Debate sobre la política sindical

EL PARTIDO REVOLUCIONARIO ANTE LAS BUROCRACIAS

 

Por Camilo Ruiz Tassinari, Junio 2010

La tesis central de este texto es, -seamos claros desde el principio- que el actuar del POS en los dos principales movimientos obreros que se han suscitado durante el último año (el del SME y el minero), son una muestra de que se ha dejado para lejanos tiempos futuros la lucha sin cuartel contra los burócratas sindicales y, tanto en su principal órgano de propaganda, El Socialista; como en discursos e intervenciones de algunos de sus dirigentes, lo que ha primado frente a las direcciones traidoras y organizadoras de derrotas ha sido el silencio, la tibieza, el miedo y el diletantismo político.

 

Esta revisión de lo que constituye la principal característica política práctica de nuestra corriente, el trotskismo, no puede no venir acompañada de una educación de los nuevos militantes y simpatizantes del partido en esta ideología retrógrada y proburocrática. Es en el sentido de lo anterior que se ha intentado sustentar en una estructura ideológica ajena al marxismo (pero que suena muy lógica en el discurso obrerista y pretendidamente experimentado) esta línea política funesta.

 

Es necesario, entonces, refutar y desmontar la ideología pequeñoburguesa y timorata medio marxista que ha crecido alrededor de esa política, mostrando porqué es equivocado y suicida llevarla a la práctica; educar en los métodos del marxismo a los nuevos compañeros que empiezan a ver como algo normal la tibieza y el centrismo frente a los burócratas haciendo un balance honesto de la línea que se mantuvo desde el inicio de la lucha del SME en Octubre pasado hasta enero de este año; pero fundamentalmente cambiar la política que se ha tenido en los últimos meses frente a la dirección del Sindicato Minero: lo que queda en el POS de obrero y de socialista depende enteramente del balance que se haga de lo hecho por la mayoría del Comité Ejecutivo desde hace ya varios meses.

 

Con este texto queremos, antes que nada, llevar a cabo el primer punto expuesto en el párrafo anterior, y contribuir a lograr el segundo. El resto no depende de nosotros: esas decisiones le quedan reservadas al Congreso venidero.

 

Es algo muy usual en los debates entre marxistas en general, y entre trotskistas en específico, que alguna de las dos partes (o las dos) critique a su adversario por “romper con la tradición” o por “olvidar las enseñanzas de nuestra corriente”. Sostenemos, y el lector lo descubrirá en las siguientes páginas, que la política antes descrita se opone por el vértice a la tradición revolucionaria que hemos heredado de Lenin, Trotsky y Moreno; pero nuestro objetivo no es tanto el mostrar que lo que ha hecho el CE es ajeno a lo que nos enseñaron los marxistas anteriores, sino demostrar que en la práctica es equivocado y aleja a las masas de la comprensión de su situación social y de las maneras de superarla. La crítica no la hacemos tanto sobre los textos y el parecido o las diferencias entre ellos, sean éstos los de Trotsky o los del CE, sino sobre la realidad, las tendencias y los programas que éstos expresan.

 

1)    Hablar con la verdad o mantener el diálogo: una falsa cuestión

 

Aunque los experimentados dirigentes del Ejecutivo nunca han planteado de un modo tan claro sus pensamientos, es fácil darse cuenta de que en el fondo ésta es la disyuntiva a la que ellos creen que se enfrentan. Constantemente han dicho cosas del estilo de “hablar con la verdad sobre Esparza nos sectarizaría de la base”, “no hay que ser tan frontales en las críticas o perderíamos el diálogo con los compañeros” y “criticar tanto a la burocracia nos alejaría de la base” (electricista o minera).

 

No estaría de más recordarle a los compañeros del CE, antes de proseguir con el hilo argumental, que eso que ellos llaman “la base” es un sujeto abstracto para nosotros: El POS, ni en el Sindicato Minero ni en el electricista, que es donde más han sido necesarias las críticas a la dirección, tiene un “diálogo constante” con “la base”, llevado a cabo por alguna inexistente corriente democrática dentro de éstos sindicatos, y nuestras conexiones con “la base” se reducen, lamentablemente, a un puñado de mineros despedidos (que esperamos se consideren simpatizantes del POS) que han conocido al partido cuando militantes de éste han hecho viajes a Cananea; y a un adherente y otros pocos (talvez llegarán a diez o doce contando a las esposas de los ex-trabajadores) miembros del SME que suelen ir a algunas plenarias o reuniones. Se suelen imprimir entre mil y dos mil ejemplares de nuestro periódico; se han publicado seis o siete números desde que comenzó el conflicto electricista. Si imagináramos que en total se han impreso nueve mil ejemplares de El Socialista desde Octubre, y que todos ellos sin excepción han sido vendidos entre la base del SME cada uno a una persona distinta, en nueve meses habríamos sido leídos una sóla vez por menos de la séptima parte del sindicato, contando a los jubilados (que suelen ser políticamente activos).

 

Lo que queremos mostrar con los datos anteriores es que no hay tal “diálogo con la base”; en los mejores momentos apenas hubo un asomo de tal, y fue tirado por la borda.

 

El programa, sea el revisado o el revolucionario, lo mismo se aplica en sus líneas generales por un partido de masas que por un grupo de cincuenta cuadros. Los que han impulsado la línea política de no enfrentarse a la burocracia actúan en base al principio de no alejarse de las masas, pero no se han dado cuenta que las masas nunca los han tenido demasiado en cuenta para actuar. Creen que criticar a las burocracias traidoras los quitaría de su puesto de profesores rojitos (que casi rosas) del movimiento sindical, cuando nunca han tenido influencia de consideración dentro de éstos sindicatos. ¿Qué miedo tienen, entonces, de separarse de las masas o romper el diálogo con las bases, cuando el factor que determina el actuar del POS es que -salvo excepciones- estamos separados de las masas? No se preocupen, profesores rojitos, si ustedes se arriesgan y se deciden a decir la verdad sobre Napo y Esparza, lo peor que puede pasar es que esos pocos contactos y simpatizantes que tenemos en esos sindicatos sean educados en la lucha abierta contra la burocracia o, en su defecto, que se plieguen a ella. Los últimos no nos interesan.

 

En todo caso, hay que valorar a los pocos contactos y simpatizantes que tenemos dentro de éstos sindicatos, y hacernos la pregunta de qué hubiera pasado con ellos si hubiéramos sostenido una línea política más clara frente a los burócratas. La dirección del POS dice que nos hubiéramos separado de ellos y no los hubiéramos podido acercar al partido, que hubiéramos sido sectarios, pues la base de éstos sindicatos es muy cercana a sus direcciones y -asumen- todavía no está preparada ideológicamente para escuchar semejantes críticas sobre éstas.

 

A) Una visión pesimista y derrotista de la clase obrera

 

La idea de que no hay que criticar a los burócratas sindicales, no tanto porque no se les considere como tales (pues en plenarias y reuniones internas los compañeros han sido muy claros respecto al concepto que tienen de ellos, que nosotros compartimos) sino por la creencia de que hacerlo nos alejaría de las masas, acarrea la consecuencia lógica de que las masas obreras no están listas ideológicamente para escuchar o aceptar nuestras posiciones. Habría entonces, según ellos, que callarnos la verdad y hacer otras cosas más moderadas para ayudarlas a que después, en algún lejano futuro, podamos decir la verdad sin temor a separarnos.

 

Se plantean entonces dos preguntas claras ante esta política. Una es falsa, y consiste en si el diálogo con la base (que ya demostramos que es casi inexistente) debe primar sobre la sectarización, entendiendo por ésta decir la verdad sobre las direcciones sindicales. La otra cuestión, que tácitamente ha planteado la mayoría del CE con su política y que nosotros ahora planteamos abiertamente y queremos resolver, es sobre el concepto que se tiene de la clase obrera.

 

Si durante ocho meses apenas se ha hablado sobre el CC del SME, o se ha hecho de forma timorata, y en muchos meses (por lo menos desde que tenemos contactos con los compañeros de Cananea) no se ha dicho nada sobre la naturaleza de Napoleón Gómez Urrutia, es porque subyace una visión pesimista que considera que -ya no las masas- sino ni siquiera las pequeñas vanguardias que existan en estos sindicatos son lo suficientemente avanzadas como para escuchar la verdad sobre sus dirigentes. La clase obrera para ellos es, entendemos de su política, un ente amorfo, sin personalidad o individualidad, completamente pegado a Napo o a Esparza y que no tiene elementos dispuestos a enfrentar a sus dirigentes.

 

Es cierto, difícilmente los quince o veinte mil electricistas iban a separarse de Esparza, en un momento en que existía la ideología de “cerrar filas” contra el traidor de derecha Alejandro Muñoz. El POS no podía -ni puede- plantearse ganar a las masas a su programa en este momento, ni mucho menos disputarle a los burócratas la dirección del sindicato; pero con otra política era posible ganar a la pequeña vanguardia del SME que, en el curso de las derrotas que la política de la dirección propició, pudiera abrir los ojos y voltear hacia la izquierda.

 

B)

 

Volteando hacia el pasado, veamos la política que enarbolaron dos corrientes de izquierda durante la Guerra Civil Española. El POUM, que alguna vez fue trotskista y era crítico con los socialdemócratas y los estalinistas, por el miedo a separarse de las masas hizo suya una política oportunista que lo llevó a la derrota. Guardando las proporciones históricas, veamos qué dijo el trotskismo sobre ellos:

 

“Están (la dirección del POUM) en contra del Frente Popular, pero al mismo tiempo temen separarse de las masas exponiendo francamente el programa de acción revolucionario (…) ¿Es que los obreros, sobre todo en el primer período de confusión y de abrazos generales y de corriente unitaria a cualquier precio, no hubieran comprendido la posición “sectaria” del POUM? Es posible. Pero lo que es seguro es que tras una corta experiencia, se hubieran vuelto hacia el POUM inevitablemente. Esta necesidad de ser sectario, es decir, de exponer abiertamente el programa revolucionario en el momento en que las masas no se hallan aún preparadas para aceptarlo, existe siempre para la corriente revolucionaria”  1

 

¡Doble, triple subrayado, compañeros del CE! ¿Nos damos cuenta ahora de que es una cuestión falsa la de decir la verdad o estar con las masas? ¿Nos damos cuenta ahora de que es signo de una ideología centrista y pequeñoburguesa no ser claros -es decir, no educar- con los obreros sobre la naturaleza de sus direcciones?

 

Todo grupo o partido revolucionario tiene la obligación de acercar a su programa a la vanguardia política que surja en las luchas y de, por vía de ésta, ligarse a las masas. Aquélla organización que esté crónicamente separada de las masas está condenada a desaparecer. Desafortunadamente, la cuestión no es tan simple, pues la relación Partido revolucionario- vanguardia política- masa obrera es dialéctica y, siendo específicos, es una relación de integración- separación. El primado de alguna de éstas dos características dentro de la relación está determinado, en último análisis, por las circunstancias históricas y por la naturaleza del programa y la claridad con que éste se exponga. Hay poco espacio para el programa revolucionario en los largos períodos de reacción  o de desmoralización del movimiento obrero, pero esa larga espera no es ni puede ser pretexto para desechar el programa socialista por uno nuevo que se adapte a las circunstancias de derrota; que por su adaptación a la ideología predominante entre la masa del proletariado durante algún momento histórico, nos permita acercarnos más a ella.

 

La cuestión política práctica no es tanto “tener un diálogo” con la base por el simple hecho de tenerlo, o acercar a compañeros por el simple hecho de acercarlos, por el hecho de ser obreros industriales, por el hecho de ser clase en sí. La cuestión es exponerles la verdad en el diálogo, aún a costa de que varios rompan con él; acercar a los trabajadores sobre la base de un programa revolucionario que no ceja frente a los burócratas, no por acercarlos a un círculo de amigos; acercar a los obreros no tanto por ser obreros industriales, sino por ayudarlos a entender los intereses históricos de la clase obrera, por ser clase para sí.

 

2)    Así nos convertimos en abogados de izquierda del movimiento obrero

 

Hubo una única ocasión en que el POS tuvo realmente la oportunidad -a diferencia de todos los otros grupos trotskistas- de entablar un diálogo con la base del SME y de exponer su programa antiburocrático y revolucionario ante un sector importante de las masas smeítas y de otros sindicatos. Fue en la primera Asamblea Nacional de la Resistencia Popular, cuando ante un auditorio desbordante de electricistas y miembros de otros sindicatos, ante toda la gente que había detenido la circulación de la avenida Insurgentes afuera del local del SME, escuchando los discursos de los oradores, nuestro compañero Jesús Torres tomó la palabra a nombre de la cooperativa TRADOC. Sobra decir que ha sido este pasado revolucionario, estos triunfos que el POS logró dentro del movimiento obrero, lo que nos permitió a nosotros, (dándonos una posición de privilegio respecto a el resto de agrupaciones de izquierda en el país) por la boca de Jesús Torres, tomar la palabra en semejante situación. Si había un momento para que la base del SME conociera nuestro programa, para ser conocidos por aquéllos que fueran críticos con Esparza, para delimitar nuestras posiciones de las del CC del SME y de los líderes de la UNT, era ése.

 

Para conocimiento de todos aquéllos compañeros que no hallan estado presentes o no recuerden el discurso de JT, lo reseñaremos brevemente:

 

Después de entablar un diálogo con la asamblea, explicando, por ejemplo que “si hay alguien que comprende su situación, esos somos los obreros de Euzkadi”, y una vez que se percibe que el auditorio lo escucha con atención y la gente grita cosas como “¡con la huelga se triunfó!”, Chuy recuerda que “no sólo se inició la lucha por la vía individual, sino también por la vía colectiva, y fue emplazando a huelga”. Después explica que en este caso la materia de trabajo sigue existiendo, y por tanto el sindicato tiene total derecho de estallar la huelga. La gente lo vitorea: la dirección del SME se había resistido a estallar la huelga y eso le daba pretextos a la UNT para no parar actividades. A continuación nos dice que la lucha no la va a ganar por sí solo el SME, sino que tendrá que hacerlo con la solidaridad de los sindicatos y organizaciones populares, como Euzkadi lo hizo en su momento. En ese sentido, plantea la total solidaridad de TRADOC y dice que están dispuestos a parar la fábrica el día del paro nacional. (Nos podemos imaginar que una propuesta tan concreta en el mar de verborrea perredista había exacerbado los ánimos electricistas: Jesús Torres se había ganado al auditorio) Después, correctamente plantea que el susodicho paro se lleve a cabo el 13 de noviembre, un día antes del fin del plazo para liquidarse que había puesto el gobierno. Termina entregando un cheque de quince mil pesos en mano a Martín Esparza, y regresa a su puesto. La gente le aplaude.

 

Por supuesto, no es mucho lo que uno puede pedir: Jesús Torres habló en esa asamblea a nombre de los cooperativistas de TRADOC, no a nombre del POS. Expresó la solidaridad del sindicalismo de izquierda, no al marxismo revolucionario. Los burócratas reformistas, a pesar de todo, pudieron dormir tranquilos esa noche. Teniendo a la gente de su lado, nuestro orador no rompió las estrechas fronteras de las recomendaciones legales y de las propuestas de acción que tienen el mérito de volverse más o menos radicales ante el silencio de la dirección del SME. Sí, proponer concretamente un paro nacional expresaba un profundo deseo de la gente, pero reducir a eso la participación en semejante espacio significaba tirar a la basura la única posibilidad de agrupar un polo de izquierda.

 

Podemos discutir ahora, más de medio año después, si hubiera sido o no conveniente criticar abiertamente a Martín Esparza o si la cuestión debió de plantearse de una manera tácita; si hubiera debido explotarse el descontento que provocó entre los asistentes a la asamblea que la gran mayoría de los oradores fueran asambleístas o gobernadores del PRD o del PT; que la Asamblea en realidad tuviera carácter de mitin donde no fue votada por la base ninguna propuesta… Cuestiones éstas que después fueron recogidas por “El Socialista” de manera correcta. La pregunta que nosotros nos hacemos ahora es la siguiente: Siendo que transitamos hacia una situación revolucionaria -como asegura la mayoría del CE- que implica el despertar político de los trabajadores del país y, en gran medida, una mayor receptividad de parte de ellos hacia ideas más radicales, ¿qué es lo que expresa que nuestro orador, en una asamblea masiva frente a miles de trabajadores, no haya dicho absolutamente nada sobre el papel que juega -ya no Martín Esparza, sino ni siquiera la dirección de la UNT, López Obrador y su(s) partido(s); o tan siquiera unas palabras de consolación llamando a ejercer activamente la democracia obrera?

 

Plantear el problema es resolverlo.

 

De poco nos sirven las justificaciones que hablen sobre la separación de las masas que la exposición de nuestro programa traería; ya demostramos que eso no es -ni puede ser- pretexto válido: un programa radical y de izquierda que sea crítico con los burócratas y líderes de masas tiene que -y puede- ser formulado de mil maneras que no lo vuelvan “sectario” o calumniador, pero que contenga nuestra política y nuestras propuestas de una manera clara y accesible para el común de los obreros. Los compañeros tampoco pueden valerse del “argumento” de que vivimos una situación de derrota y retroceso del movimiento de masas que nos obligue a exponer un programa mínimo de defensa: El tránsito a la situación revolucionaria que ellos preconizan nos hace suponer que las condiciones favorables para la lucha nos permiten tomar una política más directa y radical frente a los burócratas… pero no ha sido así. Hay una seria contradicción entre la práctica política que han impulsado y la estructura ideológica que han creado: como toda práxis política inconsecuente, es imposible de justificar con base en el marxismo.

 

3)    EL POS CAMBIA DE RUMBO… CUATRO MESES DESPUÉS

 

Seríamos injustos y le faltaríamos a la verdad si no admitiéramos que el CE se autocriticó y aceptó varios errores en la política impulsada ante la lucha del SME. Los principales elementos en el cambio de línea frente a Esparza fueron el volante que se publicó y que hasta provocó que una compañera fuera amenazada por “proesparzistas”, y distintos artículos en “El Socialista” a partir del número 354, de enero de 2010. Pero más allá de que creamos que la susodicha autocrítica es parcial y no va a fondo en las causas que provocaron los errores (cuestión que demostraremos después), nos parece muy grave que esta autocrítica no haya resultado en una política distinta, ahora sí consecuente y revolucionaria, ante el conflicto minero y la naturaleza de la dirigencia de Napoleón Gómez Urrutia. Por el contrario, en esta lucha el partido ha caído en errores aún peores que en los que cayó en la del SME, y se ha avanzado en la putrefacción ideológica de aquéllos militantes que han sostenido esta línea.

 

Pero antes de pasar a analizar la política impulsada ante el sindicato minero, cosa que haremos con calma en las siguientes páginas, creemos necesario analizar la nueva política impulsada a partir de enero y la autocrítica de la dirección de la línea sostenida de octubre de 2009 a principios de 2010.

 

Si bien los dos números (351 y 352) de nuestro periódico que aparecieron recién estalló en conflicto electricista contenían ciertas críticas a ciertos elementos de la dirección o al tipo de asambleas que se hacían (antidemocráticas), o más radicalmente a López Obrador y a los miembros del PRD y el PT que intentaban acaudillar el movimiento, no hubo nunca un análisis serio y profundo de lo que representa Martín Esparza. No se conectaron en un discurso las críticas antes mencionadas, y aparecían entonces como cosas “casuales” o a lo mucho como “errores de cálculo” (“quizás por una mala lectura de lo que sucede en el país (…) o quizás por tener una visión equivocada, francamente oportunista”, diría el compañero EG) de la dirección cuestiones tan importantes como el ya mencionado carácter de mitin de las asambleas y la cercanía entre los dirigentes del SME y los líderes de la UNT y López Obrador. En ocho meses de conflicto electricista, nunca hemos respondido en nuestra prensa cuál es el rol de las direcciones sindicales burocráticas.

 

Ahora bien, si ya eran muy tibias las palabras escritas contra la dirección en esos meses, parece que al CE le resultaron tan radicales como para asustarse  por lo hecho y quedarse completamente callado sobre el tema durante el número de diciembre. Sobra decir que fue en este mes cuando más se evidenció la crisis del movimiento provocada por la dirección, cuando más conservadores se volvieron los líderes de la UNT y cuando se sintió de la manera más clara y directa el alejamiento de buena parte de las organizaciones que habían participado hasta noviembre en el conflicto. En ese momento tan importante, cuando las masas electricistas habían ya pasado por la experiencia de seguir a sus direcciones y buena parte de ellas había percibido que esto las había llevado al fracaso, el trotskismo estuvo ausente para plantear otra vía distinta. El trotskismo, así como lo entienden los redactores del periódico, se limitó a hablar sobre la solidaridad y, con un discurso apolillado y poco convincente, dijo algunas cosas sobre el mal gobierno.

 

Siendo concretos, ¿qué dijo “El Socialista” sobre la dirección del SME en estos primeros meses?

 

En el número 352 (dedicado enteramente al SME) de Noviembre de 2009 se escribió lo siguiente: “Todos esperaban las palabras del dirigente del SME, Martín Esparza, ¿qué propondría? Pero nunca habló de huelga, aunque fue enfático en que desarrollarían una lucha legal y pacífica. Muy corto se quedó quien encabeza esta lucha, ante el tamaño de la agresión y la muestra de apoyo de la base, familias y organizaciones solidarias. Sí, hubo otros discursos que plantearon la huelga nacional, pero al no proponerlo el principal representante, la propuesta se quedaba coja, pues nadie se aventará a plantearlo sin la participación del propio SME. Quizás por una mala lectura de lo que sucede en el país y de la propia marcha, que anuncia el hartazgo de cada vez más amplios sectores, o por tener una visión equivocada, francamente oportunista.” 2

 

Ya mencionamos algo sobre éstas líneas antes. Refrendamos nuestra opinión antes expuesta pero agregaremos un par de cosas: ¿Qué idea se le transmite a los obreros con el fragmento de este artículo? Después de exponer y relatar de una manera correcta los errores y las vacilaciones en el actuar concreto de Martín Esparza, el artículo saca conclusiones sorprendentes para aquéllos que conozcan el ABC del marxismo. Y no decimos que sean sorprendentes porque los lectores nos hallamos quedado anonadados ante la brillantez del método dialéctico usado en el análisis, ni por la claridad y la justeza con que se propone una política ante los hechos relatados ¡nada de eso!; son conclusiones sorprendentes porque, aún siete meses después de haber leído ese artículo, no nos terminamos de creer que el compañero que escribió el texto realmente se halla preguntado si Esparza obró de esa manera por “una mala lectura”, es decir, por uno de esos errores que hasta el mejor revolucionario puede tener, o por ser “francamente oportunista”, como creíamos que son los burócratas reformistas. Uno creería que un cuadro con varias décadas en el movimiento obrero, como lo es el autor del texto que citamos, podría distinguir fácilmente entre errores de apreciación de una dirección y direcciones burocráticas. Ojalá haya sido, a su vez, un error de apreciación del compañero y no la idea de que no es necesario ser claros con los trabajadores sobre sus direcciones. Medias verdades son mentiras completas.

 

La idea que se le transmite a los trabajadores es, entonces, la de que si bien su dirigente actuó de una manera equivocada, probablemente después haga una “buena lectura” de la situación, y en consecuencia plantee una línea firme, consecuente y revolucionaria. La política sostenida por la dirección del SME, aparece así como una casualidad o a lo mucho como un error; no como una consecuencia natural de la posición social, de la tradición política y de los intereses de clase de Martín Esparza y compañía. Estas pocas líneas, pues, fomentan en la base del SME la confianza en sus dirigentes, y la esperanza de que partiendo de la razón (y no de la lucha) habrá de enmendarse el rumbo.

 

Hay otro artículo en el mismo número de “El Socialista”, llamado “La autocrítica honesta: Una herramienta en la defensa de nuestras organizaciones sindicales”. En términos generales no hay nada que refutar o agregar a este texto, que en la opinión de este humilde militante, es correcto y necesario. Lo interesante aquí es el lugar estructural que ocupa el artículo dentro de la publicación de conjunto. Y con esto llegamos al segundo comentario sobre la política sostenida en nuestras publicaciones. Éste texto, que tácitamente va contra los burócratas “de izquierda”, así como los distintos comentarios y fragmentos de artículos que de uno u otro modo criticaban a Esparza, sirven de muy poco para hacer avanzar la conciencia del trabajador común que los lea en tanto no se estructuren en torno a un análisis claro y honesto de la naturaleza de las direcciones sindicales y el rol en la lucha de clases que éstas juegan.

 

Vistos así, sin el eje central en torno al cual giren y los ponga en el lugar que les corresponde, cualquier artículo o cualquier pasaje -por más radical o más justo que sea lo que se diga- tiene la misma función que tiene un hueso cualquiera en el cuerpo de un humano al que le han extirpado la columna vertebral.

 

Hubo uno o dos más pasajes de artículos en los números publicados entre octubre de 2009 y enero de 2010, pero creemos que todos son en el tono del primero que mencionamos y analizamos, y no tiene caso hacer lo mismo con ellos: no son otra cosa, lamentablemente, que la confirmación de la regla.

 

Pero, como hemos dicho antes, la política hacia el SME cambió bastante a partir de enero de este año. Vemos con buenos ojos este viraje, con todo y sus limitantes que podamos objetarle: La circular número 7 nos hace saber que el CC resolvió que se escribiera un artículo sobre la correlación de fuerzas entre el SME y el gobierno, tal que serviría para dar paso a un análisis sobre el papel que había jugado la dirección en la correlación desfavorable existente para el movimiento; pero que por razones que no quedan claras ésto no se publicó.

 

Mientras escribo éstas líneas, en junio de 2009, tal artículo no se ha publicado. Lo seguimos esperando. Por otro lado, en el periódico de enero se critica duramente la política central de la dirección del SME de negociar con las instituciones estatales antes que movilizar al sindicato o concitar la solidaridad popular, así como el acercamiento con las “personalidades” de izquierda del país y el método utilizado en las asambleas nacionales. Todo esto es perfecto y necesario, y se debió haber hecho desde Octubre mismo.

 

Una cosa que hay que notar es que aunque se critican ciertos aspectos de la política o del método de análisis (“no se hizo un análisis de la base electricista”), en realidad en la circular 7 prevalece la idea de que no era necesario hacer un balance público claro respecto de lo que pensamos sobre  el CC del Sindicato; por lo menos no hasta que no fuera patente e innegable la crisis política del movimiento electricista. Es decir, cuando nuestras críticas serían menos útiles y los principales estrados masivos desde donde expresar nuestras opiniones se vieran cerrados, como la ANRP. Así, la autocrítica se muestra timorata y autocomplaciente, con miedo a ir al quid de la cuestión; criticando los fenómenos pero no la esencia y sin animarse a decir nunca que no había razón para esperar cuatro meses para elaborar una crítica más o menos estructurada a Esparza. Una autocrítica, a fin de cuentas, que no hace sino enmascarar lo sucedido al darle al CE un toque de “autocrítico” y “humano”, pero que en realidad permite y justifica la negativa crónica a -en palabras del programa de la Cuarta Internacional- “decir toda la verdad a las masas, por más amarga que sea” 3

 

Curiosamente, las críticas de enero en adelante nunca rebasaron el ámbito de las políticas impulsadas por la dirección del SME. Todo buen marxista sabe que si bien la política no es un reflejo de la economía, ni mucho menos, y que la esfera de ésta tiene sus propias reglas; la política no es llevada a cabo en el vacío, tendida en el aire y alejada de los deseos, las tradiciones, la psicología y sobre todo las necesidades económicas de las clases o sectores de clase. Así, la política de Esparza no se explica tanto por “malas lecturas” del mismo, sino por la naturaleza social de la dirección del SME, que es burocrática y tiene su base, como todas las burocracias obreras, tanto en la inmovilidad de la mayoría de la clase como en el apoyo directo de un sector privilegiado de la misma (Dejando de lado los factores culturales, como la histórica tradición caudillista en las clases populares mexicanas, que viene de muy lejos pero que se vio reforzada en el SME por su apoyo eventual al PRI, a Fox y a López Obrador).

 

Suponemos que los compañeros, como buenos marxistas, comparten con nosotros este análisis materialista de la dirección del SME. Siendo así, creemos que el eje en torno al cual se estructure esta nueva política hacia este sector tiene que ser no solamente la crítica de las políticas de la dirección, sino el desenmascaramiento de los motivos últimos de éstas.

 

4)    EL SINDICATO MINERO

 

Todo lo que hemos escrito sobre los errores frente a la burocracia smeíta sería apenas poco más que disertaciones y elucubraciones sin sentido si no fuera porque ésta política ha sido repetida de la forma más grosera y cínica en el conflicto minero.

 

Aunque a este popurrí vergonzante se le agregó ahora un nuevo ingrediente que le da su especificidad y que a la vez expresa los pasos que han sido dados en la creación de una ideología y de unos métodos ajenos al marxismo revolucionario: el Frente Único. No porque nos parezca equivocado plantear el Frente Único con un sindicato (aunque sea charro), sino por el modo en que se ideó su utlización y sobre todo por el problema que intenta ocultar con una disyuntiva falsa.

 

A) Frente Único para atarse las manos

 

El Frente Único se hace necesario en la historia del movimiento obrero a raíz de que -diría Trotsky- “los conflictos entre la clase obrera y los patronos, la burguesía o el Estado, surgen y se desarrollan incesantemente por iniciativa de una u otra de las partes. En estos conflictos, en la medida en que abrasan los intereses de toda la clase obrera o de su mayoría o de una parte de esta clase, las masas obreras sienten la necesidad de la unidad en la acción, de la unidad en la defensa. (…) Surge de la necesidad de asegurar a la clase obrera la posibilidad de un Frente Único, en la lucha contra el capital, a pesar de la división fatal, en la época presente, de las organizaciones políticas que cuentan con el apoyo de la clase obrera.” 4

 

“El Partido Comunista muestra a las masas y sus organizaciones su voluntad de luchar  junto con ellas aunque no sea más que por los fines más modestos, si éstos se hallan en la senda del desarrollo histórico del proletariado. El Partido comunista cuenta en esta lucha con el estado real de la clase obrera en cada momento dado; se dirige no solamente a las masas, sino también a las organizaciones cuya dirección es reconocida por aquéllas, y confronta a los ojos de las masas las organizaciones reformistas con los fines reales de la lucha de clases. Al revelar efectivamente que no es el sectarismo del PC, sino el sabotaje consciente de la socialdemocracia lo que socava el trabajo común, la política del frente único acelera el desarrollo revolucionario de la clase.” 5

 

Vaya diferencia entre los fines y las formas de utilización del frente único que plantea Trotsky y las que planteó el CE de forma “extraoficial” en la plenaria del 19 de junio:

 

Después de que el autor de este texto tomó la palabra y dijo que, (no textualmente) debido a la importancia que había cobrado la lucha minera dentro del movimiento obrero, que teníamos una pequeña influencia en ella y a su vez, que éste movimiento era dirigido por uno de los peores charros existentes, ya era hora de que en nuestro periódico se expusiera claramente nuestra opinión sobre el papel que juega Napoleón Gómez Urrutia como líder máximo del sindicato minero y porqué era nefasto su rol como tal. Hubo algunos ecos entre otros compañeros para esta propuesta, la más clara de las cuales provino de la compañera AG, que en su papel de directora de “El Socialista”, dijo en su intervención que ponía a consideración de la plenaria que para el siguiente número de nuestra prensa se quitara el artículo que se tenía pensado sobre el jefe capitalino Marcelo Ebrard y se redactara uno donde se hablara del charro Napo; cómo había llegado a la dirección del sindicato, qué representaba dentro de éste, etc.

 

Ya era hora, pues, de ser claros y francos con los mineros sobre su dirección burocrática. Lamentablemente, la propuesta del artículo para ES se vio interrumpida por los “argumentos” del compañero EG, que en su intervención dijo, básicamente, que no era momento todavía de hablar sobre Napoleón Gómez; que era mejor mostrar el papel del gobierno calderonista como aliado de los empresarios, y plantearle al Sindicato Minero la táctica de frente único contra los anteriores. “No hay que criticar a la dirección, mejor hay que plantear un frente único”, fue la consigna que resumía los dialécticos razonamientos de los compañeros.

 

Estamos de acuerdo en que hay que mostrar la alianza gobierno-empresarios y denunciar el papel del primero como antiobrero y capitalista, así como impulsar un frente único de organizaciones y sindicatos contra éstos: todo lo que caiga sobre ese terreno es parte de nuestro programa y no hay crítica viable contra esta política. Lo que no nos cabe en la cabeza es porqué el frente único con los sindicatos charros y sus direcciones excluye de principio la crítica a éstos, y su desenmascaramiento como agentes de la burguesía. En este caso, el fin del frente no es elevar el nivel general de conciencia de la clase, o acelerar su desarrollo revolucionario, ni siquiera defender las conquistas mínimas de la clase obrera; sino una salida fácil para evitar la confrontación con burocracias poderosas y una política que, si se llevara a la práctica, en aras de la “unidad de los de abajo” sometería a los revolucionarios no a la disciplina inherente a todo acuerdo práctico común que un frente implica, sino a los designios oportunistas y burocráticos de Napo y compañía.

 

El frente único tiene, desde el punto de vista de los revolucionarios, dos fines esenciales. Uno es el unificar a la clase obrera para tareas (fundamentalmente defensivas, en general), donde existe o puede existir un interés común a todos los sectores de clase y no sólo a su vanguardia comunista (como la defensa de las conquistas sociales, de los sindicatos, de los elementos de democracia dentro de los estados burgueses, por la lucha contra el fascismo, etc.); el otro fin, quizá hasta más importante para nosotros como una pequeña agrupación escasas veces escuchada por las masas obreras, es el ganarse una tribuna desde la cual exponer nuestras posiciones -contrarias a las de los jefes de los sindicatos- y ampliar cuantitativa y cualitativamente nuestro círculo de influencia y nuestro auditorio; mostrando en el terreno de la acción y de la lucha política práctica porqué nuestra dirección es más justa y correcta, y representa más fidedignamente los intereses generales de los trabajadores.

 

El fin del frente único no es otra cosa que, partiendo de la atomización de la clase obrera y de la necesidad de defender las conquistas esenciales (y de que las fuerzas de los revolucionarios no bastan por sí solas para tal cosa), hacer que las masas trabajadoras rompan eventualmente con sus direcciones y se agrupen bajo la bandera de la Cuarta Internacional. Constituir un frente único sin tener clara la naturaleza y los objetivos de éste no tiene ningún caso y es contraproducente para los revolucionarios. Los marxistas no apoyamos tanto la unión en la clase obrera por principios abstractos de solidaridad (que existen), sino por una estrategia muy general de ligarse a las masas y ganarlas a nuestro programa: de hacer que en la práctica nos sigan. Pues consideramos que sólo un partido revolucionario fuerte puede ayudar a cumplir a la clase trabajadora sus intereses históricos, y en última instancia eliminar la necesidad de existencia del frente único como órgano de lucha de una clase obrera escindida. Todo lo demás -las formas de criticar a las direcciones, las políticas impulsadas dentro del frente, etc- es secundario y se subordina al entendimiento (no compartido por la dirección) de lo anterior.

 

Es por eso que es teóricamente un disparate y políticamente un suicidio plantear que los acuerdos prácticos para la acción con los charros nos puedan de alguna manera obligar o presionar a callarnos la boca y amarrarnos las manos frente a éstos. Al contrario, no ser especialmente críticos con los burócratas en un órgano de lucha donde podemos y debemos disputar la dirección de éste y el favor de su base social, no es otra cosa -como hemos dicho antes- que someterse a las políticas de las direcciones.

 

Para Trotsky, los sindicatos son el frente único encarnado para la lucha económica. Imaginemos, siguiendo la lógica de razonamiento de los compañeros, que le decimos a los militantes del POS que están dentro del SNTE que no hay que criticar a Elba Esther o a los neocharros perredistas, que no hay que disputarle a esta gente la dirección del organismo o de sus secciones; que es mejor comentar las bondades del sindicato como órgano desde el cual todos los maestros se organizan por reivindicaciones económicas. Pruébenlo y nos cuentan.

 

Como dato curioso, no estaría de más comentar cómo terminó la plenaria del 19: Siendo que la discusión de si la plenaria decidía cambiar el artículo de Ebrard por el de Napo había quedado zanjada tras escuchar la voz de la experiencia (sic), ya nadie mencionó gran cosa sobre el tema sino hasta el final. Una vez que se estaba levantando la plenaria sin haberse llegado a un acuerdo formal sobre el tema, se le recordó a la compañera AG que había una propuesta para el periódico que la reunión aparentemente tendría que decidir. A lo que sabiamente respondió que (sigo sin ser textual) la plenaria tendría que decidir si se cambiaba el artículo contra el jefe capitalino por el artículo impulsando la política del frente único en el sindicato minero (!). ¡Qué lástima que el camino a la reacción esté plagado de buenas intenciones! Por supuesto, en las condiciones en que los compañeros entienden el frente único, este pequeño detalle que se cambiaba adquiría una significación considerablemente importante. Así, con una intervención de unos minutos y sin más discusión ni votación, se sepultaba una propuesta que había nacido no tanto de la base del partido sino del recuerdo de nuestra tradición revolucionaria.

 

Siendo que aparentemente la plenaria no iba a votar ni discutir ninguna de las propuestas (ni la original ni la alterada) se les preguntó a los compañeros de la mesa (EG y FR) si la susodicha reunión tenía poder de decisión sobre el principal órgano del POS, sabiendo que existía un Comité de Redacción encargado.

 

-Más bien analizaremos y tomaremos en cuenta sus propuestas para el siguiente número.- puntualizó FR.

 

Mientras estas líneas son escritas ha aparecido el número 357 de “El Socialista”, donde nuestras propuestas habrían de ser escuchadas y tomadas en cuenta. En la contraportada encontramos un llamado a un frente único, que aquí se llama “Frente Nacional de Lucha”. Y hasta se le da un buen repasón a los dirigentes de la UNT en el segundo párrafo, pero hemos buscado en vano entre los tres o cuatro artículos dedicados a Cananea o al conflicto minero en general cualquier señal de que “nos tomaron en cuenta” para la elaboración de la línea política ante el sindicato minero. No nos han tomado en cuenta, y hasta podríamos decir que nos han tomado el pelo. Será de la prensa lo que se quiera, nosotros seguimos marcando fechas en la pared: Pasan los meses, las luchas mineras se agudizan; ahora volteamos a ver a Cananea, ahora a Pasta de Conchos, a El Cubo, a Taxco, otra vez a Cananea; y sea que entremos en contacto con mineros de tal o cual lado, que la lucha se desenvuelva hacia distintos derroteros, nuestra política se mantiene mes con mes y día con día igualmente metafísica. Siendo exactos: metaburocrática. Ojalá pudiésemos llegar a la conclusión de que por más que pase el tiempo y nosotros no digamos una palabra sobre Gómez Urrutia, -el deseo es padre de la idea- nos podamos mantener al margen o neutrales ante la burocracia. Grave error. No somos metaburocráticos, no estamos por encima de la lucha política o de las direcciones sindicales. Con suerte no estaremos por debajo. Con nuestro silencio no la hacemos de profesores rojitos: sólo ayudamos a mantener a los burócratas donde sus padres los dejaron.

 

5)    CONCLUSIONES: FORMULACIÓN Y CONTENIDO

 

A lo largo de este texto hemos caracterizado nuestra política sindical como centrista de derecha y hemos demostrado que la ideología en la que se sustenta esta línea está alejada del bolchevismo y proviene no tanto de un desconocimiento teórico (que indudablemente existe), sino de una psicología de pequeños burgueses y de anticuados y cansados jefes que actúan no en base al principio de la solidaridad obrera, no de la movilización de los trabajadores, no de ayudar al proletariado a cumplir sus intereses históricos; sino de la comodidad y aletargamiento de mantener un auditorio y un círculo de escuchas constante, donde nadie se sorprende y nadie tiene que enfrentarse a la posibilidad de salir de susodicho auditorio. Es una psicología de pequeñoburgueses porque ante todo ve por el mantenimiento de su posición si no social, sí por lo menos moral, frente a las mismas personas. Donde el principio rector de todo es el mantenimiento del pequeño prestigio. Es una línea política y una ideología retrógrada que en un plano histórico está en el mismo terreno que un POUM español que hace frente popular con la burguesía republicana para no perder el favor de las masas: en el mismo sitio que la ahora extinta Internacional 2 ½, que para todas las cuestiones cruciales vacilaba entre la segunda internacional reformista y la tercera revolucionaria. En la cuestión del frente único, somos revolucionarios y lo impulsamos en los sindicatos: en la cuestión de quién va a dirigir el frente único, somos reformistas y le abrimos las puertas a los charros para que lo hagan.

 

Con un poco de mala fe, toda crítica desde la izquierda puede ser tachada de aventurerista y ultraizquierdista. Nada más alejado de la realidad. Por eso queremos resolver, como última cuestión, la pregunta concreta de cómo se expone un programa revolucionario ante un auditorio que no necesariamente lo es. Y queremos dejar en claro hasta qué punto es posible o necesario adaptar un programa y un análisis sobre una dirección a una masa (o una vanguardia) que la apoya incondicionalmente.

 

Nuestro programa contiene las enseñanzas de siglos de derrotas y victorias del movimiento obrero mundial, donde éste se ha enfrentado con mayor o menor éxito a todo tipo de burgueses, reformistas, estalinistas, fascistas, etc.; enseñanzas que nosotros (en teoría) hemos asimilado y aplicamos en cada momento histórico determinado de una manera muy general. Pero en tanto la realidad es fuente de riquísimos fenómenos antes inexistentes, el programa no es una serie de fórmulas de manual que nos resuelvan permanentemente los problemas a los que nos enfrentamos en cada huelga, cada movimiento defensivo, cada insurrección. De ahí que no tenga mucho sentido apelar a “los principios generales” en las discusiones de política concreta, o de limitarse al vacuo argumento de que tal o cual práctica “es una ofensa contra el programa marxista”.

 

El programa existe y se tiene que aplicar o exponer respetando su contenido. Pero no hay ningún manual de cómo formularlo para hacerlo más atractivo para las masas. Es en este terreno donde es necesaria toda la flexibilidad posible, en función del análisis de la situación. El contenido del programa se puede formular de maneras radicalmente distintas según el auditorio ante el cual se encuentre el militante, o se le puede dar más peso a una determinada parte del programa que a otra según la situación. Por ejemplo, la teoría de la Revolución Permanente y del imperialismo es la base del programa de transición trotskista, pero es una locura (en la cual suelen incurrir constantemente las sectas universitarias que se reclaman del trotskismo) llamar a la gente a “hacer la revolución permanente”, o incluso a llamarlos a tomar el poder y llevar a cabo la dictadura del proletariado. Por supuesto, no es que no sea nuestro programa, sino que el contenido de éste se formula primero que nada tomando en cuenta el nivel de conciencia del público al que va dirigido. De ahí que el programa de transición consista en unificar en un sistema de consignas las de carácter democrático con las mínimas con las transicionales, remarcando las que sean más urgentes o movilizen más a las masas en un determinado momento. Todo esto es el ABC del marxismo y no habría razón para repetirlo si no fuera porque aparentemente quedó olvidado por buena parte de la dirección del POS. Las consignas pueden cambiar, pero las consignas no hacen sino expresar el programa, y los revolucionarios pueden adaptar la forma de su discurso al auditorio y a la situación, pero no pueden adaptar la esencia del discurso a los elementos atrasados y mayoritarios de la clase obrera. Por eso el partido está compuesto por los miembros de vanguardia política de la clase obrera; los más conscientes de su misión histórica. Pero dejemos que Trotsky nos lo explique:

 

“Un revolucionario debe a la vez no disimular su política y adaptar su formulación (pero no su contenido) al auditorio y las circunstancias. En una reunión de trabajadores monárquicos y católicos, yo hablaría con prudencia del trono y del altar. Pero en el programa de mi partido y en toda su política, es necesario que mi actitud hacia la religión y la monarquía se plantee con rigurosa exactitud. En una reunión de un sindicato reformista, en carácter de agremiado, estaría sin duda obligado a no decirlo todo, pero el partido como tal, en su conjunto, en su prensa, sus reuniones públicas, sus folletos y sus llamamientos, está forzado a decirlo todo. Frente a un auditorio de obreros de distintos niveles de conciencia, es menester adaptar los métodos de exposición a los más atrasados de ellos, pero es inadmisible adaptar a ellos nuestras propias posiciones políticas.” 6

 

No tenemos nada que agregar a lo anterior. Sostenemos, precisamente, que se ha confundido la formulación del programa con el contenido de éste, y que en los hechos se ha expuesto otro programa que no es el nuestro. “En su prensa el partido está forzado a decirlo todo” diría Trotsky. Y en nuestra prensa no sólo no se ha dicho todo sino que en realidad no se ha dicho nada sobre Napo, y apenas un poco más que nada sobre Esparza. Unas líneas más arriba hablamos un poco sobre la psicología que se expresa a través de la política ante los burócratas. Por supuesto que la psicología y la moral tienen, en último análisis, causas más profundas de carácter social; pero no podemos detenernos en este texto a analizar tales cosas. Sabemos que cualquier texto que diga que hay una política centrista de derecha, pero no analize las causas últimas de tal, es uno que se queda corto y que no va a fondo en resolver el asunto; pero por cuestiones de tiempo y espacio nos es imposible analizar lo anterior en este momento. De cualquier forma, este texto nace de y va hacia la praxis política. De ahí que nuestro objetivo no sea otro que el de orientar, con bases teóricas  y políticas, el actuar de un partido que históricamente sostuvo una posición clara y radical frente a los líderes de masas (que en su momento lo llevó a romper con otras corrientes), pero que ahora mantiene otra diametralmente distinta. No hay otra solución, para preservar nuestro carácter de partido revolucionario, que hacer una autocrítica honesta y profunda, y aventurarse a un viraje radical de nuestra política.

 

 

Bibliografía

 

1)    El Frente Popular abrió las puertas a Franco” de M. Casanova (seudónimo de Mieczyslaw Bortenstein, dirigente de la Oposición de Izquierda española. Murió en el campo de concentración de Auschwitz en 1942- 1943)

2)    El Socialista 352, noviembre de 2009

3)    Programa de Transición: La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional, de León Trotsky

4)    Alemania, la Revolución y el fascismo” de León Trotsky

5)    Documentos de la Tercera Internacional para el PCF, texto de León Trotsky citado en “Alemania, la Revolución y el fascismo”

6)    El SAP, la Liga Comunista y la Cuarta Internacional, de León Trotsky, citado por Jean Jacques Marie en “Trotsky, Revolucionario sin fronteras”

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