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    El capital financiero manda sobre los gobiernos y los ciudadanos

    Jeffrey Garten escribió que no son los gobiernos ni mucho menos los pueblos los que mandan. Son los grandes capitalistas los que imponen sus designios e intereses. ¿Es este autor un revolucionario, un seguidor de las teorías de Marx? Para nada, es un profesor de la muy elitista universidad de Yale, en Estados Unidos, y escribe en la revista Newsweek, una de las más conservadoras, ligada al Pentágono, el ministerio de la guerra del imperio.

    Dice Garten que “no importa qué normas apruebe EU u otro gobierno, serán los corredores de bolsa y los inversionistas en Nueva York, Londres, Dubái, Hong Kong y Tokio –no los hombres y mujeres en los asientos del poder político- quienes resolverán los grandes retos del día. Seguirán siendo los mercados financieros los que con decisión empujarán a los líderes en una dirección u otra. Alrededor del mundo, los mercados todavía ejercen el papel  de disciplinarios cuando nuestros líderes elegidos no pueden tomar decisiones duras incluso más que los millones de ciudadanos en las urnas.”

    “La banca y las operaciones bursátiles dominan a la política”, concluye Garten, y ya sabemos qué tipo de políticas imponen:

    “Los corredores e inversionistas exigirán aumentos tributarios importantes para todos los ciudadanos, con cortes severos de gastos en las autorizaciones, la defensa y los programas discrecionales”, dijo este profesor en marzo de 2010, cuando ya Grecia, Portugal e Irlanda sufrían el garrote vil de “los mercados”.

    “¿Por qué mandan los mercados y no los gobiernos?”, pregunta Garten. “Primero, su tamaño es abrumador. Los activos financieros mundiales han crecido de US$12 billones en 1980 a más de 200 billones para 2008.“[i] México genera al año apenas 1.5 billones de dólares, ni siquiera el uno por ciento de la riqueza en manos de los capitalistas financieros. Con tal poder económico, parecería que no existe nada ni nadie capaz de resistírseles.

    60 familias dominan Estados Unidos

    Hace 160 años Carlos Marx escribió que el Estado se presenta como un ente representativo de todas las clases pero en realidad es un instrumento de la clase que domina la economía. A principios de los años 30s del siglo pasado el escritor norteamericano conservador Ferdinand Lundberg, que muy probablemente no conoció la obra del fundador del socialismo científico, escribió que “los EU son hoy día propiedad y dominio de sesenta de las familias más ricas, apoyadas por no más de 90 familias de riqueza menor.  Dominan no solamente el mercado sino todas las palancas del gobierno. Son el gobierno verdadero, el gobierno del dinero en una democracia del dólar.”

    Poco después una comisión del Senado de EU, en febrero de 1937 reconoció que doce grandes empresas, sus directivos “son inmensamente más poderosos que los miembros del Gabinete.”

    Incluso el secretario del Interior de los Estados Unidos en esos años, Mr. Harold L. Ickes, consideraba como “una de las más extrañas anomalías de la historia que los Estados Unidos, democráticos en la forma, sean autocráticos en sustancia: América ha sido dirigida por los monopolios, que a su vez son dirigidos por un pequeño número de accionistas.”

    La confesión del alto funcionario del más poderoso gobierno del mundo llevó a León Trotsky a hacer los siguientes comentarios:

    “El diagnóstico de Mr. Ickes es correcto. Sin embargo, lo que Ickes llama ‘una de las más extrañas anomalías de la historia’ es en realidad la norma incuestionable del capitalismo. La dominación del fuerte por el débil, de los muchos por los pocos, de los trabajadores por los explotadores es una ley básica de la democracia burguesa. Lo que distingue a los Estados Unidos de los otros países es simplemente el mayor alcance y la mayor perversidad de las contradicciones de su capitalismo.”[ii]

    Dijimos que pareciera que no existe poder que se les pueda oponer a los capitales financieros internacionales. Nosotros sostenemos que sí podría haber un poder mayor y sobre todo que actuara con criterios diferentes, a favor de la colectividad: sería el poder de la clase trabajadora mundial organizada y conciente, acompañada de sus partidos revolucionarios. A la tarea de construir un partido mundial de la revolución social está abocada esta revista y decenas de miles de militantes en más de cien países.



    [i] “Los mercados mandan; Los financieros siguen teniendo la sartén por el mango”, Newsweek, 17/05/2010.

    [ii] Qué es el marxismo, León Trotsky, Introducción al Capital de Marx, de Otto Ruhle, 1938, ed. Nueva Claridad, Madrid, s/f,.

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    Nacimiento del partido político [1]

               El partido político nace en conexión con tres fenómenos: a) la movilización social de los intereses en la lucha obrera organizada; b) la extensión progresiva del sufragio; c) la gradual unificación política (socialista) de las luchas obrera. Quizá se pueda explicar entonces por qué el partido político en sentido estricto y específico nace con el partido socialista, es decir, con un partido que reivindica la transformación social y plantea una temática completamente nueva, ya sea para la vida política o para la ciencia política.

                La moderna técnica organizativa de las fuerzas políticas fue inaugurada, en casi toda Europa, por los partidos socialistas, y nació de la necesidad de dar al movimiento una base muy generalizada y un esqueleto sólido en capas y clases que hasta entonces habían permanecido del todo ajenas a la vida publica, y de la necesidad de luchar con medios adecuados, pero distintos de los acostumbrados, contra un Estado receloso y hostil (Morandi).

                En rigor, se ha querido ver el origen de los partidos políticos en la Revolución Francesa y en el nacimiento de los “clubes”. Naturalmente, en ello hay algo de verdad: por otra parte en el curso de la Revolución Francesa se registra una gran irrupción popular en la vida política y una primera coloración social intensa de la lucha política. Sin embargo, es innegable que sólo con la formación de los grandes partidos socialistas europeos los nuevos organismos asumen (en la teoría y en la práctica) las tres características fundamentales que serían rasgos institucionales de todos los partidos: un programa homogéneo, una organización extendida y estable, un funcionamiento continuo. Al mismo tiempo, sólo con los partidos socialistas se precisarían dos características destructivas para el viejo sistema político: la solicitud programática del sufragio universal y la inserción cotidiana de las masas populares en la lucha política como ámbito de las reivindicaciones que significan una transformación social. De estas dos características derivarán algunas de las modificaciones fundamentales que el partido político introdujo en el estado moderno.

                Marx sintetiza del siguiente modo el proceso de formación del partido de los trabajadores:

    “Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así, pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aun no es una clase para sí. En la lucha (…) esta masa se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política” (K. Marx, Miseria de la filosofía).



    [1] Cerroni U, Magri L, Johnstone M. Teoría marxista del partido político/I. 7.ma Ed. México: ediciones pasado y presente; 1980.

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    ¿Qué se quiere decir con la expresión militancia revolucionaria?[*]

             Con la expresión militancia revolucionaria se quiere indicar una relación particular entre el afiliado y el partido, que distingue al bolchevismo de cualquier otra formación política: una relación que no se agota en la delegación de los propios intereses políticos del hombre-ciudadano al partido, ni consiente el ausentismo sustancial de los afiliados o el dominio de un aparato burocrático-representativo, sino que, por el contrario, se funda en el compromiso de toda la personalidad del militante, que así consagra por entero su vida, su concepción del mundo, a la obra integral de edificación de la nueva sociedad y a su vez manifiesta, por lo tanto, un nuevo modo de ser hombre y de entrar en contacto con los demás hombres.

                Claro está, no se trata de que el leninismo concibiese esa relación como un sacrificio o una suspensión de la libertad personal: por el contrario, la integración a esa voluntad general constituye el paso necesario para la verdadera fundación de esa libertad. ¿Qué camino tiene de hecho el proletario para gravitar en la historia, ser un hombre, o de qué modo puede el intelectual influir en la realidad, dar un sentido unitario a la propia vida, fuera del de integrarse a una voluntad global capaz de transformar el mundo a la medida del hombre? Nace de aquí una concepción particular de la disciplina, la que ya no es dictada sólo por las exigencias de la eficacia, sino que es en sí misma un acto de libertad: no un sacrificio, no la limitación de una persona que existe con independencia del propio empeño revolucionario, sino un acto que constituye la libertad de una persona, la que sólo en este empeño real encuentra el camino para expresarse, para dar una perspectiva total a la propia acción, para huir de la desesperación de la impotencia, del disgusto, del aislamiento.

                Y sin embargo, en la forma originaria de la experiencia bolchevique, este concepto de militancia, que pese a todo parece alcanzar las formas más rigurosas y nobles, encontraba una limitación precisamente en el carácter jacobino que todavía amenaza al partido, en el hecho de consagrarse en primer lugar, y casi exclusivamente, al problema de la conquista del poder, en su capacidad todavía imperfecta para expresar de manera articulada contenidos positivos y líneas de desarrollo de la vida social.

                De hecho, el comportamiento del militante terminaba a veces por convertirse en una pura sumisión a la revolución, en despojarse por ella de la propia figura, de la propia vocación específica, un trabajo limitado y ejecutivo cuyo sentido profundo radicaba en ser cumplido para la causa. La separación entre público y privado, entre persona y ciudadano, era así superada en gran parte sólo a través de la supresión de uno de los dos elementos. La militancia, la disciplina, quedaban para siempre como actos de libertad, en cuanto compromisos totales libremente aceptados, pero la elección ideal, el proyecto, entraba en la praxis política individual como un fin último y separado, y así exigía siempre una mediación de tipo moralista.

                En un “partido nuevo”, conceptualizado al estilo gramsciano como una prefiguración de la sociedad nueva, como parte hegemónica de un bloque de fuerzas políticas y de movimientos sociales unidos en torno de contenidos positivos de la edificación socialista, y así capaces de consentir formas nuevas de dictadura proletaria; este límite puede y debe ser superado, sin que decaiga para nada el principio de la militancia, el compromiso global de la persona. Si efectivamente el partido puede definir progresivamente las perspectivas de desarrollo de la sociedad por la cual lucha, y si esta perspectiva ideal puede traducirse a una acción social positiva y articulada, entonces la milicia revolucionaria, ya antes de la conquista del poder, puede y debe significar el compromiso de toda capacidad, vocación, talento personal; la figura del militante y la del hombre social tienden a coincidir y, si la estructura de la sociedad existente hace imposible una coincidencia plena, pese a ello el trabajo revolucionario ya incluye elementos y contenidos para comprometer y valorizar las fuerzas vivas e individuales de la persona. La militancia pierde así todo carácter abstracto, toda imposición moralista y aún continúa implicando una elección radical, una tensión constante con el ambiente, sin exigir una suspensión de lo privado, sino su calificación, su inserción en una perspectiva común.



    [*] Notas de: Cerroni U, Magri L, Johnstone M. Teoría marxista del partido político/I. 7.ma Ed. México: ediciones pasado y presente; 1980.

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