• Boletín Digital

    Conceptos: Vanguardia y élite.

    Por Tomas Holguin

    Es prácticamente imposible discutir el concepto de vanguardismo político en un clima cultural que no percibe la diferencia entre los términos de “vanguardia” y “élite”.

                   Las elites se perpetúan a sí mismas, mientras las vanguardias se cancelan a sí mismas. Las vanguardias surgen en condiciones de desarrollos políticos y culturales desiguales. Son efecto de la heterogeneidad, de situaciones en las que un cierto grupo de hombres y mujeres son capaces por sus circunstancias materiales, no necesariamente por su talento superior, de entender “por anticipado” ciertas realidades que no se han hecho evidentes de manera general. Son capaces de ello por una posición cultural privilegiada, o exactamente por la razón contraria, por una experiencia duramente adquirida como blancos de la opresión y de su lucha contra ella.

                   No puede haber una vanguardia en sí y para sí, a diferencia de las camarillas que son por definición en sí y para sí. La vanguardia no actuaría si no confiara profundamente en la capacidad de la gente común, una capacidad que las elites desdeñan.

                   Aquellos que recelan de la autoridad como opresiva en sí misma, y son una legión en la actualidad, se olvidan de la autoridad que nace de la experiencia duramente ganada y cuya voz es por lo tanto apremiante. No hay nada malo en la autoridad, a condición de que sea emancipatoria. Una vez que la experiencia se ha generalizado y puesto en practica, la vanguardia puede desaparecer, su tarea está terminada. [1]



    [1] Jameson, F. 2010. “Lenin en la era posmoderna”. Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad. Madrid: Editorial Akal. 61-73.

    Published by:
  • Boletín Digital

    Los mineros salieron de la mina

    Por: César Vallejo


    Los mineros salieron de la mina
    remontando sus ruinas venideras,
    fajaron su salud con estampidos
    y, elaborando su función mental,
    cerraron con sus voces
    el socavón, en forma de síntoma profundo.
    ¡Era de ver sus polvos corrosivos!
    ¡Era de oír sus óxidos de altura!
    Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca (¡Es formidable!)
    El orden de sus túmulos,
    sus inducciones plásticas, sus respuestas corales,
    agolpáronse al pie de ígneos percances
    y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes,
    imbuidos,
    del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño.
    Craneados de labor,
    y calzados de cuero de vizcacha,
    calzados de senderos infinitos,
    y los ojos de físico llorar,
    creadores de la profundidad,
    saben, a cielo intermitente de escalera,
    bajar mirando para arriba,
    saben subir mirando para abajo.
    ¡Loor al antiguo juego de su naturaleza,
    a sus insomnes órganos, a su saliva rústica!
    ¡Temple, filo y punta a sus pestañas!
    ¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios!
    ¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas!
    ¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres!
    ¡Mucha felicidad para los suyos!
    ¡Son algo portentoso, los mineros
    remontando sus ruinas venideras,
    elaborando su función mental
    y abriendo con sus voces
    el socavón, en forma de síntoma profundo!
    ¡Loor a su naturaleza amarillenta,
    a su linterna mágica,
    a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos,
    a sus ojazos de seis nervios ópticos
    y a sus hijos que juegan en la iglesia
    y a sus tácitos padres infantiles!
    ¡Salud, oh creadores de la profundidad!… (Es formidable.)

    (El Socialista 316, Julio de 2006)

    Published by:
  • Boletín Digital

    Los cuadros del partido de Lenin

    Por Pierre Broué

     

    El núcleo de la organización bolchevique, compuesta por militantes profesionales, se ha reclutado entre gente muy joven, obreros y estudiantes, en una época y unas condiciones sociales que no permiten una excesiva prolongación de la infancia, sobre todo en las familias obreras. Los que renuncian a toda carrera y a toda ambición que no sea política y colectiva, son jóvenes de menos de veinte años que, de forma definitiva, emprenden una completa fusión con la clase obrera. Mijail Tomsky, litógrafo, que ingresa en el partido a los veinticinco años, es una excepción en el conjunto, a pesar de los años que ha pasado luchando como independiente, pues, en efecto, a su edad, la mayoría de sus compañeros llevan bastantes años de militancia en el partido. El estudiante Piatakov, perteneciente a una familia de la burguesía ucraniana, se hace bolchevique a los veinte años, después de haber militado en las filas de los anarquistas. El estudiante Kámenev, tiene diecinueve años cuando ingresa en el partido, este es el caso del metalúrgico Schmidt y del mecánico de precisión Iván Nikitich Smirnov. A los dieciocho años se adhieren el metalúrgico Bakáiev, los estudiantes Bujarin y Krestinsky y el zapatero Kaganóvich. El empleado Zinóviev y los metalúrgicos Serebriakov y  Lutovinov son bolcheviques desde los diecisiete años. Svérdlov trabaja como empleado de una farmacia cuando empieza a militar a los dieciséis años, como el estudiante Kuíbyschev. El zapatero Drobnis y el estudiante Smilgá ingresan en el partido a los quince años, Piatnitsky lo hace a los catorce. Todos estos jóvenes, cuando todavía no han pasado de la adolescencia son ya viejos militantes y cuadros del partido. Svérdlov, a los diecisiete años, dirige la organización de Sormovo: la policía zarista, al tratar de identificarle, le ha puesto el sobrenombre de “El chaval”. Sokólnikov, a los dieciocho años, es ya secretario de uno de los radios de Moscú. Ríkov sólo tiene veinticuatro años cuando se convierte, en Londres, en portavoz del grupo conocido como los komitetchiki e ingresa en el Comité Central. Cuando Zinóviev entra, a su vez, a formar parte del Comité Central, a los veinticuatro años, ya es conocido como responsable de los bolcheviques de San Petersburgo y redactor de Proletario.  Kámenev tiene veintidós años cuando es enviado como delegado a Londres; Sverdlov sólo tiene veinte cuando acude a la conferencia de Tammerfors. Serebriakov es el organizador y uno de los veinte delegados de las organizaciones clandestinas rusas que en 1912 acuden a Praga, tiene entonces veinticuatro años.

    Prisiones, clandestinidad y exilios

    La vida de estos hombres se mide por años de presidio, de acción clandestina, de condenas, de deportaciones y de exilios. Piatnitsky, que nació en 1882, milita desde 1896. Tras ser detenido en 1902, se fuga, se une a la organización de Lenin que edita el periódico Iskra y más adelante emigra. Trabaja en el extranjero hasta 1905, vuelve a Rusia en ese mismo año, se integra en la organización de Odesa hasta 1906; más adelante en la de Moscú de 1906 a 1908. Es detenido, consigue de nuevo evadirse, pasa a Alemania y asume ahí un importante cargo en el aparato técnico del partido hasta 1913. Durante este tiempo aprende el oficio de electricista. Vuelve clandestinamente a Rusia en 1913, encuentra trabajo en una fábrica y es detenido y deportado de nuevo hasta 1914. Sin embargo, hay otras biografías todavía más impresionantes: (…) Tomsky, en 1917, tiene treinta y siete años y cuenta en su haber con diez años de prisión o deportación; Vladmir Miliutin ha sido detenido ocho veces, en cinco ocasiones ha sido condenado a prisión pasando por dos deportaciones; Drobnis ha purgado seis años de cárcel y ha sido condenado a muerte tres veces.

    La moral de estos hombres es de una solidez a toda prueba: ofrecen lo mejor de ellos mismos, con el convencimiento de que, sólo esta forma, pueden expresar todas las posibilidades que hierven en sus jóvenes inteligencias. Svérdlov, clandestino desde los diecinueve años y enviado por el partido para organizar a los obreros de Kostroma en el Norte. Preobrazhensky, principal líder del partido ilegal del Ural durante el periodo de reacción, es detenido y juzgado. Cuando su abogado intenta negar los cargos que se le imputan, se pone en pie de un salto, lo desautoriza, afirma sus convicciones y reivindica la responsabilidad de su acción revolucionaria. Naturalmente, resulta condenado; sólo después de la victoria de la revolución, descubrirá el partido que este hombre, revolucionario profesional desde los dieciocho años, es un economista de enorme valía.

    El partido era una escuela

    Los revolucionarios estudian: algunos, como Piatakov, que escribe un ensayo sobre Spengler, durante el periodo en que la policía lo acosa en Ucrania; o como Bujarin, son relevantes intelectuales. Los otros, menos brillantes, estudian también siempre que pueden, ya que el partido es una escuela, y esto no sólo en sentido figurado. En sus filas se suele aprender a leer y, cada militante, se convierte en jefe de estudios de un grupo en el que se educa y se discute. Los adversarios del bolchevismo suelen burlarse de este gusto por los libros que, en determinados momentos, convierte al partido en una especie de ‘club de sociología’; sin embargo, a la preparación de la conferencia de Praga contribuye con toda clase de garantías de efectividad la escuela de cuadros de Longjumeau, integrada por varias decenas de militantes que escuchan y discuten cuarenta y cinco lecciones de Lenin, treinta de las cuales versan sobre economía política y diez sobre la cuestión agraria, además, se imparten clases de historia del partido ruso, de historia del movimiento obrero occidental, de derecho, de literatura y de técnica periodística. Naturalmente, no todos los bolcheviques son pozos de ciencia, pero su cultura los eleva muy por encima del nivel medio de las masas; en sus filas se cuentan algunos de los intelectuales más brillantes de nuestra época. Sin duda alguna, el partido educa y, de todas formas, el revolucionario profesional dista mucho de ser el precoz burócrata descrito por los detractores del bolchevismo.

    Los mejores obreros

    Ciertamente, nada puede explicar mejor las victorias del bolchevismo y, sobre todo, su conquista, lenta al principio, más tarde fulminante, de los obreros revolucionarios, aquellos a los que Bujarin denomina el “segundo círculo concéntrico del partido”, que constituyen sus antenas y sus palancas, como organizadores de los sindicatos y comités del partido, como focos de resistencia y centro de iniciativas; son líderes y educadores infatigables, merced a cuya acción pudo integrarse el partido con la clase obrera y dirigirla. La historia ha olvidado los nombres de casi todos ellos: Lenin los llama cuadros ‘a la Kayúrov’, por el nombre del obrero que le esconde de la policía en 1917 durante unos días y en el que siempre depositará su confianza. Sin la existencia de estos hombres, resulta imposible comprender el ‘milagro’ bolchevique.

     

    Los bolcheviques, retratados por Trotsky

    Trotsky, que conocía bien a estos hombres y llevó su mismo tipo de vida, a pesar de no ser bolchevique aún, escribió respecto a ellos: “La juventud de la generación revolucionaria coincidía con la del movimiento obrero. Era el momento de los hombres de 18 a 30 años. Los revolucionarios de mayor edad eran contados con los dedos de la mano y parecían ancianos. El movimiento desconocía por completo el arribismo, se nutría de su fe en el futuro y su espíritu de sacrificio. No existía rutina alguna, ni fórmulas convencionales, ni gestos teatrales, ni procedimientos retóricos. El patetismo que empezaba a surgir era tímido y torpe. Incluso palabras como ‘comité’ y ‘partido’, resultaban nuevas aún, conservando su aureola y despertando en los jóvenes unas resonancias vibrantes y conmovedoras. El que ingresaba en la organización sabía que la prisión y la deportación le esperaban dentro de unos meses. El pundonor del militante se cifraba en resistir el mayor tiempo sin ser detenido, en comportarse dignamente ante la policía, en secundar cuanto se pudiese a los compañeros detenidos, en leer el mayor número de libros posible en la cárcel, en evadirse cuanto antes de la deportación para ir al extranjero y hacer allí provisión de conocimientos, con el fin de volver y reanudar el trabajo revolucionario. Los revolucionarios creían en aquello que enseñaban, ninguna otra razón podría haberlos llevado, de no ser así, a emprender su vía crucis.”

     

    Tomado de El partido bolchevique, Buenos Aires, Ayuso, 1973, 853 páginas.

    Published by:
%d personas les gusta esto: