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Adiós a Crimea

Por Camilo Ruiz

Creativity Taras ShevchenkoPublicado por El Barrio Antiguo

Hay una anécdota que probablemente guarde la llave para entender lo que pasa en Ucrania mejor que el más sesudo análisis: el 9 de marzo se cumplieron 200 años del nacimiento de Tara Schevchenko, el gran poeta de la liberación y del nacionalismo ucraniano. Los seguidores del nuevo gobierno ucraniano se juntaron alrededor de la estatua en Kiev para rendirle homenaje al poeta. Leer más…

Carta de Nadezhda Tolokonnikova, de Pussy Riot.

Traducción íntegra al español

Nadezhda Tolokonnikova sits behind bars at a district court

Traducción al español de la carta íntegra de Nadezhda Tolokonnikova, del grupo Pussy Riot, por la que se declara en huelga de hambre, el 23 de septiembre de 2013

El lunes 23 de septiembre comenzaré una huelga de hambre. Es un método extremo, pero estoy segura de que es la única manera que tengo de salir de mi situación actual.

La alcaidía de la colonia penal se niega a escucharme. Pero yo también me niego a dar marcha atrás en mis exigencias. No permaneceré en silencio, resignada a ver cómo mis compañeras presas se vienen abajo por la presión de vivir en condiciones de esclavitud. Exijo que la alcaidía de la colonia respete los derechos humanos; exijo el campo de Mordovia actúe de conformidad con la ley. Exijo que nos traten como seres humanos, y no como esclavas .

Ha pasado un año desde que llegué a la Colonia Penal N º 14 en la localidad mordova de Parts. Tal como reza el dicho de presos: “Aquéllos que nunca cumplieron condena en Mordovia nunca cumplieron condena en ningún lado”. Empecé a oír hablar de las colonias penitenciarias de Mordovia mientras aún se encontraba detenida en el Centro de detención preventiva N º 6 en Moscú. Allí tienen los niveles más altos de seguridad, las jornadas laborales más largas, y la violación de derechos más flagrante. Cuando te mandan a Mordovia, es como si te mandaran al patíbulo. Hasta el último momento, se mantiene la esperanza: “¿Tal vez no te enviarán a Mordovia?, ¿quizá se olviden?”. No se olvidaron de nada, y en otoño de 2012 llegué al campamento a orillas del río Partsa.

Mordovia me dio la bienvenida con las palabras del jefe adjunto de la colonia penal, el teniente coronel Kupriyanov, administrador jefe de facto de nuestra colonia. “Debes saber que cuando en temas de política, soy estalinista”. El coronel Kulagin, el otro administrador jefe – la colonia se gobierna en tándem -, me hizo llamar mi primer día aquí con el objetivo de obligarme a que me declarara culpable. “Qué desgracia tan grande, ¿verdad? Te han sentenciado a dos años en la colonia. La gente suele cambiar de opinión cuando las desgracias les suceden a ellos. Si quieres que te pongan en libertad condicional lo antes posible, debes confesar tu culpabilidad. De no hacerlo no te darán la condicional”. Yo le contesté de inmediato que sólo trabajaría las 8 horas al día que requiere el Código del Trabajo. “El código es una cosa. Lo que realmente importa es que cumplas con tu cuota. Si no lo haces, tendrás que trabajar horas extra. Hemos quebrantado voluntades más fuertes que la tuya” respondió Kulagin.

Mi brigada en el taller de costura trabaja de 16 a 17 horas al día. De 7.30 a 12:30a.m. A lo sumo, nos dan cuatro horas de sueño por noche. Tenemos un día libre cada mes y medio. Trabajamos casi todos los domingos. Los presos presentan peticiones para trabajar los fines de semana “por [su] iniciativa propia”. En realidad, no existe, por supuesto, iniciativa alguna. Estas peticiones se escriben por orden de la alcaidía y bajo la presión de prisioneros que ayudan a que se cumplan.

Nadie se atreve a desobedecer órdenes no presentando las peticiones de entrar en la zona de trabajo en domingo, lo cual significa trabajar hasta la 1 de la madrugada. Una vez , una mujer de 50 años de edad pidió regresar a la zona residencial a las 8 de la tarde en lugar de 00:30. Lo hizo para poder acostarse a las 10 de la noche y así conseguir ocho horas de sueño una vez a la semana. Se sentía enferma, tenía la presión arterial alta. A modo de respuesta, se celebró una reunión de la unidad con el fin de hacer que se derrumbara, insultándola y humillándola, marcándola como parásito. “Qué, ¿te crees que eres la única que quiere dormir más? Lo que necesitas es trabajar más duro, vaca!”. Cuando alguien de la brigada no viene a trabajar por prescripción médica, también se le atemoriza. “Yo trabajé con 40ºC fiebre y estaba bien. ¿Qué te crees? ¿Que alguien va a trabajar por ti?”.

Mi unidad residencial en el campamento me dio la bienvenida con las palabras de una compañera de prisión que terminaba de cumplir una pena de nueve años: “Los muy cerdos tienen miedo de tocarte ellos mismos. Prefieren hacerlo a través de las manos de las presas”. En la colonia, las presas a cargo de las brigadas, así como los miembros de alto rango, son las encargadas de privar de sus derechos a sus compañeras de celda, aterrorizándolas y convirtiéndolas en esclavas sin palabras – todo bajo las órdenes de la alcaidía.

Para el mantenimiento de la disciplina y la obediencia, hay un sistema de penas extraoficiales muy bien implementado. Las presas están obligadas a “permanecer en el lokalka (un pasillo vallado entre dos zonas del campamento) hasta que las luces se apaguen” (la presa tiene prohibido entrar en las barracas – sea otoño o invierno. En la segunda brigada, formada por personas discapacitadas y de edad avanzada, una mujer sufrió una congelación tan avanzada tras pasar un día en el lokalka que tuvieron que amputarle los dedos de la mano y uno de los pies). “Se pierde el permiso de higiene” (la presa tiene prohibido lavarse o usar el baño). “Se pierde el permiso de economato y de sala de té” (la presa tiene prohibido comer su propia comida, así como tomar bebidas). Resulta divertido y al mismo tiempo aterrador que una mujer de 40 años de edad te diga: “Parece que hoy nos están castigando. ¡Me pregunto si nos castigarán mañana también!”. No se puede salir del taller de costura para hacer pis o ir a coger un caramelo del bolso. Está prohibido.

Sólo pensar en dormir y tomar un sorbo de té, la acosada y sucia presa se convierte en una especie de arcilla obediente en manos de la alcaidía, que nos ve solamente como mano de obra esclava y gratuita. En junio de 2013, mi salario fue de 29 (29!) Rublos [57p] para todo el mes. Nuestra brigada cose 150 uniformes de policía por día. ¿A dónde va todo el dinero que reciben?

Se le han concedido fondos al campamento para comprar equipamiento completamente nuevo varias veces. Sin embargo, la alcaidía se ha limitado a repintar las máquinas de coser con las manos de sus trabajadoras. Cosemos con maquinaria agotada física y moralmente. De acuerdo con el Código de Trabajo, cuando el equipamiento no se corresponde con los estándares actuales de la industria, las cuotas deben reducirse en relación con los convenios comerciales estándar. Pero las cuotas no dejan de aumentar, y además de forma repentina y como por arte de magia. “Si les dejas ver que puedes entregar 100 uniformes, ¡elevarán el mínimo a 120!”, dicen las más veteranas. Y tampoco puedes dejar de cumplir, porque sino castigan a toda tu unidad, a toda la brigada. El castigo puede ser, por ejemplo, estar obligadas a permanecer en el patio durante horas. Sin poder usar el baño. Sin poder tomar un sorbo de agua.

Hace dos semanas, las cuotas de producción de todas las brigadas de la colonia se aumentaron de forma arbitraria en 50 unidades. Si anteriormente el mínimo era de 100 uniformes por día, ahora es de 150. De acuerdo con el Código de Trabajo, las trabajadoras deben ser notificadas de los cambios en la cuota de producción con no menos de dos meses de antelación. En el PC- 14, nos despertamos un buen día y descubrimos que había una nueva cuota porque de pronto se les la idea a los administradores de nuestro “taller clandestino” (así llaman a la colonia las presas). El número de personas en la brigada disminuye (son puestas en libertad o transferidas), pero la cuota crece. Como resultado, las que se quedan tienen que trabajar cada vez más. Los mecánicos dicen que no tienen las piezas necesarias para reparar la maquinaria y que no las obtendrán. “¡No tenemos las piezas! ¿Cuándo llegarán? ¿Estás de broma ? Esto es Rusia. ¿Por qué te molestas en preguntarlo siquiera?”. Durante mis primeros meses en la zona de trabajo, prácticamente me convertí en mecánico. Me enseñé a mí misma por necesidad. Me puse manos a la obra, destornillador en mano, desesperada por arreglarla. Con las manos desolladas por las agujas y cubiertas de arañazos. Con la sangre derramada sobre la mesa de trabajo. Y a pesar de ello, sigues cosiendo. Formas una parte de la cadena de montaje y tienes que completar tu tarea tan bien como las de más experiencia. Mientras tanto, la estúpida máquina sigue empeñada en estropearse. Como eres nueva y no hay máquinas suficientes, te dan la peor – el motor más débil en la cadena. Y ahora se vuelve a estropear otra vez, y otra vez, y corres a buscar al mecánico, que no se encuentra por ningún lado. Ellos gritan , te reprenden para la desaceleración de la producción. Y tampoco hay clases de costura en la colonia. Sientan a las principiantes delante de una máquina y se les dan sus tareas.

“Si no fueras Tolokonnikova, ya te habrían dado una paliza hace mucho tiempo”, dicen las compañeras de prisión más cercanas a la alcaidía. Es cierto: a las demás las muelen a palos. Porque no son capaces de mantener el ritmo. Las golpean en los riñones, en la cara. Son las presas mismas las que se encargan de ello y ni uno sola de estas palizas se da sin la aprobación y conocimiento de la alcaidía. Hace un año, antes de venir aquí , una mujer gitana en la tercera unidad fue golpeada hasta la muerte (la tercera es la unidad de presión donde meten a las presas que son sometidas a palizas diarias). Murió en la unidad médica de la PC- 14. La alcaidía fue capaz de ocultarlo: la causa oficial de la muerte fue un paro cardíaco. En otra unidad, nuevas costureras que no podían mantener el ritmo fueron desnudadas y obligadas a coser desnudas. Nadie se atreve a quejarse a la alcaidía porque lo único que hacen es sonreír y enviar a la presa de vuelta a la unidad , donde la “soplona” será golpeada por orden de esa misma alcaidía. Para la alcaidía de la colonia, las vejaciones controladas son un conveniente método de sumisión de las presas a sus abusos sistemáticos de los derechos humanos.

Un sentimiento de inquietud y miedo invade la zona de trabajo. Privadas de sueño de forma permanente, abrumadas por la interminable carrera para cumplir con las cuotas de inhumanas proporciones, las presas están siempre a punto de venirse abajo, gritándose las unas a las otras, discutiendo por detalles. Recientemente, una joven fue apuñalada en la cabeza con un par de tijeras porque no entregó un par de pantalones a tiempo. Otra trató de reventarse el estómago con una sierra para metales. La pararon a tiempo.

Los que se encontraban en el PC- 14 en 2010, el año del humo y el fuego, dijeron que mientras el fuego se acercaba incontroladamente a las paredes de la colonia, las presas se dirigieron a la zona de trabajo a cumplir con sus cuotas. No se podía ver a dos metros de distancia por el humo, pero a pesar de ello todas fueron a trabajar cubriendo sus rostros con pañuelos mojados. Debido a la situación de emergencia, no se llevó a las presas a la cafetería en horario de comidas. Varias mujeres me contaron que tan terrible fue el hambre que pasaron que comenzaron a escribir diarios con el fin de documentar el horror de lo que les estaba sucediendo. Cuando el fuego fue finalmente extinguido, la seguridad del campamento se encargó de que estos diarios nunca vieran la luz del día.

Las condiciones de vida e higiénicas en el campamento son meticulosamente calculadas para hacer sentir a la presa como un sucio animal sin derechos. Aunque existen las “habitaciones de higiene” en los dormitorios, también hay “sala de higiene general” que tiene una finalidad correctiva y punitiva. Esta habitación cuenta con capacidad para cinco personas, sin embargo, se envía allí a lavarse a la totalidad de las 800 presas de la colonia. No tenemos que lavarnos en las habitaciones de higiene en nuestros barracas – eso sería demasiado fácil. En la “sala de higiene general”, en la aglomeración constante, las mujeres tratan de lavarse sus “niñeras” (así lo llaman en Mordovia) tan rápido como pueden con pequeñas cubas, amontonadas las unas sobre las otras. Nos está permitido lavarnos el cabello una vez por semana. Sin embargo, incluso este día de baño se cancela. Una bomba se rompe o la tubería se tupe. En ocasiones, mi unidad no ha podido lavarse de dos a tres semanas.

Cuando la tubería se rompe, las salpicaduras de orina y montenes de heces salen volando de las habitaciones de higiene. Hemos aprendido a desatascar las tuberías  nosotras mismas, pero nuestros éxitos son limitados ya que enseguida se tupen de nuevo. La colonia no tiene desatascadores para limpiar las tuberías. Podemos lavar la ropa una vez a la semana. La lavandería es una pequeña habitación con tres grifos de donde sale un chorro débil de agua fría.

También debe de ser una medida correctiva el dar a las reclusas sólo pan duro, leche aguada, mijo picado y patatas podridas. Este verano, trajeron un montón de sacos de patatas pasadas. Y luego nos las pusieron para comer.

Las violaciones de las mínimas condiciones de vida y de trabajo en el PC-14 son incontables. A pesar de ello, mi mayor y principal queja es más grande que cualquiera de ellas. Y es que la alcaidía de la colonia evita por todos los medios que cualquier queja o reclamación sobre las condiciones del PC- 14 salga de las paredes de la colonia. La alcaidía obliga a la gente a permanecer en silencio. Para ello, no descartan rebajarse a los niveles más rastreros y crueles. El resto de problemas emanan de éste: el aumento de las cuotas, la jornada de trabajo de 16 horas, y un largo etcétera. La alcaidía se siente intocable y por ello oprime descaradamente a las presas con una intensidad creciente. Al principio no podía entender por qué todo el mundo se mantenía en silencio, hasta que me encontré con la avalancha de obstáculos que caen sobre la presa que decide denunciar. Las quejas sencillamente no salen de la prisión. La única posibilidad es quejarse a través de un abogado o familiares. La alcaidía por su parte, mezquina y vengativa, utilizará todos los mecanismos para ejercer presión sobre la presa para que vea que sus quejas no ayudarán a nadie, sino que sólo empeorarán las cosas. Usan el castigo colectivo: si te quejas de que no hay agua caliente, la cortan por completo.

En mayo de 2013, mi abogado Dmitry Dinze denunció las condiciones en el PC- 14 con la oficina del fiscal. El jefe adjunto de la colonia, el teniente coronel Kupriyanov, inmediatamente hicieron que las condiciones en el campamento se volvieran insoportables. Hacían registro tras registro, hubo una avalancha de informes sobre todas mis conocidas, nos quitaron la ropa de abrigo y hubo amenazas de quitarnos también el calzado caliente. En el trabajo, se vengan asignándonos tareas complicadas de costura, aumentando las cuotas e inventándose fallos. Los líderes de la unidad contigua a la mía, mano derecha del teniente coronel Kupriyanov, pidieron abiertamente a las presas que interfirieran con mi rendimiento para que me pudieran enviar a la celda de castigo por “dañar propiedad de la alcaidía”. También les ordenaron incitarme a la pelea.

Se puede tolerar cualquier cosa siempre y cuando sólo le afecte a uno. Pero el método de castigo colectivo es mayor que eso. Significa que toda tu unidad, o incluso toda la colonia, deberán soportar el castigo junto con usted. Lo más doloroso es que ello incluye a las personas por las que has desarrollado un afecto especial. A una de mis amigas se le negó la libertad condicional, por la que había estado esperando siete años trabajando duro para exceder sus cuotas. Fue amonestada por beber té conmigo. Ese día, el teniente coronel Kupriyanov la transfirió a otra unidad. Otra conocida cercana, una mujer muy culta, fue arrojada a la “unidad de estrés” para recibir palizas diarias por estar leyendo y discutiendo conmigo un documento del Departamento de Justicia titulado: “Reglamento de código de conducta en centros penitenciarios”. Presentaron informes sobre todas aquéllas que hablaron conmigo. Me dolía que la gente que me importaba se vieran obligadas a sufrir. Sonriendo, el teniente coronel Kupriyanov me dijo entonces: “¡Seguramente ya no te quedan amigo!”. Explicó que todo lo que estaba sucediendo era por la queja de Dinze.

Ahora me doy cuenta de que debería haber comenzado la huelga de hambre en mayo, cuando me encontré por vez primera en esta situación. Sin embargo, la enorme presión de la alcaidía sobre mis compañeras de prisión debido a mis acciones, me llevó a detener el proceso de presentación de quejas sobre las condiciones de la colonia.

Hace tres semanas, el 30 de agosto, le solicité al teniente coronel Kupriyanov que concediera a las presas de mi brigada de de trabajo ocho horas de sueño. Estábamos hablando de la disminución de la jornada laboral de 16 a 12 horas. “Bien, a partir del lunes, la brigada sólo funcionará durante ocho horas cada vez “, respondió. Sabía que esto era otra trampa, ya que es físicamente imposible cumplir con la cuota extra trabajando sólo 8 horas. De este modo, la brigada no tendrá tiempo suficiente y serán castigadas por ello. “Si alguien se entera de que eres tú la que está detrás de todo esto, nunca volverás a quejarte”, continuó el teniente coronel. “Después de todo, no hay nada de qué quejarse en la otra vida”. Kupriyanov hizo una pausa. “Y, por último, nunca pidas cosas para otras personas. Sólo pide cosas para ti misma. He trabajado en campos durante muchos años, y los que vienen a pedirme cosas para otros van directamente desde mi oficina a la celda de castigo. Eres la primera persona a la que no le sucederá”.

En el transcurso de las siguientes semanas, la vida de mi unidad y la brigada de trabajo se hicieron invivibles. Las presas con estrechos vínculos con la alcaidía comenzaron a  incitar a las demás a vengarse. “Tendrás prohibido tomar el té y la comida,  tomar pausas para ir al baño, y fumar durante una semana. A partir de ahora, siempre te castigaremos a menos que empieces a comportarte de manera diferente con las novatas y sobre todo con Tolokonnikova. Trátalas como te trataron las veteranas. ¿Te golpearon? Por supuesto que lo hicieron. ¿Te rompieron la boca? Lo hicieron. Que se jodan. A ti no te castigaremos”.

Una y otra vez intentaron hacerme pelear contra una de ellas, pero ¿cuál es el objetivo de pelear con gente que no es consciente de sí misma, que sólo actúa bajo las órdenes de la alcaidía?

Las presas de Mordovia tienen miedo hasta de su propia sombra. Están completamente aterrorizadas. Si hasta ayer tenían buena predisposición conmigo  y me pedían “hacer algo sobre la jornada laboral de 16 horas “, después de que la alcaidía se me echase encima, tienen miedo incluso de hablar conmigo.

Volví a la alcaidía con una propuesta para abordar el conflicto. Pedí que me liberaran de la presión creada por ellos y ejecutada por las presas que ellos controlaban. Pedí también que abolieran el trabajo en régimen de esclavitud en la colonia reduciendo la jornada laboral y disminuyendo las cuotas de acuerdo con la ley. La presión sólo ha aumentado. Por todo esto, a partir del 23 de septiembre comenzaré una huelga de hambre y me negaré a participar en el trabajo esclavo en la colonia. Continuaré con ello hasta que la alcaidía comience a obedecer la ley y deje de tratar a las mujeres encarceladas como ganado, expulsadas del reino de la justicia con el fin de incrementar la producción de la industria de la confección. Hasta que comiencen a tratarnos como seres humanos.