetimos: fue hasta después de la gran derrota nazi en Stalingrado cuando fluyó en mayor cantidad la ayuda de los aliados a la URSS. Así lo reconoció el almirante estadounidense Standley, en su discurso del 11 de junio de 1943 en el banquete para celebrar el segundo aniversario del acuerdo soviético-norteamericano. Al referirse a las entregas a la Unión Soviética derivadas de la Ley de Préstamos y Arriendos, reconoció que fueron “un tanto lentas al iniciarse la guerra, pero ahora van a un ritmo muy importante.” (141) En septiembre de 1941 se hizo la primera entrega por apenas un mil millones de dólares.

 

 

 

*

 

 

El 31 de enero de 1941 se rindió en Stalingrado el mariscal nazi Von Paulus. 140 mil alemanes habían muerto en ese sitio en combate o bien de frío, hambre y enfermedades. Habían sido destruidas o caído prisioneras 22 de sus divisiones. La superioridad de la artillería soviética había sido completa. La derrota germana era apabullante. A partir de esa fecha no sólo la guerra contra los nazis, la historia de la humanidad toda, dio un vuelco. Según Nahuel Moreno a partir de ese momento el gran cambio consistió en que el proletariado deja de dedicarse centralmente a defenderse de la contrarrevolución y comienza el alza de las luchas revolucionarias más grande jamás vista. El mérito principal de este gran giro histórico, hemos demostrado, fue del pueblo y del Estado soviético, no el apoyo logístico de sus aliados occidentales.

 

 

 

4.8. ¿El “Estado burocrático” derrotó a los nazis?

 

A estas alturas Romero podría replicarnos que él nunca planteó que la URSS triunfó por el apoyo de sus aliados anglófonos y que la versión de Dullin no la comparte. Objeta expresamente otras tesis de esta historiadora y nunca ésta; por ello y debido a que ese punto de vista es armónico con su concepto del “Estado burocrático” lo tomamos como suyo. Pero nos complacería mucho saber que no coincide con él. En ese caso AR sostendría, con nosotros, que el pueblo soviético fue capaz de soportar y de derrotar la agresión nazi apoyándose fundamentalmente en su Estado. AR se pregunta: “¿Por qué cambió el curso posterior de la guerra?, “¿Qué intensificó la resistencia y la contraofensiva soviética?”, y contesta: “Nada indica que la motivación fuera la adhesión al ‘Estado obrero’. Miles de hechos plantean que las masas se levantaron contra la barbarie nazifascista porque comprendieron que ésta sólo ofrecía el exterminio o la esclavización de los pueblos inferiores.” (73)

Dejemos por un momento de lado si las masas se sentían o no “motivadas” a apoyar al Estado que había en esos momentos en su país. Antes de considerar este importante factor subjetivo es necesario partir de otro tipo de cuestiones. Comenzando por la vestimenta de los soldados: los obreros y campesinos enrolados en el Ejército Rojo, ¿acudieron a la guerra desnudos, en harapos o contaban con uniformes y ropa adecuada? Siguiendo con su alimentación: ¿el heroísmo de los 12 millones de soldados soviéticos llegó al grado de prescindir comer o hacerlo muy deficientemente?

 

Continuando con su armamento: ¿se enfrentaron a sus enemigos blandiendo arcos, flechas y quijadas de burro o sus armas estaban al nivel técnico de las de los germanos, y las tenían en cantidad suficiente? En cuanto a los hombres que organizaron y dirigieron las operaciones militares desde el lado soviético: ¿ganaron la guerra debido a que quizá Stalin, como Napoleón, exigía que sus generales contaran con buena suerte o su éxito en este terreno se debió a que contaban con escuelas y academias altamente especializadas de donde salieron una pléyade de generales y mariscales cuyo parangón sólo lo recuerda la armèe napoleónica?

 

Efectivamente, con estas preguntas lo que estamos planteando es que AR no aplica el método materialista al análisis de la URSS en guerra. Otros países invadidos por los germanos no pudieron hacerles frente y sucumbieron, algunos muy rápidamente y ello se debió en primer lugar a que su economía estaba en un plano inferior a la de la Alemania nazi. Lo fundamental es que, para que un país pueda soportar una larga guerra como ésta de cuatro años, requiere, para comenzar, de contar con una economía que tenga la capacidad de mantener y alimentar a millones de personas que no pueden dedicarse a las actividades productivas sino al uso de las armas. Requiere, igualmente, que esa economía tenga como eje la producción de instrumentos bélicos y que éstos tengan una alta calidad técnica. En otras palabras, el lujo de resistir a la invasión militar más numerosa y temible que hasta ese momento conoció la historia, significó que la Unión Soviética contaba con una riqueza acumulada y un desarrollo considerable de sus fuerzas productivas. Lo anterior supone una organización social más o menos eficiente, al menos al nivel de sus enemigos. Y todo esto supone a su vez un poderoso aparato estatal, que durante estos años tuvo como función principal enfrentar a los nazis, a sus aliados fascistas y “democráticos” (los finlandeses) y que además debió dejar en reserva a casi treinta divisiones en el este de su país, en previsión de un posible ataque de los fascistas nipones. Frente a las 260 divisiones nazis que sumaban unos 5 millones de soldados, la Unión Soviética organizó 330 divisiones, con un total de 12 millones de soldados, entre activos, unidades no combatientes y en reserva.

 

Extraigamos de aquí una conclusión: el pueblo soviético pudo enfrentar la guerra y ganarla gracias a que contaba con una economía que pudo funcionar al nivel del imperio más poderoso en esos momentos en Europa, el alemán. Esa economía era el resultado a su vez de una Revolución, la de octubre de 1917, que estableció nuevas relaciones sociales que le permitieron desarrollarse con gran ímpetu en los doce años previos a la guerra. Pudo haber sido todavía más poderosa, de no haber estado lastimada por la gestión que hacía de ella una burocracia corrupta, rapaz y contrarrevolucionaria.

 

Romero se aleja de una valoración materialista de la URSS y de su Estado cuando plantea un punto de vista literalmente metafísico (es decir, más allá del mundo físico, material) cuando dice que los progresos económicos soviéticos eran en “el terreno de las cifras”, o sea, sólo en los papeles, en el mundo ideal.

 

Repetimos nuestra conclusión de que gracias a que existía un Estado obrero en la URSS pudo hacer frente exitosamente a la guerra. La otra interpretación, que plantea que había en esos años un “Estado burocrático”, lleva al embellecimiento de éste. Porque si los burócratas estalinistas lograron crear su propio Estado, explotador y alienante, pero a través del cual el pueblo soviético logró la hazaña de derrotar a los nazis, entonces ese Estado cumplió un papel progresivo en la historia. Como vemos, ha aparecido nuevamente la faceta pro stalinista implícita en la teoría del Estado burocrático.

 

 

4.9. El pueblo soviético optó por su Estado

 

Luego de dejar sentadas las cuestiones estructurales que permitieron el triunfo soviético en la guerra, podemos pasar al análisis de las “motivaciones” que llevaron a las masas de la URSS a levantarse contra los invasores. Hasta Romero reconoce, como hemos citado, que la población soviética lo hizo por comprender que el nazismo representaba para ellos la barbarie, el exterminio y/o la esclavización. El problema está en que se queda en decir lo anterior sin avanzar en ninguna conclusión. No agrega que lo único que podían ofrecerles a los pueblos de ese tiempo era ese capitalismo bárbaro, salvaje, genocida y esclavista de los capitalismos europeo y asiático más dinámicos de la época (Alemania y Japón), o el esclavismo colonial de los EUA y Gran Bretaña, y que frente a eso el pueblo soviético tenía otro tipo de país y otro Estado, por el que optó sin mayores vacilaciones, salvo excepciones. Ésa es la realidad histórica. Aun si Romero sigue insistiendo en que el Estado que existía en la URSS era de la burocracia, existe en su tesis el reconocimiento implícito de que, frente al Estado capitalista nazi, aquél era un fenómeno histórico superior. No cabe duda: en la teoría que estamos criticando existe una velada admiración por el stalinismo.

 

 

 

4.10. El peso de las tradiciones revolucionarias

 

Haciendo gala de su presunto método “científico” mediante el cual elabora tesis sin preocuparse en sustentarlas con hechos, AR sostiene que desde los años treinta la tradición bolchevique “se cortó” en la Unión Soviética, y no sólo por la represión stalinista sino por una razón “más compleja”: “la liquidación del desarrollo de las nuevas relaciones económico-sociales que comenzaron a construirse tras la gran Revolución de Octubre, que liquidó definitivamente la dictadura del proletariado.” (59) Agrega que años después, durante la guerra, Stalin “apuntó” a “eliminar los rasgos proletarios que permanecían adheridos a la URSS.” (75)

 

Nosotros, que partimos de que la guerra constituyó una revolución -o varias revoluciones combinadas en el tiempo y el espacio-, sostenemos que, a pesar de la burocracia, el pueblo soviético en combate, para soportarlo y triunfar, buscó en su pasado inspiración y ejemplos para resistir y luchar. Logró el renacimiento de algunas tradiciones revolucionarias y bolcheviques que ocuparon un papel importante en la lucha contra los genocidas nazis.

 

En primer lugar, la ocupación nazi tuvo similitudes con pasadas invasiones a Rusia, como la guerra de 1919 -dirigida por Lenin y Trotsky- que fue imposible para los stalinistas soslayar. Numerosos discursos de Stalin y otros funcionarios soviéticos tuvieron que hacer referencia a ese antecedente – por supuesto, sin mencionar al creador del Ejército rojo-, loando a Lenin.

 

El triunfo soviético en Leningrado, por ejemplo, es incomprensible sin considerar el orgullo que sus habitantes sentían por la historia revolucionaria de su ciudad. El jefe del PC en esa ciudad, el popular Jdanov, alentaba a la resistencia haciendo referencia frecuentemente a “Leningrado, la cuna de la Revolución Proletaria”. Werth, que visitó la ciudad cuando estaba sitiada, escribe que “uno de los recuerdos de Leningrado que se grabó más en mi memoria lo constituye la visita realizada a la fábrica Kirov en una tarde de septiembre de 1943; seguía el trabajo en ella pese al cañoneo que contra la misma dirigían los alemanes, cuyas posiciones estaban a unos 3 kilómetros de ahí… El ambiente de la empresa debía mucho a la gran tradición revolucionaria de la Putilov” (nombre anterior de la Kirov). De esta factoría, el bastión de los bolcheviques durante 1917, salieron 15,000 obreros a enrolarse voluntariamente en el movimiento antinazi opolcheniye.

 

Luego de la guerra, y por pocos años, se instaló un museo en la ciudad con objetos de la contienda. Entre ellos estaban los dibujos y testimonios de niños que mostraban su fastidio con los angloamericanos por no abrir un “Segundo Frente” contra los nazis en Europa y que decían cosas como ésta, escrita por un adolescente de 16 años: “Como en 1919, se planteaba ahora un interrogante: va a seguir o no Leningrado siendo una ciudad soviética? Leningrado estaba en peligro, pero sus trabajadores se alzaron como un hombre para defenderla.” (403) Werth observa que “resulta un tanto curioso que todos esos ensayos… no mencionen una sola vez a Stalin”. (411)

 

El “¿por qué resistió Leningrado?” con su millón de muertos de una población de tres millones, y sus más de dos años sitiada por 300,000 soldados, fue motivo de polémica entre los historiadores.

 

León Goure sostiene que sólo pudo hacerlo por el terror stalinista sobre la población y el “inveterado hábito de obediencia de la población a las autoridades”. Werth por su parte plantea que “el orgullo local de los habitantes de la ciudad revestía aspectos muy particulares. Se componía de un gran amor por la propia urbe, por su pasado histórico, sus extraordinarias sociedades literarias y también de su amor por la gran tradición revolucionaria y proletaria de sus clases trabajadoras. Y nada podía haber ligado ambos amores por Leningrado en uno solo, como la amenaza de la Wehrmacht de aniquilar la ciudad entera.” Añade que la organización del mismo PC local jugó un papel positivo: “hoy caben pocas dudas de que la organización del partido, tras múltiples errores iniciales, representó un papel decisivo en el mantenimiento de la defensa ciudadana; organizaciones como el Komsomol dieron prueba del máximo espíritu de sacrificio y tenacidad en ayudar al pueblo.” (415) Y concluye:

 

“Cualquier intento de trazar una línea diferenciadora entre el patriotismo ruso, el ardor revolucionario o la organización soviética, o de preguntarse cuál de los tres fue el elemento fundamental para la salvación de Leningrado, nos parece singularmente fútil. Todos se fundieron en un esfuerzo a ‘lo Leningrado’ “. (416)

 

Romero tampoco repara en que durante la guerra las masas crearon instituciones revolucionarias para luchar, como las guerrillas y el movimiento Opolcheniye. En otras palabras, lo que él llama “Estado burocrático” tuvo que integrar nuevas instituciones de las masas, para pelear contra los nazis. Las guerrillas lograron organizar a cientos de miles y el otro movimiento tuvo gran éxito en ciudades como Leningrado, en donde decenas de miles de voluntarios -principalmente jóvenes y batallones de trabajadores- defendieron sin descanso la ciudad. Según el general A.V. Karasev, a finales de julio de 1941 y comienzos del mes siguiente casi un millón de personas se ocupaban activamente del trazado y ejecución de la líneas defensivas de esa ciudad. “Lograron excavar 550 kilómetros de fosos antitanque, más de 25,000 de trincheras, colocaron 600 kilómetros de alambre con púas, 300 kilómetros de obstáculos en los bosques, aparte de haber construido 5,000 nidos de ametralladoras o reductos, desde los cuales hacer fuego sobre el enemigo, sin contar las muy varias obras de defensa del interior propiamente dicho de la ciudad.” (352)

 

Este tipo de organización popular se repitió en muchos lugares, aunque no en el alto grado en que lo tuvo en Leningrado. Las redes de fortificaciones hechas por la población sí fueron una constante en casi todas las regiones o zonas amenazadas de ser ocupadas. Por ejemplo, en el Cáucaso, el general Tiulenev cuenta que el fracaso de los nazis por llegar a Tuapse, que les hubiera dado el dominio de la costa del mar Negro, hasta la frontera turca, se debió a la extrema resistencia de los soldados y marinos soviéticos, a las montañas y bosques que hay en ese camino pero, por encima de todo, a “la fantástica red de fortificaciones construida en tiempo muy corto por la población. La gente trabajó con el pico y la pala, ayudando a las fuerzas armadas a levantar nidos de ametralladoras, fortines y pozos antitanque, derribando en algunos casos árboles centenarios sobre las carreteras. Semejante labor no sólo se hizo en la carretera hacia Tuapse, sino en todos los pasos montañosos, en el camino de Bakú y en grandes tramos de la carretera a Georgia y Ossetin.

 

“En unas pocas semanas -prosigue su relato el general soviético- todo el teatro de guerra del Cáucaso se convirtió en una red de defensas. La gente trabajaba hasta casi caer agotada protegiendo sus manos llenas de llagas con trapos ensangrentados. A veces tenían poco o nada que comer durante días, pero sin embargo proseguían trabajando aun por la noche, pese a las incursiones aéreas del enemigo… A comienzos de otoño (1943) habían construido 100,000 puestos defensivos, incluidas 70,000 casamatas y fortines y otros lugares al abrigo para disparar desde ellos. Más de 800 kms. de fosos antitanques se abrieron desde entonces; 300 de obstáculos para la infantería, 1,500 de fronteras, etcétera.” (653-4)

 

En Sebastopol -donde la batalla se perdió, aunque en condiciones dignas- también florecieron los recuerdos históricos, los hechos revolucionarios del pasado fueron revividos por la población para hacer frente al enemigo.

 

Por su parte la revista de la juventud comunista, Komsomolskaya Pravda, más que el órgano del PC, tendía a invocar constantemente la memoria de Lenin y a hablar de la guerra civil de los años veinte e inmediatamente anteriores.

 

Aunque lo siguiente no formaría necesariamente parte de un Estado obrero, mencionemos aquí que para que la población soportara el tremendo sacrificio bélico requirió del desarrollo en alto grado de las creaciones artísticas y espirituales. La poesía fue un don que amplias masas hicieron su propiedad, especialmente aquellos versos que hablaban de los hombres en el frente. La guerra fue uno de los momentos más prolíficos de compositores como Prokofiev, cuyos conciertos eran escuchados por multitudes. La lectura de libros, diarios y revistas, el estar atentos a las noticias, se convirtieron en hábitos de decenas de millones. Ésto -y la gran resistencia popular- pudo haber ocurrido igualmente bajo algunos Estados capitalistas (no en todos). Pero en el Estado obrero de la URSS -aunque degenerado y con un régimen totalitario-, pudieron desplegarse intensamente y fueron un factor moral y espiritual imprescindible para la resistencia.

 

Podemos entonces concluir que la tesis de que las tradiciones revolucionarias fueron “cortadas” por el stalinismo antes de la guerra y terminadas de extirpar durante ella, sólo existen en la imaginación sectaria de AR. Estas tradiciones existían, estaban latentes en la memoria del proletariado. En otras palabras, no pudo Stalin liquidarlas, es decir, su derrota sobre el proletariado no fue de la magnitud que sostiene Romero. Y se mantenían por un hecho objetivo: existía un Estado obrero. Al llegar la guerra, la revolución, las revoluciones de esos cuatro terribles años, los burócratas que estaban al frente de ese Estado tuvieron -contra su voluntad y para defenderse a sí mismos- que permitir y a veces alentar el despliegue de esas tradiciones, junto a otras, nacionalistas, de un pasado más remoto, cuando los rusos expulsaron a los invasores teutones y franceses.

 

 

 

4.11. La “extraña alianza” entre dos potencias imperialistas y la URSS

 

Trotsky vaticinó que en la guerra se aliarían las potencias capitalistas contra la URSS. Como ello no ocurrió, “ésto vuelve a poner de manifiesto, desde otro ángulo, que la URSS ya no era un Estado obrero”, insiste el tenaz AR. Por lo contrario, según él, “el ejército soviético ocupó gran parte de Europa y llegó a la misma Berlín, en alianza militar con estadounidenses y británicos”. Y “los norteamericanos hicieron de todo para asociar a Rusia en la guerra con Japón.” (80-81)

 

Nuevamente estamos en presencia de la aceptación por AR de las versiones más convencionales sobre la SGM, que pintan una armónica alianza militar entre dos potencias imperialistas -EUA y GB- con la URSS, en contra de otras potencias imperialistas, Alemania y Japón. Como ello no cumplió el pronóstico de Trotsky: todas las potencias imperialistas contra un Estado obrero, entonces la URSS no era tal Estado de los trabajadores.

 

Las alianzas establecidas en la SGM son uno de los fenómenos más complejos e interesantes en la historia moderna. Lamentablemente tanto la pereza intelectual de AR como la teoría que maneja le impiden hacer el más mínimo aporte también en este terreno, pues se contenta con los prejuicios históricos en boga, como el de que las relaciones entre la URSS y sus aliados occidentales fueron armónicas.

 

Nosotros intentaremos plantear -sin la pretensión de agotar el tema- algunos hechos y reflexiones que expliquen a qué se debió ese fenómeno: la creación de un frágil y contradictorio frente antifascista entre dos potencias capitalistas y un Estado obrero.

 

Comencemos por informar que, cada tanto, en estos cincuenta años que han pasado de la SGM a nuestros días, se escuchan voces en EUA y GB que dicen que fue un error por parte de sus gobiernos haberse aliado con la URSS. Ya hemos citado al jefe de la misión militar yanqui en Moscú cuando la guerra, al general John R. Deane, que escribió precisamente un libro titulado La extraña alianza, en el que valora que fue una equivocación tal bloque militar. Años después en Estados Unidos la John Birch Society hizo el mismo planteamiento: EUA y GB lucharon en la guerra “en un bando equivocado.” (12) Por su parte Pierre de Senarclens la define de “alianza circunstancial” y de “coalición necesaria y sin esperanza” que conformó una “extraña constelación política.” _

 

Más recientemente, según el articulista mexicano Juan Calvillo, residente en Europa, en Inglaterra apareció una escuela histórica revisionista, que critica a Churchill por haber aliado al Reino Unido con los soviéticos._

 

¿Qué fue lo que llevó a la conformación de tan “extraña alianza”? Romero se contenta con insinuar que pudieron aliarse y combatir en armonía juntos debido a que los jefes imperialistas de EUA y de GB se habrían dado cuenta de que la URSS no era un Estado obrero, por tanto esa nación y su Estado no eran peligrosos y antagónicos con el sistema capitalista mundial. En ese razonamiento, Hitler y la burguesía germana habrían cometido un error descomunal, pues se lanzaron a una gran guerra sin percibir que la URSS no era la amenaza que siempre consideraron. La otra explicación de AR es que Stalin se fortaleció con la guerra y tuvo más poder para detener y someter al proletariado soviético y a los pueblos que influenciaba, y que ello le permitió relaciones armónicas con los capitalistas.

 

Adelantemos aquí una crítica a la tesis de AR. Es pro imperialista, pro “democracias” burguesas occidentales. Hace ver que el régimen democrático burgués es absolutamente incompatible al régimen nazi-fascista, al grado de preferir aliarse con Estados no capitalistas, como el “Estado burocrático”, para enfrentarlo.

 

 

4.12 Munich 1936, un bloque anglo-francés con Hitler

 

No debe olvidarse que entre los antecedentes más importantes de la SGM está el que, en septiembre de 1936, Gran Bretaña, Francia y Hitler firmaron los llamados Acuerdos de Munich, de los que quedó fuera la URSS. La política de los británicos y los franceses era congraciarse con los alemanes tolerando los atropellos que llevaban a cabo. Era la política de “apaciguamiento”, que fue cómplice de la destrucción de la República Española, de la entrada de las tropas de Hitler en la zona desmilitarizada del Ruhr, y en Austria y Checoeslovaquia. Todavía en septiembre de 1938 Bonnet, ministro francés, dio la bienvenida en París al canciller nazi Ribbentrop.

 

Esta política causó un gran malestar entre el pueblo inglés. La entrada de las tropas de la suástica en Checoeslovaquia, en marzo de 1938, causó indignación popular, mientras Chamberlain, el ministro inglés de la Foreign Office reaccionó suavemente. Esa presión ciudadana fue la que llevó a

 

Londres a aparentar un cambio de política y a proponer a la URSS una declaración conjunta contra Alemania. “Según una encuesta hecha esos días en GB, alrededor del 84 por ciento de la opinión pública era partidaria de una estrecha colaboración con la URSS”, no con los nazis. (47) Londres envió a un oscuro diplomático de cuarta fila a tratar con los soviéticos, que carecía de poder de decisión. El bloque URSS-Francia-Gran Bretaña abortó principalmente por las reticencias –en realidad, por la negativa- de Londres. (Ante este fracaso sólo pudo germinar en la mente de un burócrata como Stalin la idea de llegar a un pacto con Hitler, que se concretó en septiembre de 1939).

 

Hasta aquí, podemos concluir que la política anglo-francesa era contemporizar con Hitler, no con la URSS. Fue el pueblo inglés el que comenzó a minar esa negociación con el Fuhrer.

 

A pesar del pacto entre Hitler y Stalin, a pesar de ya estaban en guerra Alemania y la Gran Bretaña, en mayo de 1941 fue recibido en Londres el nazi Rudolf Hess, lo cual causó justificadas sospechas de que se fraguaba un tratado secreto entre ambos países.

 

 

4.13 El deseo angloamericano de una derrota soviética

 

Más interesantes que estos antecedentes son las actitudes y posiciones de los gobiernos de Gran Bretaña y los EUA ya estallada la guerra, cuando se desplegaba fulminante la ocupación nazi de la URSS. La mayoría de políticos y militares imperialistas pronosticaban que la Unión Soviética no duraría mucho y que sería derrotada en poco tiempo. Era la opinión de Churchill y de los militares británicos, del agregado militar yanqui en Moscú, Ivan Yeaton. Cuando mucho el embajador estadounidense Steinhardt opinaba que Rusia no ganaría pero sostendría la guerra largo tiempo. (327)

 

En una carta de Churchill a Stafford Cripps, su embajador en Moscú, del 28 de noviembre de 1941, decía: “simpatizo plenamente con usted en su difícil postura, y también con Rusia en su difícil agonía. Desde luego no tienen derecho a reprocharnos nada (los soviéticos). Se han creado su propio destino… al permitir a Hitler lo que hizo en Polonia.” (Correspondencia, 437). La lectura de la correspondencia de esta época del Premier, permite concluir que durante ese año de 1941 y buena parte del siguiente, adoptó el criterio de que la URSS era un “aliado” que se gastaría en la guerra o directamente sucumbaría estrepitosamente ante los nazis.

 

Una posición similar, aunque menos cínica, tenía Roosevelt, el presidente de los EUA. Cuando envió a Wendell Willkie a Moscú, en septiembre de 1942, lo despidió advirtiéndole que “quizá aparezca en Rusia en el momento de un derrumbamiento soviético”. (Werth-556)

 

Estos pronósticos militares y el hecho de que los aliados occidentales se negaron a abrir en el momento oportuno un frente militar en Europa contra los nazis -antes de la batalla de Stalingrado, desarrollada entre noviembre de 1942 a enero de 1943- , así como el hecho de que el grueso de los suministros militares y alimenticios no fueran entregados a la URSS sino hasta mediados de 1943 – cuando era evidente que el desenlace de la guerra estaba decidida en favor de la Unión Soviética-, permiten concluir que la mejor alternativa para los imperialistas anglo-americanos era una derrota de la URSS en la que saliera desgastada Alemania. Ésta, creemos, era el mejor desenlace para ambos. Y a ella jugaron: la Alemania nazi haría el trabajo sucio de acabar con la patria de Lenin y, posteriormente, se podría pactar con los nazis o encontrarlos debilitados para pelear. En efecto, los aliados de la URSS prometieron abrir un Segundo Frente contra los nazis en Europa continental en 1942. El mismo llegó hasta mediados de 1944, cuando las tropas soviéticas ya avanzaban hacia Berlín.

 

Ésto nunca fue un asunto menor. Incluso cuando ya se consideraba decidida la guerra, a mediados de 1943, los germanos intentaron su “Stalingrado alemán” en Jarkov, donde lanzaron una feroz contraofensiva apoyada por 30 divisiones frescas traídas desde Occidente, gracias a que no existía tal frente militar contra los nazis en el oeste europeo.

 

La eventualidad de que Churchill y Roosevelt pactaran con Hitler fue visto como una posibilidad permanente desde el campo soviético. Por ejemplo, en el Orden del día (público) que Stalin emitió el 1 de mayo de 1943, se refirió a “los rumores de ofertas de paz cursadas por los alemanes a Occidente.” (Werth, V2-134) Y fue motivo de agrias disputas, sobre todo entre ingleses y la burocracia soviética, pues ésta frecuentemente se encontraba nerviosa de un entendimiento de sus aliados con Hitler, a espaldas suyas. Por su parte, en ocasiones también Churchill temió encontrarse de pronto con el hecho de un nuevo pacto entre Stalin y los alemanes, sobre todo luego de que Moscú prohijó el llamado Comité de Alemania Libre, que prometía una Alemania capitalista post Hitler.

 

No puede decirse que hayan existido relaciones armónicas entre los Aliados, como sugiere AR. Más adelante veremos que de las tensiones se pasó directamente a la ruptura (de la que nunca habla), y a relaciones inestables y llenas de conflictos. Y que tal ruptura sólo puede explicarse si se considera que unos y otros Estados aliados eran socialmente antagónicos.

 

 

 

4.14. Una plena conciencia antifascista

 

Nuevas y peores tensiones aparecieron entre los Aliados cuando la guerra dejó de ser contra la ocupación, defensiva, y las tropas rusas se lanzaron en fulminante ofensiva hacia Berlín, bajo la consigna de “acabar con la bestia fascista en su cubil”. La guerra dejó de ser una revolución de liberación nacional y se transformó en revolución antifascista, envolviendo igualmente una dinámica de revolución social. En ese momento el pánico se apoderó de los imperialistas democráticos. Churchill, en vísperas de la Conferencia de Teherán con Stalin y Roosevelt (fines de 1943), le confesó a H. Mac Millan: “Alemania está perdida, aunque será necesario todavía un tiempo para limpiar todo esto. El problema real ahora es Rusia.” (Senarclens-33)

 

Debemos aclarar previamente que Stalin nunca deseó que la guerra tomara esta nueva dinámica. Prefería que la misma burguesía alemana, a través preferentemente del “Comité de Alemania Libre”, depusiera a Hitler y no hubiera necesidad de destruir a su régimen mediante las tropas soviéticas. El deseo del Mariscal era que “que el pueblo alemán tenga valor para liberar a Alemania de Hitler.” (Werth, V2, 231) Por supuesto que lo mismo deseaban ingleses y yanquis. Según Pierre de Senarclens, “el gobierno británico quería encontrar la manera de tener algún acuerdo con Alemania que haría inútiles los sacrificios de una gran operación militar contra la Wehrmacht.” (43)

 

Pero tal hecho no ocurrió y, lo que es más importante, los obreros y campesinos enrolados en el Ejército rojo adquirieron la conciencia de que era necesario terminar violenta, revolucionariamente, con el régimen nazi en el mismo Berlín. Nada de esto dice AR. Nada de esto cabe en su esquema sectario de la SGM. Nosotros afirmamos que, en contra del considerado por AR todopoderoso Stalin (“la guerra sirvió para que éste y su régimen se consolidaran”, dice), las masas hicieron esta otra revolución en contra de los planes de la burocracia, de su estrategia de colaboración con las potencias capitalistas.

 

Alexander Werth, que fue testigo directo de los acontecimientos, y que se entrevistó con centenares de obreros, soldados, campesinos y funcionarios soviéticos, cuenta que el descubrimiento por las tropas del Ejército rojo de las atrocidades, el genocidio en gran escala y la destrucción de ciudades completas por parte de los nazis en la Unión Soviética, fue creando una sólida conciencia antifascista entre el pueblo soviético. Es ampliamente conocido el genocidio de 6 millones de judíos por los nazis. Lo es menos la matanza de un número mayor de soviéticos. Según testimonio de Orel, al retirarse las hordas hitlerianas de la Unión Soviética, “la muerte aparecía a cada centímetro”. De algunos pueblos sólo quedaron los carteles que los anunciaban. Cuando bien les iba a los soldados soviéticos prisioneros se les daba a escoger entre morirse de hambre o enrolarse en el ejército de Vlasov, un general blanco sobreviviente de la guerra civil de 1919. Destruyeron los nazis de manera total el sistema ferroviario por donde pasaron.

 

Unos 3 millones de rusos, bielorrusos y sobre todo ucranianos fueron deportados al Reich para trabajar como esclavos. Uno de los generales alemanes enjuiciados en Nuremberg, Erich Lahousen, reconoció que para ellos “el soldado del Ejército rojo no era un combatiente en el sentido ordinario del término, sino un enemigo ideológico. Un enemigo del nacionalsocialismo hasta la muerte, a quien había de tratarse en consecuencia.” (Werth-187) Son tristemente célebres las declaraciones “realistas” de Hitler y Goering, en el sentido de, al conquistar a la URSS, dejarían morir de hambre a treinta millones de rusos, “ya que no era cuestión suya cuidarse de alimentar a la población civil o a los prisioneros de guerra.” O el discurso de Himmler en Poznan, en 1941, en el que aceptó que “no me interesa en lo más mínimo saber si 10 mil hembras rusas mueren de cansancio cavando una trinchera antitanque para nosotros.” El eje de la propaganda nazi era la consigna “¡Abajo el bolchevismo!”. Se guardan sus carteles en los que una mano estruja la bandera con la hoz y el martillo.

 

Toparse con esta espantosa realidad causó tal shock entre las tropas rojas y la población que, según Werth, se llegó a la conclusión de que “expulsar a los nazis de la Unión Soviética no era suficiente. ‘La bestia alemana, herida de muerte, debía ser rematada en su cubil’. Esta frase iba a convertirse en la consigna número del país durante los últimos doce meses” de guerra, dice. (V.2-379)

 

Los soldados soviéticos menospreciados por AR adquirieron, en su conciencia, otra conclusión revolucionaria más: “El segundo frente decidido en Teherán se sabía ahora (febrero de 1944) que era cuestión de semanas. El sentimiento ampliamente expresado entre los soldados rusos corrientes y los civiles era que el mismo sería ‘demasiado sencillo’ ahora que el Ejército rojo había sacado la mayoría de las castañas del fuego, y que si los ingleses y los americanos iban a desembarcar ahora en Francia, sería más que por camadería hacia los rusos, por propio interés y aun por protección propia, ya que temían que la Unión Soviética pudiera aplastar a Alemania por sí sola.” (Werth,V.2-378)

 

AR acepta que la lucha contra el nazismo “surgió como una acuciante tarea histórica” para los trabajadores soviéticos. Lo que no plantea es que esa lucha constituyó una de las más grandes revoluciones modernas, y que fue llevada a cabo en contra de la voluntad y los intereses de Stalin, Churchill y Roosevelt. Tampoco aprecia que esta revolución y la que extendió al Estado obrero a los países del oriente europeo, llevó a la ruptura de de los Aliados. Mucho menos concibe que estas revoluciones constituyen el origen de la crisis en el stalinismo (y, en otro plano, del imperialismo).

 

Por lo contrario, Romero nos da a entender que tanto Stalin como Churchill y Roosevelt estaban por una lucha consecuente contra el nazismo. Precisamente porque ninguno de ellos lo estaba, y porque los tres temían que la presencia del Ejército rojo en su tarea de destruir a los fascistas en Europa central y oriental llevara a lo mismo que en 1939 y 1940 -cuando, al invadir Polonia, parte de Rumania, Finlandia y los países bálticos extendió el Estado obrero a esas zonas-, es que todos ellos estaban por una liquidación no revolucionaria del régimen nazi.

 

 

El Ejército rojo penetró en 1944 con rapidez en Europa central y oriental. A estas alturas los reyes de Grecia y Yugoslavia miraban hacia la Gran Bretaña en búsqueda de protección contra el comunismo. Bidault, el embajador francés en Moscú, le planteó a Werth que “en una Europa completamente arruinada, como a buen seguro iba a ser por desgracia la de la posguerra, habría una oleada en todo el continente de algo más extremo que el comunismo ‘a la rusa’, y me confesó: ‘¡Deben los rusos estar aterrorizados al pensar en el trotskismo’!” (506)

 

 

 

4.15 El inestable frente de la Urss con EUA y GB

 

Contra lo planteado por AR, existen más hechos históricos que señalan que las relaciones entre las tres potencias aliadas ya no sólo eran ríspidas al final de la guerra. Mencionemos algunos hechos que revelan el antogonismo social entre los Aliados. Ya desde fines de 1944 las tropas inglesas estaban enfrascadas en ruda batalla… ¡contra las fuerzas comunistas de la resistencia griega! El 5 de diciembre de ese año Churchill envió a su general, Scobie, las siguientes enérgicas instrucciones:

 

“No vacile en actuar como si estuviera en una ciudad conquistada en la cual se hubiera desatado una revuelta local… debemos ocupar y dominar Atenas.” Es además interesante saber que no fue Stalin quien protestara contra los británicos. El mensaje del Premier, conocido por el gobierno yanqui, fue indiscretamente revelado a la prensa, “provocando nuevas reacciones hostiles e inquietantes de la opinión pública”, dice Senarclens (82) Son conocidas las destempladas protestas de Churchill a Eisenhower, porque Roosevelt priorizaba la lucha en el sur alemán a la toma de Berlín. El Premier consideraba de máxima urgencia la entrada de las tropas angloamericanas en la capital germana antes de que pudieran hacerlo los soviéticos. Al respecto observa Werth: “Sigue siendo un hecho que si las potencias occidentales hubieran ocupado Berlín antes que el Ejército rojo, se habría desencadenado un violento sentimiento antinorteamericano en toda la URSS.” (512)

 

Según el historiador mexicano Mario Méndez Acosta, “se reconocía el hecho de que había sido la URSS la que en realidad había derrotado al grueso del Ejército alemán, y hubo un momento, antes de la invasión en Normandía en 1944, en que los occidentales tomaban en serio la posibilidad de que la URSS barriese con Alemania, para conquistar toda Europa occidental, y alcanzaran sus tropas -dentro del escenario más alarmista- a llegar hasta Lisboa.

“Sin embargo, la invasión a Francia tuvo éxito y esa pesadilla geopolítica no se materializó para los occidentales.

 

“Todo ello permite explicarse algunos hechos que ocuparon los titulares de la prensa mundial en esos meses finales de la guerra y que, sin embargo, han sido olvidados por la historia subsecuente. Por ejemplo, a mediados de mayo de 1945, se informó que tropas soviéticas empezaban a desembarcar en algunas islas de Dinamarca. El Ejército rojo hubiera podido ocupar ese país en unos días, ya que las fuerzas nazis de ocupación no tenían ahí la menor capacidad de defensa en contra de un ataque frontal de un ejército enemigo.

 

“Al mismo tiempo, las fuerzas del general George Patton habían logrado ocupar ya gran parte del occidente de Checoeslovaquia, nación que quedaba en la esfera soviética de influencia. Avanzaba Patton al encuentro del ejército soviético en las montañas de Moravia. Hubo entonces una rápida negociación entre Churchill y Stalin, que condujo a que los de la URSS suspendieran su avance en la zona escandinava, mientras Patton se retiraba del país checo, dejándoselo a los soviéticos. ¡Las zonas de influencia empezaban a funcionar!

 

“Desde luego, Patton se opuso a esta medida, pues él en realidad pretendía continuar la guerra y seguir el avance hacia Moscú. Si consideramos que su ejército representaba aproximadamente la vigésima parte del poder militar soviético que sitiaba a Berlín y avanzaba por Austria y Eslovaquia, se puede comprender por qué el estadounidense albergaba ya serias dudas sobre la cordura de este gran militar, que además proponía rearmar a las divisiones nazis derrotadas para que se uniesen al ataque contra la URSS.”

 

Acerca de los combates entre guerilleros griegos y tropas británicas (diciembre de 1944), este autor señala que “José Stalin abandonó a su suerte a los partisanos comunistas griegos, que habían liberado a Atenas de los nazis e instalado un gobierno marxista en la nación helénica. Tropas británicas atacaron a los guerrilleros griegos… lograron desalojarlos de las principales ciudades, haciéndolos volver a las montañas, donde combatieron un par de años más.” _

 

El antagonismo entre las tropas rojas y las occidentales -contra la pintura de AR- llegó al enfrentamiento militar.

 

 

 

*

 

 

Berlín cayó en junio de 1945. En la batalla intervinieron, por los dos bandos, unos 3 millones y medio de soldados. Murieron unos 150 mil soldados nazis y 300 mil fueron hechos prisioneros. La capital del III Reich que iba a durar mil años quedó reducida a 150 kilómetros de escombros y ruinas. El 24 de junio se hizo la celebración oficial en Moscú, a la que asistieron espontánea y jubilosamente entre dos y tres millones de personas. La revolución antifascista había concluido y había sido culminada con todo derecho por las tropas soviéticas. Faltaba destruir al fascismo japonés, aunque esa tarea ya era en ese momento secundaria, un subproducto de la debacle del nazismo. Pero la revolución, como descubrió Marx muchos años atrás, se empeñaría en permanecer, en no detenerse, en no interrumpir su labor liberadora. La revolución triunfante había sido hecha principalmente por trabajadores y campesinos vestidos y organizados como soldados en el ejército del primer Estado obrero.

 

Ya antes de la caída de la capital germana, las relaciones entre los Aliados se encontraban sufriendo una fuerte crisis, que no tardaría en pasar a la ruptura (para después intentar un nuevo y frágil equilibrio). La única manera de explicarse este fenómeno político, es si consideramos que, ya desde fines de 1944, la revolución antifascista dejaba ver que envolvía, que iba junto con otra revolución: la que pretendía terminar con el basamento económico-social que dio nacimiento a la contrarrevolución fascista, el capitalismo.

 

 

 

4.16 Yalta: la “desilusión” imperialista

 

En el año de 1945, en febrero y julio, se llevaron a cabo dos conferencias de los Aliados, en las a partir de ese momento célebres Yalta (Crimea) y Potsdam. Cuando se celebró la primera las tropas soviéticas ya habían ocupado una extensa región de Europa oriental. A fines de enero de 1945 ya habían clavado una pica en Brandenburgo, mirando Berlín. 295,000 soldados nazis habían muerto en dos meses de trepidante ofensiva roja.

 

En el frente abierto por los angloamericanos el panorama era diferente, desolador. Los nazis habían lanzado contra ellos una devastadora ofensiva en las Ardenas. Churchill tuvo que pedir a los soviéticos lanzaran en el Vístula a sus tropas, para aliviar su angustiosa situación. Según Senarclens, por esta razón en Yalta “los aliados occidentales estaban en posición de inferioridad con relación a los soviéticos.” (94) Por supuesto, Stalin no estaba dispuesto a que esta ventaja se reflejara en acuerdos favorables, en conquistas profundas para la causa proletaria, revolucionaria, que pudieran afectar sus relaciones con sus aliados. Antes de invadir cualquier país, Molotov o el partido “comunista” correspondiente se apresuraban a asegurar que no se proponían “alterar el orden social”, ni “imponer el sistema soviético” y garantizaban el respeto más estricto a la propiedad privada. Para Rumania, llegaron a decir que ni siquiera afectarían a la monarquía. Su estrategia era, primero, garantizar buenas relaciones con sus aliados imperalistas luego de la guerra y, segundo, contar con fronteras seguras en Asia y Europa. Para ello era imprescindible no afectar el orden social en ningún lugar. La disolución de la Tercera Internacional llevada a cabo meses antes era parte de este plan: el mensaje transmitido con ello a los aliados era más que claro: el stalinismo terminaba de destruir la herramienta que Lenin y Trotsky habían creado 34 años antes para extender la revolución socialista a todo el mundo. Las negociaciones en Yalta se desarrollaron con base en esta estrategia contrarrevolucionaria de Stalin, es decir, no reflejaron la relación de fuerzas favorable al Ejército rojo, sino al contrario.

 

Según Stettinius, el secretario de Estado norteamericano presente en el cónclave, los representantes soviéticos hicieron un gran número de concesiones. Aceptaron, entre muchas otras cuestiones, prácticamente todo el diseño de la futura Organización de Naciones Unidas hecho por Roosevelt; que los 20 mil millones de dólares que demandaba la Unión Soviética a Alemania por reparaciones no se le reclamaran y fueran sólo una cifra base para futuras discusiones y, lo más importante de todo, la “Declaración de la Europa Liberada”, que garantizaba que los países de ese continente involucrados en la guerra mantendrían el sistema capitalista y que sus gobiernos se establecerían a través de elecciones burguesas. Para China, la URSS se comprometía a coexistir pacíficamente con Chiang kai shek y no apoyar al PC de ese país, ya fuerte en esa fecha. Stettinius resumió así: los acuerdos de Yalta: “fueron en conjunto un triunfo diplomático de los EU y Gran Bretaña.” En cuanto al presidente yanqui, se sentía satisfecho, “absolutamente seguro de haber ganado la gran victoria de la paz.” (Senarclens-143) No era para menos: había conseguido en la mesa de negociaciones el acuerdo de Stalin de detener y enfriar el proceso revolucionario y su compromiso de organizar el mundo con base en el proyecto de Washington. Había conseguido el compromiso de Stalin de traicionar el proceso anticapitalista que había abierto en gran escala el derrumbe inminente del Tercer Reich.

 

¿Qué pasó después? Pierre de Senarclens, que escribe desde el punto de vista imperial, lo explica en un capítulo de su ensayo que lleva el elocuente título de “La desilusión”. Explica que “poco después de la conferencia las relaciones se deterioraron rápidamente. Primero en Rumania, donde los comunistas… habían iniciado una política de agitación antigubernamental y de infiltración de las instituciones. El 24 de febrero organizaron en Bucarest una manifestación sangrienta exigiendo la dimisión del gabinete de coalición que acababa de ser instalado por el rey Miguel. (…) Las tropas soviéticas ocuparon el cuartel general del ejército rumano, desarmaron a las unidades militares y patrullaron las calles de Bucarest.” (145-6) El 6 de marzo ya habían instaurado un nuevo gobierno, prosoviético.

 

“Asimismo, en Bulgaria la situación se deterioró rápidamente -continúa diciendo el historiador francés- y obedecía las mismas leyes de gravitación política.” (147)

 

En Polonia ocurrió algo parecido. Los representantes inglés y yanqui vieron que la parte soviética rechazaba “la mayor parte de sus propuestas” para formar un gobierno en Varsovia. Más aún, 16 dirigentes de la resistencia, pro occidentales, algunos de ellos seguros candidatos a estadistas, fueron encarcelados y llevados a la URSS.

 

Stettinius dice que “las dificultades reales con la Unión Soviética se produjeron después de Yalta, al no respetarse lo allí acordado.” (572) Según Werth, “abundan los cometaristas norteamericanos que han insistido en la ‘traición de Stalin’ en Yalta, después de la misma.” (579) Churchill le escribió a su par estadounidense que “estamos viendo un fracaso de primera magnitud y el derrumbe completo de lo que se decidió en Yalta.” (Senarclens- 148) El Presidente le contestó que “haré ciertamente todo lo que esté de mi parte para obtener de Stalin que acate este acuerdo.”

 

Envió a H. Hopkins -su consejero de mayor confianza- a Moscú “con la esperanza de convencer a Stalin de respetar los acuerdos y el espíritu de Yalta.” “Al terminar su misión, Stalin no había cedido en el fondo”, dice descorazonado Senarclens. (153)

 

Por su parte Churchill, ya en tratativas con el nuevo mandatario yanqui, Truman (Roosevelt había muerto el 12 de abril de 1945), se “esforzó en convencerlo de enviar sus tropas a proseguir (¿el combate, ahora contra los soviéticos?) lo más lejos posible, principalmente hacia Praga, así como de sostener las fuerzas norteamericanas sobre sus últimas posiciones, sin tomar en cuenta las zonas de ocupación, en espera de un nuevo acuerdo con los soviéticos. Churchill presentó toda la tragedia de una dominación soviética de la Europa Central.” Pero “no se hizo nada al respecto.”

 

“Los aliados perdieron desde ese momento -según el lacrimógeno relato del historiador francés- toda posibilidad de modificar realmente el curso de los acontecimientos en Europa central y en la mayor de los Balcanes.”

 

 

 

4. 17 La movilización revolucionaria destruyó Yalta

 

¿A qué se debió esta dominación soviética de esta porción de Europa, que liquidaría a su vez la de las burguesías, y que no fue prevista ni acordada en Yalta? La teoría de Stettinius y Harriman -embajador yanqui en Moscú- es que “si Stalin se retractó de Yalta… ello se debió a presiones de otros miembros del Politburó que se supone le criticaron duramente por haber sido demasiado blando en sus tratos con Roosevelt y Churchill.” (Werth-575)

 

Por su parte Pierre de Senarclens en una parte de su explicación desbarra hacia interpretaciones sicologistas, reprochando a Roosevelt “carencia de rigor intelectual, gusto por la improvisación y elequívoco.” Churchill, dice, “tampoco estuvo a la altura de las circunstancias”, “perdió la firmeza y se dejó arrastrar por la corriente y atmósfera de la conferencia.” (159-60) DifíEs una ligereza explicar el destino de más de media docena de países de esa manera. Son más convincentes las siguientes palabras de Churchill, en su libro de también elocuente título: “Triumph and Tragedy” (Triunfo y Tragedia): “nosotros los británicos no tenemos la fuerza para proseguir ese asunto (se refiere a la presión militar contra los soviéticos) y han sido rebasados los límites de nuestra capacidad.” _ Después de los “reproches” de Senarclens al Premier y al Presidente, con más equilibrio dice que “los aliados occidentales… demandaron continuamente la realización de elecciones libres. Vana retórica. No tenían los recursos de su política. El ejército y la policía soviéticos estaban en su propio terreno. Tanto en Polonia como en Bulgaria, en Polonia y en Hungría, la URSS, con ayuda de los partidos comunistas locales, creó rápidamente las instituciones políticas de su elección. Tito y sus partidarios se encargaron de Yugoslavia.” (156)

 

 

En la “Conclusión” de su ensayo dice que “en Europa el mito ‘Yalta: repartición del mundo’ continúa imponiéndose con fuerza. Todavía el presidente Mitterrand y el canciller Schmidt se referían a él en términos análogos. Pero la división de Europa y el mundo no proviene, pues, de la cumbre de Yalta, sino de la ruptura de los acuerdos adoptados en el curso de esa reunión.” (156) ¿Qué aporta al respecto la nueva visión de la historia propuesta por Romero? Dice que “es asombroso que en el empeño por defender la caracterización de la URSS como Estado obrero, algunos lleguen a una grosera distorsión histórica, al dejar de lado, nada más y nada menos, que los pactos de Yalta y Potsdam.” Agrega que cuando la burocracia stalinista firmó estos pactos “levantó una barrera contra la revolución socialista, cuya fuerza contrarrevolucionaria superó ampliamente a las que levantara la socialdemocracia europea, en 1914.” Abunda en que el stalinismo empeñó todo su peso “para imponer y defender contra los trabajadores y pueblos del mundo el pacto contrarrevolucionario establecido por el imperialismo.” (79-81)

 

 

Son palabras nacidas de los prejuicios y de la ignorancia. Contra la voluntad de Stalin, Roosevelt y Churchill signada en Yalta, la revolución fue más fuerte e impuso otro curso en los países europeos ocupados por el Ejército Rojo. En el Programa de Transición Trotsky escribió contra el stalinismo, con optimismo, “que las leyes de la historia son más poderosas que cualquier secretario general”. En 1945 las leyes de la revolución permanente se impusieron al poder contrarrevolucionario de los “tres grandes”.

 

Por supuesto, los que sostenemos que la URSS era un Estado obrero no tenemos porque evadir el análisis de Yalta. Al contrario, en esos momentos Stalin comandaba un ejército que le era ajeno, no era de un Estado propio, “burocrático”, y por ello no tenía un control absoluto sobre el mismo. Al ser lanzado a destruir a los nazis en una vasta región europea llevó a cabo en una escala mayor lo que ya había hecho en 1939-1940 al invadir Polonia, parte de Rumania y de Finlandia, y los países Bálticos: expropiar a la burguesía y a los terratenientes, extender al Estado obrero. La diferencia es que ahora lo había hecho no como parte de una política y un método burocrático empleado por la burocracia para defenderse a sí misma y de paso al Estado obrero de la URSS. En 1945 el Ejército rojo estaba a la ofensiva y se presentaba como el liberador de Europa ante los nazis.

 

Romero nos presenta un concepto histórico en el que las burguesías de Estados Unidos y de Gran Bretaña parecieran haber quedado felices y satisfechas de que sus hermanas burguesas y sus primos latifundistas de Europa oriental y central hayan sido liquidados en la refriega contra el nazi fascismo. En su visión nuevamente embellece a Stalin, pues pareciera que él y la burocracia estaban por expropiar a burgueses y latifundistas, y que ello formó parte de las negociaciones con los imperialistas anglófonos.

 

Efectivamente, es correcta la evaluación hecha por Nahuel Moreno -citado por Romero- en el sentido de que luego de Yalta y Potsdam se concreta “una colaboración activa entre el imperialismo y la burocracia” y que a partir de entonces “tanto Washington como Moscú actúan en general de acuerdo, defendiendo ese nuevo orden mundial” pactado. Pero debemos de añadir que para Moreno esos pactos fueron firmados sobre la base de una durísima derrota de la contrarrevolución, tanto del nazi-fascismo como del capitalismo en una región europea. El “nuevo orden” mundial posterior a la SGM fue una acomodación de la contrarrevolución a la derrota de su ala derecha, el nazi-fascismo, a la declinación de Gran Bretaña a potencia de segundo orden, a la extensión de la revolución social a Europa central y oriental, a la emergencia de los Estados Unidos como superpotencia imperial y al nuevo poderío militar soviético.

 

Romero hace otra interpretación: para él Yalta y Potsdam son sólo el acto mediante el cual se corona una derrota de la clase trabajadora. Por ello es que vamos a encontrar que para él es probable que la conversión de la Urss de Estado obrero a Estado burocrático -lo que significaría una gran derrota de la clase trabajadora soviética- no se haya dado en los años treinta y haya ocurrido “luego de la traición de la ola revolucionaria que siguió a la II Guerra Mundial, con la firma de los pactos de Yalta y Potsdam.” (61) En esta tesis la ignorancia histórica compite con lo ridículo. Stalin fue incapaz de que el Ejército rojo ocupante de Europa central cumpliera con los compromisos que había firmado en Yalta para esa región y baraja la idea de que en esas fechas la burocracia se sintió fuerte para arrebatar a los victoriosos soldados y pueblo soviético su Estado y sus conquistas económicas y sociales.

 

 

 

*

Contra la voluntad de Stalin, Churchill y Roosevelt, el Ejército rojo llevó a cabo dos grandes revoluciones. La que asestó un golpe demoledor, histórico, al nazismo y a sus aliados fascistas, del que a la fecha no se han repuesto; y las transformaciones revolucionarios en el régimen de propiedad, en la sociedad y en la economía de los países de Europa oriental. Según Werth, “algunos soldados (del Ejército rojo) estaban diciendo abiertamente: ‘si no fuera por Gran Bretaña y Estados Unidos, ahora tendríamos toda Europa’. Claro que este romanticismo revolucionario no resultaba muy extendido, y mucho menos era aprobado oficialmente, pero sí ocupaba un rinconcito en muchos corazones populares.” (581) Contra una de las hipótesis de AR, en el sentido de que en estas fechas pudo haberse dado la contrarrevolución económica-social en la URSS y el cambio de un Estado obrero a uno “burocrático”, todos los historiadores (también los que cita AR) registran una cierta “liberalización” en el régimen de Stalin. No podía ser de otra manera en un momento en que las masas se movilizaban por multitudes -en la forma del avance del Ejército rojo-, en que hacían revoluciones y obtenían triunfos históricos. Se sentían con derecho de expresarse, informarse y decidir. Ello era el punto de partida para proseguir la revolución, ahora contra el régimen de Stalin, tan parecido al que acababan de abatir en Berlín. Esa tarea, sin embargo, tendría que esperar todavía algunos años.

 

 

 

4.18. Hiroshima y el contragolpe contrarrevolucionario

 

Donde pudo, Stalin cumplió su palabra de no poner en peligro al capitalismo. Es el caso de Francia, donde fueron disueltos los garde patriotiques, así como en Italia, Grecia… Durante unos pocos años, Checoeslovaquia fue presentada como el escaparate de la coexistencia soviético-occidental. Clement Gottwald, el líder del PC de ese país, pudo mantenerse durante un tiempo leal al presidente Benes. Hasta que fue inevitable la “sovietización” de este país.

 

La conferencia de Potsdam, en julio de 1945, se desarrolló en un ambiente sumamente tenso. Recién había sido cancelada la Ley de Préstamos y Arriendos. “Abundaron en esa conferencia las recriminaciones mutuas sobre una gran variedad de temas”, dice Werth. Pero ahora los yanquis supieron que podían negociar desde una posición de fuerza. Las conversaciones se desarrollaban cuando recibieron la noticia de que había sido un éxito la explosión de la primera bomba atómica experimental, en el desierto de Nuevo México.

Los norteamericanos, que antes temían que la guerra contra el Japón se extendiera hasta 1947 y les costara un millón de vidas más, ya no tenían interés, como en el pasado, en que la URSS guerreara contra el Mikado. Por lo demás, los nipones venían buscando rendirse desde dos meses antes. Sólo solicitaban algunas “aclaraciones complementarias” para hacerlo. Stalin recordó -sin concitar mayor adhesión popular- que Japón había intervenido en la guerra civil de 1919, para declararle la guerra. La campaña soviética en el frente asiático -lanzada en agosto de 1945- logró la captura de 584,000 soldados japoneses y hacerles 80,000 bajas mortales. La URSS obtuvo como premio las islas Kuriles y Sajalín.

 

Mientras los japoneses negociaban su rendición los yanquis hicieron explotar las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. ¿Para qué, si ya no era necesario? Explica Werth que la bomba atómica, “como claramente sugieren Truman, Byrnes Stimson y otros, se lanzó en gran medida para impresionar a los rusos con la potencia americana. El final de la guerra era ya incidental entonces…, pero detener a los soviéticos en Asia y controlarlos algo en el Este europeo resultaba vital.” (Werth,V2-669) Con ocasión del 50 aniversario de la contienda, apareció en los EUA un libro sobre los hechos en el que se llega a la misma conclusión. _

 

El mensaje fue bien comprendido en la Unión Soviética. “Aun cuando la prensa rusa intentó quitarle importancia a la bomba de Hiroshima, y no se llegó ni siquiera a mencionar la de Nagasaki, hasta mucho después, el asunto no pasó desapercibido para el pueblo soviético. La noticia causó un efecto sumamente deprimente en todo el mundo. (…) Se comprendía que la bomba atómica constituía una amenaza para la Unión Soviética.” “Todo el mundo (en la Unión Soviética) se daba cuenta de que la bomba atómica había pasado a ser un factor decisivo en la política mundial y por ello se creía que, aun matando de paso, o dejando enfermos e inútiles a decenas de millares de japoneses, el propósito del lanzamiento estribaba en intimidar a Rusia.” (Werth-V2, -662 y 671)

 

 

 

*

 

Esta respuesta de los EUA a las revoluciones recién estrenadas se desplegó prácticamente por todo el mundo. “En 1949, el espionaje de Estados Unidos en Europa Oriental había sido entregado a una red dirigida por Reinhard Gehlen, quien había sido jefe de la inteligencia militar nazi en el frente del Este. Esta red fue una parte de la alianza entre Estados Unidos y los nazis que pronto absorbió a muchos de los peores criminales, extendiendo sus operaciones a América Latina y muchos países.” Quien aporta esta información es Noam Chomsky, quien agrega que “estas operaciones incluyeron un ‘ejército secreto’ bajo los auspicios de Estados Unidos y los nazis que intentaron proveer agentes y material militar a ejércitos que Hitler había establecido dentro de la Unión Soviética y Europa Oriental hasta el inicio del decenio de 1950.”_

 

Dice que lo que los gobernantes yanquis se planteaban como “obstáculo principal” era “la resistencia antifascista”. Concluían que lo procedente era suprimirla “en todo el mundo, muchas veces instalando a fascistas y a colaboradores nazis en su lugar. A veces eso requirió extrema violencia, pero otras se hacía con diferentes medidas, como la subversión de las elecciones y negando alimentos desesperadamente necesitados.”

 

Agrega que “se fijó la norma en 1942, cuando el presidente Roosevelt instaló al almirante francés Jean Darlan, como gobernador general de toda el Africa del Norte Francesa. Darlan fue un importante colaborador nazi y el autor de leyes antisemitas promulgadas en el gobierno de Vichy (el régimen títere de los nazis en Francia).

 

“Pero mucho más importante fue la primera área liberada de Europa, la Italia del sur, donde estados Unidos, siguiendo los consejos de Churchill, impuso una dictadura de derecha encabezada por el héroe fascista de guerra, mariscal Badoglio, y el rey Víctor Manuel III, que también fue un colaborador fascista.

 

“Los planificadores (de la política exterior estadounidense) reconocieron que la ‘amenaza’ en Europa no era la agresión soviética (…) sino la resistencia antifascista de base trabajadora y campesina con sus ideales radicales democráticos, y el poder político y atracción de los partidos comunistas locales.”

 

Continúa planteando este conocido escritor que lo anterior fue apoyado con el Plan Marshall, que sirvió para reconstruir las economías capitalistas, y prosigue recordando que “en Italia, un movimiento de base trabajadora y campesina, dirigido por el partido comunista había dominado a seis divisiones nazis durante la guerra y liberado el norte de ese país. Según avanzaron las fuerzas norteamericanas por Italia, fueron dispersando esa resistencia antifascista y restauraron la estructura básica del régimen fascista de antes de la guerra. (…)

 

“En Grecia las tropas británicas entraron después de retirarse los nazis. Impusieron un régimen corrupto que provocó una renovada resistencia, e Inglaterra, en su declive de posguerra, no fue capaz de mantener el control. En 1947, Estados Unidos entró en apoyo de una guerra asesina que cobró 160,000 muertes.

 

“Esta guerra se completó con tortura, exilio político para decenas de millares de griegos, lo que llamamos ‘campamentos de reeducación’ para decenas de millares de otros, y la destrucción de sindicatos y de cualquier posibilidad de política independiente.

 

“Colocó a Grecia firmemente en manos de los inversionistas estadounidenses y de empresarios locales, mientras gran parte de la población tuvo que emigrar para sobrevivir. Entre los beneficiarios estaban los colaboradores nazis, mientras las víctimas primarias fueron los trabajadores y campesinos de la resistencia antinazi, dirigida por comunistas. (…)

 

“En Japón, Washington usó el llamado ‘curso reverso’ de 1947 que acabó con los primeros pasos hacia la democratización tomados por la administración militar del general Mac Arthur. El curso reverso suprimió los sindicatos y otras fuerzas democráticas y puso al país firmemente en las manos de elementos corporativos que habían apoyado al fascismo japonés…

 

“Cuando las fuerzas norteamericanas entraron en Corea en 1945 dispersaron al gobierno popular local, que consistía primariamente de antifascistas que resistieron a los japoneses, e inauguraron una represión brutal, usando a la policía fascista japonesa y a coreanos que habían colaborado con ellos durante la ocupación japonesa. Cerca de 100,000 personas fueron asesinadas en Corea del Sur antes de lo que llamamos la guerra de Corea, incluyendo de 30 a 40 mil muertos durante la supresión de una revuelta campesina en una pequeña región, la isla de Cheju. (…)

 

“Un aspecto de la supresión de la resistencia antifascista fue el reclutamiento de criminales de guerra como Klaus Barbie, un oficial de las SS que había sido el jefe de la Gestapo de Lyon, Francia. Allí se ganó el apodo del carnicero de Lyon. Aunque había sido responsable de muchos crímenes monstruosos, el ejército de Estados Unidos le encargó espiar a los franceses. Cuando Barbie finalmente fue traído a Francia de regreso en 1982 para ser juzgado como criminal de guerra, su utilización como agente fue explicada por el coronel Eugene Kolb del Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército de Estados Unidos: ‘los conocimientos de Barbie se necesitaban enormemente… Sus actividades se dirigieron contra el partido comunista francés en la clandestinidad y la resistencia’, que era ahora blanco de la represión de parte de los libertadores norteamericanos.

 

“Como Estados Unidos continuaba lo que los nazis habían dejado a medias, tenía mucho sentido usar especialistas en actividades contra la resistencia -dice Chomsky-. Más tarde, cuando se hizo difícil o imposible proteger a esta gente útil en Europa, muchos de ellos (incluso Barbie) fueron llevados en secreto a Estados Unidos o a Latinoamérica, a menudo con la ayuda del Vaticano y de curas fascistas. “Allí se volvieron consejeros militares de los Estados policiacos sotenidos por Estados Unidos, con frecuencia siguiendo abiertamente el modelo del tercer Reich. También se hicieron comerciantes de drogas, de armas, terroristas educadores -enseñando a campesinos latinoamericanos técnicas de tortura inventadas por la Gestapo. Algunos de los alumnos de los nazis acabaron en Centroamérica, estableciendo así una línea directa entre los campos de muerte y los escuadrones de la muerte -todo gracias a la alianza de posguerra entre Estados Unidos y las SS.”

 

 

Por supuesto, nada de esto encontraremos en el libro de AR, pues en él nos da a entender que Roosevelt, Churchill y Stalin constituyeron una alianza consecuente contra el nazismo. Luego de exponer el vaticinio de Trotsky en el sentido de que las potencias imperialistas se aliarían contra la URSS en la guerra, dice: “definitivamente, eso no ocurrió: el ejército soviético ocupó gran parte de Europa y llegó a la misma Berlín, en alianza militar con estadounidenses y británicos. Los norteamericanos hicieron de todo para asociar a Rusia en la guerra con Japón.” (81) Son palabras rotundas que no corresponden con una realidad en la que no cabe imaginarse que los Estados de Gran Bretaña y EU pudieron poderse de acuerdo con la Unión Soviética -por no ser un Estado obrero, según Romero- en la revolucionaria tarea de acabar con una de las expresiones políticas del capital financiero e imperial: el nazi fascismo. La lista de los países tocados por la contraofensiva yanqui-fascista puede alargarse considerablemente y a ella hay que añadir destacadamente la masacre de unos 700,000 comunistas en Indonesia, en los años 60, y las intervenciones militares yanquis y golpes de Estado en numerosos países. Todo ello debe englobarse en su respuesta a las revoluciones habidas durante la Segunda Guerra Mundial y las que desencadenaron en los siguientes años.

 

En este actuar contrarrevolucionario no se quedó atrás el stalinismo. Temeroso de que la revolución antifascista continuara como revolución antiburocrática, lanzó violentas contraofensivas contra las masas, entre ellas deportaciones de pueblos enteros, burocratizó los nuevos Estados obreros, implantó la opresión gran rusa sobre ellos y multiplicó el número de trabajadores encerrados en los campos de trabajos forzados.

 

 

 

4.19 El saldo fue favorable a la revolución

 

Caben aquí algunas reflexiones:

 

La primera es si esta respuesta contrarrevolucionaria a lo logrado por las masas durante la guerra consiguió volver a modificar la marcha de la historia en un sentido regresivo. Sin dudas contestamos que no. Nos parece razonable la evaluación hecha por Nahuel Moreno en 1985, en el sentido de que el mapa mundi había variado notablemente y en un sentido progresivo a partir de la batalla de Stalingrado, en 1943. Son decenas las antiguas colonias que se independizaron de entonces a nuestros días, son más las revoluciones que las contrarrevoluciones, existe una extensión de la democracia burguesa en Europa, donde hubo también regímenes burgueses totalitarios. En la cuenta de la contrarrevolución no hay nada parecido a Vietnam, que dejó una herida en la dominación imperialista que aún no cicatriza. La balanza de la historia está cargada del lado de la revolución.

 

 

 

*

 

Otra reflexión es acerca del frente entre la URSS, Inglaterra y los Estados Unidos contra el Eje nazifascista. Tanto Gran Bretaña como Estados Unidos entraron a la guerra pues la expansión germana y nipona amenazaba sus intereses de grandes potencias. Aunque este carácter interimperialista de la guerra nos parece insuficiente y no el fundamental para comprender el porqué tuvieron que establecer un frente con un Estado de naturaleza social distinta, el de la URSS, y hasta prestarle apoyo material y bélico. Sin el ánimo de poner punto final a la explicación de este fenómeno, que a muchos historiadores burgueses se les presenta como enigmático o de plano un error de sus gobiernos haberse aliado con la URSS, creemos que se debe a que en esos años existió en los pueblos de los más importantes países del mundo una sólida conciencia antifascista, la convicción de que si no eran detenidos los nazis y sus aliados les esperaba un agravamiento cualitativo en sus condiciones de vida y de trabajo, si no es que la esclavitud y la muerte. Paralelo a la expansión germana, italiana y japonesa en Europa, Africa y Asia, al tiempo que Hitler, Mussolini y el Mikado sacudían en el aire sus cascabeles, se desarrolló un movimiento de masas antifascista en vastas regiones del mundo. Un sector de estas masas simpatizaba, además, con la URSS, aunque la política exterior de Stalin y su régimen totalitario detuvieron a amplios sectores de los pueblos en su avance hacia una conciencia socialista. En este texto hemos expuesto algunos hechos acerca de cómo la llamada “opinión pública” tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos era un elemento muy importante -muchos veces decisivo- para la definición de las políticas de sus gobiernos en contra de Hitler y Mussolini. En esta situación era impensable una alianza de las potencias capitalistas contra la URSS, creemos que hubiera significado inmediata y automáticamente un gran conflicto entre los gobernantes que lo plantearan y sus pueblos. Al respecto Nahuel Moreno cuenta que “después de la guerra (los gobiernos imperialistas de EU y Gran Bretaña) no pudieron lograr que siguiera la guerra contra la URSS porque existía un movimiento tan brutal de masas contra el nazismo que cuando les dijeron (a los soldados angloamericanos) que iban a dejar los ejércitos en Europa para seguir la guerra contra URSS, los soldados dijeron: ‘¡Un momentito, ya vino la democracia, chau!’, y empezaron a rajarse para sus casas.” _

 

Fue este “brutal” movimiento de masas -apoyado en una conquista previa, la democracia conquistada por el proletariado en esos países imperiales- el que, en nuestra opinión, obligó a tal alianza con la URSS. Alianza llena de contradicciones y hasta de enfrentamientos físicos -la guerra de las tropas inglesas contra la resistencia griega en Atenas-, y del deseo de sectores de estos imperialismos de proseguir la guerra contra las tropas soviéticas antes de la caída de Berlín.

 

Por lo que respecta al stalinismo, se vio obligado a dirigir también una guerra que nunca deseó. Estuvo dispuesto a humillarse ante Hitler, al grado de ensalzarlo en las páginas de la prensa soviética. Lo que ya no pudo permitir la burocracia fue la ocupación de la URSS, pues la caída de la nación significaba igualmente la suya propia. A Hitler no le era indiferente la degeneración del Estado obrero soviético pero, no obstante saber que la burocracia soviética era contrarrevolucionaria, se vio obligado a intentar destruir a la Unión Soviética con todo y burócratas y su régimen, pues su proyecto requería del restablecimiento del capitalismo y de la colonización de ese país.

 

Por otra parte, una vez derrotada la ocupación nazi fue imposible detener la revolución antifascista. Ya vimos cómo Stalin trató de que no fuera por vía militar-revolucionaria, lo que no ocurrió. Hitler sobrevivió a atentados y complots pero no a la furia de los millones de soldados soviéticos. La revolución social en Europa tampoco era proyecto de Stalin. Para probarlo están los acuerdos de

Yalta y las proclamas contrarrevolucionarias de Molotov y de los jefes de los partidos comunistas locales. Pudo Stalin burocratizar a los nuevos Estados obreros. Pudo traicionar las revoluciones socialistas en Italia, Grecia y Francia. Pero no pudo detener la expansión de la revolución social a nuevos países.

 

 

 

4.20 El comienzo de la crisis stalinista

 

Ciertamente, el haber estado al frente del Estado victorioso en la guerra le dio a Stalin y a los burócratas prestigio. En la Alemania stalinizada, poco antes de que las masas derrumbaran el muro de Berlín, los jefes “comunistas” evocaron inútilmente la antigua lucha contra los nazis haciendo notar que ellos habían sido útiles y progresistas.

 

No obstante, más grande que ese prestigio lo fue el hecho de que el stalinismo se las tendría que ver con un hecho nuevo, que no existía antes de la guerra. Esa nueva realidad era un pueblo, una sociedad, un proletariado que había hecho en el lapso de cuatro años nada menos que igual número de revoluciones.

 

El régimen de Stalin se había instaurado sobre un pueblo derrotado por la contrarrevolución política consumada antes de los años treinta. En 1945 esa situación había variado: era ya no un pueblo derrotado sino victorioso, con cuatro revoluciones en su haber, frente al mismo régimen totalitario, tan parecido al que habían destrozado en Berlín.

 

Este es el origen de la crisis en el stalinismo que el esquema sectario de Romero es incapaz de detectar y que se conforma con decir que Trotsky tampoco tuvo razón en su pronóstico de que las masas soviéticas, si liquidaban a Hitler, seguirían contra Stalin. Luego de la cifra atroz e inconcebible de 27 millones de muertos soviéticos, de un millón de lisiados de guerra, de sufrimientos y fatigas sin fin, sobrevino el cansancio, las ansias de paz. Una quinta revolución, otro gran esfuerzo de las masas quedó pendiente o, mejor dicho, latente. El error en la profecía del autor de La revolución permanente fue en el ritmo, no en la perspectiva, decimos nosotros. Pocos años después de que Stalin se invistiera como generalísimo, al caer el Tercer Reich, comenzaron las revueltas en su contra. Surgieron las primeras revoluciones antiburocráticas que fueron vencidas durante un lapso histórico -Berlín, Hungría y Polonia-, sólo para reaparecer poco después cada vez más fuertes, hasta la caída del totalitarismo stalinista en una decena de países y en su corazón, la URSS, en los años de 1989-1991. La génesis de esas revoluciones no es otra que la victoria del proletariado soviético y europeo en la segunda gran guerra.

 

 

 

 

Capítulo 5

Estado burocrático: una ideología escéptica de la pequeña burguesía

5.1. ¿Erró el marxismo la perspectiva histórica?

 

En un capítulo anterior hemos demostrado que la teoría del Estado burocrático significa una ruptura -que su autor no hace explícita- con sesenta años de elaboración marxista. No sólo con la obra de Nahuel Moreno, también con la de los últimos años de Trotsky.

 

Ahora debemos de precisar que el concepto de “Estado burocrático” es también una ruptura con el marxismo -el de Marx y Engels-, con algunos de sus principales postulados, entre ellos el que señala la perspectiva histórica. Sostener que existen (o existieron) Estados burocráticos significa plantear implícitamente que el marxismo erró la previsión acerca del futuro, pues señaló que el capitalismo sería sustituido por una sociedad superior y ello no ocurrió. En lugar de la revolución que destruye a la burguesía para liberar a los hombres, apareció la dominación de una burocracia que los encadena más férreamente. “En lugar de la irracionalidad del capitalismo se implantó la irracionalidad de la burocracia”, dice Andrés Romero. (95)

La profecía del marxismo no se cumplió, o se cumplió al revés. Auguró el progreso social, pero lo que vino fue un infierno, el Estado burocrático, que es (o fue) un nuevo sistema de explotación, alienante, totalitario, antiobrero, promotor de campos de trabajos forzados -lindantes con el esclavismo- y del stajanovismo, la intensificación bestial de los ritmos de trabajo. Esto fue lo que, según AR, ocurrió en los países que llamamos durante décadas Estados obreros degenerados y que fueron más conocidos como “países socialistas”.

 

 

 

5.2. Estado burocrático = “profundo pesimismo histórico”

 

¿El marxismo prometió que el socialismo llegaría como una generosa fatalidad, sin importar condiciones ni circunstancias?

 

Nada más lejos del socialismo científico el ser una teleología, en la que el futuro está previamente escrito. El destino de la humanidad no necesariamente es el comunismo, también puede serlo la barbarie. “Socialismo o barbarie” o, en palabras de Trotsky, del nazismo y el stalinismo podría derivarse algo todavía peor, la servidumbre totalitaria. Para él la alternativa o disyuntiva de la especie humana era socialismo o servidumbre totalitaria. Conviene saber qué pensaba sobre esta última posibilidad:

 

“La perspectiva de una sociedad de explotación no obrera y no burguesa, o ‘colectivismo burocrático’, es una perspectiva de completa derrota y declinación del proletariado internacional, una perspectiva de profundo pesimismo histórico”, escribió en octubre de 1939, en su primer texto polémico con Burnham y Shachtman. (17)

 

Para Romero el Estado burocrático es esa “sociedad de explotación no obrera y no burguesa” y para él -a diferencia de Trotsky-, ya había encarnado en ese tiempo en la Unión Soviética. Trotsky caracterizaba que tras la ideología de Burnham y Shachtman, consistente en que en la URSS ya se había establecido un “Estado ni obrero, ni burgués” (un Estado burocrático), existía un pensamiento profundamente escéptico y derrotista, una falta de confianza en la lucha del proletariado y en su resistencia ante las adversidades. Decía que “el socialismo no se realiza ‘por sí mismo’, sino como resultado de la lucha de fuerzas vivientes. La decisiva ventaja del proletariado en esta lucha -explicaba-, reside en el hecho de que representa el progreso histórico, mientras que la burguesía encarna la reacción y la declinación. Precisamente aquí está la fuente de nuestra convicción de la victoria.”

 

Para él el “sistema de colectivismo burocrático” (lo que AR llama Estado burocrático) era sólo una “posibilidad teórica”, un “argumento puramente lógico”, no era su perspectiva histórica, que era contrapuesta. La explicó a los mismos antidefensistas transcribiendo un diálogo habido en septiembre de 1939 entre el diplomático francés Coulondre y Hitler, acerca del cual pudo derivar que “ninguno de los dos duda de que su barbarie será vencida por la revolución socialista” inmediatamente después de la segunda gran guerra. “Ése es el actual estado de ánimo de las clases dirigentes de todos los países capitalistas del mundo. Su completa desmoralización es uno de los elementos más importantes en la relación de fuerzas de las clases. (…) La dirección burguesa se pudre en vida. En la víspera de la guerra, que no pueden evitar, estos caballeros están convencidos por adelantado del derrumbe de su régimen. ¡Ése sólo hecho debe constituir para nosotros una fuente de invencible optimismo revolucionario!” (17-18)

 

Dejando de lado por ahora nuestra certidumbre de que este pronóstico de Trotsky se cumplió en gran medida, lo que nos interesa hacer aquí notar es la ideología escéptica que es consustancial a la teoría del Estado burocrático y que el autor de La Revolución Traicionada combatió: “¡cuidado con la infiltración del escepticismo burgués en vuestras filas!”, (55) alertó a los militantes cuartainternacionalistas en Estados Unidos, y les recordó que ya le llegaban “voces escépticas” desde ese partido de tiempo atrás. Esos “razonamientos pesimistas” eran del tipo: ” ‘Si el fascismo triunfa en Francia…’ . ‘Si el fascismo triunfa en Inglaterra…’ Y así por el estilo.” Trotsky contestaba: “los triunfos del fascismo son importantes, pero la agonía de muerte del capitalismo es más importante.” (92-93)

 

Otros partidarios de la teoría del Estado burocrático posteriores a los estadounidenses comparten este pesimismo histórico. El más cercano a nosotros los mexicanos es Octavio Paz. Este célebre intelectual y poeta fue simpatizante del marxismo y ya no lo es, aunque autores “trotskistas” como Cornelius Castoriades y Claude Lefort merecen elogios de su exigente pluma, precisamente por ser partidarios y cultivadores de la teoría del Estado burocrático. Paz escribió en 1975: “el destructor del viejo orden no es el proletariado universal, sino el nuevo Leviatán, el Estado burocrático.” _

Esta visión pesimista y escéptica sobre la clase obrera está presente en toda su literatura política. La época moderna ha sido sin más “la historia atroz del siglo XX” y una colección de sus ensayos políticos tiene el sombrío título de Tiempo nublado.

 

El libro de AR (y principalmente sus elaboraciones más recientes y las de sus partidarios) aunque jura por Marx, Lenin y Trotsky, forma parte de esta tradición filosófica, escéptica y derrotista… con una particularidad: no sólo descubre en el pasado de la URSS y sus satélites que fueron otra cosa, el reino de las sombras; también su perspectiva histórica actual sigue presa del pesimismo. Las recientes revoluciones contra los regímenes totalitarios -nos dicen- no mueven la rueda de la historia hacia adelante, porque lo que está a la vista es ya la restauración del sistema de explotación capitalista en esos países.

 

Es un derrotismo por partida doble, retropectivo y prospectivo, que dice que en el pasado la clase obrera de la Unión Soviética y en donde hubo revoluciones fue incapaz de cumplir su misión histórica -aunque sea de manera imperfecta e inacabada, a través de Estados de los trabajadores administrados por burócratas. Para el presente y el futuro de esos países se vuelve a percibir a nuestra clase impotente de transformar sus sociedades. Es un pesimismo al cuadrado o al cubo, tanto para aprender de las experiencias del pasado como para acometer las tareas del presente y el mañana.

 

 

5.3. ¿Cuál Estado es superior, el de la burocracia o el capitalista?

Los partidarios de la teoría del Estado burocrático se dividen acerca de cómo explicarlo. Burnham lo hacía fundamentalmente por la política exterior de la burocracia soviética, que calificaba de imperialista. Para el autor de El ogro filantrópico la existencia de Estados de las burocracias es demostrativo de que “el mal no reside únicamente en el régimen de propiedad de los medios de producción, sino en el modo mismo de producción.” Expone que el pecado original está en la industrialización, pues para él la producción moderna incluye el germen de la organización y la dominación burocrática. La peste burocrática es algo así como el precio que debe de pagar la humanidad por el progreso y se cuestiona si debe ser un valor a perseguir.

 

Pero dejemos aquí en paz a Paz con sus formulaciones reaccionarias y volvamos a Romero, que nos explica que se basa “en la valoración teórica y concreta del significado de la propiedad estatal, como de las relaciones de producción en que el proletariado vende su fuerza de trabajo, y de los procesos de apropiación que sirven a la burocracia para asegurar sus privilegios.” (126) Quizá es más claro en la siguiente afirmación: “en la URSS, la destrucción de la democracia obrera basada en los soviets, determinó que las formas económicas instauradas con la Revolución de Octubre, fueran degeneradas, lo que hizo que cristalizaran y sirvieran como engranajes de un sistema, cuyo contenido económico y social era categóricamente antiobrero y antisocialista. En con este contenido concreto que debemos valorar las formaciones económico-sociales de los Estados burocráticos.” (94) Las formas de propiedad, las relaciones de producción, los mecanismos para la apropiación de la riqueza son categorías marxistas imprescindibles para analizar una formación económico-social.

 

No obstante, ninguna de ellas constituye el “punto de partida real del análisis marxista”, que es el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Éste es, en este plano, el principal error de Romero. En el comunismo primitivo la propiedad era común, no existían clases, explotación, ni un gendarme estatal que las impusiera por la fuerza. Ni siquiera ese cáncer que amarga la convivencia humana, la opresión de los hombres sobre las mujeres, era conocido.

 

En el esclavismo se dio la peor forma de explotación conocida en la historia, la clase dominante podía disponer también de la vida de sus esclavos, el Estado era salvaje con la clase subordinada, las mujeres eran consideradas seres tan viles que no eran dignas del sentimiento amoroso varonil… Sin embargo los marxistas consideramos que el esclavismo fue, en relación con el comunismo primitivo, un gran paso adelante, un enorme progreso histórico de la humanidad debido a que desarrolló más las fuerzas productivas. Éste es el “factor fundamental” que los marxistas empleamos para valorar una sociedad.

 

Los antidefensistas como el francés Jean Craipeau, los anarquistas y ultraizquierdistas, según Trotsky, en su caracterización y juicio sobre la URSS perdían de vista “el factor fundamental de la historia: el desarrollo de la producción.” _ Romero adolece de lo mismo.

 

Polemizando con Craipeau, que insistía en que la burocracia soviética era una clase social y que por tanto la Unión Soviética no debía ser defendida si era atacada por Alemania, Trotsky le contestó:

“Admitamos por un momento que la burocracia es realmente una clase, en el sentido de la sociología marxista. Tenemos entonces una forma nueva de clase social, que ni es idéntica a la sociedad feudal o a la capitalista y la cual nunca fue prevista por los teóricos marxistas. (…) Pero eso no nos impide ver que la nueva sociedad es progresiva en comparación con el capitalismo, porque en base a la propiedad nacionalizada la nueva “clase” dominante ha asegurado un desarrollo de las fuerzas productivas jamás igualado en la historia mundial. (…) Lo mismo se aplica a la Unión Soviética. Cualquiera que sean sus formas de explotación, esta nueva sociedad es, por su carácter mismo, superior a la capitalista. ¡Ahí está el punto de partida real del análisis marxista!”

 

Y añadía, admitiendo (como recurso argumental) que existía una clase explotadora en la Unión Soviética y reafirmando que en este país no existía un reparto equitativo de la riqueza ni democracia soviética, que “en la guerra entre el Japón y Alemania, por un lado, y la Unión Soviética por el otro, estaría comprometido, no un problema de igualdad distributiva, o de democracia proletaria (…) sino el destino de la propiedad nacionalizada y la economía planificada. La victoria de los Estados imperialistas significaría la caída no solamente de la nueva “clase” en la Unión Soviética, sino también de las nuevas formas de producción, la disminución de toda la economía soviética al nivel de un capitalismo atrasado y semicolonial. Ahora pregunto a Craipeau: cuando estemos enfrentados con la lucha entre dos Estados los cuales son -admitámoslo- ambos Estados de clase, pero uno de ellos representa estancamiento imperialista y el otro un tremendo progreso económico, ¿no tenemos que apoyar el Estado progresista contra el Estado reaccionario?, ¿sí o no? “En todas sus tesis, Craipeau habla de las cosas más diversas, y cosas muy ajenas al tema, pero no menciona una sola vez el factor decisivo de la sociología marxista, es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas.”

 

Podemos decir lo mismo de Andrés Romero. Su principal criterio de valoración de los Estados “burocráticos” no es su grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Podemos decirle lo mismo que Trotsky a Craipeau y preguntarle que, admitiendo (sin conceder) que el Estado de la URSS no era de los trabajadores sino de la burocracia, que explotaba a los trabajadores, los alienaba, etcétera, ¿era, frente al Estado capitalista, progresista o reaccionario?

 

No existe en el voluminoso libro de Romero una posición explícita sobre esta cuestión fundamental, aunque uno puede inferir de sus dichos que la explotación de la burocracia es peor que la burguesa. Dice que en el Estado burocrático existía “un inmenso ejército de asalariados sometido a una feroz explotación y opresión impuestas por la coerción del Estado.” (16) Responder en este sentido conduce a conclusiones políticas y programáticas que desnudan lo falaz y peligroso de esta teoría. Si se contesta que el Estado burocrático es reaccionario en relación con el Estado capitalista y que éste, en consecuencia, representa ante el primero un progreso histórico, entonces lo coherente es no sólo adoptar una posición antidefensista del primer Estado (por considerar que no existe en él nada progresivo de lo cual pueda asirse la clase trabajadora). Además de ello, se tendría que concluir que la restauración del capitalismo en los Estados burocráticos es un factor de progreso histórico y, por tanto, un proceso que los marxistas debemos de apoyar. Esto no lo dice AR, pero hacia ese programa conduce la lógica política de la teoría del Estado burocrático.

 

 

5.4. Los Estados “burocráticos”, un progreso histórico

Nosotros sostenemos que Trotsky tuvo razón al valorar que la Unión Soviética (independientemente de si su burocracia era o no una clase social) era un Estado progresivo frente a los Estados capitalistas y que hay que extender esa calificación al resto de Estados “burocráticos”. Romero, en cambio, les da otra categoría, mediante fórmulas en las que nos da a entender que son peores los Estados burocráticos: “surgió un tipo de Estado”, dice, al servicio de la burocracia, con “relaciones de producción y apropiación que acentuaron la alienación de un proletariado superexplotado.” (60, el subrayado es nuestro) Entendemos entonces que, según este compañero, los trabajadores están más alienados y explotados en los Estados burocráticos que en los países capitalistas.

 

Nosotros decimos que no es así y que de la misma información que ofrece Romero en su libro puede deducirse que los Estados “burocráticos” son un progreso histórico. Por ejemplo, dice que la Unión Soviética tuvo en el pasado un “éxito económico” y “progresos sociales como el pleno empleo y el acceso masivo a niveles básicos de atención médica y de educación…” (42) Transcribe una descripción hecha por el FMI de estos Estados, en donde esta institución imperialista reconoce que se “confió a las empresas la provisión de muchos beneficios sociales para sus empleados, que incluían atención médica, redes de recreación y veraneo, y alojamientos en algunos casos.” Cita a la revista New Left Review, que constata “logros en el terreno de la salud y la educación” y en “la competencia militar.” (160)

 

Refiriéndose a la situación de las poblaciones de estos Estados luego de las revoluciones iniciadas en 1989, dice Romero que “sintieron el brutal impacto de las políticas de ‘estabilización y ajuste’, que trajeron drásticas caídas en el nivel de vida, así como la irrupción de la desocupación y elementos de verdadera degeneración social, tal como estamos ‘acostumbrados’ a ver en los miserables países de Africa, Asia o Latinoamérica: exclusión y marginamiento de la producción de amplios sectores y grupos sociales, auge inusitado de la violencia y la delincuencia, racismo y xenofobia…” (195-6). Entendemos, entonces, que estos países eran económica y socialmente superiores a los “miserables países de Africa, Asia y Latinoamérica.”

 

Según Le Courrier des Pays de l’Est -citado también por Romero- actualmente “una amplia mayoría de rusos, sin ser pobres, están reducidos al único objetivo de lograr que sus cuentas les cierren, permitiéndoles llegar a fin de mes.” Comentamos nosotros que en México la gran mayoría somos pobres, nada menos que el 85 por ciento de la población, según datos oficiales. Sigamos citando a Romero, que proporciona la tesis de Stephen Crowley, acerca de que el régimen totalitario stalinista estaba basado en un ” ‘contrato social’ de pleno empleo y poco trabajo a cambio de pasividad” política. (252) Por su parte, Romero da fe de que los gobiernos post revoluciones han venido “barriendo las conquistas parciales que existían en el terreno de la educación, acceso a la literatura y otras expresiones artísticas de sectores populares relativamente amplios…” (258)

 

Repetimos que el dirigente del MAS es quien nos ofrece esta información que da cuenta de estos logros económicos y sociales de los “Estados burocráticos”. Su error está en los parámetros que utiliza para juzgarla. Dice que estos progresos “no deben ser confundidos (…) con un progreso efectivo y sostenido de las condiciones de vida de la clase obrera, que pudiera alimentar la solidaridad en el trabajo social para impulsar a la URSS hacia el socialismo.” (42) Y en otra parte dictamina que “la base socioeconómica de esos países no representaba un punto de apoyo, un escalón superior desde el que los trabajadores podrían empujar en el sentido de restablecer la verdadera democracia socialista.” (202-3)

 

El parámetro de Romero es si esos progresos, si esa base socio económica es o no un puente en la transición al socialismo. Ese asunto es interesante e importante, y nosotros lo trataremos después, pero no es el “factor fundamental” del que hablaba Trotsky: el análisis de las fuerzas productivas. En otras palabras, lo primero que hace el marxismo para valorar un país es si su Estado desarrolló más o menos las fuerzas productivas que el anterior Estado que tuvo, y si desarrolla más o menos la producción que los Estados de otra clase social.

 

Visto así, es un hecho que mediante los “Estados burocráticos”, estos países vieron un incremento notable en sus fuerzas productivas. Y que, en relación con la gran mayoría de naciones capitalistas, lo hicieron en un mayor grado y lograron condiciones de vida cualitativamente superiores para sus poblaciones. Esto es lo que se desprende de los mismos datos que ofrece Romero. Y lo que a nosotros nos lleva a valorar a los “Estados burocráticos” como progresivos en relación con lo que eran antes de serlo, cuando eran Estados capitalistas, y en comparación con la abrumadora mayoría de países capitalistas.

 

 

5.5 La visión de la clase media

¿De dónde surge esta valoración no marxista hecha por Romero de lo que llama Estados burocráticos? Ya hemos planteado que existe en su teoría una ruptura con el marxismo, que aquí se vuelve a mostrar. Romper con el marxismo significa dejar de considerar los fenómenos desde el punto de vista del proletariado. Para la gran, inmensa mayoría de proletarios del mundo, la existencia de países en los que no existía desempleo y se trabajaba poco (según Crowley), donde la amplia mayoría de la población no son pobres (según Le Courrier des Pays de l’Est) y contaba con servicios de salud y educación, así como acceso a algunas manifestaciones culturales, son objetivos a conseguir, que no les ha dado ni puede darles el capitalismo caníbal que padecen. En relación con las condiciones y calidad de vida de los proletarios de los países capitalistas coloniales y semicoloniales -la absoluta mayoría de la población mundial- las de sus hermanos de clase de los Estados que Romero llama “burocráticos” son superiores, constituyen un evidente progreso histórico, a pesar del régimen totalitario que soportaban o siguen soportando. Pero Romero no se sitúa desde la perspectiva de la enorme mayoría de la clase trabajadora del mundo para valorar a estos Estados. Su posición es la de la pequeña burguesía radical, que observa que esos Estados no cumplieron el ideal socialista y por ello los descalifica en bloque.

 

En La Revolución Traicionada Trotsky expuso que para obtener una “apreciación justa de los resultados obtenidos (por la Unión Soviética), de su grandeza como de su insuficiencia, no es posible sino a escalas internacionales.” (40). Es lo que nunca hace Romero. Si lo hubiera hecho, lo que llama Estados burocráticos aparecerían por encima de los países coloniales y semicoloniales, es decir, como un inmenso progreso histórico frente a la mayoría de los países capitalistas. Es ésa la grandeza, según Trotsky. Desde otro ángulo, al confrontarlos con las potencias imperiales se revelan sus “insufiencias”, la distancia abismal que los separa en relación con su nivel y desarrollo de las fuerzas productivas. La primera cualidad la explicó Trotsky planteando que era demostrativo de que la URSS era un Estado de los trabajadores. El déficit planteó resolverlo a través de una revolución política contra la burocracia, extendiendo la revolución a otros países y derrotando al imperialismo.

 

 

5.6 Una burocracia convertida en “casta (no tan) dominante”

Dejamos a Trotsky aceptándole a Craipeau “por un momento” que la burocracia soviética es una clase. Ya vimos que para Trotsky esta cuestión no era la fundamental ni el punto de partida para el análisis marxista, sino el preguntarse si el nuevo Estado en la Unión Soviética desarrollaba o no las fuerzas productivas y si, por ello, era o no un fenómeno histórico progresivo, a lo que el fundador de la Cuarta Internacional contestaba afirmativamente. Pero luego de despejar ese problema volvió al examen de la tesis del francés. “El problema del carácter social de la burocracia es a pesar de todo muy importante desde un punto de vista más general y no vemos ninguna razón para hacer la más mínima concesión a Craipeau en este nivel”, decía. “Nuestro crítico -agregaba- deduce su extraordinaria prueba de una frase en La Revolución Traicionada en el sentido de que ‘todos los medios de producción pertenecen al Estado y el Estado pertenece, hasta cierto punto (el énfasis es de Trotsky) a la burocracia’. Craipeau está jubiloso. Si los medios de producción pertenecen al Estado, y el Estado a la burocracia, ésta se torna en el propietario colectivo de los medios de producción y, por eso solamente, en la clase poseedora y explotadora.” “Craipeau nos dice una vez más, con aire de polemizar, que la burocracia termidoriana es mala, rapaz, sedienta de sangre, etcétera. ¡Una verdadera revelación! ¡Sin embargo, nunca dijimos que la burocracia stalinista fuera virtuosa! Solamente le negamos la calidad de clase en el sentido marxista, es decir, con respecto a la propiedad de los medios de producción.” (50-51)

 

Romero va a plantear algo parecido a Craipeau (incluso utiliza también en provecho de su posición la misma cita de Trotsky arriba transcrita), aunque se cuida de no emplear el término “clase” para caracterizar a las burocracias, a las que define como “algo más que una burocracia…algo menos que una clase ‘orgánica’ ” (119). Completa su fórmula diciendo que “el propietario (de los medios de producción) fue el Estado, nadie más.” (110) ¿Es en la teoría de Romero la burocracia una categoría intermedia entre una casta y una clase social? Romero nos da a entender que estaba más cercana a una clase social, puesto que explotaba a los trabajadores. Dice que “la existencia de la explotación (en los “Estados burocráticos”) implica… que estos privilegiados pueden imponerse sobre los desposeídos en todos los aspectos de la vida social.” (104) Concedamos en que la burocracia soviética se imponía a los trabajadores en “todos” los aspectos de la vida social… con una excepción que Romero no nos podrá negar: no podía ser propietaria de los medios de producción. Pero este detalle es el fundamental de la vida social, pues es nada menos el que le impide ser una clase social. Y el asunto no es secundario.

 

Trotsky explicaba que en la Unión Soviética “los ‘diez mil de la cúpula’ llevan una vida similar a la del magnate capitalista de Europa occidental.” Pero de esa similitud no concluía que eran magnates capitalistas. Explicaba que “los distintos estratos” en que se dividía la sociedad soviética “no están determinados por las relaciones con los medios de producción, sino por las relaciones con los artículos de consumo… la esfera de la distribución es una ‘superestructura’ en relación con la esfera de la producción. (…) Desde el punto de vista de los medios de producción, no existe una diferencia ‘fundamental’ entre un mariscal y un barrendero, entre el director de un complejo industrial y un peón, entre el hijo de un comisario del pueblo y un huérfano sin hogar.” _

Éste fue y es el principal problema de la burocracia soviética. Al igual que hoy lo hace Romero, Trotsky decía que la burocracia es una “casta dominante”, sin embargo, a diferencia de aquél, acotaba que, por no poder ser propietaria de los medios de producción ni poder heredarlos, tal dominación es “defectuosa e incompleta” _

 

Lo anterior llevaba al fundador de la Cuarta Internacional a afirmar que “la URSS es un Estado basado en las relaciones de propiedad creadas por la revolución proletaria, administrado por una burocracia obrera en beneficio de los intereses de los nuevos estratos privilegiados. A pesar de las colosales diferencias de escala -concluía-, se puede calificar a la URSS de Estado obrero en el mismo sentido que se puede calificar de organización obrera a un sindicato dirigido y traicionado por los oportunistas, agentes del capital.”

 

 

 

*

Trotsky advertía que si bien, en relación con la propiedad de los medios de producción no existían diferencias fundamentales entre los distintos estratos de la sociedad soviética, la desigual distribución de los artículos de consumo era una cuestión que “posee importancia decisiva para la vida cotidiana del pueblo”, que creaba “deformaciones y úlceras” que podían acentuarse e involucionar hasta poner en peligro las bases sociales obreras surgidas de la revolución proletaria.

 

Para él, si una nueva revolución llegaba antes de la restauración capitalista, sería fundamentalmente en la esfera de la superestructura, del aparato estatal, y en la base económica y social debía de llevarse a cabo una profunda reforma, que liquidara esos estratos y capas privilegiadas, redistribuyera de manera equitativa la renta nacional y exterminara los elementos capitalistas presentes en la economía. “La recuperación del poder por el proletariado -explicaba- tendrá también consecuencias sociales (…) Las revoluciones burguesas y políticas de 1830, 1848 y 1870 también tuvieron consecuencias sociales, en cuanto que cambiaron seriamente el reparto de la renta nacional. Pero (…) todo es relativo en este mundo. Los cambios sociales provocados por las llamadas revoluciones políticas, serios como fueron, realmente aparecen como secundarios cuando se comparan con la gran Revolución Francesa, la cual fue la revolución social burguesa por excelencia.”

 

 

*

 

 

Volviendo a la cuestión de la burocracia y su incapacidad para hacerse propietaria de los medios de producción, Romero replica que la cuestión de la propiedad no es tan importante y que las nuevas relaciones de producción implantadas por la burocracia “son relaciones de poder efectivas sobre las personas y las fuerzas productivas, antes que relaciones de propiedad legal.” (131) En otras palabras, si entendemos esto último, para la burocracia, según Romero, es o era secundaria la dimensión jurídica de la propiedad sobre los medios de producción, pues contaba con un “poder efectivo” sobre ellos. Ya era propietaria sin que jurídicamente se le reconociera, o se le reconocía esa calidad de propietaria por su control sobre el Estado.

 

A este tipo de argumentos Trotsky contestaba que las “purgas” habidas en los años treinta habían puesto de relieve otra cosa, “demuestran cuán enteramente frágiles son los vínculos entre los mismos burócratas -y mucho más entre sus familias- y la propiedad estatal.” Luego de cada purga sobresalía la inconsistencia social de la burocracia, pues los miles de burócratas en desgracia, junto con sus familias, eran “arrojados a la mayor pobreza”. No ocurre lo mismo con las burguesías cuando son desalojadas del poder por un golpe de Estado bonapartista o fascista, o cuando una fracción burguesa deja el gobierno luego de un proceso electoral. En esos casos los burgueses sin poder político conservan su poder económico. Este poder económico es con el que la burocracia soviética no podía contar.

 

Moreno explicó igualmente esta falta de destino histórico de la burocracia, resultante de su incapacidad para hacerse propietaria de los medios de producción en un Estado obrero. Decía que “el puesto de un burócrata depende de su superior, mientras que el puesto de un burgués depende de su relación con el aparato productivo. Rockefeller es Rockefeller y en la Standard Oil nadie es superior a él. El puede mover a otros, pero en la Standard Oil nadie lo mueve a él por el derecho de propiedad.

 

En la burocracia, en cambio, todo el mundo sabe que lo pueden voltear, lo pueden sacar. De ahí sus rasgos psicológicos paranoicos que ahora están estudiando mucho los especialistas en la URSS y en los Estados obreros.” “El burócrata es, pues, inestable, mientras que un gran burgués, un Rockefeller, puede ser pacífico, hasta bueno con su familia. Como algunos burgueses que explotan y le rompen la cabeza al movimiento obrero, pero en su casa son padres de familias ideales. Eso es imposible en un burócrata por razones sociales, porque depende de otro, no tiene estabilidad. Un terrateniente es dueño de su tierra; ningún burócrata es dueño de su puesto.

Depende sólo del puesto y entonces vive en forma nerviosa. ‘Le agrado al de arriba o no le agrado’, se pregunta.” “Estos rasgos psicológicos tienen que ver, para mí -agregaba Moreno-, con las características sociales de la burocracia. No tiene estabilidad, no tiene seguridad de clase, vive en el aire. Es muy débil en ese sentido, aunque es terriblemente contrarrevolucionaria por la misma razón.” _

 

En nuestra opinión, el mismo Romero aporta elementos que van en contra de su tesis de un Estado de la burocracia y de ésta como una casta dominante explotadora y propietaria de los medios de producción a través de su control sobre el Estado. Uno de los mejores pasajes de su ensayo es en el que demuestra que las burocracias de estos Estados, desde los lejanos años cincuenta, intentaron convertirlos al capitalismo (147 y ss). Lo que no hace nunca es preguntarse porqué la burocracia intentó hacerlo, si ya había conseguido un gran logro histórico, consistente en destruir el Estado de los trabajadores y formar sobre sus ruinas un Estado propio. Es cuando menos extraño que una “casta dominante” sienta y tenga la necesidad de destruir su propio Estado y sistema de explotación para instaurar otro, y en un tiempo tan corto.

 

Creemos que la clave del porqué la burocracia intentó la restauración de Estados capitalistas la dio Trotsky: porque su dominación era “defectuosa e incompleta”, es decir, tenía puestos los pies sobre una base endeble, las formas revolucionarias de la propiedad, que le impedían transformarse en una clase explotadora. Así que, cuando se enfrentó “al yunque del mercado mundial y el martillo del descontento obrero y popular” concluyó que administrando los Estados obreros carecía tanto de perspectiva histórica como de futuro mediato, pues también su existencia presente estaba amenazada, sobre todo por los procesos de revolución política que comenzaron precisamente en la década posterior a la segunda guerra. Por ello intentó destruir a los Estados obreros (que ya ni degenerados le ofrecían un fururo seguro) y convertirse en una clase burguesa, restaurando el capitalismo.

Pero estas cuestiones:

* los intentos de la burocracia de convertirse en burguesía y, para ello, de restaurar la explotación

capitalista;

* y, sobre todo, el proceso de revolución política,

* son temas de los siguientes capítulos.

48

_ Bs. As., 1995, ed. Antídoto, pág. 9. En adelante, al citar este trabajo, sólo indicaremos la página.

_ En Las Posiciones de Andrés Romero y el Programa del MAS, Bs. As., 1995, pp 1-5.

_ Revolución Política o Globalización, en Boletín de Discusión, Bs. As, MAS, pág. 1.

_ Citado por el mismo Trotsky en En defensa del marxismo, México, 1972, ed. Juan Pablos, pp 83-

84.

_ En una carta de Trotsky titulada Derrotismo contra defensismo, del 6 de diciembre de 1937, decía

que la cuestión sobre la naturaleza social de la URSS es tan trascendente que “toda organización

que se coloque en posición falsa o vacilante sobre este asunto será destrozada en la marcha de los

acontecimientos.” Llamaba derrotistas (de la URSS) a lo que aquí llamamos antidefensistas.

Concluía que “derrotistas y defensistas no pueden permanecer en el mismo partido” y añadía que

“la tarea básica de la discusión actual consiste en demostrar la absoluta incompatibilidad del

derrotismo respecto a la Unión Soviética y la calidad de miembro de un partido revolucionario

proletario. Solamente una campaña tan vigorosa -marxista y no de abogados- contra el derrotismo

es capaz de obligar a la mayor parte de los derrotistas a reexaminar su punto de vista.” (En Escritos,

T. VIII, pp 127-8)

_ Ambas afirmaciones de Trotsky pueden leerse en En defensa del marxismo, pp 54 y 93.

_ En Actualización del Programa de Transición, ed. Caracteres, s/f y s/l, pp 25 y 30.

_ En Op. cit., pp 28-29.

_ Los que defienden hoy el concepto de los EB deben de considerar hoy el título y el contenido del

“manifiesto” de la LIT-CI resultante de ese congreso: Una insurrección de masas conmueve al

mundo, una lamentable manifestación de ultraizquierdismo senil del fundador de nuestra

Internacional.

_ Estas citas están tomadas del documento del CC del MAS, que ya hemos mencionado, y están en

la pág. 26.

_ En Lógica Marxista y Ciencias Modernas, México, 1981, ed. Xólotl, pp 9 y 10.

- Todas las citas de Trotsky de este capítulo están tomadas de En defensa del marxismo, por lo que señalaremos en el texto los números de las páginas de donde las hemos extraído.

- Mundialización de la Economía, MAS, 1995, pág. 22.

- La revolución traicionada, Argentina, 1973, ed Yunque, pág. 41.

- Barcelona, 1975, ed. Bruguera, 2 Vols., Vol. 1, pág. 258.

- The Strange Alliance, Nueva York, 1947, pp 93-95.

- En Revista de Revistas, México, 3.IX.1983)

-Yalta, México, 1988, ed. FCE, pág. 9.

- Excélsior, México, 13. VI. 1991.

- Excélsior, México, 8.V.95.

- Boston, 1983, Houghton Mifflin, Co., pág. 573. proceso, México, agosto de 1995.

- Lo que realmente quiere el tío Sam, México, 1993, ed. Siglo XXI, pp 9 y ss.

- Escuela de cuadros, 1984, Venezuela, Bs. As., 1992, ed. Crux, pág. 113.

- El ogro filantrópico, México, 1979, ed. Joaquín Mortiz, pág. 264.

- Escritos, T.VII, V2, pág. 520.

- La Nueva Constitución de la URSS, en Escritos, T.VII, V2, pág. 457.

- La Cuarta Internacional y la Unión Soviética, en Escritos, T.VII, pp 521-526.

- Escritos, T.IX, V1, pág. 58.

- Escuela de Cuadros, 1984, Venezuela, pp 95-96.

 

 

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