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    Problemas de la vida cotidiana: El amor y la asertividad

    Por Tomás E. Holguín M.

    Contenido:

    -        Las tres formas en que se expresa el amor.

    -        Las reglas de la asertividad.

                   El amor puede expresarse de tres formas, no solo de una. En primer lugar, podemos demostrar nuestro amor siendo agradables con las personas si ellas son agradables con nosotros y de este modo les demostramos gratitud. Ése es uno de los modos más comúnmente aceptado de demostrar que queremos a alguien. Hacemos cosas agradables a cambio.

                   Cuando alguna persona le haga algo inapropiado y usted crea que ella no sabe que eso está mal, hable con ella una vez y, quizá en una segunda ocasión. Razone con ella, perdónela una y otra vez como manifiesta la Biblia, y después compruebe si cambia cuando usted es paciente y comprensivo. Ésa es la segunda forma de demostrar amor, paciencia y comprensión. Pero generalmente no es recomendable hablar con las personas en mas de dos ocasiones sobre las frustraciones que le están originando.

                   Si sigue hablando sobre un problema y nunca hace ninguna otra cosa al respecto, entonces aprenden de usted que lo único que va a hacer es quejarse. Para ellos, eso es fácil de aguantar. ¿Por qué han de cambiar y superar el esfuerzo y la incomodidad que supone cambiar, si todo lo que han de hacer es prestar atención a sus quejas y a continuación seguir actuando tal como lo hacían hasta ese momento?

                   ¿Pero, por qué no cambia una persona después de haber hablado con ella? Porque es inmadura o tiene algún trastorno psicológico. Si habla con una persona y no cambia su conducta, entonces se debe a alguna de estas razones. Las personas maduras, que no padecen ningún trastorno, son capaces de escuchar, admitir que están equivocadas y están dispuestas a mostrar acuerdo cuando comprenden que se han estado portando indebidamente.

                   Ahora, supongamos que habar con ellas una o dos veces no sirve para nada. ¿Qué debería hacer entonces?

                   Entonces puede usar la tercera forma de amor, que es la firmeza o la insistencia. Así es como va. Si alguien le hace algo malo y comentarlo dos veces no ha servido para nada, haga algo que le enfade también. Pero debe ser hecho sin ira, sin culpabilidad, sin compasión ajena, sin miedo al rechazo, sin miedo al daño físico o sin temor al daño económico. Ya que nunca llegará a mostrarse asertiva si no controla estas seis condiciones que la derrotaran en todo momento.

                   Si trata de defender sus derechos con ira se va a mostrar agresiva. Si la persona con quien está tratando tiene la tendencia a enfurecerse, es probable que actúe contra usted con el mismo vigor que usted ha actuado contra ella. Ésa no es forma de lograr la cooperación. Es la mejor forma de dar comienzo a una guerra.

                   La segunda condición, la culpabilidad, probablemente paralizará sus propósitos de ser dura ante alguien porque se sentirá mal por lo que hace.

                   La tercera condición, la compasión ajena, también le llevará a retroceder en sus intentos porque su corazón se romperá por el compromiso en que va a poner a la otra persona. Imagine cómo puede sentirse una madre que niega a su hija la posibilidad de acudir a un baile porque haya sido desobediente. Entonces, cuando la joven se dirige a su habitación llorando y cabizbaja, la madre cede porque se siente mal por haber negado esa posibilidad a su hija.

                   La cuarta condición es el miedo al rechazo. Si tiene miedo de que alguien la rechace, y ese rechazo le produce dolor, probablemente no va a ser muy firme con dicha persona.

                   Los miedos a los daños físicos o económicos son de una categoría diferente. Éstas con consecuencias bastante realistas. Las cuatro anteriores no lo son. Recibir un grito, sentirse culpable, compadecer a otros o ser rechazado, por ejemplo, son inofensivos en principio. Pero las consecuencias físicas o económicas pueden causar un daño realmente grave. Aquí se recomienda retroceder y ceder hasta que las circunstancias cambien a mejor. Pero esto no se tendría que hacer si se está tratando con sentimientos de ira, culpabilidad, compasión ajena o rechazo.

                   Ahora, se ha descubierto que la mayoría de los adultos no aman a las personas a quienes pueden mover a su antojo. En vez de amarlas, las menosprecian porque son débiles. Esto crea sentimientos de asco o disgusto y no de amor. Por lo tanto, si quiere ser amado(a), en primer lugar haga que la otra persona le respete –y eso significa que ha de tener cierta dosis de miedo hacia usted.

                   Pero no ha de ser un gran miedo, un miedo suave, el tipo de miedo que experimentan cuando saben que no va a soportar sus injusticias y que usted responderá incomodándolos del mismo modo que hacen ellos. Ésa es la tercera forma de mostrar amor –con la firmeza que da origen al respeto. Y el modo en que va a conseguirlo satisface dos condiciones: una, necesita disponer del poder para hacer que alguien se sienta incómodo, y dos, necesita disponer del coraje para usar dicho poder.

                   Para un gran grupo de personas que acuden a terapia por presentar síntomas de depresión, ansiedad o ira excesiva,  y que son básicamente decentes, trabajadoras y responsables pero que acaban siendo desgraciadas a consecuencia de la excesiva auto-inculpación y por alimentar la conducta neurótica[*] e inconsiderada de otras personas, es importante enseñarles a defender sus propios derechos y a combatir y confrontar a las personas que siempre las han tratado indebidamente. Para hacerlo deberán aprender las siguientes tres reglas de asertividad:

    1. Si los otros hacen algo bueno para usted, haga algo igualmente bueno para ellos. (+ =+)
    2. Si los otros le hacen algo malo y no se han dado cuenta de que su comportamiento es negativo, razone con ellos, pero sólo en dos ocasiones diferentes. (- = + x2)
    3. Si los otros le hacen algo malo en una tercera ocasión y hablar con ellos en dos ocasiones no ha servido para nada, haga algo igualmente molesto para ellos, pero debe ser sin ira, culpabilidad, compasión ajena, miedo al rechazo, miedo al daño físico o miedo al perjuicio económico. (- = -).

    Estas pautas de asertividad se centran en el aspecto conductual de los procesos curativos de la depresión, la angustia, la ira excesiva u otros trastornos psicológicos. Para las personas no es suficiente hablar o pensar sobre sus problemas psicológicos, muchas veces habrá que hacer modificaciones conductuales y ambientales para poder lograr el tan deseado bienestar[†] físico y mental.

    Y no olviden que: si siempre haces lo que siempre hiciste, siempre recibirás lo que recibiste.

    En todo este proceso, para poder prescindir de la culpabilidad cuando ha llegado la hora de aplicar los cambios conductuales -la hora de ser asertivos; hay que tener en cuenta que el nivel de “lo razonable” será la pauta para saber si es ético lo que se hace.


    [*] Los neuróticos siempre quieren que las personas cambien su conducta de cierta forma para que ellos, los neuróticos, no se vean obligados a aguantar frustraciones. Les encanta convencernos de que somos los responsables de sus problemas y por lo tanto somos nosotros quienes nos debemos comportar de otro modo para que se sientan mejor. Hasta que nos neguemos a seguir con esa tontería, nunca aprenderán que son ellos mismos quienes se crean problemas y que les convendría resolver su propia conducta para evitar sus incomodidades.

    [†] El bienestar es un estado de ánimo, en el que se experimenta tranquilidad y paz interior, y que nos permite vivir gozando de emociones y sentimientos. Ser o estar en bienestar no es una meta, es una tarea que se desarrolla día a día. El bienestar no es un estado fijo, es mas bien, un proceso continuo en el que tenemos que trabajar con las características y habilidades que tenemos para mejorar.

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    Lenin y su mala imagen

    Por Cuauhtémoc Ruiz

    Vladimir Ilich Ulianov no goza en la actualidad de buena prensa. Luego de la caída del muro de Berlín, en 1989, se fue imponiendo en la opinión pública internacional el concepto de los socialdemócratas (“socialistas” en Europa, perredistas en México), en el sentido de que era un hombre autoritario, represor y violento. El brutal dictador de la Unión Soviética, José Stalin –dicen- ya estaba prefigurado en Lenin.

    El libro de Juan María Alponte que lleva el pretencioso título Lenin, vida y verdad[i], es ilustrativo de lo anterior y no da lugar a sorpresas. Ya en el primer párrafo dice:

    “El rebelde está con la base social mientras el revolucionario pretende resolverlo todo autoritariamente y para siempre, desde arriba, sin la base social y por eso fracasa.”

    Los grandes acontecimientos históricos que rodearon la vida y marcaron las decisiones del personaje, la invasión de una decena de ejércitos capitalistas para aplastar la naciente república de trabajadores, el fracaso de la revolución socialista en el resto de países europeos, el apabullante atraso económico, social y cultural de Rusia en 1918 son ignorados para dar paso a una explicación simplista: el problema de Lenin es que eligió ser un revolucionario.

    En esta caricatura no podía faltar la descalificación al modelo de partido que el ruso inventó. Alponte dice: “Lenin impone en 1907 en el V Congreso de la socialdemocracia rusa el criterio apasionadamente discutido del ‘centralismo democrático’ que históricamente sustituiría el debate con la base social y, por tanto, proporcionaría a la cúpula todos los poderes. Lenin no podía imaginar, aunque fuera concebible en aquellos momentos, lo que significaría su victoria: la creación de un partido monolítico, esto es, la barbarie.”

    La compleja y multifactorial explicación de un hecho histórico de enormes proporciones como es la burocratización de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y de los partidos comunistas, es sustituida por una (supuesta) mala idea que engendró la cabeza de una persona, el centralismo democrático.

    En esta biografía Lenin aparece como un exiliado que vive cómodamente y sin apremios económicos en las elegantes metrópolis europeas y que dedica buena parte de su tiempo a las intrigas políticas y a perrerías con su amante Inés Armand. En las más de 300 páginas de Lenin, vida y verdad jamás encontraremos una sola alusión al enorme trabajo científico y teórico –reunido en más de 50 volúmenes- que hace de Vladimir Ilich uno de los más geniales y prolíficos pensadores contemporáneos. Tampoco hay una sola página en la que se detenga a relatar la dedicación de Lenin a la formación de “cuadros”, es decir, de líderes socialistas, muchos de ellos provenientes de la clase obrera. No se explica por qué la estructura y la cúpula del partido bolchevique, en 1917, estaba formada por miles de obreros cultos y capacitados, y de una pléyade de personalidades que hablaban varias lenguas, escribían notablemente y destacaban en los más diversos campos intelectuales.

    La tergiversación de la historia

    Lo más revelador es el máximo reproche que este escritor socialdemócrata le hace a Vladimir Ilich. Dice Alponte:

    “Yo no dudo en afirmar que el más grave error de Lenin, error que tendría efectos paranoicos, fue exigir sin más ‘todo el poder a los soviets’, en vez de optar por el acuerdo con los socialdemócratas que, como Kerenski, buscaban una solución moderna y democrática para el país.” (pág. 28)

    Aquí el que aparece de cuerpo entero no es Lenin sino su crítico, tergiversador de la historia. Dice que Kerenski y los socialdemócratas buscaban el progreso de su país. La realidad es que en los meses de 1917, cuando uno y otros estuvieron en el poder en concordancia con la burguesía, se rehusaron a buscar la paz (Rusia guerreaba contra Alemania); a repartir la tierra a los campesinos (en manos de nobles y latifundistas); y a convocar una asamblea constituyente (Rusia no tenía Constitución, es decir, carecía del más elemental Estado de derecho). Una de las lecciones de la revolución rusa es que en circunstancias críticas la burguesía y sus políticos son un factor de regresión histórica. La única clase que mostró cualidades para ofrecer “una solución moderna y democrática” para su país fue la trabajadora, organizada en soviets. Lo que la burguesía europea dio a sus pueblos durante más de tres décadas fueron la primera guerra mundial (12 millones de muertos) y luego el fascismo y el nazismo, con sus 40 millones de cadáveres. Fue la URSS la principal fuerza que derrotó al Tercer Reich en la segunda guerra mundial. Gracias a que existía esa república obrera fundada por Lenin (y a pesar de la horrorosa dirección de Stalin en ella) la humanidad pudo contener y luego propinarle una derrota demoledora a los nazis.

    Lo que hace a la Revolución de octubre de 1917 singular, extraordinaria y de repercusiones universales fue precisamente que por primera vez en la vida de la humanidad la clase trabajadora, auto-organizada democráticamente en consejos y dirigida por un partido, tomó el poder en un país. En el cumplimiento de este sueño, es cierto, Lenin tuvo una intervención decidida y seguramente ello lo llenó de orgullo. Se cumplió así el vaticinio de Carlos Marx, y la URSS, aun a pesar de su posterior y repudiable burocratización y del stalinismo, se convirtió en la segunda potencia mundial y durante un largo periodo expandió considerablemente los derechos económicos y sociales de sus pueblos. El partido de Lenin fue el factor más consciente de ese espectacular salto en el desarrollo de la humanidad que estremeció a todo el planeta.



    [i] Juan María Alponte, Lenin, vida y verdad, México, Grijalbo, 2001, 332 págs.

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    Hoyos de la democracia

    Por Fong Fierro, Luis K’

    El taller de Silvia Conde, Christian Rojas y Dieter Miesgeld en Aguascalientes fue bueno. Cuando menos no nos defraudó su nombre: Análisis de las prácticas democráticas en la escuela. Algunos se fueron con la finta y quisieron ver en el ejercicio un catálogo de técnicas para disfrutar de la democracia y cuando no aparecieron, lo abandonaron. Pero los que nos quedamos pudimos discutir largo y tendido sobre cosas tan profundas como qué rayos es precisamente eso de la democracia.

    Negociamos desde el etimológico, ése del que tanto se ríe Mafalda, el del gobierno para el pueblo, por el pueblo y del pueblo, hasta el que les propusimos:

    Un sistema de valores que prefiere tomar decisiones colectivamente cuando lo que hay que resolver atañe al colectivo.[1]

    Por supuesto que no los convencí. Estos ejercicios son así. Cada quien dice su verdad, nadie da su brazo a torcer y frecuentemente salimos con nuestro concepto, abollado y todo, pero nuestro concepto…

    Así que pasamos al segundo punto: ¿qué le hace falta a la democracia mexicana?

    Una de las compañeras más claras del grupo propuso:

    –Le falta congruencia.

    –¿Con qué?

    –Entre lo que se pregona y lo que se hace.

    Yo, que ya le había leído a Pablo Latapí Sarre un artículo al respecto, consideré que ciertamente está extendida esta idea de que no importa qué se proponga o qué se haga, sino que correspondan una a la otra. Así, si alguien considera que la antropofagia es buena y, consecuentemente, se almuerza un niño del Infonavit cada viernes, pues entonces para los jóvenes de hoy está bien, porque –dicen– “vive conforme a lo que piensa, cree y desea”.

    Por otro lado, la aseveración de la maestra puede llevarnos a la conclusión de que ella considera que la democracia mexicana, la que proclaman sus voceros, intentan vivir sus hombres e instituciones y consagra la ley, es buena y completa, todo lo que hay que hacer es ajustar nuestro actuar a esa propuesta.

    Creo que sobra decir que ni con una ni con otra estoy de acuerdo: no creo que la simple congruencia le releve a uno de decidir por el bien, cualquiera que sea el criterio que tome para hacerlo, ni creo que la propuesta oficial mexicana de democracia se acerque siquiera a lo deseable.

    Desde mi punto de vista, en México vivimos uno de los modelos más acabados de democracia restrictiva, tal como la definió Helio González, precisamente al cerrar el ejercicio de talleres de que les estoy hablando.

    Así que a la pregunta de ¿qué le falta a la democracia mexicana? Yo contestaría haciendo un contraste entre lo que considero democracia y lo que vivimos en México, no entre la práctica y lo que dicen nuestros impuestos dirigentes que debe de ser.

    Claro que cuando quise hacerlo, no pude. El tirano de todos los talleres, el tiempo tan escaso, me lo impidió y me dejó con esa comezón que queda cuando uno no se desprende de una reflexión y que sólo hasta ahora me puedo rascar, porque en mis libros ni moderador siquiera tengo.

    Lo primero que se me ocurrió fue que en México nos hace falta tener la posibilidad de decidir, para comenzar a ser democráticos.

    En efecto, creer que porque podemos votar ya decidimos, es mínimamente un error de apreciación, cuando no una malintencionada maniobra para conformarnos. Porque lo que hacemos en México es indicar, no elegir.

    Para dejarlo claro, quiero poner un ejemplo: ¿quién elige en un restaurante? ¿el cheff o los clientes? Supongamos que alguien llega a un restaurante francés y pide, por ejemplo frijoles refritos o chiles poblanos rellenos de queso, lo más probable es que no haya, porque el dueño del establecimiento ha decidido que en su negocio se venda comida gala, no mexica ni maya. Es claro que en tal caso el cliente puede escoger otro restaurante donde comer, pero cada vez que opte por uno, habrá renunciado a su libertad de decidir por su cena o cuando menos por la amplitud de su rango de elección. Al decidir comida mexicana excluye toda la riqueza de la francesa, china, japonesa o griega.

    Pues bien, en México podemos indicar entre cinco o diez candidatos, dependiendo de que tan estrecha o ancha sea la manga de los gobiernos locales para registrar organizaciones políticas, pero si nuestra elección es por alguna persona que no propongan los monopolistas de la acción política, entonces estamos condenados a que nuestro voto se anule… con el agravante de que no hay manera alguna de cambiarse de restaurante, o lo que puede ser más grave, que los treinta y dos restaurantes posibles son casi exactamente iguales.

    Consecuentemente, quienes deciden cuáles van a ser las opciones que tengamos las y los ciudadanos mexicanos, no somos esos ciudadanos y ciudadanas, sino quienes controlan políticamente al país. Nosotras y nosotros, simplemente indicamos, como el cliente del restaurante.

    Además, si suponemos que esa elección restringida es ya una decisión, ésta no será sino una mediada, puesto que lo que elegimos son personas precisamente para que decidan por nosotras y nosotros. En otras palabras, que de haber tenido tiempo en el taller, hubiera dicho que lo que le falta a la democracia mexicana es ser más directa, pues la totalidad de las decisiones que afectan a la colectividad las toman nuestros representantes y son mínimos los espacios donde podemos ya no decidir, sino cuando menos opinar la gente común y corriente, la que no ha sido distinguida con un lugar en el congreso, los ministerios o las altas magistraturas.

    En nuestro país votar equivale más o menos a girar un cheque en blanco, para que quien lo reciba haga exactamente lo que le dé su real gana con él, no en una entrega bancaria, que ya sería un peligro, sino durante tres o seis años, según sea el caso del mandato que otorgamos.

    Dicho de otra manera, lo que nos faltan son plebiscitos, referéndum y consultas populares.

    Es cierto que estados que-van-a-la-vanguardia en esto del tránsito-hacia-la-democracia que le dicen, como el de Chihuahua, contemplan estas figuras. Pero iniciar el procedimiento es tan caro en esfuerzos, dineros y tiempos, que sólo quienes monopolizan la acción política pueden proponerse echarlos a andar. A veces ni eso, como lo demostró el partido conservador de Acción Nacional, cuando intentó hacer retroceder una ley electoral priísta que desde su perspectiva les perjudicaba. Juntar diez mil firmas, con el número del registro federal de electores, la autorización de los abuelos y certificado de ser mayor de doscientos treinta y seis años, sólo lo pueden hacer los mismos que imponen su criterio en todo, nunca sus disidentes.

    De las llamadas consultas ni hablo. Son ejercicios en que va uno, se pone sus mejores galas, dice sus mejores ideas, debate con otros, se echa enemigos, se luce o quema y finalmente ni lo fuman a uno. Como fue el caso del Congreso Local de Chihuahua, cuando inició una serie de foros para que los ciudadanos de segunda opináramos sobre la iniciativa de ley de educación.

    Yo mismo aporté un documento de once cuartillas y una exposición de media hora. Al final, la ley se calcó tal-cual de la federal, con algunos agregados que ya veíamos en aquella versión que contenía cuarenta y tantas faltas de ortografía involuntarias. De nuestras propuestas, ni una tilde, ni unos puntos suspensivos.

    Le falta también tolerancia. Aunque México es una sociedad plural, por ser la confluencia de infinidad de culturas, tarde o temprano, en chico o en grande, se conforman mayorías religiosas, culturales, políticas, raciales, etcétera cuya primera acción es intentar desaparecer o acallar a las minorías que no se doblegan. Si no, que lo digan los testigos de Jehová o los ateos, por ejemplo, en esto de la relación con dios o su inexistencia.

    El sistema electoral, por su parte, castiga muy severamente el pecado de ser minoría. Nadie puede registrar un partido si no junta un número exorbitante de anuencias firmadas, documentadas y notariadas. Si por alguna circunstancia extraña logra colarse, entonces tiene que refrendar un mínimo de simpatizantes, de lo contrario, es expulsado ignominiosamente del selecto club de quienes tienen el monopolio político electoral. Y para que la cosa pueda continuar así durante bastante tiempo, la ley protege a los mayoritarios, dándoles más prerrogativas a quienes más votos obtienen, como en una especie de acción afirmativa, pero invertida.

    Hablando de eso, a la democracia mexicana también le faltan acciones afirmativas.

    En una de esas que me quedé sin fuente de ingresos, intenté hacerle al periodista. Me fui de entrevistador. La pregunta clave era: para usted, dirigente de partido registrado o candidato a diputado, qué cosa es la democracia, eso por lo que dice pelear con tanta enjundia. Por descontado damos que la claridad en las ideas de los dirigentes y aspirantes a la representación popular no brillaba precisamente. Por lo que tuve que desagregar la pregunta en otras muchas que investigaran sobre aspectos de esta forma de tomar decisiones.

    Una de ellas era ¿por qué en su partido casi no hay dirigentas ni candidatas? Uno me dijo que en su instituto había completa libertad para las mujeres de aspirar a esos puestos. Es más que por parte de su dirección sería lo deseable, que las mujeres llegaran al ochenta, al noventa e incluso al cien por ciento. Que si no llegaban no era cosa del partido, sino de sus militantes féminas que seguramente no habían alcanzado el grado de preparación de los militantes hombres.

    Otro me presumió que en su partido había la garantía de que la composición de las planillas de diputados fuera del treinta/setenta para cualquiera de los dos géneros –seguramente previniendo que no fuera a regresar el matriarcado–, además de un sistema complicado para repartir plurinominales en las que se garantizaba que no quedaran puras ellas o puros ellos.

    El tercero me presumió que eran los únicos que habían tenido dos gobernadoras, no se cuántas senadoras e innumerables diputadas, además de alcaldesas, diputadas suplentes, senadoras suplentes y hasta ministras de esto y de aquello. Aunque eso sí, se oponían terminantemente a las cuotas de representación, porque mire –me previno–, si les damos a ellas el cincuenta, luego van a venir los discapacitados exigiendo su treinta, los ancianos su diez y hasta los homosexuales por su cinco, ¿qué nos va a quedar a los normales?

    Pero los tres, como buenos políticos que demostraron ser, no contestaron directamente la pregunta, ¿por qué tan pocas?

    El día de las elecciones, ¿quién representa al PAN en casi todas las casillas? Ellas. Cuando creen que hay fraude en su contra, ¿quién reparte volantes, marcha por las calles, hace resistencia civil pacífica, llama a las emisoras de radio, firma cartas a los diarios y se rasga las vestiduras? Ellas. Pero ¿quienes son los candidatos y dirigentes? Ellos.

    Cuando es necesario demostrar que el partido oficial todavía representa a las clases populares que hicieron la revolución y nos dieron democracia y justicia social, ¿quiénes asisten a las manifestaciones, tomas de edificios, defensa de los alcaldes o funcionarios impugnados? Ellas. ¿Quiénes están siempre en las listas de los congresos? Ellos.

    En los de izquierda no cambia nada. El PT, por ejemplo, rifa y controla en infinidad de movimientos urbanos populares. Su base, como es de esperarse es mayoritariamente femenina, pues ella siempre es la preocupada por la casa y sus servicios, pero a la hora de elegir, siempre, siempre, indefectiblemente los escoge a ellos.

    ¿Quién llena las iglesias? Ellas. Y ahí no sólo no son electas o designadas, sino que está expresamente prohibido que las mujeres accedan a las jerarquías religiosas.

    Volvamos a la respuesta de uno de los partidos conservadores:

    “Porque ellas no tienen la misma preparación que ellos…”

    Pero ¿cómo la van a tener?, si según los usos, costumbres y creencias que ellos pregonan como la moral insuperable, ella tiene que ser preparada para el matrimonio y él para mantener la casa.

    Con una idea así, es lógico que desde la casa los padres y las madres digan: “para él todo el estudio que quiera, para que pueda defenderse en la vida, no sólo a él mismo, sino a su familia. Para ella, ahí lo que vayamos pudiendo, al fin va a terminar por casarse y para lavar, cocinar y cuidar chavalos no se necesita universidad. Una carrera fácil, una corta, una barata”. Luego llegan al partido, evidentemente con suma desventaja.

    No, no, no nos referíamos a la preparación académica –podrían decirme–, sino a la política. Parece ser que el hombre es más propenso a la participación y preparación política que la mujer…

    ¡Claro! Si para uno la política representa un complemento, una oportunidad de terminar de realizarse, una alternativa de salir de este maldito empleo en el que ni le reconocen lo que uno se esfuerza y hace. Mientras que para la otra significa una carga más, una actividad extra, cansada y dolorosa, de segunda, de infantería que para realizarla hay que robarle tiempo a los hijos y al marido, tiranos a los que hay que servir se sea política o no. Lo natural, lo lógico, lo normal es que ellos se encanten con la política y ellas sólo vayan como compromiso.

    Compañeras, amigas, conocidas, infinidad de mujeres que hemos logrado entusiasmar con la idea de participar, han terminado por decir. Pues sí, me interesa, me gusta, pero ¿dónde dejo los niños?

    A lo mejor no hace falta acción afirmativa… pero lo que si hace falta son guarderías. Mi sueño incluye una ley electoral que diga: no tiene derecho a deliberar una reunión política que no tenga anexa una guardería que la cuide un profesional o un encargado por la asamblea que discute.

    De los niños, la gente con alguna discapacidad y ancianos podemos decir lo mismo exactamente. Las acciones afirmativas para nosotros se reducen a los estacionamientos que, por cierto, frecuentemente los encontramos ocupados por gente que no tiene derecho a ellos.

    Los romanos, quienes por mucho tiempo disfrutaron de la república, sabían que una manera de derrotar a los demás era dividiendo las fuerzas enemigas, hasta un dicho acuñaron que luego se convirtió en sentencia inapelable: divide y vencerás. Bueno pues nuestro PRI perfeccionó el consejo.

    Para él no sólo hay que dividir a sus opositores, sino impedir a toda costa que se unan, reúnan, alíen, coalicionen o hagan otro tipo de contubernio en su contra. La ley, cuando no prohibe las alianzas, hace pagar muy cara la osadía de seguir las consejas de la resistencia: proletarios de todos los países, uníos; unidos venceremos; la unión hace la fuerza; etcétera.

    Porque si lo haces, pierdes el registro, pierdes prerrogativas, pierdes representantes en los órganos o pierdes cualquier otra cosa que en esto de la democracia electoral suele ser tan importante.

    Garantía, pues, de que nada sucederá si se decide por unirse en sagrado matrimonio político o simplemente en un amasiato convenenciero, es otra de las cosas que le faltan a nuestra democracia.



    [1] Reflexiones posteriores nos hicieron precisar nuestra definición: Sistema de valores que prefiere que las decisiones que afectan a la colectividad las tome el mayor número posible de miembros de esa colectividad, mientras que las que son del ámbito individual las tome sólo el individuo. El primer matiz es un reconocimiento a que no siempre es posible que todos decidamos todos y el segundo, es que la democracia debe garantizar la tolerancia, el derecho a ser diferente y el respeto que debe la colectividad a las decisiones que en lo privado tome cada quien, evitando así el escollo del corporativismo, entre otros vicios de consecuencias tremendas que la historia reciente se ha encargado de desacreditar.

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