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    Organización de Resistencias

    *Por Tarikles

    *Colaboración de la revista La Gota, del Edo. de Chihuahua

     

    Las cifras que deja el sexenio de Calderón son escalofriantes, 60 millones de mexicanos que carecen de ingresos para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, salud, vivienda, educación y vestido, 12.9 millones en el desempleo y subempleo, 80 millones de asesinatos, y una reforma laboral que pone en condiciones casi de esclavismo –no es esclavitud mientras reciban un pago– a los trabajadores.

    Es en este contexto, que toma posesión como presidente de México el 1º de diciembre, Enrique Peña Nieto, impuesto en un proceso fraudulento. No es la intención de este texto analizar a profundidad las razones por las cuales perdió el Partido Acción Nacional las elecciones, después de dos sexenios en el poder, pero podemos decir a grosso modo que en este resultado tuvo mucho peso la guerra contra el narcotráfico. Entonces y de la misma manera podríamos decir que si el PAN perdió, es porque los electores le apostaron a una modificación en el supuesto combate al crimen organizado. Sin embargo el cambio de persona no garantiza una transformación de la política económica y social, al contrario, por la forma en que Peña se ha pronunciado respecto a cada uno de los problemas que vivimos en México, podemos afirmar sin lugar a dudas, que continuará con la misma tónica de atender los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI).

    El Estado ha implementado estas medidas y seguirá haciéndolo, con la justificación de que sólo así el país mejorará sus condiciones económicas y sociales, pero esto es parcialmente cierto. El espejo en que podemos ver lo que nos espera es España. Ahí su gobierno puso en práctica desde el 2010 algo similar a lo que ahora se hace con la reforma a la ley Laboral, con el mismo objetivo, incentivar la creación de empleos, pero lejos de eso, esta política profundizó la crisis que arrojó a miles al desempleo y al endeudamiento. Los resultados los vemos ahora. Jóvenes con altos niveles de preparación profesional sin trabajo, son los que se autodefinen como Indignados contra el sistema económico y político, quienes salieron a protestar a las calles en el ya memorable 15-M en el 2011 y pusieron en práctica los campos “ocupa”, es decir irse a vivir en una plaza y su ejemplo cunde, brincó el mar y ahora también están sus homólogos los Ocuppy Wall Street.

    Y sin embargo las condiciones en ambos países son con mucho mejor de las que prevalecen en México, tanto en lo económico como en lo social.

    Ante un panorama nada alentador para los trabajadores y para los que aspiran a serlo, nosotros estamos convencidos que lo que se requiere de manera perentoria es la organización de los de abajo, por medio de mecanismos flexibles, democráticos, tolerantes, que rompan con los esquemas y estructuras que hasta ahora el sistema nos ha impuesto, que sin perder la identidad de cada quien,  sostengamos demandas centrales como la desmilitarización inmediata y el rechazo a las reformas estructurales.

    Construyamos un espacio común plural e incluyente donde no se requiera tener una característica específica para pertenecer, donde se comparta información y propuestas, a la par que podamos demostrar solidaridad y apoyo a las diversas demandas, así como acciones conjuntas y organizadas para combatir actos de injusticia. Sólo de esta forma podremos frenar, hacer retroceder y revertir no sólo la imposición de un individuo, sino un modelo socioeconómico.

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    Intercambio sobre: “El mito de la imposición”

    Por Cuauhtémoc Ruiz

    En principio, todas las elecciones burguesas son “imposiciones”, son un mecanismo “pacífico” para que la burguesía refrende y siga imponiendo su dominación. Esto nunca lo diría AMLO porque para él las elecciones mediante los cuales fueron impuestos personajes como Díaz Ordaz y López Portillo, entre otros, fueron limpias y correctas. En esta visión, sólo la hegemonía de los neoliberales echó a perder al bueno del PRI. Incluso los brutales fraudes que hizo Lázaro Cárdenas y luego el que se hizo contra Almazán estuvieron justificados, fueron “fraudes patrióticos” que para ser ejecutados -como el primero- requirieron que se les negara el voto a las mujeres, entre otras lindezas.

    Por otra parte, es interesante la cuestión sobre la necesidad de las sociedades de contar con “orden” o la aspiración de la masa a vivir con orden. En el prólogo a la Revolución rusa Trotsky explica que las grandes masas se hacen revolucionarias porque son conservadoras. La gente alcanza bajo el capitalismo una cantidad de satisfactores y conquistas que luego el capitalismo en crisis le retira. La masa se hace revolucionaria cuando quiere conservar o preservar lo que tenía: empleo, salario, seguridad, etcétera.
    Me parece que pensadores como Gramsci captaron lo que ahora dice Ramón[i]. El periódico del italiano se llamó “El nuevo orden”, que era la oferta de su corriente al proletariado de su país. El “viejo orden” era en realidad el desorden fascista que era lo único que podía dar la burguesía de ese tiempo.

    En cuanto a nuestro discurso como partido, agregaría que la ideología de la imposición oculta las grandes responsabilidades -traiciones a la democracia- en que incurrió AMLO en 2006 y en 2012, que le allanaron el triunfo a sus adversarios. Y que el tabasqueño echó mano de las mismas triquiñuelas para comprar votos, aunque quizás lo hizo con menos recursos que los que tuvo el tricolor. Todos los partidos con registro fueron fraudulentos, sucios y trinquiteros. Y lo más importante: el gobierno federal encabezado por Peña Nieto es ahora el principal enemigo del pueblo, sin que en lo anterior tenga que ver su origen, es decir, le presentaríamos la misma fuerte beligerancia si las elecciones hubiesen sido impecables.

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    El mito de la imposición o “ya estuvo compa”

    Por Ramón I. Centeno

    3 de diciembre de 2012

    La idea de que Peña Nieto está en la Presidencia como producto de –vienen las palabras mágicas- “una imposición”, es de las más dañinas en el mundo de los activistas de izquierda en el México de hoy, y es necesario combatirla. Se trata de una noción que no convence a nadie. Su falsedad es la razón por la cual la (preocupante) brutalidad policiaca que encontraron las protestas contra el nuevo presidente el pasado 1 de diciembre fue ampliamente aplaudida en el país, incluso por “los pobres.”

    No estoy seguro de quién acuñó el mito de “la imposición” pero el sello de familia es inconfundible, pues todo lo que esa idea sugiere se acopla con naturalidad a la explicación que López Obrador dio de su derrota: el árbitro vendido. Este personaje, en su mitin, también el pasado 1 de diciembre, reiteró su convicción de que “nos han robado la Presidencia en dos ocasiones”, por lo cual hoy tenemos un “gobierno surgido del fraude electoral.” Por lo tanto, el gobierno “impuesto” de Peña Nieto “es ilegal e ilegítimo.” En pocas palabras, López Obrador confunde sus deseos con la realidad. Vamos por partes.

    Mientras más rápido lo reconozcamos, mejor: no hubo imposición alguna. No cuando el actual presidente obtuvo más votos que los otros candidatos. Incluso si “la doña” votó por el PRI porque le ofrecieron un vale de Soriana, lo hizo por voluntad propia. En efecto, aquí se puede argumentar que esto se llama coacción. Lo cierto es que si esos votantes hubieran visto algo mejor que un vale de Soriana, habrían votado de otro modo. En algún sentido, estos votantes tienen razón: PRI, PAN y PRD no se distinguen demasiado unos de otros, con una diferencia: el día de la elección sólo uno les ofrece la despensa de la quincena. Así las cosas, ¿quién tiene éxito en presentarse como más cercano a los intereses populares? Aquí está “el secreto” del PRI.

    ¿Qué hay de la acción de las televisoras? ¿No es eso una imposición? En realidad la pregunta debería ser otra: ¿debe sorprendernos su actuación? Pareciera que acabamos de hacer el descubrimiento del siglo cuando en México se comenta que los dueños de los medios de comunicación tienen intereses que los llevan a favorecer determinadas agendas. Esto siempre ha sido así y lo seguirá siendo mientras la función social de informar sea tratada como un negocio más. Ninguna revolución (estadounidense, francesa, rusa, mexicana, árabes, etc.) se ha realizado con los medios a su favor.

    Y a pesar de la evidente inconsistencia del discurso de la imposición, este es hegemónico en el mundo del activismo. Pero como decimos en los barrios del DF, “ya estuvo compa.” No necesitamos inventar una “imposición” para dejarnos seducir por la militancia. ¿Por qué siempre la izquierda se coloca en el lugar de víctima? ¿Qué placer encontramos en emular la crucifixión de Jesucristo?

    En efecto, aunque la tradición cristiana ha sido rechazada por el ateísmo, muchas de sus metáforas se reproducen una y otra vez por este, a veces con más pasión. En el extremo retorcido está por supuesto el estalinismo, donde “la autocrítica” era una obligación, lo cual no era otra cosa sino el rito de “la confesión” disfrazado. El “pecado” de “los sentimientos carnales” fue sustituido por “las desviaciones pequeñoburguesas”, que en ambos casos deben producir “culpa”. Pero hay más.

    Estamos mal acostumbrados a representar el papel del sacrificio frente a un orden lleno de pecado, donde nuestras victorias sólo pueden ser morales. Esto no puede seguir. La superación de la catástrofe social en curso -producto de la depredación planetaria del capitalismo- tiene posibilidades mínimas de éxito. Esa es la verdad. Y tales posibilidades sólo pueden ser maximizadas si el renacimiento que la izquierda requiere pasa por el abandono radical de toda auto-flagelación.

    Hay dos grandes formas de discurso político: el del cambio y el del orden. El primero es el lugar tradicional de “la izquierda” y el otro el de “la derecha”. Por ello la izquierda siempre está contra la pared. No terminamos de entender que las sociedades están compuestas por “gente normal”, con legítimas aspiraciones de tener una vida feliz en familia, con un perro, navidades, etc. La derecha siempre capitaliza a su favor ese hecho para presentarnos como peligros a esas aspiraciones. Es hora de invertir la ecuación. Frente al caos presente, nosotros queremos la armonía. En lenguaje del barrio, México es un pinche desmadre que nosotros nos vamos a arreglar.

    El PRI ganó una compleja batalla política, pero como bien apuntaba Lenin, “el reconocimiento de un hecho o una tendencia como realmente existente de ningún modo implica que debe ser aceptado como una realidad que constituye una norma para nuestras acciones.” Al contrario, debemos mostrar que el regreso del PRI es un desorden que sólo continuará la arriesgada vida de las familias mexicanas, sobre todo las de las clases populares, que son la mayoría del país.

    En México, ¿no es acaso la Guerra contra el Narco un tremendo peligro para nuestras familias? ¿El esposo que tal vez no vuelva del trabajo? ¿La hija que puede ser la nueva “muerta de Juárez”? En el terreno económico, ¿no es acaso el orden económico vigente el gran obstáculo para que nuevas generaciones formen sus familias? ¿El hijo que no puede independizarse por el desempleo? ¿La madre que no puede jubilarse en paz porque debe usar su ingreso para mantener hasta a los nietos?

    Es justo este terreno el que debemos disputar y que hoy está ocupado por las fuerzas nefastas que radicalizó Calderón, justificando la Guerra al Narco bajo el eslogan: “para que la droga no llegue a tus hijos.” Mientras tanto, la izquierda sigue buscando en López Obrador lo que no existe, mientras se entretiene con una “imposición” que inventó aquél. Si aspiramos a que futuras protestas cuenten con la simpatía popular, debemos explicar qué es lo que queremos y recordar que esa herramienta es un medio, no el fin. Como sugiere Žižek por ahí en relación con el problema del Estado, y modificado un poco por mí para generalizar: “si usted no tiene una clara idea de con qué quiere reemplazar lo existente, no tiene derecho de salirse de lo existente.” Es horade  ponernos serios y de no tener miedo de postularnos al timón de mando. La cuestión comunista debe salir de nuestras bocas no como crítica al orden, sino como alternativa al desorden. Nos urge esa metamorfosis.

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