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    ¿Qué se quiere decir con la expresión militancia revolucionaria?[*]

             Con la expresión militancia revolucionaria se quiere indicar una relación particular entre el afiliado y el partido, que distingue al bolchevismo de cualquier otra formación política: una relación que no se agota en la delegación de los propios intereses políticos del hombre-ciudadano al partido, ni consiente el ausentismo sustancial de los afiliados o el dominio de un aparato burocrático-representativo, sino que, por el contrario, se funda en el compromiso de toda la personalidad del militante, que así consagra por entero su vida, su concepción del mundo, a la obra integral de edificación de la nueva sociedad y a su vez manifiesta, por lo tanto, un nuevo modo de ser hombre y de entrar en contacto con los demás hombres.

                Claro está, no se trata de que el leninismo concibiese esa relación como un sacrificio o una suspensión de la libertad personal: por el contrario, la integración a esa voluntad general constituye el paso necesario para la verdadera fundación de esa libertad. ¿Qué camino tiene de hecho el proletario para gravitar en la historia, ser un hombre, o de qué modo puede el intelectual influir en la realidad, dar un sentido unitario a la propia vida, fuera del de integrarse a una voluntad global capaz de transformar el mundo a la medida del hombre? Nace de aquí una concepción particular de la disciplina, la que ya no es dictada sólo por las exigencias de la eficacia, sino que es en sí misma un acto de libertad: no un sacrificio, no la limitación de una persona que existe con independencia del propio empeño revolucionario, sino un acto que constituye la libertad de una persona, la que sólo en este empeño real encuentra el camino para expresarse, para dar una perspectiva total a la propia acción, para huir de la desesperación de la impotencia, del disgusto, del aislamiento.

                Y sin embargo, en la forma originaria de la experiencia bolchevique, este concepto de militancia, que pese a todo parece alcanzar las formas más rigurosas y nobles, encontraba una limitación precisamente en el carácter jacobino que todavía amenaza al partido, en el hecho de consagrarse en primer lugar, y casi exclusivamente, al problema de la conquista del poder, en su capacidad todavía imperfecta para expresar de manera articulada contenidos positivos y líneas de desarrollo de la vida social.

                De hecho, el comportamiento del militante terminaba a veces por convertirse en una pura sumisión a la revolución, en despojarse por ella de la propia figura, de la propia vocación específica, un trabajo limitado y ejecutivo cuyo sentido profundo radicaba en ser cumplido para la causa. La separación entre público y privado, entre persona y ciudadano, era así superada en gran parte sólo a través de la supresión de uno de los dos elementos. La militancia, la disciplina, quedaban para siempre como actos de libertad, en cuanto compromisos totales libremente aceptados, pero la elección ideal, el proyecto, entraba en la praxis política individual como un fin último y separado, y así exigía siempre una mediación de tipo moralista.

                En un “partido nuevo”, conceptualizado al estilo gramsciano como una prefiguración de la sociedad nueva, como parte hegemónica de un bloque de fuerzas políticas y de movimientos sociales unidos en torno de contenidos positivos de la edificación socialista, y así capaces de consentir formas nuevas de dictadura proletaria; este límite puede y debe ser superado, sin que decaiga para nada el principio de la militancia, el compromiso global de la persona. Si efectivamente el partido puede definir progresivamente las perspectivas de desarrollo de la sociedad por la cual lucha, y si esta perspectiva ideal puede traducirse a una acción social positiva y articulada, entonces la milicia revolucionaria, ya antes de la conquista del poder, puede y debe significar el compromiso de toda capacidad, vocación, talento personal; la figura del militante y la del hombre social tienden a coincidir y, si la estructura de la sociedad existente hace imposible una coincidencia plena, pese a ello el trabajo revolucionario ya incluye elementos y contenidos para comprometer y valorizar las fuerzas vivas e individuales de la persona. La militancia pierde así todo carácter abstracto, toda imposición moralista y aún continúa implicando una elección radical, una tensión constante con el ambiente, sin exigir una suspensión de lo privado, sino su calificación, su inserción en una perspectiva común.



    [*] Notas de: Cerroni U, Magri L, Johnstone M. Teoría marxista del partido político/I. 7.ma Ed. México: ediciones pasado y presente; 1980.

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    Organización de Resistencias

    *Por Tarikles

    *Colaboración de la revista La Gota, del Edo. de Chihuahua

     

    Las cifras que deja el sexenio de Calderón son escalofriantes, 60 millones de mexicanos que carecen de ingresos para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud, vivienda, educación y vestido, 12.9 millones en el desempleo y subempleo, 80 millones de asesinatos, y una reforma laboral que pone en condiciones casi de esclavismo –no es esclavitud mientras reciban un pago– a los trabajadores.

    Es en este contexto, que toma posesión como presidente de México el 1º de diciembre, Enrique Peña Nieto, impuesto en un proceso fraudulento. No es la intención de este texto analizar a profundidad las razones por las cuales perdió el Partido Acción Nacional las elecciones, después de dos sexenios en el poder, pero podemos decir a grosso modo que en este resultado tuvo mucho peso la guerra contra el narcotráfico. Entonces y de la misma manera podríamos decir que si el PAN perdió, es porque los electores le apostaron a una modificación en el supuesto combate al crimen organizado. Sin embargo el cambio de persona no garantiza una transformación de la política económica y social, al contrario, por la forma en que Peña se ha pronunciado respecto a cada uno de los problemas que vivimos en México, podemos afirmar sin lugar a dudas, que continuará con la misma tónica de atender los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI).

    El Estado ha implementado estas medidas y seguirá haciéndolo, con la justificación de que sólo así el país mejorará sus condiciones económicas y sociales, pero esto es parcialmente cierto. El espejo en que podemos ver lo que nos espera es España. Ahí su gobierno puso en práctica desde el 2010 algo similar a lo que ahora se hace con la reforma a la ley Laboral, con el mismo objetivo, incentivar la creación de empleos, pero lejos de eso, esta política profundizó la crisis que arrojó a miles al desempleo y al endeudamiento. Los resultados los vemos ahora. Jóvenes con altos niveles de preparación profesional sin trabajo, son los que se autodefinen como Indignados contra el sistema económico y político, quienes salieron a protestar a las calles en el ya memorable 15-M en el 2011 y pusieron en práctica los campos “ocupa”, es decir irse a vivir en una plaza y su ejemplo cunde, brincó el mar y ahora también están sus homólogos los Ocuppy Wall Street.

    Y sin embargo las condiciones en ambos países son con mucho mejor de las que prevalecen en México, tanto en lo económico como en lo social.

    Ante un panorama nada alentador para los trabajadores y para los que aspiran a serlo, nosotros estamos convencidos que lo que se requiere de manera perentoria es la organización de los de abajo, por medio de mecanismos flexibles, democráticos, tolerantes, que rompan con los esquemas y estructuras que hasta ahora el sistema nos ha impuesto, que sin perder la identidad de cada quien,  sostengamos demandas centrales como la desmilitarización inmediata y el rechazo a las reformas estructurales.

    Construyamos un espacio común plural e incluyente donde no se requiera tener una característica específica para pertenecer, donde se comparta información y propuestas, a la par que podamos demostrar solidaridad y apoyo a las diversas demandas, así como acciones conjuntas y organizadas para combatir actos de injusticia. Sólo de esta forma podremos frenar, hacer retroceder y revertir no sólo la imposición de un individuo, sino un modelo socioeconómico.

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    Intercambio sobre: “El mito de la imposición”

    Por Cuauhtémoc Ruiz

    En principio, todas las elecciones burguesas son “imposiciones”, son un mecanismo “pacífico” para que la burguesía refrende y siga imponiendo su dominación. Esto nunca lo diría AMLO porque para él las elecciones mediante los cuales fueron impuestos personajes como Díaz Ordaz y López Portillo, entre otros, fueron limpias y correctas. En esta visión, sólo la hegemonía de los neoliberales echó a perder al bueno del PRI. Incluso los brutales fraudes que hizo Lázaro Cárdenas y luego el que se hizo contra Almazán estuvieron justificados, fueron “fraudes patrióticos” que para ser ejecutados -como el primero- requirieron que se les negara el voto a las mujeres, entre otras lindezas.

    Por otra parte, es interesante la cuestión sobre la necesidad de las sociedades de contar con “orden” o la aspiración de la masa a vivir con orden. En el prólogo a la Revolución rusa Trotsky explica que las grandes masas se hacen revolucionarias porque son conservadoras. La gente alcanza bajo el capitalismo una cantidad de satisfactores y conquistas que luego el capitalismo en crisis le retira. La masa se hace revolucionaria cuando quiere conservar o preservar lo que tenía: empleo, salario, seguridad, etcétera.
    Me parece que pensadores como Gramsci captaron lo que ahora dice Ramón[i]. El periódico del italiano se llamó “El nuevo orden”, que era la oferta de su corriente al proletariado de su país. El “viejo orden” era en realidad el desorden fascista que era lo único que podía dar la burguesía de ese tiempo.

    En cuanto a nuestro discurso como partido, agregaría que la ideología de la imposición oculta las grandes responsabilidades -traiciones a la democracia- en que incurrió AMLO en 2006 y en 2012, que le allanaron el triunfo a sus adversarios. Y que el tabasqueño echó mano de las mismas triquiñuelas para comprar votos, aunque quizás lo hizo con menos recursos que los que tuvo el tricolor. Todos los partidos con registro fueron fraudulentos, sucios y trinquiteros. Y lo más importante: el gobierno federal encabezado por Peña Nieto es ahora el principal enemigo del pueblo, sin que en lo anterior tenga que ver su origen, es decir, le presentaríamos la misma fuerte beligerancia si las elecciones hubiesen sido impecables.

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