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    Lenin y su mala imagen

    Por Cuauhtémoc Ruiz

    Vladimir Ilich Ulianov no goza en la actualidad de buena prensa. Luego de la caída del muro de Berlín, en 1989, se fue imponiendo en la opinión pública internacional el concepto de los socialdemócratas (“socialistas” en Europa, perredistas en México), en el sentido de que era un hombre autoritario, represor y violento. El brutal dictador de la Unión Soviética, José Stalin –dicen- ya estaba prefigurado en Lenin.

    El libro de Juan María Alponte que lleva el pretencioso título Lenin, vida y verdad[i], es ilustrativo de lo anterior y no da lugar a sorpresas. Ya en el primer párrafo dice:

    “El rebelde está con la base social mientras el revolucionario pretende resolverlo todo autoritariamente y para siempre, desde arriba, sin la base social y por eso fracasa.”

    Los grandes acontecimientos históricos que rodearon la vida y marcaron las decisiones del personaje, la invasión de una decena de ejércitos capitalistas para aplastar la naciente república de trabajadores, el fracaso de la revolución socialista en el resto de países europeos, el apabullante atraso económico, social y cultural de Rusia en 1918 son ignorados para dar paso a una explicación simplista: el problema de Lenin es que eligió ser un revolucionario.

    En esta caricatura no podía faltar la descalificación al modelo de partido que el ruso inventó. Alponte dice: “Lenin impone en 1907 en el V Congreso de la socialdemocracia rusa el criterio apasionadamente discutido del ‘centralismo democrático’ que históricamente sustituiría el debate con la base social y, por tanto, proporcionaría a la cúpula todos los poderes. Lenin no podía imaginar, aunque fuera concebible en aquellos momentos, lo que significaría su victoria: la creación de un partido monolítico, esto es, la barbarie.”

    La compleja y multifactorial explicación de un hecho histórico de enormes proporciones como es la burocratización de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y de los partidos comunistas, es sustituida por una (supuesta) mala idea que engendró la cabeza de una persona, el centralismo democrático.

    En esta biografía Lenin aparece como un exiliado que vive cómodamente y sin apremios económicos en las elegantes metrópolis europeas y que dedica buena parte de su tiempo a las intrigas políticas y a perrerías con su amante Inés Armand. En las más de 300 páginas de Lenin, vida y verdad jamás encontraremos una sola alusión al enorme trabajo científico y teórico –reunido en más de 50 volúmenes- que hace de Vladimir Ilich uno de los más geniales y prolíficos pensadores contemporáneos. Tampoco hay una sola página en la que se detenga a relatar la dedicación de Lenin a la formación de “cuadros”, es decir, de líderes socialistas, muchos de ellos provenientes de la clase obrera. No se explica por qué la estructura y la cúpula del partido bolchevique, en 1917, estaba formada por miles de obreros cultos y capacitados, y de una pléyade de personalidades que hablaban varias lenguas, escribían notablemente y destacaban en los más diversos campos intelectuales.

    La tergiversación de la historia

    Lo más revelador es el máximo reproche que este escritor socialdemócrata le hace a Vladimir Ilich. Dice Alponte:

    “Yo no dudo en afirmar que el más grave error de Lenin, error que tendría efectos paranoicos, fue exigir sin más ‘todo el poder a los soviets’, en vez de optar por el acuerdo con los socialdemócratas que, como Kerenski, buscaban una solución moderna y democrática para el país.” (pág. 28)

    Aquí el que aparece de cuerpo entero no es Lenin sino su crítico, tergiversador de la historia. Dice que Kerenski y los socialdemócratas buscaban el progreso de su país. La realidad es que en los meses de 1917, cuando uno y otros estuvieron en el poder en concordancia con la burguesía, se rehusaron a buscar la paz (Rusia guerreaba contra Alemania); a repartir la tierra a los campesinos (en manos de nobles y latifundistas); y a convocar una asamblea constituyente (Rusia no tenía Constitución, es decir, carecía del más elemental Estado de derecho). Una de las lecciones de la revolución rusa es que en circunstancias críticas la burguesía y sus políticos son un factor de regresión histórica. La única clase que mostró cualidades para ofrecer “una solución moderna y democrática” para su país fue la trabajadora, organizada en soviets. Lo que la burguesía europea dio a sus pueblos durante más de tres décadas fueron la primera guerra mundial (12 millones de muertos) y luego el fascismo y el nazismo, con sus 40 millones de cadáveres. Fue la URSS la principal fuerza que derrotó al Tercer Reich en la segunda guerra mundial. Gracias a que existía esa república obrera fundada por Lenin (y a pesar de la horrorosa dirección de Stalin en ella) la humanidad pudo contener y luego propinarle una derrota demoledora a los nazis.

    Lo que hace a la Revolución de octubre de 1917 singular, extraordinaria y de repercusiones universales fue precisamente que por primera vez en la vida de la humanidad la clase trabajadora, auto-organizada democráticamente en consejos y dirigida por un partido, tomó el poder en un país. En el cumplimiento de este sueño, es cierto, Lenin tuvo una intervención decidida y seguramente ello lo llenó de orgullo. Se cumplió así el vaticinio de Carlos Marx, y la URSS, aun a pesar de su posterior y repudiable burocratización y del stalinismo, se convirtió en la segunda potencia mundial y durante un largo periodo expandió considerablemente los derechos económicos y sociales de sus pueblos. El partido de Lenin fue el factor más consciente de ese espectacular salto en el desarrollo de la humanidad que estremeció a todo el planeta.



    [i] Juan María Alponte, Lenin, vida y verdad, México, Grijalbo, 2001, 332 págs.

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    Hoyos de la democracia

    Por Fong Fierro, Luis K’

    El taller de Silvia Conde, Christian Rojas y Dieter Miesgeld en Aguascalientes fue bueno. Cuando menos no nos defraudó su nombre: Análisis de las prácticas democráticas en la escuela. Algunos se fueron con la finta y quisieron ver en el ejercicio un catálogo de técnicas para disfrutar de la democracia y cuando no aparecieron, lo abandonaron. Pero los que nos quedamos pudimos discutir largo y tendido sobre cosas tan profundas como qué rayos es precisamente eso de la democracia.

    Negociamos desde el etimológico, ése del que tanto se ríe Mafalda, el del gobierno para el pueblo, por el pueblo y del pueblo, hasta el que les propusimos:

    Un sistema de valores que prefiere tomar decisiones colectivamente cuando lo que hay que resolver atañe al colectivo.[1]

    Por supuesto que no los convencí. Estos ejercicios son así. Cada quien dice su verdad, nadie da su brazo a torcer y frecuentemente salimos con nuestro concepto, abollado y todo, pero nuestro concepto…

    Así que pasamos al segundo punto: ¿qué le hace falta a la democracia mexicana?

    Una de las compañeras más claras del grupo propuso:

    –Le falta congruencia.

    –¿Con qué?

    –Entre lo que se pregona y lo que se hace.

    Yo, que ya le había leído a Pablo Latapí Sarre un artículo al respecto, consideré que ciertamente está extendida esta idea de que no importa qué se proponga o qué se haga, sino que correspondan una a la otra. Así, si alguien considera que la antropofagia es buena y, consecuentemente, se almuerza un niño del Infonavit cada viernes, pues entonces para los jóvenes de hoy está bien, porque –dicen– “vive conforme a lo que piensa, cree y desea”.

    Por otro lado, la aseveración de la maestra puede llevarnos a la conclusión de que ella considera que la democracia mexicana, la que proclaman sus voceros, intentan vivir sus hombres e instituciones y consagra la ley, es buena y completa, todo lo que hay que hacer es ajustar nuestro actuar a esa propuesta.

    Creo que sobra decir que ni con una ni con otra estoy de acuerdo: no creo que la simple congruencia le releve a uno de decidir por el bien, cualquiera que sea el criterio que tome para hacerlo, ni creo que la propuesta oficial mexicana de democracia se acerque siquiera a lo deseable.

    Desde mi punto de vista, en México vivimos uno de los modelos más acabados de democracia restrictiva, tal como la definió Helio González, precisamente al cerrar el ejercicio de talleres de que les estoy hablando.

    Así que a la pregunta de ¿qué le falta a la democracia mexicana? Yo contestaría haciendo un contraste entre lo que considero democracia y lo que vivimos en México, no entre la práctica y lo que dicen nuestros impuestos dirigentes que debe de ser.

    Claro que cuando quise hacerlo, no pude. El tirano de todos los talleres, el tiempo tan escaso, me lo impidió y me dejó con esa comezón que queda cuando uno no se desprende de una reflexión y que sólo hasta ahora me puedo rascar, porque en mis libros ni moderador siquiera tengo.

    Lo primero que se me ocurrió fue que en México nos hace falta tener la posibilidad de decidir, para comenzar a ser democráticos.

    En efecto, creer que porque podemos votar ya decidimos, es mínimamente un error de apreciación, cuando no una malintencionada maniobra para conformarnos. Porque lo que hacemos en México es indicar, no elegir.

    Para dejarlo claro, quiero poner un ejemplo: ¿quién elige en un restaurante? ¿el cheff o los clientes? Supongamos que alguien llega a un restaurante francés y pide, por ejemplo frijoles refritos o chiles poblanos rellenos de queso, lo más probable es que no haya, porque el dueño del establecimiento ha decidido que en su negocio se venda comida gala, no mexica ni maya. Es claro que en tal caso el cliente puede escoger otro restaurante donde comer, pero cada vez que opte por uno, habrá renunciado a su libertad de decidir por su cena o cuando menos por la amplitud de su rango de elección. Al decidir comida mexicana excluye toda la riqueza de la francesa, china, japonesa o griega.

    Pues bien, en México podemos indicar entre cinco o diez candidatos, dependiendo de que tan estrecha o ancha sea la manga de los gobiernos locales para registrar organizaciones políticas, pero si nuestra elección es por alguna persona que no propongan los monopolistas de la acción política, entonces estamos condenados a que nuestro voto se anule… con el agravante de que no hay manera alguna de cambiarse de restaurante, o lo que puede ser más grave, que los treinta y dos restaurantes posibles son casi exactamente iguales.

    Consecuentemente, quienes deciden cuáles van a ser las opciones que tengamos las y los ciudadanos mexicanos, no somos esos ciudadanos y ciudadanas, sino quienes controlan políticamente al país. Nosotras y nosotros, simplemente indicamos, como el cliente del restaurante.

    Además, si suponemos que esa elección restringida es ya una decisión, ésta no será sino una mediada, puesto que lo que elegimos son personas precisamente para que decidan por nosotras y nosotros. En otras palabras, que de haber tenido tiempo en el taller, hubiera dicho que lo que le falta a la democracia mexicana es ser más directa, pues la totalidad de las decisiones que afectan a la colectividad las toman nuestros representantes y son mínimos los espacios donde podemos ya no decidir, sino cuando menos opinar la gente común y corriente, la que no ha sido distinguida con un lugar en el congreso, los ministerios o las altas magistraturas.

    En nuestro país votar equivale más o menos a girar un cheque en blanco, para que quien lo reciba haga exactamente lo que le dé su real gana con él, no en una entrega bancaria, que ya sería un peligro, sino durante tres o seis años, según sea el caso del mandato que otorgamos.

    Dicho de otra manera, lo que nos faltan son plebiscitos, referéndum y consultas populares.

    Es cierto que estados que-van-a-la-vanguardia en esto del tránsito-hacia-la-democracia que le dicen, como el de Chihuahua, contemplan estas figuras. Pero iniciar el procedimiento es tan caro en esfuerzos, dineros y tiempos, que sólo quienes monopolizan la acción política pueden proponerse echarlos a andar. A veces ni eso, como lo demostró el partido conservador de Acción Nacional, cuando intentó hacer retroceder una ley electoral priísta que desde su perspectiva les perjudicaba. Juntar diez mil firmas, con el número del registro federal de electores, la autorización de los abuelos y certificado de ser mayor de doscientos treinta y seis años, sólo lo pueden hacer los mismos que imponen su criterio en todo, nunca sus disidentes.

    De las llamadas consultas ni hablo. Son ejercicios en que va uno, se pone sus mejores galas, dice sus mejores ideas, debate con otros, se echa enemigos, se luce o quema y finalmente ni lo fuman a uno. Como fue el caso del Congreso Local de Chihuahua, cuando inició una serie de foros para que los ciudadanos de segunda opináramos sobre la iniciativa de ley de educación.

    Yo mismo aporté un documento de once cuartillas y una exposición de media hora. Al final, la ley se calcó tal-cual de la federal, con algunos agregados que ya veíamos en aquella versión que contenía cuarenta y tantas faltas de ortografía involuntarias. De nuestras propuestas, ni una tilde, ni unos puntos suspensivos.

    Le falta también tolerancia. Aunque México es una sociedad plural, por ser la confluencia de infinidad de culturas, tarde o temprano, en chico o en grande, se conforman mayorías religiosas, culturales, políticas, raciales, etcétera cuya primera acción es intentar desaparecer o acallar a las minorías que no se doblegan. Si no, que lo digan los testigos de Jehová o los ateos, por ejemplo, en esto de la relación con dios o su inexistencia.

    El sistema electoral, por su parte, castiga muy severamente el pecado de ser minoría. Nadie puede registrar un partido si no junta un número exorbitante de anuencias firmadas, documentadas y notariadas. Si por alguna circunstancia extraña logra colarse, entonces tiene que refrendar un mínimo de simpatizantes, de lo contrario, es expulsado ignominiosamente del selecto club de quienes tienen el monopolio político electoral. Y para que la cosa pueda continuar así durante bastante tiempo, la ley protege a los mayoritarios, dándoles más prerrogativas a quienes más votos obtienen, como en una especie de acción afirmativa, pero invertida.

    Hablando de eso, a la democracia mexicana también le faltan acciones afirmativas.

    En una de esas que me quedé sin fuente de ingresos, intenté hacerle al periodista. Me fui de entrevistador. La pregunta clave era: para usted, dirigente de partido registrado o candidato a diputado, qué cosa es la democracia, eso por lo que dice pelear con tanta enjundia. Por descontado damos que la claridad en las ideas de los dirigentes y aspirantes a la representación popular no brillaba precisamente. Por lo que tuve que desagregar la pregunta en otras muchas que investigaran sobre aspectos de esta forma de tomar decisiones.

    Una de ellas era ¿por qué en su partido casi no hay dirigentas ni candidatas? Uno me dijo que en su instituto había completa libertad para las mujeres de aspirar a esos puestos. Es más que por parte de su dirección sería lo deseable, que las mujeres llegaran al ochenta, al noventa e incluso al cien por ciento. Que si no llegaban no era cosa del partido, sino de sus militantes féminas que seguramente no habían alcanzado el grado de preparación de los militantes hombres.

    Otro me presumió que en su partido había la garantía de que la composición de las planillas de diputados fuera del treinta/setenta para cualquiera de los dos géneros –seguramente previniendo que no fuera a regresar el matriarcado–, además de un sistema complicado para repartir plurinominales en las que se garantizaba que no quedaran puras ellas o puros ellos.

    El tercero me presumió que eran los únicos que habían tenido dos gobernadoras, no se cuántas senadoras e innumerables diputadas, además de alcaldesas, diputadas suplentes, senadoras suplentes y hasta ministras de esto y de aquello. Aunque eso sí, se oponían terminantemente a las cuotas de representación, porque mire –me previno–, si les damos a ellas el cincuenta, luego van a venir los discapacitados exigiendo su treinta, los ancianos su diez y hasta los homosexuales por su cinco, ¿qué nos va a quedar a los normales?

    Pero los tres, como buenos políticos que demostraron ser, no contestaron directamente la pregunta, ¿por qué tan pocas?

    El día de las elecciones, ¿quién representa al PAN en casi todas las casillas? Ellas. Cuando creen que hay fraude en su contra, ¿quién reparte volantes, marcha por las calles, hace resistencia civil pacífica, llama a las emisoras de radio, firma cartas a los diarios y se rasga las vestiduras? Ellas. Pero ¿quienes son los candidatos y dirigentes? Ellos.

    Cuando es necesario demostrar que el partido oficial todavía representa a las clases populares que hicieron la revolución y nos dieron democracia y justicia social, ¿quiénes asisten a las manifestaciones, tomas de edificios, defensa de los alcaldes o funcionarios impugnados? Ellas. ¿Quiénes están siempre en las listas de los congresos? Ellos.

    En los de izquierda no cambia nada. El PT, por ejemplo, rifa y controla en infinidad de movimientos urbanos populares. Su base, como es de esperarse es mayoritariamente femenina, pues ella siempre es la preocupada por la casa y sus servicios, pero a la hora de elegir, siempre, siempre, indefectiblemente los escoge a ellos.

    ¿Quién llena las iglesias? Ellas. Y ahí no sólo no son electas o designadas, sino que está expresamente prohibido que las mujeres accedan a las jerarquías religiosas.

    Volvamos a la respuesta de uno de los partidos conservadores:

    “Porque ellas no tienen la misma preparación que ellos…”

    Pero ¿cómo la van a tener?, si según los usos, costumbres y creencias que ellos pregonan como la moral insuperable, ella tiene que ser preparada para el matrimonio y él para mantener la casa.

    Con una idea así, es lógico que desde la casa los padres y las madres digan: “para él todo el estudio que quiera, para que pueda defenderse en la vida, no sólo a él mismo, sino a su familia. Para ella, ahí lo que vayamos pudiendo, al fin va a terminar por casarse y para lavar, cocinar y cuidar chavalos no se necesita universidad. Una carrera fácil, una corta, una barata”. Luego llegan al partido, evidentemente con suma desventaja.

    No, no, no nos referíamos a la preparación académica –podrían decirme–, sino a la política. Parece ser que el hombre es más propenso a la participación y preparación política que la mujer…

    ¡Claro! Si para uno la política representa un complemento, una oportunidad de terminar de realizarse, una alternativa de salir de este maldito empleo en el que ni le reconocen lo que uno se esfuerza y hace. Mientras que para la otra significa una carga más, una actividad extra, cansada y dolorosa, de segunda, de infantería que para realizarla hay que robarle tiempo a los hijos y al marido, tiranos a los que hay que servir se sea política o no. Lo natural, lo lógico, lo normal es que ellos se encanten con la política y ellas sólo vayan como compromiso.

    Compañeras, amigas, conocidas, infinidad de mujeres que hemos logrado entusiasmar con la idea de participar, han terminado por decir. Pues sí, me interesa, me gusta, pero ¿dónde dejo los niños?

    A lo mejor no hace falta acción afirmativa… pero lo que si hace falta son guarderías. Mi sueño incluye una ley electoral que diga: no tiene derecho a deliberar una reunión política que no tenga anexa una guardería que la cuide un profesional o un encargado por la asamblea que discute.

    De los niños, la gente con alguna discapacidad y ancianos podemos decir lo mismo exactamente. Las acciones afirmativas para nosotros se reducen a los estacionamientos que, por cierto, frecuentemente los encontramos ocupados por gente que no tiene derecho a ellos.

    Los romanos, quienes por mucho tiempo disfrutaron de la república, sabían que una manera de derrotar a los demás era dividiendo las fuerzas enemigas, hasta un dicho acuñaron que luego se convirtió en sentencia inapelable: divide y vencerás. Bueno pues nuestro PRI perfeccionó el consejo.

    Para él no sólo hay que dividir a sus opositores, sino impedir a toda costa que se unan, reúnan, alíen, coalicionen o hagan otro tipo de contubernio en su contra. La ley, cuando no prohibe las alianzas, hace pagar muy cara la osadía de seguir las consejas de la resistencia: proletarios de todos los países, uníos; unidos venceremos; la unión hace la fuerza; etcétera.

    Porque si lo haces, pierdes el registro, pierdes prerrogativas, pierdes representantes en los órganos o pierdes cualquier otra cosa que en esto de la democracia electoral suele ser tan importante.

    Garantía, pues, de que nada sucederá si se decide por unirse en sagrado matrimonio político o simplemente en un amasiato convenenciero, es otra de las cosas que le faltan a nuestra democracia.



    [1] Reflexiones posteriores nos hicieron precisar nuestra definición: Sistema de valores que prefiere que las decisiones que afectan a la colectividad las tome el mayor número posible de miembros de esa colectividad, mientras que las que son del ámbito individual las tome sólo el individuo. El primer matiz es un reconocimiento a que no siempre es posible que todos decidamos todos y el segundo, es que la democracia debe garantizar la tolerancia, el derecho a ser diferente y el respeto que debe la colectividad a las decisiones que en lo privado tome cada quien, evitando así el escollo del corporativismo, entre otros vicios de consecuencias tremendas que la historia reciente se ha encargado de desacreditar.

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    ¿Por qué socialismo?

    Por Albert Einstein

    ¿Debe quién no es un experto en cuestiones económicas y sociales opinar sobre el socialismo? Por una serie de razones creo que si.

    Permítasenos primero considerar la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico. Puede parecer que no hay diferencias metodológicas esenciales entre la astronomía y la economía: los científicos en ambos campos procuran descubrir leyes de aceptabilidad general para un grupo circunscrito de fenómenos para hacer la interconexión de estos fenómenos tan claramente comprensible como sea posible. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía es difícil por que la observación de fenómenos económicos es afectada a menudo por muchos factores que son difícilmente evaluables por separado. Además, la experiencia que se ha acumulado desde el principio del llamado período civilizado de la historia humana –como es bien sabido– ha sido influida y limitada en gran parte por causas que no son de ninguna manera exclusivamente económicas en su origen. Por ejemplo, la mayoría de los grandes estados de la historia debieron su existencia a la conquista. Los pueblos conquistadores se establecieron, legal y económicamente, como la clase privilegiada del país conquistado. Se aseguraron para sí mismos el monopolio de la propiedad de la tierra y designaron un sacerdocio de entre sus propias filas. Los sacerdotes, con el control de la educación, hicieron de la división de la sociedad en clases una institución permanente y crearon un sistema de valores por el cual la gente estaba a partir de entonces, en gran medida de forma inconsciente, dirigida en su comportamiento social.

    Pero la tradición histórica es, como se dice, de ayer; en ninguna parte hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó “la fase depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa fase e incluso las leyes que podemos derivar de ellos no son aplicables a otras fases. Puesto que el verdadero propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase depredadora del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

    En segundo lugar, el socialismo está guiado hacia un fin ético-social. La ciencia, sin embargo, no puede establecer fines e, incluso menos, inculcarlos en los seres humanos; la ciencia puede proveer los medios con los que lograr ciertos fines. Pero los fines por si mismos son concebidos por personas con altos ideales éticos y –si estos fines no son endebles, sino vitales y vigorosos– son adoptados y llevados adelante por muchos seres humanos quienes, de forma semi-inconsciente, determinan la evolución lenta de la sociedad.

    Por estas razones, no debemos sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando se trata de problemas humanos; y no debemos asumir que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse en las cuestiones que afectan a la organización de la sociedad. Muchas voces han afirmado desde hace tiempo que la sociedad humana está pasando por una crisis, que su estabilidad ha sido gravemente dañada. Es característico de tal situación que los individuos se sienten indiferentes o incluso hostiles hacia el grupo, pequeño o grande, al que pertenecen. Como ilustración, déjenme recordar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien dispuesto la amenaza de otra guerra, que en mi opinión pondría en peligro seriamente la existencia de la humanidad, y subrayé que solamente una organización supranacional ofrecería protección frente a ese peligro. Frente a eso mi visitante, muy calmado y tranquilo, me dijo: “¿porqué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?”

    Estoy seguro que hace tan sólo un siglo nadie habría hecho tan ligeramente una declaración de esta clase. Es la declaración de un hombre que se ha esforzado inútilmente en lograr un equilibrio interior y que tiene más o menos perdida la esperanza de conseguirlo. Es la expresión de la soledad dolorosa y del aislamiento que mucha gente está sufriendo en la actualidad. ¿Cuál es la causa? ¿Hay una salida?

    Es fácil plantear estas preguntas, pero difícil contestarlas con seguridad. Debo intentarlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son a menudo contradictorios y obscuros y que no pueden expresarse en fórmulas fáciles y simples.

    El hombre es, a la vez, un ser solitario y un ser social. Como ser solitario, procura proteger su propia existencia y la de los que estén más cercanos a él, para satisfacer sus deseos personales, y para desarrollar sus capacidades naturales. Como ser social, intenta ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, para compartir sus placeres, para confortarlos en sus dolores, y para mejorar sus condiciones de vida. Solamente la existencia de éstos diferentes, y frecuentemente contradictorios objetivos por el carácter especial del hombre, y su combinación específica determina el grado con el cual un individuo puede alcanzar un equilibrio interno y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es muy posible que la fuerza relativa de estas dos pulsiones esté, en lo fundamental, fijada hereditariamente. Pero la personalidad que finalmente emerge está determinada en gran parte por el ambiente en el cual un hombre se encuentra durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad, y por su valoración de los tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con todas las personas de generaciones anteriores. El individuo puede pensar, sentirse, esforzarse, y trabajar por si mismo; pero él depende tanto de la sociedad -en su existencia física, intelectual, y emocional- que es imposible concebirlo, o entenderlo, fuera del marco de la sociedad. Es la “sociedad” la que provee al hombre de alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento, y la mayoría del contenido de su pensamiento; su vida es posible por el trabajo y las realizaciones de los muchos millones en el pasado y en el presente que se ocultan detrás de la pequeña palabra “sociedad”.

    Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho que no puede ser suprimido — exactamente como en el caso de las hormigas y de las abejas. Sin embargo, mientras que la vida de las hormigas y de las abejas está fijada con rigidez en el más pequeño detalle, los instintos hereditarios, el patrón social y las correlaciones de los seres humanos son muy susceptibles de cambio. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones, el regalo de la comunicación oral ha hecho posible progresos entre los seres humanos que son dictados por necesidades biológicas. Tales progresos se manifiestan en tradiciones, instituciones, y organizaciones; en la literatura; en las realizaciones científicas e ingenieriles; en las obras de arte. Esto explica que, en cierto sentido, el hombre puede influir en su vida y que puede jugar un papel en este proceso el pensamiento consciente y los deseos.

    El hombre adquiere en el nacimiento, de forma hereditaria, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, incluyendo los impulsos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, adquiere una constitución cultural que adopta de la sociedad con la comunicación y a través de muchas otras clases de influencia. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, puede cambiar y la que determina en un grado muy importante la relación entre el individuo y la sociedad como la antropología moderna nos ha enseñado, con la investigación comparativa de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de seres humanos puede diferenciar grandemente, dependiendo de patrones culturales que prevalecen y de los tipos de organización que predominan en la sociedad. Es en esto en lo que los que se están esforzando en mejorar la suerte del hombre pueden basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados, por su constitución biológica, a aniquilarse o a estar a la merced de un destino cruel, infligido por ellos mismos.

    Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y de la actitud cultural del hombre deben ser cambiadas para hacer la vida humana tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que no podemos modificar. Como mencioné antes, la naturaleza biológica del hombre es, para todos los efectos prácticos, inmodificable. Además, los progresos tecnológicos y demográficos de los últimos siglos han creado condiciones que están aquí para quedarse. En poblaciones relativamente densas asentadas con bienes que son imprescindibles para su existencia continuada, una división del trabajo extrema y un aparato altamente productivo son absolutamente necesarios. Los tiempos — que, mirando hacia atrás, parecen tan idílicos — en los que individuos o grupos relativamente pequeños podían ser totalmente autosuficientes se han ido para siempre. Es sólo una leve exageración decir que la humanidad ahora constituye incluso una comunidad planetaria de producción y consumo.

    Ahora he alcanzado el punto donde puedo indicar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Se refiere a la relación del individuo con la sociedad. El individuo es más consciente que nunca de su dependencia de sociedad. Pero él no ve la dependencia como un hecho positivo, como un lazo orgánico, como una fuerza protectora, sino como algo que amenaza sus derechos naturales, o incluso su existencia económica. Por otra parte, su posición en la sociedad es tal que sus pulsiones egoístas se están acentuando constantemente, mientras que sus pulsiones sociales, que son por naturaleza más débiles, se deterioran progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Los presos a sabiendas de su propio egoísmo, se sienten inseguros, solos, y privados del disfrute ingenuo, simple, y sencillo de la vida. El hombre sólo puede encontrar sentido a su vida, corta y arriesgada como es, dedicándose a la sociedad.

    La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. Vemos ante nosotros a una comunidad enorme de productores que se están esforzando incesantemente privándose de los frutos de su trabajo colectivo — no por la fuerza, sino en general en conformidad fiel con reglas legalmente establecidas. A este respecto, es importante señalar que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva entera que es necesaria para producir bienes de consumo tanto como capital adicional– puede legalmente ser, y en su mayor parte es, propiedad privada de particulares.

    En aras de la simplicidad, en la discusión que sigue llamaré “trabajadores” a todos los que no compartan la propiedad de los medios de producción — aunque esto no corresponda al uso habitual del término. Los propietarios de los medios de producción están en posición de comprar la fuerza de trabajo del trabajador. Usando los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se convierten en propiedad del capitalista. El punto esencial en este proceso es la relación entre lo que produce el trabajador y lo que le es pagado, ambos medidos en valor real. En cuanto que el contrato de trabajo es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por la demanda de los capitalistas de fuerza de trabajo en relación con el número de trabajadores compitiendo por trabajar. Es importante entender que incluso en teoría el salario del trabajador no está determinado por el valor de su producto.

    El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia incluso en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. Por otra parte, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados inevitablemente controlan, directamente o indirectamente, las fuentes principales de información (prensa, radio, educación). Es así extremadamente difícil, y de hecho en la mayoría de los casos absolutamente imposible, para el ciudadano individual obtener conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.

    La situación que prevalece en una economía basada en la propiedad privada del capital está así caracterizada en lo principal: primero, los medios de la producción (capital) son poseídos de forma privada y los propietarios disponen de ellos como lo consideran oportuno; en segundo lugar, el contrato de trabajo es libre. Por supuesto, no existe una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular, debe notarse que los trabajadores, a través de luchas políticas largas y amargas, han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada de “contrato de trabajo libre” para ciertas categorías de trabajadores. Pero tomada en su conjunto, la economía actual no se diferencia mucho de capitalismo “puro”. La producción está orientada hacia el beneficio, no hacia el uso. No está garantizado que todos los que tienen capacidad y quieran trabajar puedan encontrar empleo; existe casi siempre un “ejército de parados”. El trabajador está constantemente atemorizado con perder su trabajo. Desde que parados y trabajadores mal pagados no proporcionan un mercado rentable, la producción de los bienes de consumo está restringida, y la consecuencia es una gran privación. El progreso tecnológico produce con frecuencia más desempleo en vez de facilitar la carga del trabajo para todos. La motivación del beneficio, conjuntamente con la competencia entre capitalistas, es responsable de una inestabilidad en la acumulación y en la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a un desperdicio enorme de trabajo, y a ése amputar la conciencia social de los individuos que mencioné antes.

    Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal. Se inculca una actitud competitiva exagerada al estudiante, que es entrenado para adorar el éxito codicioso como preparación para su carrera futura.

    Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales. En una economía así, los medios de producción son poseídos por la sociedad y utilizados de una forma planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, distribuiría el trabajo a realizar entre todos los capacitados para trabajar y garantizaría un sustento a cada hombre, mujer, y niño. La educación del individuo, además de promover sus propias capacidades naturales, procuraría desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para sus compañeros-hombres en lugar de la glorificación del poder y del éxito que se da en nuestra sociedad actual.

    Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada puede estar acompañada de la completa esclavitud del individuo. La realización del socialismo requiere solucionar algunos problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo es posible, con una centralización de gran envergadura del poder político y económico, evitar que la burocracia llegue a ser todopoderosa y arrogante? ¿Cómo pueden estar protegidos los derechos del individuo y cómo asegurar un contrapeso democrático al poder de la burocracia?

    Fuente: Monthly Review, Nueva York, mayo de 1949

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