Todos los mensajes etiquetados Literatura

Murió Eduardo Galeano, escritor clave de la literatura latinoamericana

Por Julieta Roffo

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Publicado en www.clarin.com

Tenía 74 años y falleció en Montevideo de un cáncer de pulmón. Sufrió el exilio y publicó más de 30 libros, entre los que se destacan “La venas abiertas de América” y “Memoria del fuego”.

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La doble confrontación entre dos mundos

Por Gustavo Vadzel, Alejo

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Publicado en Pluma 28

Sinaloa.-“Viaje a Chilchotla”, novela de Ana Ortiz Angulo, empieza con una afirmación honesta y convincente: “Empecé a crear este relato por puro pasatiempo en el autobús que va de Tehuacán a Teotitlán, mientras veía el panorama a través de la polvosa ventilla.

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El obrero de la literatura

Por G. Valdez Valenzuela

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Publicado en Pluma 25

“La vida de Revueltas es casi la de uno de sus personajes, probablemente el más poderoso.” Carlos Monsiváis

Nacido el 20 de noviembre de 1914 en Canatlán, en el estado de Durango, José Revueltas Sánchez fue el noveno de una familia de talentos extraordinarios: Silvestre Revueltas (compositor), Fermín (pintor) y Rosaura (actriz).

Revueltas fue un hombre de ideas y de acción. Desde muy joven sobresalió como un ser humano integral con una amplia diversidad de perspectivas: escritor, militante comunista, siempre inclinado a romper los marcos de referencia. Recurrió a la literatura, al guion cinematográfico, a la academia, al activismo partidario, a las acciones de la calle para promover la utopía de una vida mejor. Leer más…

José Revueltas, un rebelde con causa

Por Juanita Acosta*

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Publicado en Pluma 25
Un joven autodidacta.

Revueltas Sánchez se muda con su familia a la Ciudad de México con recién seis años cumplidos, de modo que la mayor parte de su infancia y adolescencia transcurrió en escenarios como La Merced y la colonia Roma. Vivió en un ambiente de continua inestabilidad económica y política y siempre tuvo interés por defender a los más desprotegidos. Leer más…

Tras la esperanza

Por José Revueltas

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La huelga paralizó el Sistema de Riego. En un instante todo estuvo muerto y las camisas, que fueron limpias alguna vez, los sábados por la tarde y todo el día domingo, se tornaron cenicientas, mugrosas, mientras que los ojos se hundían en lo profundo del cráneo como llamas dentro de una cueva. Todas las compuertas se hallaban escoltadas por grupos de trabajadores y en la presa vigilaba más de un centenar de huelguistas. Leer más…

El narco-capitalismo (El espía enjaulado)

Por SANTIAGO RONCAGLIOLO

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La cocaína es la droga del capitalismo. Y los libros lo han reflejado. La era Reagan en Estados Unidos produjo a un novelista como Bret Easton Ellis y sus personajes decadentes, millonarios y drogadictos. Y con la caída del Muro de Berlín, el mundo se llenó de Easton Ellis: José Ángel Mañas en España, Alberto Fuguet en Chile o Jaime Bayly en Perú tenían algo en común: las hordas de cocainómanos que poblaban sus novelas.

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Demasiadas historias, demasiada felicidad. A propósito de algunos libros de Alice Munro

Por Allen Cordero Ulate

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San José, Costa Rica.- Increíble cantidad de relatos se nos presenta en los libros de Alice Munro, premio nobel de literatura 2013, entre estos, Las Lunas de Júpiter y Demasiada Felicidad. Historias y personajes muy variados vemos desfilar en sus relatos; una ama de casa, casada con un loco, que comete un asesinato difícil de pronunciar. Loco que extrañamente la seduce con historias cada vez más macabras. Pero la mujer logra superar el trauma inesperadamente cuando inclinada frente a un joven motociclista accidentado logra salvarle la vida. Otra historia se desarrolla a partir de terribles juegos de niñas quienes “inocentemente” ahogan a una niña discapacitada. Crimen no confesado, pues se trata de niñas que estaban jugando en el mar, pero que les provocará una culpa con la que cargarán toda la vida.

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Del papel del gobierno y las autodefensas|Un pasaje de Pedro Paramo

Por Genaro Flores

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A mi modo de ver, el gobierno federal oficia de “Pedro Paramo”, el cacique que enfrentó a los revolucionarios “sumándose a ellos”, cuando infiltró a su testaferro El Tilcuate en las filas de los alzados.

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La Vida Secreta de Alice Munro, Ganadora del Premio Nobel de Literatura 2013

Por Elvira Lindo

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La canadiense Alice Munro, elogiada como la “Maestra del Relato Corto”, escribió casi todas sus obras en el cuarto de planchar, mientras cuidaba a sus hijas como ama de casa.

Fue en 1961 cuando en el periódico The Vancouver Sun apareció un reportaje sobre una joven escritora, Alice Munro, que había ido construyéndose una cierta reputación literaria publicando cuentos en revistas o vendiéndolos para la radio pública canadiense. Munro tenía entonces treinta años. En la foto que abre la entrevista vemos a una mujer atractiva con sus dos hijas, de siete y cuatro años.

Aunque el simple hecho de que le dedicaran un espacio en la prensa muestra que comenzaba a ser reconocida como escritora de gran talento, el titular que encabeza el reportaje delata un profundo anacronismo: “Ama de casa encuentra tiempo para escribir relatos”. En la misma entrevista ella cuenta cómo aprovecha el tiempo de siesta de las niñas para escribir en el cuarto donde ha colocado el cuaderno y la máquina. Esa habitación propia que Virginia Woolf estableció como primordial para que una mujer accediera a una vida plena estaba situada en el caso de Munro en el cuarto de la plancha.

Su hija Sheila cuenta en un libro original y conmovedor (Vida de madre e hijas. Creciendo con Alice Munro) cómo cuando ella y sus hermanas irrumpían en aquella habitación su madre retiraba el cuaderno a un lado, como si quisiera dar a entender que estaba haciendo algo tan prosaico como la lista de la compra. Hoy, a sus casi ochenta años, Munro, tan esquiva como entonces, despliega una especie de maternidad no deseada pero real sobre todos los escritores canadienses. Bautizada en su país como “nuestra Chéjov”, Alice Munro construyó la base del realismo moderno canadiense, que en el país vecino, Estados Unidos, se había cimentado mucho antes; pero, además, la penuria de una niñez rural en la provincia de Ontario hace que su propio recorrido vital y el que cuenta en sus historias se hayan convertido, con el tiempo, en un espejo que agranda la vida de las personas humildes.

Munro ha escrito en alguna ocasión que no necesita elaborar ni embellecer a sus personajes: “La vida de la gente es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable”. Sólo quien no tiene perspicacia para ahondar en el alma humana hace una distinción entre personajes fascinantes, con brillo social, y aquellos que parecen destinados a caer en el olvido. Estos últimos son los que pueblan el mundo imaginario de Munro, los que mejor conoce, aquellos entre los que se crió, a los que deseó ser infiel, luchando por poner tierra por medio y estudiar en la universidad, y a los que ha sido tozudamente fiel desde su literatura.

Munro creció en el seno de una familia presbiteriana, no fanáticos religiosos pero sí personas de una ética muy estricta. Mientras que en Estados Unidos, el elefante dormido al otro lado de la frontera, la religión siempre estuvo aliada con la ambición económica, en estas familias de pioneros escoceses el trabajo era un fin en sí mismo y mostrar un excesivo interés por el dinero o hacer evidente cualquier tipo de veleidad ajena a la vida común era considerado un pecado de vanidad. Su padre, Robert Laidlaw, que trató infructuosamente de sacar adelante un criadero de zorros, era un hombre humilde pero amante de la literatura.

Procedentes de una tradición de grandes lectores de la Biblia los Laidlaw escribieron diarios que se han convertido en auténticos relatos de la dura vida de los pioneros. La escritura sin vanidad. Esa fue la escuela moral de la joven Alice. Y a pesar de que en su propia peripecia vital se resumen los grandes cambios que para la mujer supuso el siglo XX -de la necesidad de casarse para huir de su destino a convertirse en una mujer emancipada en los setenta-, su manera de entender el oficio literario sigue estrechamente unida a la moral presbiteriana: trabajar sin hacer exhibición de los logros, casi secretamente.

No es casual que la biografía que sobre ella escribió Catherine Sheldrick lleve por título A double life. Una vida doble, aquella que todos veían, la de esposa y madre, y otra tan oculta como firme y poderosa, la que le proporcionaba esa mente fantasiosa que le permitió crearse una existencia paralela desde los 12 años. Hace unos tres años publicó La vista desde Castle Rock en donde rendía homenaje a sus antepasados, acompañándoles en su viaje de Escocia a la nueva patria. Los amantes de la literatura de Munro se alarmaron cuando esta afirmó que dejaba para siempre la escritura. Por fortuna, se sintió incapaz de adaptarse a la vida de “las personas normales”.

Hubo de reconocer que a esas alturas de su vida no sabía hacer otra cosa. El resultado de ese regreso es este deslumbrante Demasiada felicidad, diez relatos que contienen el universo de Munro y algo más: una mujer que visita en la cárcel a un marido que le mató a sus tres hijos; una viuda que abre la puerta a un asesino; una madre que reencuentra a un hijo tras años sin tener noticias de él; dos mujeres que comparten un recuerdo inconfesable de cuando eran niñas… Todos ellos arrastrando decisiones o recuerdos que les marcaron la vida, sobreviviendo al desastre, sobreponiéndose a la adversidad como sólo saben hacerlo los personajes nada heroicos.

Hay momentos en los que el lector siente que se le hiela la sangre. Sin estridencias, en apenas una frase que a menudo pasa desapercibida en una primera lectura, Munro ofrece una clave que dará luz a la historia. No son cuentos para el lector desatento. Es una escritura engañosa en su sencillez, bella y extraña, que exige una entrega en la lectura y, a menudo, una relectura para entender más hondamente lo leído. Dijo un crítico canadiense que Alice Munro “inventa la realidad”. En este caso ha inventado o dado luz a una realidad sombría: “Espero que los lectores no encuentren estos relatos muy lúgubres, pero la vida casi siempre es dura”.

Los amantes de la literatura de Munro no esperamos otra cosa que su mirada, realista en el sentido más noble, universal como sólo pueden serlo las historias locales, cruda y siempre misteriosa. Pero es curioso que el menos munroniano de todos los relatos es el que da título al libro. Es la historia de una matemática y novelista rusa de últimos del XIX, Sofía Kovalevski, que Munro encontró por azar y de la que quedó prendada. Aunque el paisaje es ajeno a Munro, la escritora pone en boca de Sofía uno de esos pensamientos que a menudo asaltan la mente de las mujeres de sus cuentos: “Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella”.

Cuando leía esta suerte de novela rusa comprimida me aventuré a pensar que la escritora había tenido en mente a Chéjov mientras la escribía. Buscando en las entrevistas que le hicieron en su país me encontré con este curioso comentario que la delata como mujer apasionada y sincera: “Mientras lo escribía pensaba si Chéjov se habría enamorado de mí de haberme conocido. Creo que no, a los hombres no les gustan las mujeres como yo. Pero quién sabe, él finalmente se casó con la actriz Olga Knipper que arrastraba su propia fama, así que… Sí, es posible que yo le hubiera gustado”. 

“El Gobierno no tiene madre”: Juan Rulfo

Por Marcela Acle

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Luvina es un cuento de Juan Rulfo escrito en 1955. Luvina es un pueblo perdido, en el que no crece nada, “plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal”, en el que no hay agua. Es un pueblo en el que la migración ha dejado puros viejos, mujeres solas y un montón de chilpayates. Los hombres andan dónde Dios sólo sabe y cuando regresan “dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres y ya nadie vuelve a saber de ellos sino hasta el año siguiente, y a veces nunca.”.

Ha llegado a Luvina un maestro. Llegó ahí con fuerzas, “cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas.”

“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ¡Vámonos de aquí! ―les dije―. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.

“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

“―¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?

“Les dije que sí.

“―También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del Gobierno.

“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.

“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe”.

Me parece que este cuento de Rulfo continúa tan vigente como hace más de cincuenta años o quizá lo es todavía más. Los maestros actuales se enfrentan a muchos Luvinas, ya no solo enclavados en el medio rural, sino también en el medio urbano y suburbano, en los cerros, en los cinturones de miseria. Ellos ya no sólo lidian con la pobreza y el hambre de sus alumnos, sino también con niños cuyos padres o madres son trabajadores del narco, con historias de violencia intrafamiliar, con madres jefas de familia cuya vida es semejante a la de un equilibrista, con familias divididas por la cárcel, la droga o la migración… Estos maestros se enfrentan a esa realidad verdadera que no muestra la televisión y que una campaña de combate al hambre no solucionará.

Y, sin embargo, muchos de los maestros están ahí, al pie del cañón, enfrentando el día al día con sus alumnos. Sin duda su situación debe mejorar, pero también la de sus pupilos y la de los padres y la de la comunidad en la que trabajan. Educación y miseria no es un buen binomio. Educación y desarrollo podría ser mejor. Escribo esto y me acuerdo de Moreira estudiando en Barcelona y también de los vestidos de doña Elba Esther y en los millones de pesos que Sabines se gastó en su imagen personal allá en Chiapas, y en los millones de pesos que se gastan los diputados y los senadores en banalidades y entonces, al igual que a los pobladores de Luvina también pienso en la madre del gobierno, ¿usted no?

Publicado en la Revista Pluma22

Más sobre la autora: http://www.macletom.com